13 de abril de 2017

Josef (First breath after coma) Capitulo 312

Apenas pudo dormir en toda la noche. La Habana y en especial su barrio, era particularmente silencioso por la escasez de tráfico. En su subconsciente echaba de menos los ruidos de las ciudades civilizadas donde usualmente vivía. Ruidos de sirenas, emergencias, autopistas. La Habana y específicamente a la orilla del río Almendares donde había nacido, solo se oían de vez en cuando los tacones de alguna mujer perdida en la madrugada o el canto de algún borracho desafinado que no le interesaba realmente llegar a ninguna parte. El olor lejano de la mezcla de descomposición del río, mas el mar que flotaba como un aerosol en la costa, traían aires pasados imposibles de borrar por mas que uno quisiera. Josef se levantó de un tirón de su cama temporal. La tocó con sus manos como quien acaricia un animal que ha sido compañía, pero que por situaciones de la vida debe abandonar una y otra vez. Madre conservaba todo en el oscuro cuarto, como si nunca se hubiera ido, como si tuviera esperanzas de que iba a volver cualquier día, como siempre, sin preguntar nada.



De manera enérgica se puso un pulóver desesperado y cruzó la puerta antes que madre se despertara y se preocupara en silencio como venía pasando en los últimos días. Al salir  del edificio notó ese frío añorado de madrugada con escasos cantos de pájaros protestones sin sentido del vecindario. Caminó raudo hacia el malecón que estaba a pocos minutos y se sentó en el muro a la altura de la calle 3ra y 12. Ahí había por siempre unas piedras que por muy calmado que estuviera el mar, hacían pequeñas olas y salpicaban. Con las amarillentas luces de la calle podía verse la transparencia y algunos peces de colores que traían un inmenso regocijo a los caídos ánimos de Josef y una real sensación de estar en casa. En la casa de verdad, su mar.

La calle estaba mojada por las recientes lluvias torrenciales del día anterior. En los reflejos se veían distorsionadas figuras de los edificios que asemejaban una especie de ciudad borrada o que estaba intentando borrarse de las memorias de las personas desperdigadas por el mundo que salieron de este sitio huyendo o buscando mejores oportunidades. Sin culpar a nadie, Josef le dio la espalda y adentró sus pensamientos en el negro mar alejado de la costa. Ese sitio terrorífico a esa hora que era donde Josef sabía que había paz a toda costa, aunque no una paz pura, una paz unida a la desesperación y en muchos casos la muerte. Pensó que quizás ahí habitaban almas, almas que flotaban o se sumergían a su gusto y como el mismo, miraban la ciudad de lejos entre reflejos y luces amarillas silenciadas por la ausencia de actividad de un país paralizado. Esperó como cuando era niño que apareciese una sirena. Le daba igual si para bien o mal, le daba igual si lo arrastraba hasta el fondo y lo ahogaba cruelmente, solo quería que apareciese la maldita sirena.

- ¡Sabía que estabas aquí!

Josef escuchó la voz a sus espaldas. Se ruborizó a la vez que el corazón dio un peligroso vuelco descontrolado que casi se rompe. Dudó por un momento si hubiese sido su imaginación, así que no contestó ni se volteó para mirar si era real o no, pero sintió una mano sobre su espalda, tibia, para nada agresiva como todas las cosas del mar a esa hora. Miró de reojo y a contraluz de los faros del malecón, vio la silueta reconocida de Habana del Mar con el pelo alborotado por la leve brisa que comenzaba a mover las masas de aires terrales. Otras vez todas las fuerzas se drenaron diente perro hasta el fondo de la costa, sin resistencia ninguna como se escapa el mercurio de un termómetro roto.
Suspiró como si fuera a hacer una inmersión de muchos minutos y sintió que el nudo de su garganta, ese que nunca le dejaba hablar, tejido por las emociones, venía en camino. Trató esta vez de ser civilizado. De eso se trataba. Por eso había abandonado su vida de náufrago, su vida de mar. Por eso había aprendido oficios terrestres, había aprendido a tratar con las personas, a tener cariño por las cosas normales de la vida, por eso había emigrado y tratado de ser una persona más, con pertenencias a cosas y lugares, trató, trató.
Dejó escapar una sonrisa medianamente real, aunque en el fondo, estaba agradeciendo por el fuego de este encuentro. Sabía que no iba a salir bien parado de esta, pero lo que venían eran golpes lindos, golpes que hubiera preferido tener, a nada.  Cuando las cosas iban mal, lo mejor era ponerlas peor hasta que algo reventara y hubiera un cambio. Las cosas mediocremente mal no eran lo suyo. O todo lo bueno o todo lo malo, medias tintas nunca. Las medias tintas eran aburridas y frustrantes. Las emergencias lo hacían nadar por su vida y los momentos felices eran disfrutables. Aunque esto era inusual, era una emergencia feliz.



- En este sitio... - Balbuceó mientras pudo y Habana le terminó la frase con una sonrisa
- Fue donde nos conocimos, tu pescabas y yo vine a incordiarte con preguntas. Después paseamos por el muro, cada vez que paso por aquí revivo uno de los pocos días felices de mi vida. Fue una especie de aventura que a veces confundo con un sueño. Eso que se creó ese día no puede romperse Josef, ni con años, ni con distancias, ni con separaciones. Me sentí muy mal ayer cuando te dejé en esa esquina...
Otra vez. Algo me dijo que te encontraría aquí.

Josef apretaba sus manos entre sus muslos y suspiraba, o bien tenía frío o quizás no quería que se notara un ligero temblor. Habana se adueñaba siempre de sus reacciones y tenía que pasar cierto tiempo para que el pudiera controlar su cuerpo de nuevo enteramente. Apenas se atrevía a mirarla, siempre le daba temor tener reacciones no humanas o imprevistas.  Sin embargo, a Habana le daba igual que sus delgadas manos se vieran temblorosas. Siempre los primeros minutos de sus encuentros con Josef eran un manojo de nervios y emociones, pero a ella no le importaba que se vieran. Lo consideraba algo puro, bello y en extinción. Era muy difícil en estos días encontrar a alguien que te hiciera temblar las manos, sudar frío o tartamudear por sensaciones bellas y energías salvajes que tomaban el control.

Se sentaron a observar el mar juntos y Josef la abrazó porque notó que habana temblaba demasiado. Enseguida la conexión mejoró las cosas. Pasaron un buen rato mirando como al este salían tímidos claros pincelados entre las nubes aun recalcitrantes.

Josef le brindó a Habana del mar uno de sus audífonos. Compartió su música y el momento comenzó a ser mágico como en los buenos tiempos. No podía hablar mucho, pero la música hablaba por si misma. Sonó un tema de (Explosions in the sky) llamado (First breath after coma) del disco (The Earth Is Not a Cold Dead Place) y comenzó como un reinicio necesario de algo que nunca podría romperse.


Explosions in the sky - First breath after coma.

Al poco tiempo se miraron a los ojos como si ayer fueran unos niños robando comida de la basura del restaurante 1830 y sin casa donde llegar ni familia a la que acudir. Volvieron a ser unos niños de la calle, desamparados de techo y amparados en el amor de los necesitados y desposeídos. Sus manos se tomaron con la música y fueron manos nuevas, manos de pescador y niña sin casa ni hogar. Caminaron por el muro con risas discretas en lo que amanecía y la ciudad comenzaba a desesperanzarse de nuevo con humeantes y pestilentes carros petroleros atiborrados de personas que iban a buscar su sustento de alguna manera, por la vía que fuera.

El olor a pescado de los restos sobre el muro pujaba volver a una época en que todo era tan simple como el raciocinio infantil, justo y desprovisto de improductivos rencores o malos recuerdos, las algas que flotaban en la orilla hacían una especie de telón a un mundo distinto, un mundo donde a pesar de todo lo vivido, de todo lo pasado, siempre se podría reiniciar, comenzar de nuevo y respirar aire de mar otra vez, del mar familiar y ancestral de donde habían salido. Subieron por la escalera del fuerte de La Chorrera y desde la altura vieron como la mañana barría con todo lo pasado. Ya nada anterior existía en este mundo nuevo sin palabras. Todo desde cero. Una bendición de quienes podían perdonar y aprovechar la corta estancia que la mayoría desperdicia por soberbias, falsa justicia y frustraciones. Una corta estancia que los adultos suelen desperdiciar persiguiendo cosas inútiles e impartiendo criterios como si los pocos minutos de vida, fueran a ser eternos.

- Solo me duele, que con lo que hiciste por irte, con todo lo que perdiste, con todo lo que trataste, nunca te hayas ido - Dijo Josef ya con voz clara y segura en lo que esperaban el comienzo del espectáculo del amanecer - No es justo que no hayas visto otros mundos, que no hayas probado otras ciudades, otras comidas, otras culturas. Creo que todo el mundo debería ser obligado por las buenas a viajar en algún momento de sus vidas, viajar te muestra cuan insignificante uno es ante tantas cosas nuevas, culturas y costumbres desconocidas, en serio, me duele que no lo hayas logrado.

Habana del Mar suspiró seriamente y apretó mas el abrazo contra Josef - Al final fue duro resignarme que me iba a quedar en el sitio donde nunca estuve conforme, desde aquel tiempo que nos conocimos mi alma se había ido, venía por ratos porque tu, Josef la traías con tus cosas, Tu hiciste que mi alma regresara por momentos pero después volvía a largarse por ahí, lo que ella vio, yo nunca lo veré ¡Y si! es una paradoja, de esas que nos inundan como este mar que nos rodea. Tu no querías irte ¿Y donde acabaste?

- Estuve unos 13 años en España pero nunca me adapté, por mas que traté, ya de por si era difícil humanizarme. No encajaba en las costumbres de entendimiento y comunicación españolas, a pesar de ser el mismo idioma. Después reemigré  a Miami donde apenas sobrevivo. Me pasó al revés que a ti. Mi cuerpo se fue, pero mi alma nunca llegó, creo que mi alma se quedó detrás de ti, siguiéndote todo el rato como un perrito abandonado.

Rieron un poco y el frío madrugador fue roto por los primeros rayos de sol. Josef y Habana juntos no podrían describir cuan a gusto se estaba en ese momento de paz, cuanto peso podría quitarse cada persona con un poco de sentido común.

- ¡Siempre sentí ese perrito!- dijo Habana entre risas - En todos estos años siempre sentí que me acompañabas a pesar de no atreverme ni a preguntar por ti. En cada momento difícil te imaginé conmigo, te imaginé que me soportabas, me empujabas y me tenías de la mano, en cada risa miré a mi lado para compartirla contigo y se me acababa porque no estabas, pero siempre sentí culpa y nunca tuve valor de volver a buscarte. Te lloré cada día y...

Josef hizo un siseo con la boca buscando silencio. Abrazó a Habana y estuvieron así por un buen rato. Aunque se habían prometido no llorar salieron un par de lágrimas dolorosas como dos piedras de río, de esas que nublan la vista y hacen ver todo como a través de un grueso fondo de un vaso de cristal azul.

- Hoy es el primer día de nuevo, estamos en el mismo sitio- Josef deshacía con fuerza el nudo recurrente de sus palabras, esta vez no iba a quedarse callado - Hoy, no se que día de diciembre del 2017 nos conocemos de nuevo. Todo lo que quedó atrás son solo recuerdos implantados por una vida que ya no volverá. Ha sido como salir de un cine, se acabó esa película y ahora estamos viviendo una nueva. Solo quiero que estés bien Habana, juro que solo quiero que estés bien por siempre.

Habana se alumbró de pronto como el sol que estaba rajando las pocas nubes que quedaban - ¡Vamos a desayunar al 1830! ¡¡Pero no de la basura!!




Bajaron las escaleras corriendo y aunque era demasiado temprano para el restaurante un empleado los invitó a pasar a las islita japonesa, ahí les ofreció lo único que podrían preparar a esa hora, sándwich y café o maltas. Engulleron todo con el hambre madrugador de dos niños abandonados y caminaron riendo y hablando de tanto mundo por delante rumbo a la casa de Habana del Mar. Josef conoció a su familia nueva, su pareja, sus hijos y avanzada la mañana cuando apenas pudieron ponerse al día de tantos sucesos, Habana del Mar se puso seria e hizo un silencio.

-Josef-  Tienes que prometerme que escribirás toda esta historia, tu historia para que mis hijas la lean. Quiero que aprendan de todo lo bueno y malo que hayamos hecho. Me temo que en el mundo moderno en que van a vivir ya no van a haber mas emociones que la tecnología y los egos digitales. Quiero leerles lo que escribas sobre ti y sobre nosotros, por favor.

Josef asintió en silencio tomando la tarea sin decir que desde hacía mas de diez años escribía al azar pasajes de su azarosa vida en las que Habana ocupaba mas maldiciones que buenos momentos. Pero nada iba a cambiar eso a  pesar que, como mismo ellos habían dicho, lo que existía entre ellos no podría ser de ninguna manera destruido.

Josef regresó solo al malecón de nuevo después de una cálida despedida de Habana y Su familia. Se sentía sin un peso, sin odio, sin rencor, vacío. Cruzaba las calles entre insultos de chóferes y frenazos. No estaba en este mundo, era feliz, pero a la vez no quería estar. Uno de sus principales pesos y meta había sido difuminado por el amor perdurable. No había camino ni nada visible, solo llegar al mar.
Tampoco nunca había asomado una estúpida sirena para recalcarle que eso eran historias fantásticas de niños y piratas borrachos que nunca existieron. No tenía que hacer. La semana que viene, trabajar, dormir, trabajar, dormir. Vomitó a la orilla del mar un bulto de recuerdos que ya no necesitaba y se apresuró a escribirlos para que no dejaran de existir del todo. Sus recuerdos siempre lo habían hecho mejor persona y cambiaba cosas de su vida futura en base a ellos. Hoy había aprendido a reiniciar, perdonar, olvidar y comenzar de nuevo. A pesar que era lo que había hecho casi siempre por instinto de conservación. Hoy lo hizo a propósito, con conocimiento. Cogió impulso sobre el muro y voló para caer al agua, pero no cayó. En su inmenso salto comenzó a ascender a una velocidad fría. No se asustó para nada y si disfrutó ver a La Habana desde arriba, desde el cielo, las personas como hormigas cargando su escaso sustento para ese día, los niños corriendo a las escuelas, los techos de los viejos carros americanos pintados malamente y quemados por el sol castigador de Cuba la isla paralizada. Solo que ahí había mucho frío, un frío extraño que no congeniaba con el fuerte sol que había y tantas luces y colores. También le llamó la atención el extremo silencio, la ralentización de los sucesos. Ya era como si mirara una película desde arriba. Comenzó a preguntarse si de verdad estaba pasando o que estaba pasando. Solo quería caer al mar pero por mas que intentaba seguía ascendiendo. El mar, la ciudad y todo se iba alejando hasta que todo se hizo oscuro de un tirón.

Un pitido intermitente se oía a lo lejos. Abrió los ojos y vio unas paredes  que algunas vez fueron amarillas, descorchadas y un olor desagradable. Estaba en una especie de cama sin colchón, sobre fríos  y oxidados alambres o muelles y a lo lejos en unos entrecruzados pasillos, personas caminaban de un lado a otro apuradas. Pensó que era una pesadilla horrible y trató de dormirse de nuevo deseando cuando despertase estar con Habana del Mar amaneciendo en la escalera del castillo de La Chorrera de nuevo, abrazados y corriendo a desayunar en el 1830, no le importaba si de la basura, no le importaba si eran niños de nuevo y tenía que pasar por todo el sufrimiento otra vez o peor. Estaba dispuesto a todo y todo sería lindo, hasta lo peor. Porque la maldita Habana del Mar, estaba por siempre con el, donde quiera que estuviese y en el peor de los momentos.

En el fondo, aun escuchaba uno de sus audífonos el tema (The Earth Is Not a Cold Dead Place) de la carpeta recursiva que tenia en su reproductor del grupo Explosions in the Sky y Una sirena se asomó a la vista de Josef con una voz súper dulce diciendo - Ahora vas a sentir unos pinchazos en el abdomen, no te muevas, relájate los mas que puedas.

Explosions in the sky - The Earth Is Not a Cold Dead Place

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