Memorias

Memorias Parte I


En los años 80 tuve la genial idea de no estudiar más. Me parecía tonto, con tanto mar en mis manos y tantas energías. Ya he contado antes como me fueron las cosas con mis padres y que me tuve que marchar de casa. A duras penas terminé el 9º grado al pasarlo por tercera vez en una escuela taller que se hacía solo el semestre perdido con el incentivo que si salías bien después estabas 6 meses de vacaciones y así fue. En enero terminé la dichosa escuela con buenas notas, solo que quien salía de una escuela taller no tenía ni siquiera derecho a un técnico medio. Obrero calificado y va que jode para mi. Matriculé, pero iba una vez por semana y le llevaba pescado al profesor para que no me jodiera, eso si, en las pruebas me leía un poco el libro antes y las sacaba bien. Que bruto que era. Yo pensaba que era un héroe por no ir a la escuela. Huckleberry finn había calado muy hondo en mi y no me hubiera importado vivir en un barril y fumar pipa. La libertad por aquel entonces era toda mi riqueza. Porque un hombre es rico cuando tiene todo lo que quiere y sueña.

Pero había que buscarse la vida si se quería ser libre. Como pescador estaba bien, se ganaba buen dinero, pero en invierno con los nortes no se pescaba nada. Fuimos emigrando la zona de trabajo. El malecón y Miramar se ponían muy malos con los nortes. Unas rompientes imposibles, corrientes raras y aguas muy turbias por las revolturas. La cosa estaba mala y no queríamos dejar de hacer nuestras cosas. Bucear o montar vela era vital. Sin eso la vida no era nada.

Hay muchas cosas que no se pueden contar de cómo nos buscábamos la vida en Cuba mi gente y yo. Básicamente éramos una pandilla el negrón jiscler, Igor el bujío y yo. Con nuestros equipos remendados pescábamos el diario y a la tarde montábamos vela juntos. Cuando sobraba el dinero algún que otro buceo turístico, un lujo incomparable para el nivel de vida de esa época. 


Aquí estamos tres el negrón Jiscler, Igor y yo.

Después empezamos a incursionar en Santa Fé, Playa Del Chivo, Santa Cruz, Canasí, Bacunayagua, Mariel. Llegó un momento en que casi lo que ganábamos nos lo gastábamos en el viaje. Fue un invierno raro. Un norte detrás del otro. Decididamente, no se podía pescar.
Generalmente nos reuníamos casi todos los días en la playa de doce en Miramar. Todos con los equipos en las manos pero nadie se tiraba. Solo unos locos (yo también a veces) nos metíamos en el mar con unos pedazos de madera a coger olas. Salíamos con bastantes heridas en las rodillas que ya ni sentíamos. Pero nada importaba en esa época. Lo mas gracioso es que se reunían todo tipo de pescadores y cada uno se puso a contar como se ganaba la vida en el mal tiempo. (A) por ejemplo:se ganaba la vida porque una vez al mes, se metía de madrugada en el acuarium y se llevaban un carey de la pecera, finalmente ya lo estaba haciendo de acuerdo con el custodio y compartían ganancia. Estaban valorando la posibilidad de también extender operaciones por el zoológico. (B) Iba hasta las inmediaciones del Mariel y ahí atacaba de madrugada las redes de los barcos pesqueros de quelonios (tortugas, careyes, caguamas) y sacaba mucha carne, al final decía con orgullo –si esa carne no la va a ver nadie en cuba, antes que se la coma un turista, me la como yo- Le aplaudíamos eufóricamente. (C) ya era mucho mas sofisticado –yo pesco con la segueta- esgrimía al aire un marco de segueta que no le cabía una partícula de oxido más, este cogía corales, coral negro. Valiosísimo en los sectores de la joyería. También aplaudido por la peña por el inmenso riesgo de trabajar a mas de 50 metros de profundidad, con los consabidos cálculos de descompresión y los accidentes ocurridos en más de uno. Nos tocó el turno a nosotros. Nos miraron y hubo un silencio muy largo. ¿y nosotros que hacíamos? Nos miramos los tres. Si no había pesca, no se pescaba. Se montaba tabla que en los nortes era divertidísimo y alguna que otra cosilla, a veces yo arreglaba algún barco de fiberglass, me había hecho experto en esto. Jiscler tocaba tambores en un grupito de mala muerte y el bujío vendía gasolina. Nada honorable como las historias anteriores. Vaya pena. Éramos unos don nadie en el mundo de los piratas modernos de La Habana, y si que eran piratas, todos gozaban de heridas, de mordidas de peces, de argollas, anillos y cadenas y yo la única marca que tenia era unos puntos en la barbilla que me hice tratando de imitar a uno del circo ruso que pasaban por la televisión los domingos, pero eso, por supuesto que no lo iba a contar.
Uno de ellos, nombrado “el papa” un gordo de unos 40 años, quemado por el sol y con unos harapos por ropa a pesar de tener varias cadenas de oro en el cuello, sonrió un poco en el silencio. Me puso la mano en el hombro y dijo como para que se oyera. No nos hagas caso, si tuviéramos tu edad, haríamos lo mismo que tu o peor, estaríamos en casa perdiendo el tiempo o viviendo de nuestros padres. La conversación siguió por otros rumbos. Yo me sentí aliviado al igual que mis otros dos mosqueteros. La sentencia del papa no fue discutida. Se pasó a otro tema y se olvidaron las proezas por ese día. Éramos acogidos como los hijos que deben aprender de sus padres. Nuestros padres en ese momento eran. Los piratas de la Habana.
Mas tarde, cuando ya el sol siseaba con el agua y se sentía un frío inusual que venia justo del norte, uno a uno se iban retirando cabizbajos por el día perdido. Algunos de estos pescadores tenían familias que mantener, hijos y habían escogido esta difícil vida antes que (según ellos) hacer como que trabajan para un estado que hace como que te paga. El Papa se quedó de último. Miraba al medio del mar como si hubiese perdido algo, afinaba la vista y se ponía la mano en la frente a modo de visera.
- ¿buscas algo papa?
- dicen que vienen lanchas de los estados unidos y se llevan a la gente, ya es hora de irse, si veo una, me piro.
- ¿que tu vas a hacer en el yuma papa? Ahí hay que trabajar.
- que mas quisiera yo, que poder vivir de mi trabajo.
Esas palabras se me quedaron grabadas. La frase vivir de mi trabajo fueron muchos años mas tarde detonante para que esté donde estoy. Pero esta historia no viene por aquí, viene por lo que pasó a continuación.
Cuando ya las sombras habían desaparecido y quedaban esas ultimas luces de la tarde, homogéneas, tenues y frías que inundan todo como si tuvieran la extraña capacidad de doblar en las esquinas de las cosas, aún estábamos sentados en el muro. El viento amainaba y solo se oía el ruido de las olas que estas, a pesar del mal tiempo también iban bajando como cansadas de estar todo el día royendo las piedras. La gente iba dejando la playa sola, entonces dejaba de ser lo que era para convertirse en costa. En la mas infinita y hermosa costa de la rivera de la Habana que algunos días se divisaba hasta la fábrica de cemento del Mariel a 21 millas mas o menos al oeste y al este el malecón que amurallaba cualquier tipo de visibilidad mas allá de sus muros que contenían a la ciudad cansada. El papa seguía ahí, mirando al mar, sin pestañear casi. Nos acercamos sigilosamente para no molestarlo pero sin dejar de preguntarle como cada día a la despedida.
- ¿Donde crees que sea bueno pa pescar mañana papa? Con el tiempo como está.
El papa no dejó de mirar el horizonte, solo dijo una oración.
- El que quiera pescar….mañana a las cuatro y media de la mañana en la Terminal de guaguas del lido. Le garantizo mínimo 300 pesos.
Nos fuimos en silencio. Ya los mosquitos empezaban con sus ataques y además había que acostarse temprano si se quería ir a pescar mañana en la madrugada. Al poco rato de alejarnos de la costa Jiscler dejó bien claro que mataría con sus propias manos a quien osase despertarlo tan temprano. El Bujío también se quitó con no recuerdo que excusa, algo de vender gasolina. Yo dije que yo si iba, no asistía a la escuela y además para estar metido en algún lugar aburrido, mejor iba a ver la forma de pescar del papa y así después la copiábamos nosotros. Quedó claro que era el más mercenario de los tres. Pero no importaba, donde hay amistad, todo se ve bien.
Esa noche no dormí nada bien, entre sobresaltos y preguntas. Había aceptado ir a pescar con uno de los más piratas de los pescadores de la habana, sin preguntarle que tipo de pesca hacía. A veces eso me caía mal de mi mismo, era un poco tímido y por no hacer preguntas en más de una ocasión me metí en un lío gordo. Pero lo hecho, hecho estaba, así que me intenté relajar pensando que mañana ganaría un poco de dinero y quizás podría invitar al cine a un amor que me estaba rondando la cabeza. Me tranquilicé y poco después perdí el contacto con la tierra. Me despertó el pitido intermitente de mi reloj pulsera, un digital del mas barato sellado con resinas epoxicas para poder bucear con el. El silencio era denso como la bruma que hacía a esa hora. Levantarse con frío es algo terrible. El frío húmedo de la orilla de un río se mete por todos los resquicios del cuerpo y el alma. No tenía abrigo, pues cuando me fui de mi casa no hacia frío, pero imaginé que en cuanto caminara un poco se me quitaría. Por increíble que parezca a esa hora habían guaguas, una a cada hora. No me acuerdo el número exactamente pero si había una que desde la calle línea te dejaba por la liga contra la ceguera o el lido. Cogí la primera que vino y en poco más de veinte minutos ya estaba desembarcando en el lido. Busqué al papa y le vi durmiendo plácidamente en un banco en el que había mas personas diseminadas en un orden caótico. Gente de campo y gente de mar, gente con sombreros, gente vestida de marineros, todos en la más profunda de las ensoñaciones. En el piso dormían perros, gallinas amarradas, algún que otro cerdo e incluso jaulas de conejos, aquel recinto olía a zoológico y hacía un calor denso comparado con la frescura de la madrugada de la calle 41 a esa hora.
Estuve tentado de despertarle y preguntarle de que se trataba hoy “la pesca” me había traído mi escopeta de ligas, la menos preciada por si me la quitaba la policía (me había pasado muchas veces) y mis equipos de siempre, las aletas power plana de la Mares y mi careta superocchio que era la única que servía a mi desmesurada nariz. Me senté en una esquina pero alerta de no quedarme dormido no fuera a ser que se fueran y me dejaran, o me lo llevaran todo. Con los nervios como los tenía iba a ser fácil no dormirme, así que me puse a hacer lo que mejor sabía hacer en esos tiempos… a esperar. Como a las 5 menos 10 llegó una guagua de las americanas, viejas, redondas con algunas ventanillas redondas y pintas de submarino. Se levantó toda la gente como si de una alarma hubiera salido la palabra ¡Guanajay! Que todos estaban esperando. A duras penas logré introducirme en el ómnibus y la guagua arrancó dejando un montón de gente abajo y llevándose otra cantidad de gente colgada en la puerta. Recuerdo un marino de las FAR colgado literalmente de una ventanilla a lo Indiana Jones. El papa me vio y me saludó con alegría. Me presentó como a tres más que estaban reclutados por ese día, también me hizo cargo de unas maletas de madera gris que parecían de escuela al campo. Pesaban un montón y por fuera tenían letras rusas – a saber que coño es esto- me pregunté no sin antes ponerme un poco nervioso.
Contar el viaje aunque interesante sería extenso y se saldría del espacio de esta historia. Como dice mi frase favorita. Eso es parte de otro cuento. Así que grosso modo llegamos a Guanajay, ahí otra matazón para la guagua del Mariel y ya amaneciendo en al Mariel, la guagua de Cabañas. Llegar a Cabañas es lindisimo. Es una bahía limpia ocupada por pocos pescadores y bases militares con submarinos y todo. Tenía lindas playas pero acercarse ahí era peligroso. No obstante, antes había estado en un par de campismos que estaban en sendos cayos en el medio de la bahía con piscina incluso algunos. Nos bajamos en el pueblo y ahí caminamos bastante con la pesada carga hasta un muelle que se llamaba el CABAMAR o CALAMAR no recuerdo bien. Ya amanecido empecé a mirar caras de la pandilla que íbamos y a reconocer algunos de ellos. Éramos unos siete mas o menos sin contar el papa, el era el coordinador de esta pesca así que era muy probable que el papa ni tocara el agua ese día. Hicimos un circulo alrededor del papa que vestía una camisa de las que se llamaban bacteria, no se porque, con las cadenas y los anillos reluciendo en tamaña cascada de coloridos que formaban los dibujos de la brillante tela. Nos sentamos encima de las cajas a esperar algo. Algo que no llegaba y que el papa impaciente apuraba o trataba de apurarlo con solo mirar el reloj rolex chino que ostentaba en su muñeca acompañado de manillas y pulsos.
- ¿quien viene por primera vez?
- Yo.
Dije sin esperar respuesta de los demás, quizás se me notó algo la ansiedad por saber de que se trataba. Entre las caras conocidas estaba el cromagñon. Le decían así porque siempre buceaba con una llave ajustable grande, llena de oxido en la desvencijada trusa que usaba. Era para “ajustar” entiéndase darle unos golpes a su regulador japonés aquamaster bitraquea de la segunda guerra mundial y que solía dejarlo sin aire en los momentos mas emocionantes de la pesca o mas peligrosos de un buceo sea cual fuere, era de risa verle dándole martillazos en medio de la profundidad y haciendo una escándalo tal que todos los peces se iban en estampida, después, abajo del agua misma se lo volvía a poner y todo como si no hubiera pasado nada. Lo conocí cuando hacía competencias de apnea en el Cristino, yo siempre me llevaba el premio al estar 3 minutos y 45 segundos sin respirar, llego el un día con sus cuatro diez y se me acabo la fiesta, nunca mas competí en apnea cada vez que le veía, pero con semejante entrenamiento claro que tenía que aguantar eso. Era un desparpajo de semi pez, semi hombre que siempre estaba regalando sonrisas y buena amistad. El cromagñon se merece una historia para el solo. También estaban el tubero, botellita, mataviejas, el cilindro y Alex culoroto. Al final si les interesase explicaré porque cada uno de estos nombres.
El cilindro también dijo que era su primera vez, los otros ya habían venido mas veces así me tranquilicé porque se que el cromagñon era buen buzo y me daba confianza saber que tenia un conocido en esta nueva e improvisada pandilla. El papa encendió un cigarro y se dispuso a explicarnos, deje de observar como amanecía en la hermosa bahía y de oír a los gallos del campo para prestar atención esta información era crucial para salir bien ese día, así que me volví solo oídos y se hizo silencio.
- A ver, pa los que no han venido…aquí venimos a pescar madera. Se trata de en el tiempo de aire que tenemos sacar la mayor cantidad de planchas de plywood marino que hay en los barcos hundidos de esta bahía. Nos llevan y nos traen, ustedes solo tienen que desatornillarlas, otros las sacaran del barco y otros las subirán al bote que nos lleva, mientras mas saquen mas dinero hay eso si, no se pueden romper, ni palancazos ni nada de eso, solo destornillar. Arriba repártanse el trabajo.
No puedo negar que me quedé un poco aturdido, miré a la gente uno dijo ¡yo saco! Otro ¡yo subo! El cromagñon dijo yo desatornillo y yo me quede sin palabras con mi escopeta en las manos y sin decir nada. Debo haber puesto una cara rara porque el papa me miro con preocupación.
- Si no quieres ir, no te preocupes, se que es un trabajo duro.
- Si, si quiero. ¿Solo que donde dejo la escopeta?
El papa miró la escopeta detenidamente, la tomó y la examinó por todos lados.
-¿Cuanto vale esta escopeta?
- No se…..cincuenta pesos.
- Coge estos cien – me metió cien pesos en el bolsillo de mi camisa azul de becado que llevaba, metió la escopeta detrás de unos arbustos en la costa.
- Si cuando salgamos no está ahí, quédate con los cien pesos y dala por vendida. Coge tu herramienta.
Me extendió varios destornilladores, cada cual mas oxidado, escogí el que mas fuerte se veía el cabo y mas cuidada la parte plana
-Recuerda.. nada de palancazos, la plancha tiene que estar buena si está astillada no nos la pagan.

En eso se sintió el ruido de un barco. Un barco gris de cemento, pintado con pintura descascarada que se caía a pedazos. Nos montamos todos en el, la cubierta estaba fría y salada. Con estos cristales que forma la sal al secarse y que siempre resbalan como diminutas bolas transparentes. El barco tomó rumbo a lo profundo de la bahía. Como un juego iba bordeando cayos pequeños y se veían algunos barcos de guerra semihundidos. Yo pensaba que eran esos barcos, barcos medianos, pero seguíamos de largo en lo que el sol empezaba a calentar nuestros cuerpos. Llegó un momento en que el pesado barco de cemento empezó a hacer olas y a dar pequeños saltos, me alegré un poco porque recordé cuando salía pescar con mi papa en su barco, El Paraíso. Perdí la cuenta de que rumbo llevábamos o cuantos cayos habíamos pasado. A lo lejos en el horizonte se veían marañas de mangles inexpugnables. Nadie hablaba entre si, yo estaba nervioso y asustado, no sabia que me esperaba aunque ya tenia una mínima idea. Pero bueno, había hecho cosas peores y esto no era nada del otro mundo, el papa se veía tan tranquilo que daba esa sensación, el cromagñon en mas de una oportunidad me dijo, vas a ver que divertido y eso me hacia volver el alma al cuerpo aunque no mucho porque al cromagñon también le parecía divertido que a cuarenta metros el regulador le fallara y le comenzara a funcionas después e ochenta martillazos y cuando ya estaba a punto de ahogarse.

Bordeábamos una costa llena de pájaros marinos cuando se apareció una especie de tubo o columna con varios cables, muy oxidado todo en el medio de la bahía. Apagaron el motor del barco y tanto silencio a esa hora me rompió algo en los oídos. Se sentía como una presión que casi hubiera preferido que dejaran el motor en marcha. Poco a poco fue aliviado por el ruido del agua de sentina y el burbujeo de los escaramujos del casco de este viejo barco. La gente empezó a abrir las cajas de madera y vi en su interior unas botellas de buceo “bitanques rusos” de catorce litros con su correspondiente regulador ABM-1 usados por el ejercito, copiados del primer regulador inventado por el dúo Costeau- Emile Cagnan. Eché una ojeada al agua y se veía todo transparente y limpio pero verde como el agua de las bahías. Me engancharon sin preguntar un par de botellas de estas y ayudé a los otros ponérselas también. Las manos me temblaban un poco y me hubiera gustado ir al baño, pero ahí no había. Todos se tiraron al agua al unísono, el estruendo fue uniforme como una gran explosión que hizo eco en el impecable silencio d esa mañana pinareña. Ya me iba a lanzar cuando el papa puso en mi mano una linterna grande como de doce o diez pilas que me puso más nervioso aun. La agarré con seguridad e intentando ser profesional me largué al agua como pude para no quedarme atrás. Ya casi estaban listos y tenían todo puesto, yo ni siquiera había lavado mi mascara. En unos segundos me la puse y metí la cara en el agua a ver que se veía. De pronto, el corazón me dejó de latir. A unos veinte metros mas o menos de profundidad se veía………..¡UN CEMENTERIO DE BARCOS MERCANTES! La vista era indescriptiblemente impresionante, tuve que esperar un rato a que el corazón volviera a su lugar. De esto no puedo dar mas detalles. La palabra no alcanza para describir lo que sentía. Hay que estar ahí para saber como yo con 18 años me las arreglé para que no me diera un infarto. Eran fantasmas de hierro, llenos d peces, algunas barracudas amenazantes. Figuras abstractas del capricho de la naturaleza. Una gran instalación artística promovida por las corrientes y la vida que había en ese lugar. Era….casi lloro dentro de la mascara. El cromagñon se quitó el regulador por un momento y me tocó por la nuca, saqué la cabeza del agua. Supongo que tendría los ojos fuera de las orbitas porque al verme echó una risotada que sacudió todo el espacio silencioso.
-Voy a entrar primero, tu vez como yo lo hago y entonces metes mano.
- Okay – dije sin preguntar más.

Le saqué el agua a las mangueras del regulador y comencé junto a los otros el descenso. A medida que me acercaba, el murmullo de las burbujas y la vista entre penumbra y amanecer más las raras figuras mal vestidas que me acompañaban, me acercaban más al sueño de visitar otro planeta. En este justo momento me sentía aterrizando en la nave de alíen y no cabía en mi de emoción y alegría mezclado con miedo, nervios y de todo. Casi me olvido de la linterna que se me cayó un par de veces, pero logre cogerla antes de que se alejara de mi mano lo suficiente como para perderla del todo. El cromangñon iba delante y me hacía señas de que lo siguiera. Me paré en la superficie de uno de los barcos a mirar en derredor. Era mi sueño sin avisarme, uno de los mejores buceos de mi vida. Imágenes que se quedaron grabadas en mí para siempre. El cromangñon se quitó las aletas para no remover el sedimento y yo hacía exactamente lo mismo que el. Entramos caminando a un barco de los más grandes, bajando por puertas y escaleras como si estuviéramos en la ingravidez. Ya el se conocía al dedillo todo el camino, de hecho, se veía que ya habían removidos bastantes planchas de la preciada madera. Hasta que llegamos a una gran sala que podía ser de mando porque se notaba en la penumbra controles, radios, teléfonos y cosas así. Entonces empezamos a desatornillar planchas. Los tornillos salían fácilmente, estábamos a unos veinte metros más o menos. Cada chapa de madera que sacábamos era llevada a al exterior por otro de los buzos que a su vez era entregada a uno que subía y bajaba constantemente. Esta era la peor parte, la de subir y bajar constantemente, las planchas casi no flotaban porque estaban saturadas de agua al parecer por la presión.


No se cuanto tiempo transcurrió de sacar chapas de estas, debo haber zafado mas de 50 cuando se me empezó a acabar el aire. Miré el manómetro del cromangñon y también ya casi estaba en cero. Así que ya había que irse. Todos ya habían subido solo quedábamos nosotros dos. Le pedí al cromangñon que se fuera alante que yo iría después por la idea de ver un poquito el barco por dentro y el me hizo caso. A mi me quedaban unas diez atmósferas por haber hecho el trabajo mas suave y que menos energía requería. Cuando el cromangñon se fue, me puse a recorrerme el barco por los pasillos. La poca luz que entraba por las ventanas era como una decoración tétrica, morbosa. Los pasillos aun conservaban huellas de que ahí había vivido gente. Entré a varios camarotes uno por uno donde se veían camas y muebles, seguí por los pasillos hasta que llegué a lo que pudiera ser la parte central de las bodegas de carga y bajé. Iba pasando de un piso a otro mirando los niveles como si me hubiera suicidado lanzándome al patio central de un edificio lentamente. Entré en un recinto que parecía la sala de maquinas con enormes motores dormidos llenos de peces. Encendí la linterna. Las luces que iban quedando ya iban siendo las menos a pesar de que eran mas de las nueve de la mañana. Me llamó la atención un corredor en específico, al final había un cuadro en la pared, entré sin pensarlo y llegué como una meta hasta el cuadro. El agua estaba tibia y cómoda y no provocaba perdidas de temperatura ninguna a pesar de tener yo puesta poca ropa. Limpié el cuadro con el dorso de la mano y vi una foto de alguien. Estuve un buen rato preguntándome quien seria ese alguien y haciéndome conjeturas.

De pronto me llevé un susto porque empecé a sentir unos golpes tremendos en el casco del barco. Eran acompasados y supuse que era que me estaban llamando. Miré el manómetro y me quedaban solo unas cuatro atmósferas. Había hecho una tontería imperdonable, me quedaba lo justo para salir, pero no se salía por arriba, había que salir por una escotilla lateral por donde mismo había entrado. Así que volví sobre mis pasos pero ya parado en medio del gigantesco espacio central no recordaba por cual piso era. Cuando comencé a bajar había pisos por encima de mi, no se cuantos y por debajo, todo era igual, lleno de algas y corales. Subí lentamente como intentando ver alguna huella de mí paso o del paso de los demás, pero el extremado cuidado de no levantar sedimento había hecho que no tocásemos al menos lo menos posible para no enturbiar el agua. El corazón me dio un brinco acompañado del pensamiento – la hemos cagado- intenté estar tranquilo. Pero ya tenía el tiempo contado y nunca fui bueno para competiciones. Empecé a aletear mas rápido y ya se iba levantando de tras mío una capa de sedimento, lo que me prohibía volver atrás una vez mas. Me imaginé en uno de los pisos que una raya era el rastro del arrastre de una de las planchas y por ahí mismo entré, pero nada me parecía conocido y a la vez todo igual. No me quise dar la noticia de que estaba jodidamente perdido en una mole de hierro de miles de toneladas. Seguí pensando que mi suerte natural me haría encontrar la salida en el último momento. Poco después ya iba a la máxima velocidad que permitían mis piernas, doblaba como un hábil pez por pasillos y recovecos buscando un poco de luz pero esta se iba desapareciendo, lo que me daba la impresión de que me estaba metiendo en lugares mas sellados aun. Daba vueltas sobre mi eje al mismo tiempo que me desplazaba para inspeccionar el techo también por si había alguna grieta. Llegué a un recinto de unos tres pisos de altura que estaba lleno de cadenas. Una montaña inmensa de cadenas – me caguen diez ¡esta es la proa!- esas son las cadenas del ancla. Ya el corazón me funcionaba como un motor diesel. Intenté coger un hierro del piso para golpear y que al menos así supieran donde estaba. Todo estaba soldado. Apague la linterna un momento.
La vista se me fue adaptando a los fantasmas. Cientos de figuras se fueron delineando entre todo tipo de mecanismos, tuberías, cables, cadenas y puertas cerradas. De haber tenido tiempo me hubiera puesto a buscar similitudes con cosas humanas. Nadé suavemente intentando acercarme hacia esa luz. Llegué a un corredor donde la luz se hacía más fuerte. Comenzaba a descubrir pasamanos, maniguetas de puertas, detrás de una de ellas salía bastante luz así que me puse los pies en la pared y tiré con todas mis fuerzas. La puerta se movió un poco. Y logré entrar. Era un simple camarote con una pequeña escotilla redonda por donde a duras penas me cabría la cabeza. Intenté volver pero todo estaba revuelto. En mi estampida había puesto todo patas arriba y el sedimento bajaba con la misma calma que tiene dios para llevarse a las almas perdidas, yo era una de ellas.


Comenzaba la cuenta atrás.

Tres atmósferas.


Intenté salir por la escotilla aunque me rompiera los huesos, pero los hombros no me salían aun así calculé que si me quedaba trabado donde dejaba el tanque, tendría que sacar el tanque primero y después intentarlo yo.

Dos atmósferas.


Saqué el tanque a duras penas, me pasé las mangueras por detrás el cuello y mordí la boquilla con fuerza no fuera a ser que se cayera el tanque por la borda y yo me quedara entonces ya sin aire del todo y sin oportunidades de nada, lo intenté otra vez pero los hombros no me pasaban. Empecé a sangrar un poco por los brazos supongo que con el esfuerzo me había dañado un poco la piel. Entré de nuevo. Golpee con el tanque la pared repetidas veces. El burbujeo iba removiendo la habitación, solo me quedaba golpear la pared que hacia un estruendo horrible para que me oyeran, quizás ya estaban todos arriba esperándome tranquilamente. Sé que no se habían ido porque el papa y el cromangñon nunca se hubiesen marchado sin mi. Me empezó a faltar el aire, ya se hacia difícil de respirar.


Una atmósfera.


Me senté en el piso a pensar. Pero no se me ocurrió otra cosa más alegre que ver mi velorio. Intenté recordar que libros tenía en casa para saber que heredarían los amigos. Imaginé al jiscler y al Bujío sin mí. Ya crecidos, casados, con hijos haciéndole cuentos a los hijos de un amigo que tuvieron una vez. Cogí un teléfono que estaba medio flotando suspendido al alcance de mi mano y me pregunté si esa llamada era para mí. Me dio risa. Traté de dar vueltas al disco pero caí en cuenta que no me sabía el teléfono de nadie, que ese teléfono no estaba conectado y que en ese barco estaba casi todo muerto y dentro de poco estaría todo muerto del todo. Me puse el auricular como si de verdad se tratase de una llamada. Dios quiere hablar conmigo. Sonreí y deje escapar la última bocanada de aire útil. Ya no respiraba pero por suerte, no estaba en pánico. Había oído decir que cuando uno le falta el aire entraba en una narcosis, pero no sabia mucho mas, no era buzo. No había estudiado buceo. No tenía ninguna idea que venía ahora pero lo que fuera seria recibido con calma. Lo que fuera que me estuviera haciendo esto no le iba a dar un espectáculo para que se divirtiera. Quizás en este barco habían muerto gentes al hundirse y me estaban observando, quizás en su momento ya los vería yo a ellos y seria parte de ellos, no me molestaba vivir en un barco hundido, mucho menos en el fondo del mar. Esto tenia partes buenas, solo pensé en mi madre y se que las lagrimas eran menos saladas que el agua que me rodeaba pero fue por corto tiempo. Me jodía no ser adivino. Si hubiera sido adivino hubiera hecho un montón de cosas antes de meterme en este lío, o no me hubiera metido. Bueno el destino es incontrolable. Quizás aun sabiéndolo las circunstancias me hubieran llevado hasta ahí hasta ese barco muerto de donde sacábamos buenas planchas de madera para que alguien decorara su casa con hermosas maderas incorrompibles.



Cero atmósferas.


Nelda me gustaba mucho. Sus ojos verdes detrás de su piel morena quemada por el sol eran lo más hermoso que había visto. Para colmo era simpática y cariñosa, pero no se porque rayos cuando estaba junto a ella yo no decía ni media palabra. Quedaba como un atontado tímido y así era. Después me quedaba con ganas de golpearme a mi mismo. Como ahora. Si dios me dejara salir de aquí se lo diría. Que me gusta mucho. Que quisiera que fuera mi novia. Me había pasado e l tiempo posponiéndolo y mira donde estaba ahora. También debí haber ido menos a la escuela de lo que fui, a ver ¿de que me valen los estudios? ¿Harán pruebas en el cielo? ¿Habrá otra vida? Soy afortunado, voy a saberlo. Me estoy sintiendo bien, me estoy relajando, no tengo fuerzas.



Dióxido de carbono.


Me escapé del servicio militar, de ir a la guerra de Angola. Me salvé de tantas cosas. Al final la vida no era tan buena. Aunque no me quejaba de ella no niego que me la pasaba sufriendo aun haciendo lo que más quería. La vida es trágica por naturaleza porque es la manera de hacer que te defiendas. Una vida sin problemas, trabas y pruebas desaparecería tu instinto de conservación. La gente rica por ejemplo, los que tienen de todo sin esfuerzo siempre están con depresiones y tonterías de esas. Yo tenía mis tristezas pero disfrutaba de ellas. Mis tristezas son lindas y las quiero a pesar de estar siempre riéndome. Dejé caer el teléfono, la cámara lenta de las cosas que suceden bajo el agua estaba exagerada. Todo sucedía más lento que lo normal como si se estiraran los últimos minutos. Nelda me gusta pero quizás nunca me haga caso. Lo que si no puedo dejar de decírselo ¿Donde estará? Miré el reloj, las diez menos cuarto. Estará en el tercer turno de clases como toda persona normal. Claro que no podía fijarse en mi porque yo era un anormal, un mataperros como bien decía mi madre o un antisocial como decía mi padre. Nunca entendí la palabra antisocial, yo tenia buenos socios así que no se a que venia eso.


Narcosis.

La luz se fue yendo poco a poco y todo el entorno se alejaba de mí sin piedad. Huía como si todo lo que yo tocase fuera maldito El pequeño foco de la linterna encendida fue lo último que vi. Me agarré de ese punto lo más que pude. Recordé cuando me fueron a operar de pequeño que yo trataba a pesar de la anestesia, de mantener los ojos abiertos para que el medico no fuera a pensar que ya me había dormido y me metiera cuchilla antes de que hiciera bien su efecto. A pesar de luchar y luchar los ojos habían dejado de ver poco a poco como ahora. Ya se había asentado de nuevo el sedimento. A duras penas logré ver pequeños peces que pululaban cerca de mi cara como preguntándome que rayos hacia yo ahí sentado como si se tratase de un lugar turístico. Empezaron a aparecer algunas confusas luces con movimientos aleatorios, había un silencio total. – ya está, es el túnel- pensé e intente sonreír un poco pero no me obedecía nada, traté de mover un dedo pero nada, como si no tuviera cuerpo. Casi podía decir que había salido de mi y que si miraba atrás me vería a mi mismo tirado como una marioneta sin hilos en el piso de una habitación de un barco hundido. Al menos es una muerte interesante. Negro todo.


FIN.


Unos estruendos lejanos comenzaron a oírse. No quería abrir los ojos. No sabía lo que me iba a encontrar ¿y si eran muertos como los de las películas? ¿Y si eran como los del video de Michael Jackson en triller? Pa su madre, no iba a abrir los ojos pero los estruendos se iban acercando y me daban cada vez más miedo. Los estruendos infernales, ¿que habré hecho yo mal? ¿esto es el cielo? Vaya mierda de cielo. Los estruendos se convirtieron en explosiones, las explosiones en golpes y los golpes en unos galletazos que me estaban dando para despertarme. El cromangñon me había encontrado y me había sacado a superficie. Me reanimó a base de galletazos en la cara. Me ardía y mi primera reacción fue abrir un ojo. Todos respiraron aliviados. Me esperaba una bronca del papa por tamaña irresponsabilidad pero este no me dijo nada, estaba acostumbrado a este tipo de percances y a veces con desenlaces peores, al contrario. Me dio la bienvenida a los vivos y me dio 500 pesos. De ellos pague cincuenta por coger un carro de alquiler desde cabañas hasta la puerta de mi casa. La escopeta nunca la recogí. La di por vendida. Por supuesto que no conté nada de esto y al cabo de muchos años cuando volví a Cabañas, ya estos barcos habían desaparecido, hechos chatarra.



"Unos estruendos lejanos comenzaron a oírse. No quería abrir los ojos. No sabía lo que me iba a encontrar ¿y si eran muertos como los de las películas? ¿Y si eran como los del vídeo de Michael Jackson en triller? Pa su madre, no iba a abrir los ojos, pero los estruendos se iban acercando y me daban cada vez más miedo. Los estruendos eran infernales, ¿que habré hecho yo mal? ¿esto es el cielo? Vaya mierda de cielo. Los estruendos se convirtieron en explosiones, las explosiones en golpes y los golpes en unos galletazos que me estaban dando para despertarme.El cromangñon me había encontrado y me había sacado a superficie. Me reanimó a base de galletazos en la cara. Me ardía y mi primera reacción fue abrir un ojo. Todos respiraron aliviados. Me esperaba una bronca del papa por tamaña irresponsabilidad, pero este no me dijo nada, estaba acostumbrado a este tipo de percances y a veces con desenlaces peores, al contrario. Me dio la bienvenida a los vivos y me dio 500 pesos. De ellos pagué cincuenta por coger un carro de alquiler desde cabañas hasta la puerta de mi casa. La escopeta nunca la recogí. La di por vendida. Por supuesto que no conté nada de esto y al cabo de muchos años cuando volví a Cabañas, ya estos barcos habían desaparecido, hechos chatarra"

 El carro de alquiler desde luego que no me dejó en mi casa nada. Ningún carro ANCHAR te dejaba en tu casa, tenían rutas predeterminadas y este llegaba hasta el Lido después de hacer paradas por La Herradura, El Mariel, Santa Fé, Jaimanitas y subirse por una bella avenida hasta la terminal del Lido. La escopeta y los equipos de buceo los dejé abandonados porque no sabía que tenía escopetas ni equipos de buceo, el hecho es, que no sabía que tenia nada más que lo que llevaba puesto y unas chancletas que por mas que leía la marca zico no me recordaba que fueran mías. Ese era el problema, no me recordaba nada, ¿porque estaba ahí? de donde venía, ni hacia donde tenía que ir. La memoria se me había borrado de una manera rara e incomoda porque  recordaba unas cosas si y otras no. Sabía como me llamaba, sabía que estaba lejos de mi casa y sabía que algo había salido mal en una inmersión pesquera de las mías. Inmediatamente me puse alerta al no saber donde era que vivía y me preguntaba si iba en el camino correcto. El carro iba atestado de personas apretadas y yo con un gran resacón cerebral. Mirando todo por la ventana, tratando de recordar algo, viendo las señales. En cada parada, en cada entronque, al entrar en la ciudad miraba a cada una de las personas que estaban esperando algo. Soñaba con encontrar a mi mamá esperándome. Como cuando las guaguas de las escuelas al campo venían y yo buscaba entre los padres. Buscaba y buscaba pero nadie me era conocido. A pesar de todo el daño cerebral que hubiera podido tener por la falta de oxigeno, el sentido del humor no había muerto. Sonreí al imaginarme a mi mismo preguntando en las paradas si alguna de esas personas era mi madre. Estuve a punto de pagar y bajarme donde mas personas vi pero seguía. Era tan agradable ese viaje. 
La maquinaria de preocupaciones también había muerto junto a la de orientación y memoria. No se si iba al sur, al este, no lo se, no lo se aun. La gente hablaba dentro del carro como unas cotorras y solo oía murmullos, me entró un sueño increíble pero tenia miedo reconocer algo y no darme cuenta, así que hice todo lo posible por no dormirme y me aferre a la ventanilla del carro como un desesperado naufrago habiendo perdido el pobre barco de sus recuerdos. Caí en cuenta. Lo último que había visto, había sido yo metido en una habitación del camarote de un barco hundido y sin salida. Una linterna cayendo suavemente y levantando el polvo sedimentario del piso al rebotar en cámara lenta y mis pensamientos sobre Nelda, ¡coño! ¡Nelda Perdomo! ya tenía algo, pero seguía sin saber donde estaba, eso si, vinieron sus ojos verdes otra vez y su piel tan oscura. 


Carreteras y mas carreteras. Gente vendiendo cosas, Josef tenía el dinero apretado en la mano, nada más. Ni cartera, ni carnet, aunque si los hubiera tenido tampoco hubiera atinado a mirarlos. El mundo nuevo era muy curioso, la gente era curiosa, el comportamiento, las miradas. Josef estaba descubriendo un mundo nuevo. Todo lo que se borra y vuelve, es nuevo. 
El carro llegó a la terminal del LIDO, a duras penas lo hicieron bajarse de el. El chofer tuvo que convencerlo de que ahora haría el mismo trayecto en dirección contraria.
Josef pasó varios días en el LIDO. No reconocía nada pero tampoco sentía la necesidad de llegar a ningún sitio. Al tercer día le embargó una tristeza tremenda. ¿Y si no tenía nada? ¿Y si no tenía familia? ¿Y si ese duro banco donde dormía por las noches entre otras personas que no tenían nada era todo en su vida? Pero recordaba a Nelda, nadie que tuviera en un banco como ese por hogar iba a tener algo tan bello como Nelda en sus desastrosos recuerdos. A menudo metía la cabeza debajo de una pila a ver si corriéndole el agua fresca le venían mas ideas. Estaba estancado. El mundo había sido lindo, entretenido y curioso los dos primeros días pero ya cansaba lo mismo. los chóferes preguntándole para donde iba a adonde quería ir. El agua de la pila, los panes con guayaba y queso, el mal olor a excrementos de todos los animales que trasegaban en esta terminal, puercos, pollos, carneros, algunos lastimosamente vivos que daban una tristeza terrible al imaginar su corto futuro. Vio policías pidiendo carnet, cosa que el no tenía, como no tenia nada que cuidar que no fuera su dinero metido en un pequeño bolsillo del short anaranjado que llevaba, arrancó con paso apurado calle abajo, siempre tratando de no alejarse de las avenidas. Algunos instintos le quedaban por suerte como el de siempre huirle a la policía. Pasó un carro con un chófer gritando ¡¡VEDADO VEDADOOO!! La palabra encendió resortes en la desmadejada cabeza de Josef, ¡Ese Vedado! ahí hay algo, se que ahí hay algo y se montó en el carro que también quería salir rápido de los predios del Lido ante el acoso de la policía a chóferes y transeúntes. 

Recuerdo una calle con muchos árboles, árboles que apenas dejan pasar la luz del sol, árboles que se cierran sobre la calle y en sus raíces colgantes se cuelgan los muchachos a balancearse y jugar a los piratas. recuerdo.. recuerdos. 

-¿Donde es el Vedado? Preguntó al incrédulo chófer que lo miró de mala forma con el rabillo del ojo. 
- ¿Tienes pa pagarme?- Josef sacó 10 pesos de su estrujado bulto de billetes y se los dio al chófer. -No suelo cobrarle a la gente antes, pero tu estas un poco raro ¡¡Con perdón!! no te me ponga bravo.

-Es que vienes mirando por la ventana como si fuera la primera vez que vienes a La Habana, sabes, en La Habana nadie mira para arriba, esta ciudad tiene encantos arriba, abajo, pa tos laos. Pero la gente solo mira pa la calle a ver que se encuentra, nadie mira los techos, los dinteles, los capiteles..... ¿Sabes que significan esas palabras verdad? 
-¿Falta mucho para el Vedado?.... 
-No, ahí mismo, en cuanto crucemos el túnel. 

La sensación de caída cuando el carro brincó el comienzo del túnel asustó un poco a Josef, la oscuridad no le daba gracia, recordaba un entorno oscuro en el que dijo adiós a todo. Se había resignado y hasta lo había aceptado de buen grado. Era un buen momento para irse, la vida no era gran cosa y no tenía aspiraciones. Le daba igual tanto como ahora. Solo que esa linterna cayendo con sus pilas fallando, eran como la luz que literalmente se iba, se iba tanto como su vida. recordó al cromagñon dándole golpes por la cara para despertarlo, hizo una mueca de asco. Tan rápido como el carro bajó comenzó a subir, el sol hirió las pupilas de Josef, el chófer comenzó con su desagradable voz de nuevo. 
-Ya este es el Vedado, ¿donde te dejo? 
- Aquí mismo en cuanto puedas - ¿Para que seguir alejándome...o acercándome? Si no se ni donde estoy, pensó Josef de manera lógica. El Vedado le seguía sonando muy fuerte, quizás al ver algo recordaría su sitio, siguió mirando a ver si veía a su mamá. - Aquí mismo- Se bajó en un sitio con un gran muro azul y muchas paradas de guaguas, pero el sol pegaba de lleno y no había techos ni bancos, ni pila de agua, ni donde refugiarse. Se asustó de haber dado un paso, quizás había sido un paso en falso, quizás no debió moverse de donde al menos tenía el mínimo refugio, pero la policía. .. No sabía porqué pero debía huirle siempre a la policía, recordaba que eso había sido su misión por mucho tiempo aunque no le venía a la cabeza haber hecho algo como para eso. Pero había que huirle. Nada le era familiar en Línea y 18 donde estaba parado ahora, a la salida del túnel, había un ruido horrible de una fábrica -Este no es mi sitio- pensó -Tanto churre, olor a pintura, polvo, ruido, guaguas, gente- Cruzó la calle, sin embargo, el Vedado seguía sonándole como si estuviera dentro de una campaña, al frente había una cafetería y mas calma. Se tomó un helado y vio unos muchachos con patas de rana en una jaba, se dirigió hacia ellos con el helado en la mano aun. 
- ¿Donde está el mar aquí? 
-Allí- Señaló uno de los muchachos con mucho desgano y mirando a Josef de arriba a abajo de manera inquisitoria. Josef tiró el helado y corrió porque le daba el olor a mar, en cuanto avanzó unos escasos metros en su carrera divisó lo que sería un muro, era una calle demasiado ancha y peligrosa la que había que atravesar, los carros no dejaban de pasar a toda velocidad y Josef estaba desesperado por ver el mar ahí, en esa parte, tenía buenas sensaciones. 
Como pudo entre insultos y frenazos cruzó, de un salto superó el muro y bajó a un escalón que tiene el muro pegado al mar, la marea estaba alta y había un poco de oleaje por lo que se le mojaron los pies. Miró el fondo, reconocía esas piedras, esas formas, cada pez. Esa vida de vida pujando por salir adelante, comiéndose entre si, empujándose, desplazándose, cuanta vida y colores. 
-Quizás es mejor no tener una familia - Pensó- Quizás su vida sería ahí, en esas costas tan conocidas y trilladas por sus escasos recuerdos, recordaba sí, haber dormido en ese mar un montón de veces, el dolor del frío de la madrugada en ese muro sobre sus costillas adormecidas. Había dormido en ese muro con olor a ron seco y carnada y recordaba una hilera de luces muy organizadas. Trepó al muro de nuevo, se fijó que en efecto, la acera estaba llena de luces ahora apagadas por ser de día. Si, este es el sitio, -¡este es el Vedado! -gritó en sus pensamientos tan escasos como la poca edad de su memoria. A su izquierda quedaba una fortaleza de piedra llamada la chorrera, no era la gran cosa, pero si hubiera estado en algo importante en su mente quizás no pasara tan desapercibida. Mas al sur había un río que desembocaba. Un río apestoso y de aguas verdes y sucias, sin embargo ese olor comenzó a ser agradecido, ese olor era de casa y esa casa tan linda que decía 1830, Esa era su casa, ¡que casa más linda! ¡ya todo estaba salvado! había llegado a casa, corrió todo lo que pudo, llegó a la puerta y se revisó, no tenía llaves ni nada pero esa era su casa ¡claro! ¡El 1830! recordaba cada habitación, el olor de la cocina, pero la gente de sus recuerdos seguía sin tener rostros, excepto su madre, pero por desgracia no asociaba a ver a su madre y a él juntos dentro del 1830. Tocó la puerta de cristal repetidas veces, abrió un señor vestido de etiqueta ¿Quien coño se viste de etiqueta con el calor que hace en Cuba! intentó entrar a toda velocidad y el señor de etiqueta se lo impidió. 
-¿Que quieres? ¡No puedes entrar así!
- ¡Esta es mi casa! 
-¡Que casa ni que carajo muchacho, sale pa fuera! - 
El señor del frac agarró a Josef tan fuerte por la muñeca que apenas podía moverse, sin mucho esfuerzo lo sacó los escasos pasos que había dado dentro del recinto, de todas maneras Josef vio lámparas de cristal, muchas mesas con manteles y algunos comensales, aquello era un restauran, no era la casa de nadie pero ¿Como equivocarse con algo así? 
- ¿Aquí no había un mono? 
- Si, allá atrás, en la isla japonesa pero no puedes pasar. - dijo el del frac suavizando la presa que tenía en su mano que ya le tenía dormido el brazo a Josef
- Si te veo otra vez te llamo la policía. Eso bastó, policía y alejarse del lugar era un acto reflejo. No sabía porque debía huirle pero siempre le huye, algo le dice que debe alejarse. 
 Río adentro las cosas le parecían mas familiares, había una casita azul a la orilla del río sobre pilotes ¡Esa si podría ser su casa! ah en la orilla de un río, si, su vida era un bello sueño donde cada hallazgo era mejor que el anterior. -Esa si es mi casa- pensó, pero al acercarse vio un busto de alguien, una bandera y una guardia. -No, esto es algo militar- siguió mirando y las cosas le parecían cada vez más terriblemente conocidas, aunque seguía desubicado por completo, pero ese río, esos botes y siguió hasta que se dio cuenta que estaba por encima del túnel que antes había pasado. La zanja con las vigas atravesadas, eso si pertenecía a su casa, estaba seguro. Recordó las palabras del elocuente y solitario taxista. -Es que vienes mirando por la ventana como si fuera la primera vez que vienes a La Habana, sabes, en La Habana nadie mira para arriba, esta ciudad tiene encantos arriba, abajo, pa tos laos. Pero la gente solo mira pa la calle a ver que se encuentra, nadie mira los techos, los dinteles, los capiteles..... ¿Sabes que significan esas palabras verdad? Josef miró hacia arriba, en uno de los edificios a su alrededor que no le decían nada vio en el tanque de agua pintado una tabla de surf, mas abajo su nombre. Miró a todo lados para ubicarse ¿Como se llega ahí? se preguntaba desesperadamente, esa si tenía que ser su casa no? si no ¿porque decía su nombre y su gran pasión? 

En el minuto 02:29 de este vídeo sale un elemento de esta historia (El tanque con una tabla de windsurf)
Corrí lo mas que pude, ese tenía que ser mi barrio y se entraba por un pasillo. El barrio estaba silencioso y tranquilo a esa hora de la tarde pero esa calle, especificamente esa calle, estaba llena de gente, gente que vendía, gente que compraba, gente gritando, gente hablando, gente desperdiciando sus memorias y su salud en tonterías sin sentido. Ancianos mirando, perros, gatos, fumigadores protestando, flores, árboles que cerraban la calle por arriba como un túnel y daban una sombra cavernaria. Agua limpia corriendo por un sitio, agua sucia y jabonosa corriendo por otro, olor a olla de presión con chícharos, olor a luz brillante. Ruidos, olores, gente, gente que gritó mi nombre llamándome y yo supe esquivar disciplinadamente. No me atrevía a entrar en lo que supuestamente fuera mi casa ¿Que me iba a encontrar? Recordaba a mi madre y otras vagas imágenes. ¿Y si salía un señor de etiqueta otra vez y me decía que esa tampoco era mi casa? Me senté en la escalera por horas. La escalera estaba fría y se sentía un olor a humedad agradable de una cisterna que había justo al lado debajo de los escalones. Olor de cueva, olor de frijoles, olor a ron, olor a cable eléctrico, olor a moho de pared, olor a óxido del pasamanos, tantos olores. Salió una mujer pero tenía los ojos negros así que no era Nelda. Me gritó de alegría, me preguntó como me fue en el campismo y le avisó a mi mamá que ya había llegado, mi mamá como si nada, abrió la puerta y me mandó a comer. Mas tarde me preguntó como la pasé en el campismo. Recordé que era lo que le decía cada vez que me iba a una de mis extrañas pesquerías para que no se preocupara. Me relajé al ver que no habría conflictos ni mas preguntas. Dormí toda la tarde y la noche. Al otro día estaba lleno de recuerdos que no sabía si habían pasado o no, cosas raras, luces, muertes, colores y un mundo que solo puede existir en una mente destrozada o enferma. Malditos sueños. Hoy es otro día. Me robo mi propio pan y me voy a la calle. Tengo tanto que aprender, tanto que recordar. Voy a conseguir una cámara de vídeo cueste lo que cueste para grabar todo a partir de ahora. Esto no puede pasarme otra vez. ¿Y si se me borra la memoria de nuevo? Quiero al menos ver imágenes. Mi vida tuvo cosas buenas también. Voy a filmarlo todo. Tengo que ver a Nelda, contarle todo esto que me ha pasado y que ella sepa que regresé por ella, que ella me dio el inicio de toda la recuperación de mis recuerdos. Y que si algo bueno tiene haber vuelto, ha sido ella.


Repeat after me 

 Decía una y otra vez aquella maestra de ingles de mi tercer 9º grado. 
Repeat after me. 
Hector and his sister Nancy went to the beach with their father. 

Quizás es lo único que se me grabó de aquel 9º y seguro estará mal escrito.

  L'origine nascosta by Ludovico Einaudi on Grooveshark

 El primero de tres lo había suspendido toda la escuela. Los niños de la revolución habían soltado en un congreso pioneril por órdenes de arriba que todos los maestros hacían fraude. Suspendimos todos, todos con menos de 70 que ya era suficiente para no pasar de grado. Pero mis padres venían de una familia que se mantenía con 256 pesos al mes. Pasaron quienes les hicieron buenos regalos a los profesores que ya no hacían fraude, ya te daban el aprobado por bienes o dineros directamente. Conozco de buena tinta quien falsificó el certificado de notas para no perderse las vacaciones. Yo lo eché a suerte. Ni miré las notas, no usaba esta frase pero mi pensamiento era del estilo de: Que sea lo que dios quiera. Tampoco creía en dios, ni ahora tampoco. Quizás por eso sigo repitiendo. 

 El segundo 9º fue mas lindo, mas intenso. Ya yo era un poco mayor y vinieron caras nuevas. Comencé a pensar en el amor sin leer a Henrik Brukner. Cuantas aventuras, romances, persecuciones. Que emoción pasar por casualidad por delante de la casa de la persona que me gustaba 100 veces al día. 100 casualidades y 100 posibilidades de encontrármela por casualidad. Por lo general la encontraba con su novio. Va por ti Laura, dios en el que no creo sabe cuantos zapatos gasté pasando por tu casa cerrada a cal y canto. ¿Quien coño tenía aire acondicionado en esa época? ¡Tú! y por eso tu casa siempre estaba cerrada, acristalada ¿Quién tenía cristales sanos en su casa? ¡Tú!  ¡cristales verdes con bolitas de esos que no se ve una mierda padentro! ¡100 veces cada día Laura! o quizás menos. Para nada. Un día te apareciste en mi casa, tocaste la puerta. Habías huido de tus padres por una bronca de esas raras que yo no sabía si era por fumar cigarros de lo que fuera. Me hiciste llamarles y decirles que yo era tu novio. Fue bonito ser tu novio virtual por unas horas hasta que te recogieron en ese alfa romeo del 76 de 1750 centímetros cúbicos color vino y ver a tu padre en cámara lenta amenazándome de cualquier cosa que me importaba un comino. Me diste un beso en la cara antes de que te cerraran la puerta del carro. No te vi más nunca. Al cabo de los meses tu casa estaba vacía, y yo seguía pasando por ahí. Para nada. 

 Repeat alter me.

 Horas y horas pasaba parado en el puente de hierro. Hasta que viera un pez saltar. Me cogía tarde a todos los sitios porque tenía mi propia superstición. Si veía un pez saltar es que el día iba a ser bueno. En la mañana, entre los botes que llegaban de estar toda la noche pescando los veía saltar. Esas eran mis monedas, peces que saltaban. Un pez, otro pez. Que días mas lindos vinieron, mientras mas peces saltaran mas lindo era el día. 


En ese tercer 9º grado ya estaba cansado. Habían hecho la famosa mundial pero era pedirle peras al olmo. Lo que me habían hecho, ese año que había perdido miserablemente de mi vida no lo perdoné jamás. Habían bajado la puntuación mínima a 60 pero ni así moví un dedo, no abrí un libro. Daba dos turnos al día y después tenía la incalculable felicidad de mataperrear por ahí para no llegar a mi casa antes de hora. Ya no estaba solo, había más mataperros que me apoyaban en mi causa. El carabela, Haydee, Angel Mederos que estaba tan enamorado de Haydee como yo hasta que se fue con el profe de educación física y tuvo hasta hijos. Por suerte nunca le dije nada. Era una persona tan valiosa, que era mejor no perderla con tonterías amorosas de niños. Un día se lo diré. Pero ella, dentro de ella, era mucho más mayor que nosotros. Tremenda Haydee. Es la única persona de quien me haya enamorado y no se ha enterado, las demás sufrieron y se divirtieron de lo lindo con mis ridiculeces de todas las ramas posibles. Pero a Haydee no le dije ni pío. 

 El cuarto 9º fue en una escuela taller. Aburrida. Llena de corta cortas. Gente saturada de conflictos por todas las vías posibles. Un profesor nos rogó que termináramos el 9º me centré un poquito y lo terminé. Fin de la historia. Como era solo un semestre esos 8 meses de vacaciones prometían mucho. Lindas vacaciones pasando por casualidad 100 veces por casa de Haydee a ver si por casualidad la veía. La vi. La vi varias veces pero como de costumbre no tenía nada que decir. Un saludo y a seguir camino. Maldito nudo en la garganta. Repeat alter me. Hector, and his sister Nancy………………





Tres cosas buenas


 Tres cosas buenas. Tengo que pensar en tres cosas buenas. Cada vez que me canse, me caiga, me rinda, tengo que pensar en tres cosas buenas. Siempre hay tres para pensar. De nada vale quejarse, molestarse, hundirse si las cosas van a seguir para adelante contigo o sin ti. Trata de soportar ese pequeño error del hermoso viaje de estar vivo. Sigue adelante y cuando veas que el mundo está al revés, que la gente mala le salen bien las cosas, que triunfa la deshonestidad, la maldad y todas esas cosas que no vale la pena mencionar, no te caigas, piensa en tres cosas buenas y en los segundos en que lo logres, ya estarás montado en el siguiente tren. Solo tres cosas buenas a la vez.
Estar durmiendo y que te zarandeen con cariño a las 2 de la madrugada.

Uno
- Vamos, despiértate, tengo una sorpresa – La voz de mi papá en una oscuridad donde solo se le veía un pequeño brillo pícaro en los ojos y la sonrisa – vamos, vamos ssshhh! – dormía con la ropa de andar, la vida era tan azarosa que no me cambiaba por si pasaba “algo” ese algo que estaba pasando.
Nunca preguntaba, nunca nada malo podía venir de mi papá, y esa sorpresa que venía tendría que ser mejor que la anterior. Le gustaba darme sorpresas, sabe que yo mas que nadie las apreciaba y aun me sorprenden y me pegan de adentro hacia fuera con emociones nuevas cada día. Me hizo apurarme un vaso de agua con azúcar y un pedazo de pan que tuve que demoler de lo viejo que estaba, cruzamos la calle hacia el barco. El frío no me importaba y el olor de río siempre me daba un estrés agradable de aventuras. Arrancó el motor – Vamos a Cabañas – dijo en voz baja entrecruzada con las cariñosas detonaciones de la vieja maquinaria que movería la hélice en las próximas seis horas.


A cabañas, un viaje largo. Soñaba con un viaje largo, mi primer viaje largo había sido recorrer a pie todos los nueve kilómetros del malecón habanero. Pero este era por mar, de madrugada, en silencio. Cuando la vieja mole de madera comenzó a moverse parecía que lo hacía por arte de magia, sus cientos de capas de pinturas de varios colores, descascaradas le daban aspecto de monumento o pared. Nadie pensaría que eso se movería y menos al ritmo de las olas, olas que ya empezaban al salir del puerto de Río Almendares. Subí al techo del barco, fui siguiendo cada una de las estrellas y veía asomarse la cabeza de mi papá a ver si no me había caído al agua, el zarandeo era como si dijera ¡despierta, aprovecha esto! Hasta que empezó el amanecer pasando el Mariel. Cuantas luces, el frío era lindo, el hambre era linda, como sables los tímidos rayos de sol rompían el agua cristalina y a veces espumosa hasta donde la vista se perdía. Se perdía la vista, era como flotar sobre un cristal azul y la proa en silencio, tímidamente ganaba metros hacia nuestro destino. Están grabadas a fuego tantas emociones bellas, podría estar años describiendo cada minuto de ese día, ese día de muchos días cuando todo era tan bello, cuando daba gracias por respirar, por oír, por abrir la boca y probar la sal de la atmósfera. Gracias a eso hoy suspiro y sonrío sin ton ni son en las peores situaciones. Eso no me lo quita nadie.

Dos.
Años llevaba intentando navegar a vela. Solo dios sabe como me hice con una tabla de windsurf. Pero era solo pararme y caerme, me parecía imposible, tantas veces pensé dejarlo hasta que apareció el chino, el chino había visto en televisión cual era la técnica y se le había quedado grabada aunque el nunca se había montado en una tabla. Me enseñó. En menos de media hora lo comprendí todo y con una sonrisa me disculpé por tanto tiempo perdido en intentos infructuosos sin conocimiento alguno. Hice lo que me habían explicado. En los años perdidos había ganado al menos un poco de equilibrio y me dieron más facilidad para empezar. Cuando la vela está en su sitio y la tabla empieza a moverse no lo crees, no crees que algo se mueva en silencio tan solo empujado por el viento. Impresiona como un metro, dos, va cogiendo una velocidad que parece espeluznante y ya formas parte de una naturaleza en movimiento que no necesita mas que tu energía y los deseos de casi volar. Grité tanto ese día que me quedé sin voz, a toda velocidad me arqueaba hacia atrás y metía la cabeza en el torrente de agua, el único ruido era la sal pegándome y la espuma reventando con la presión. Los primeros metros fueron los más impresionantes del mundo, es saltar tu propia fuerza con el ingenio, es escapar de tus mínimas posibilidades de ser terrestre. En fracciones de segundos ya estaba soñando a miles, soñando viajar, escapar, volar. Navegar a vela es algo que choca con los espíritus de mucha historia, es sublime y hermoso, es como si la tierra y la vida te estuvieran dando un regalo incalculable.

Tres
Perdí la cuenta de cuantos esfuerzos hice por Sandra. Cuantas veces dejé de intentarlo y cuantos días pensé que lo lograría de nuevo. Era como escribir en hielo, imposible. Hasta que sucedió. Llegamos de noche a la costa donde  las suaves olas iban magnetizando cada beso, haciéndolo mas importante. Hacía ese calor de agosto y en la playa de 12, al lado del gran teatro blanquita, hoy llamado Karl Marx metimos los pies en el agua. Sin voz estábamos desde hacía días porque nos habíamos encontrado en una magia rara donde pasaban cosas sobrenaturales como el no tener que hablar para decirnos de todo, todo lo bello de la ilusión, las esperanzas y los sueños. A lo lejos algunas parejas hacían lo mismo que algunos borrachos, dejar que su mundo diera vueltas por unas horas para no tener ni pies ni cabeza, para no tener calle por donde volver, ni cielo donde pedir. Las olas llamaban y se hacían sentir como esa caricia que la tierra tiene reservada para ti, en los días en que no se enfada por el mal trato que le damos. Nos metimos poco a poco en el agua. Increíblemente veía como si una luz extraña saliera de mis ojos, veía cada detalle, sabía todo. El vaivén de la ropa era molesto y por eso la tiramos con un poco de violencia sobre las rocas de la orilla. En el silencio de la noche sonaron como si se hubiera caído una nube muy pesada llena de agua. La piel, con diminutos volcanes a cada milímetro por culpa del ligero frío agradecía el contacto con la otra piel y el agua que por fortuna se fugaba de este espacio salía casi hirviendo. El sabor salado con olor a algas de mi sueño fue arando un espacio particular en mis vivencias para este día. Vi la diferencia de colores de donde había dado el sol y donde no, me dediqué a besar esas líneas, la supervista se iba haciendo cada vez más nítida. Tropezar en una curva, en una línea era como llegar a una meta y coger más energías para la siguiente. Fundirse en uno y no pensar más, quedarse, ser alga, pez, marea. Gritar en silencio cuanta felicidad, rajar las piedras de ilusión. Tuve que detenerme en su pecho. Nunca supe la obsesión de donde salió pero me detuve ahí por mucho tiempo, quizás hasta el sol de hoy. Cada luz era recompensada con un beso, cada vibración con un abrazo, cada ola con un roce. Y yo detenido en su pecho, recorriendo cada kilómetro de vida con cada milímetro de piel fría, blanca, erizada de frío donde el agua hacía zig zags para poder correr. Esos colores están vividos en mi memoria. No se si esto volverá a suceder. Por lo pronto lo llevo conmigo a todas partes.

Estas son mis tres cosas buenas y a partir de aquí pueden pasar lo que sea con mi vida. Que yo voy a sonreír a todo y seguir adelante. No es que me interese nada, es que estoy cargado de lo hermoso que he vivido, otro día pensaré en tres cosas más, si la penosa situación del momento y lugar donde vivo lo requiere.



Foto de recuerdo ó Puentes rotos.

Estaba navegando un poco con el Google Earth por mi barrio como siempre hago cuando vi que habían actualizado fotos, entre ellas la del puente de hierro que está abierto hace bastante tiempo porque no hay presupuesto para recuperarlo. Y no niego que me da escalofríos ver desde este programa lo que con mis propios ojos reconozco como mi verdadero hogar y mi casa. Me alegró .. o no se bien que sensación me dio ver fotos que poco a poco va subiendo la gente sobre Cuba, ese desierto negro de Internet. Desde afuera, entre nostálgicos y turistas van llenando ese gigantesco espacio de desinformación que es la mas grande de las antillas. Poco a poco se va viendo información en Wikipedia, videos en youtube, mas que nada hechos por los que estamos fuera o sacados del país en su momento.

Deleitando mi memoria con fotos mas actuales de las que tengo, encontré una que se merece contar una historia. Nada comprobable aunque así desearía que fuera. Es una historia que me contó mi padre, que le contó su padre y está relacionada con un viejo casco de barco que sale en una de las fotos encontradas en Google la cual me tomo el atrevimiento, previo comentario a su dueño de ponerlo en este blog.

Se llama El Criollo.

Trataré de armar los pensamientos ya que los pedazos que quedan son breves y gracias a esta foto no desaparecieron del todo con las malditas Coca-Colas del olvido que se toma uno aquí a diario.
Me pongo música… me pongo las fotos.. mi memoria esta dormida y solo se levanta a comer, trabajar, soñar un poco y esperar al otro día. Vamos memoria haz algo….



Parte 1º
Empiezo con un nombre: Thornwald Sánchez.

Cuentan que era un americano de ascendencia española amante de la navegación y de Cuba. Construyó una Base Náutica en la que trabajó mi padre más de 20 años, después trabajé, yo, mi madre y hasta mi hermano en alguna ocasión. Cuenta mi padre que le cuentan que Thornwald tenía los dos barcos más rápidos de Cuba y Centroamérica. Uno tenía su nombre Thornwald Sánchez y el otro se llama Criollo que es el que sale en la foto.
La base náutica que fue su propiedad hoy está destrozada, la visité en mi ultima estancia y casi lloro al ver como se hunde esa parte tan hermosa de mi vida, de conocer el mar, de aprender a nadar, a pescar, a navegar a vela, que es esa tremendísima espina que tengo clavada en el seco Madrid.
Por artes del destino y por cosas que sabemos en el año 1959 Thornwald Abandonó Cuba para siempre. Su sueño se quedó hecho la base del INDER Dionisio San Román en la parte de Miramar del puente de hierro y su barco preferido que llevaba su nombre fue rebautizado con el nombre del Zargaso que no se porque se ponía con Z, debió ser algún error de inscripción o algo por el estilo. Pues bien, al cabo de muchos años, por esas vueltas que da la vida mi padre después de trabajar en un montón de sitios vuelve a caer en la Base Náutica y esta vez como patrón del barco velero Zargaso porque su anterior Capitán de nombre Jaime, no recuerdo mas, era un viejito muy mayor y ya se jubilaba con tristeza abandonando lo que había sido su vida entera a bordo del barco mas rápido de Cuba a la vela. La primera vez que me subí al Zargaso tendría yo unos 10 años, sentí esa sensación de que llegas a un sitio que se quedará contigo para siempre. Mis pies descalzos hacían honor a cada tabla que pisaban ya que el barco era enteramente de madera. Paradójicamente la gente que conocía la historia siempre se burlaba un poco en broma de mi padre porque el Zargaso siempre había quedado en segundo por detrás del Criollo en todas las competiciones deportivas. Muchos años duró la restauración de tan precioso modelo. Madera por madera, aparejo por aparejo. Conseguir las cosas relacionadas con un deporte de ricos es imposible en el medio en que vivía el abandonado líder marino. Pero poco a poco se pudo hasta que llego un día en que salió a navegar y por supuesto, yo con el.
Mariano Valdés Cunill era el nombre del marinero que junto a mi padre desperezaron el dormido monstruo del lecho del río Almendares y lo hicieron moverse con todas sus toneladas de plomo en la Orza una tarde de verano. Recuerdo claramente como me vestí para la sublime ocasión, incluso me robé el reloj de mi hermano mayor. Un poljot soviético dorado que había costado la astronómica cifra de 123 pesos en el ten cent de 23 y 12 por aquella época. Yo no tenía reloj, era un regalo de fin de curso y mi fin de curso como siempre, había sido pésimo, por los pelos, como es de mi estilo.
Con Mariano Valdéz Cunill (marinero) Mi Padre "Pipo"(Patrón) a bordo del Zargaso. A mi lado mi madre y las demás personas creo que eran del ICAIC.

El pesado barco, pintado meticulosamente de blanco impecable, lavado tantas veces el río lo manchara con su contaminación comenzó a crujir las jarcias y cortó el agua con timidez de adolescente mientras estuvo en lugar mirado por todos. Salir con este barco, era un espectáculo porque había que abrir el puente que en aquel tiempo funcionaba. El estar bajo las miradas de todos los transeúntes me hacia el niño mas feliz y orgulloso del mundo, se que todos ellos o al menos la mayoría darían lo que fuese por estar en mi sitio. Mi sitio era el timón, mi padre me había enseñado lo suficiente como para con diez años hacer una navegación de cabotaje segura a cualquier puerto de Cuba y el me dejaba, se ponía con Mariano a desenredar cabos, a enganchar las velas, a tirar de los molinetes y trinquetes. Mi trabajo era solo llevar el barco por camino seguro y velar que la tosca botavara de unas 80 libras de peso no me golpeara la cabeza.
Ver el sitio donde vives desde un ángulo distinto es algo alucinante. El malecón no parecía distante ahora que yo estaba en el medio de la desembocadura. Todo era pequeño. En todo el recorrido por la orilla la gente se quedaba congelada mirando a tal reliquia moverse por si misma tan lentamente como si se pensara cada metro. Supongo que si las cosas tienen alma, el Zargaso o el Thornwald Sánchez estaba orgulloso de si mismo, de sobrevivir a generaciones, de ver el río pasar, de ver la vida pasar. Por los años que habían pasado quizás Thornwald ya no estaba entre nosotros, pero me hubiera gustado verlo y decirle que su barco era genial, que era fuerte, majestuoso, orgulloso y sobre todo un sobreviviente como casi todo lo que me rodeaba a partir de los sucesos que pararon el tiempo desde que yo nací. Todas las fantasías de piratas, abordajes, batallas marinas fueron subiendo al compás de las velas que ya los tripulantes subían con toda la energía de sus brazos a una velocidad como si algo se estuviera quemando. Se notó el cambio de agua sucia del río al agua cristalizada del mar Caribe, tan transparente que se traga los rayos de sol hasta el infinito y por mucho que te dejes la vista buscando donde se acaba siempre aparece mas profundidad. La espuma empezó a darme en la cara y dios o lo que sea envió unas fuertes ráfagas de viento que hicieron saltar todo el equipo como un disparo ladeándose peligrosamente por las cientos de toneladas de empuje en unas gigantescas velas cosidas, remendadas y recuperadas por el mallorquín de Santa Fé, dios de los veleros, único hombre en La Habana y quizás en Cuba que cosía velas casi desde el principio del siglo XX.

Fue impresionante ver como la proa cortaba con furia descomunal las olas que venían como tontas a su encuentro. El Zargaso crujía, rechinaba, pero con la misma un empuje y otro cada vez mas rápido, cada vez mas enérgico como si miles de espíritus lo empujaran frenéticamente para tratar de llevárselo por siempre de su triste y enlodada prisión en una abandonada orilla del Río mas sucio de Cuba entera.

A la tarde entró con vergüenza a su sitio de nuevo. En silencio lo amarramos. Recuerdo que mis manos apenas podían anudar bien los gruesos cabos de amarre y eso me desesperaba un poco. Me salían ampollas y quemaduras de intentarlo una y otra vez. Mi padre me miraba y se reía como orgulloso y yo por dentro también me reía aunque por fuera blasfemara todo lo posible como un buen pirata o marino debería hacer en situación parecida.

Parte 2º
Nueve años después.

Con diecinueve años ya el zargazo me había visto fumar en su camarote, emborracharme, llevar a los amigos a que “vieran un barco por dentro” a las amigas y a las no tanto amigas las cuales les parecía algo del más allá hacer “cosas” dentro de un lujoso barco velero. El Zargaso era mi casa y cuartel, nunca que yo recuerde me alejé de el mas que los dos kilómetros que había de distancia hacia la otra casa, la de tierra firme. En mi barrio apenas me conocían porque yo apenas llegaba algunas noches y salía muy temprano. El INDER le encomendaba a mi padre trabajos con este barco a cambio de algo de salario, pintura y algún que otro poco de combustible para su desvencijado motor Perkins ingles de renombrado espíritu. También en el pescábamos y manteníamos algo la proteína casera. Entre los trabajos recuerdo que era dar clases de navegación, pesca o buceo a los alumnos de la Escuela Superior de Licenciatura de Deporte Manuel Fajardo mas conocida como la mariposa por su diseño arquitectónico que aun esta en pie detrás de la Ciudad deportiva. Otros trabajos que hacíamos era dar apoyo a eventos deportivos como la competencia anual de pesca deportiva Ernest Hemingway que se hacia una parte en Cojímar y la otra en la Marina Hemingway llamada por aquellos tiempos antes de la explosión turística Base Cubanacán.
Un día llegó un trabajo especial. Apoyar llevando los jueces de unas olimpiadas no recuerdo cuales, en las competencias de vela. Esto era en la Academia Naval de la Marina de Guerra en el poblado de Baracoa al Oeste de La Habana donde hoy está la escuela Latinoamericana de medicina. Cuando entrábamos por ese río para atracar en los muelles de la marina mi padre y mariano, se quedaron petrificados. Sentí unas vibraciones extrañas a lo largo de todo el cuerpo. Si las cosas tienen vida, y creo que la tienen o al menos algún tipo de energía, yo sentí al Zargaso encogerse sobre si mismo, sus cables acerados se destensaron lo suficiente como para que yo supiera que algo estaba pasando. Intenté seguir con la vista el objetivo que no dejaban ni un segundo mis dos compañeros de navegación hasta que mi padre habló.
- El Criollo- dijo en un susurro como si se destaparan sus pensamientos. El Criollo estaba ahí, en el río Santa Ana, majestuoso, agresivo, poderoso como un animal dueño de su reino. No hubo más palabras porque lo sentí todo a través de esas energías que te hablan y uno nunca sabe de donde. Era un encuentro con sabor a venganza.

Cuando amarramos vinieron unos marineros vestidos de uniforme a ver el barco nuestro, eran reclutas o militares de bajo rango. Sin ningún tipo de respeto al menos por los dos viejos que componían la tripulación se empezaron a reír en nuestras caras porque sabían la historia del Criollo y del Zargaso. Estábamos en un perdedor por mucho cariño que le tuviéramos. Yo me bajé al muelle y me acerqué al Criollo. Si, era de la marina de guerra de Cuba. Un hermoso mástil de aluminio moderno relucía con sus trinquetes niquelados al lado de los nuestros color bronce y verde sulfatados del viejo salitre y manchados todo alrededor como si llorase oxido y tiempo de vejez..
Miré al Criollo como se mira a un traidor, era exactamente la copia rejuvenecida de nuestro barco, pulida por cientos de reclutas esclavizados con un falso orgullo por algo tan ajeno como un maldito barco militar, tenía ganas de escupirlo pero me hubieran dado una paliza ahí mismo. Mi padre se me acercó silenciosamente y me puso la mano en el hombro –eso es postalita nada más- murmuró con tanta seguridad que aplastó mi rabia y me sacó las risas de donde no había - Le han puesto un mástil muy ligero y moderno pero sin saber le han descompensado el equilibrio exquisito con el que fue construido por carpinteros de Santander. Muy ligero de arboladura, como todo lo que le quitaron no se lo hayan cargado en la Orza no son nadie, no son nadie.

-¡A las 4 cuando se acaben las competiciones voy hasta la bahía de la Habana y tu hasta el Río Almendares, podemos probarlos!- Gritó el capitán del Criollo desde lejos quizás porque oyó lo que mi padre me decía. Mi padre no tardó una centésima de segundo en asentir, la sangre de marino se desbordaba hinchada en adrenalina mientras los gemelos Zargaso y Criollo se miraban con odio. Ese día mi padre no asistió a su trabajo, se quedó dentro del puerto Santa Ana probando velas, revisando cabos, atando jarcias. Me hizo izar y bajar mas de diez veces el Genovés, la Mayor, el Foque. Mi agilidad de aquel tiempo me permitía andar por los cables del mástil revisándolo todo como un mono en un circo. A las cuatro menos cuarto un barco con tres hombres encima, pintado de blanco con pintura barata y tornillos enmohecidos salía con furia controlada a un punto de mar afuera donde esperaba un barco enteramente barnizado, pulido y encerado, con una tripulación numerosa de jóvenes inexpertos pero locos por burlarse de sus viejos oponentes que no eran mas que un señor de 64 años, mi padre de poco mas de 50 y yo de 19 años.

El viento había arreciado como prestado a tremendo circo. Las nubes habían ocultado el sol y las pequeñas crestas de las olas se vaporizaban formando pequeños y efímeros arco iris que no dejaban verse por la tensión y la concentración reinante. Mi padre me dio una bengala. Los marinos del otro barco estaban cada uno en sus puestos y recibiendo órdenes como alaridos de una bestia diabólica y agonizante. En nuestro barco había silencio total, cada uno sabía exactamente lo que tenía que hacer y si faltaba una orden era dada más que nada como un consejo a base de miradas. Mariano sacó de un compartimento casi secreto una oxidada brújula compás y la puso en su sitio histórico delante del timón, no sin antes con unos trapos negruscos retirarle la grasa de conservación en la que estaba envuelta. Todos en sus sitios.

Por un momento el viento hizo una pausa, o quizás yo dejé de sentirlo, o formé parte de él... Mirada.... Desenrosqué suavemente el tapón de la bengala y con un fuerte tirón reventé aquel artefacto. Me gustaría haberme detenido a mirar de qué color era pero no fue posible, las chicharras de los trinquetes empezaron a moler el silencio desesperadamente y tuve que agarrarme como pude al timón del Zargaso. Brioso, dio un salto ladeándose hasta que le entraba agua por la borda con una corriente brutal que arrastraba todas las cascarillas de pintura que no estuviesen bien pegadas a la cubierta. Nunca vi tanta velocidad en ese barco. Todo el conjunto rechinaba, gemía y crujía en una horripilante orquesta de maderas y cables de acero dolorosos. No me atrevía a mirar a la izquierda. Si perdíamos no quería verlo. Solo miraba adelante y a estribor de donde venía el viento. Las velas casi mencionaban el nombre de su creador con tanta tensión. Toneladas de madera y plomo más unas descabelladas esperanzas de cumplir un sueño que duraba más de 20 años, llevado a cabo por generaciones ajenas al origen, llevaban la mole marina como podían. Me di cuenta que ni mi padre ni Mariano miraban tampoco al contrincante y se habían dejado de sentir las voces y los alaridos quizás desplazados por tanto ruido de viento explosivo pujando por ver quien era mas fuerte.
Íbamos al este, pero el viento venía del este. Así que estábamos navegando viento en contra y había que orzar varias veces porque en contra del viento se navega en zig-zag, al grito de ¡¡¡¡¡¡¡ORZAAAAAAARRRR!!!!!!! De la ronca voz de Mariano se desataba una coreografía para hacer un cambio de ataque del viento, dura unos tres segundos pero es decisivo para ganar tiempo a los mas inexpertos. La costa iba variando rápidamente en lo que nos acercábamos al punto de decisión, la desembocadura del río Almendares. Por la orilla pasó a toda velocidad Santa Fe, Jaimanitas, La Concha, Ya estábamos a la altura de Miramar cuando nos atrevimos a mirar al contrincante y este estaba unos metros por detrás, pero solo unos metros y eso no es nada así que se cazaron más las velas hasta sentir que saltaban las costuras como para rematar al perdedor. Cada trinquete avanzó unos tres dientes mas con la consabida música de reloj antiguo. Algunos cabos soltaban humo al deslizarse por los molinetes y se sentía algo de peste a quemado. Casi el río, casi el río Almendares, ya nos dedicamos a mirar descaradamente al gemelo barnizado y arrogante que nos quería poner en ridículo. Contábamos la distancia por las calles de la tierra, la entrada del río estaba en calle cero e íbamos por la 70, 60, 42, calle 10, teatro Karl Marx………

Se escuchó un grito de terror, era Mariano arriando las velas y mi padre tratando de tensarlas. No entendía nada. Forcejeaban uno y otro por hacer lo contrario, mi padre empujaba a Mariano y Mariano no soltaba la manivela del trinquete. Amarré el timón con una pequeña cuerda disponible al efecto y me lancé hacia la proa a ver que pasaba. No entendía los gritos, mi padre me miró con los ojos enrojecidos y me gritó que cazara las velas a toda costa en lo que Mariano me gritaba que no, vi en una fracción de segundo al criollo adelantarnos limpiamente y poner proa vencedor a la bahía de La Habana. Por un momento odié a mariano, lo odié tanto hasta que vi como se le aguaron los ojos y empezar a llorar, las velas se soltaron solas y flameaban con histeria, entonces fue cuando me di cuenta que el mástil se había rajado a todo lo largo y estaba a punto de desplomarse con todas sus toneladas de madera sobre la cubierta. De no ser por mariano quizás hubiéramos perdido todo, nos hubiéramos hundido ahí mismo desde el momento que la columna avejentada del titán hubiera cedido un milímetro más. Recogimos todas las velas sin perder de vista la peligrosa e inestable mole de madera que chirriaba herida de muerte con el vaivén de las olas y con el pequeño motor inglés llegamos a puerto y amarramos en silencio.


Al año siguiente me cogió el servicio militar, a mi padre, quien mas nunca pisó el Zargaso le comunicaron en mi casa que se había hundido una madrugada de mucha lluvia, de esas que suele haber en verano. Me escapé de la unidad y fui a verle. Solo se veía la parte del mástil herido que quedó fuera del agua. Ahí, a escasos metros del puente de hierro se dejó vencer del todo por los años, cayendose sin resistencia sobre el fangoso fondo que engullía sin tregua todo lo que se dejase tocar por el . Las sucesivas tormentas y crecidas de río terminaron por romperlo del todo y sepultarlo para siempre. Se donde yace, se donde ha muerto. Por mas que intenté recuperar la documentación para sacarlo a flote entre los amigos no pude porque al estar al servicio del INDER y entrar en calidad de naufragio una persona se adueñó de el. De nombre Rafael Mesa si mal no recuerdo, profesor o creador del grupo de Buceo Barracuda. Por más que quise comprar o conseguir los papeles del barco nunca lo logré. Lo mas que me ofreció era que yo lo sacase y me dejaría ser marinero del mismo. Pero no accedí a esto.

Hoy veo esta foto del criollo y me ha removido de adentro toda esta historia, máxime que el criollo ya no esta en la marina de guerra como parece, ha perdido el barniz y esta lleno de chapuceros remiendos. No tiene nada de arboladura y se ve que le queda poco. Ese barco de madera, ese exquisito barco de madera que no fue atornillado por cuestiones competitivas y de peso, sino atarugado y encolado con manos maestras esta ahora en su lecho de muerte y por una paradoja del destino. Como para despedirse o para unirse a su hermano gemelo esta actualmente como muestra esta impresionante imagen a escasos metros donde yace el Zargaso en una tumba olvidad en el fondo de un río contaminado y triste de La Habana Cuba.


_____________________________________

Fotos de Google earth:

http://www.panoramio.com/user/1115111 asereco

No hay comentarios: