6 de abril de 2017

Josef (Como las olas que se van) Capitulo 311

Breve introducción:
Habana del mar había desaparecido a finales de los años 90s. Esta historia enlaza en esta serie de capitulos:

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 01)


Y termina en este:

Josef y el fin del sueño (Cap 200)



Caían esas gotas de agua que solo caen en las islas olvidadas a la mano de dios, donde no importa cuan feroz sean las inclemencias, porque todo lo que se iba a destruir ya estaba destruido. Era un diciembre extrañamente frío del 2017 y Josef, barbado y desarreglado por el cansancio había vuelto a la isla después de décadas de periplos por varios continentes donde como siempre, nunca encontró acomodación ni posibilidades de adaptarse. Su reino era el mar y ningún estado se encontraba alineado a ello. Por mas que intentó tener una vida normal nunca lo consiguió, aunque aun, ya casi rozando medio siglo de vida observaba sin preocupación que quizás algún día podría lograrlo. Ser humano había sido mas difícil de lo que pensó a pesar de lo simple que parecía. Ser humano era una complicación reñida con el normal desarrollo de la vida, según sus puntos de vista, pero tampoco era la meta del siglo, es más, mientras seguía su vida de ermitaño, renegado y fuera de reglas, se sentía medianamente a gusto. Era una clase de refugio. 

 Había vuelto de visita. Aún vivía, si puede llamársele así, muy cerca de los pantanos infinitos de las tierras Floridas del sureste de los Estados Unidos. Madre, ya viejita, requería de su visita en La Habana cada vez con más ahínco como si cada visita fuera la última. Josef seguía la corriente como casi todo en su vida, no se oponía como ayer al tardío afecto maternal y aunque no lo entendía, ni siquiera entendía muy bien los afectos, se dejaba llevar por la corriente de normalidad. Incluso visitaba primos de los que no se acordaba y familia que era extrañamente amable. La vida no había dejado de ser un experimento. 

 Madre le había pedido que consiguiera algunos ingredientes para hacerle uno de sus platos favoritos. El arroz imperial, pero aun en el 2017 en esa isla encontrar algo era bastante fatigoso. Josef caminó en paz hacia el único lugar que conocía bien que era el barrio de Miramar. Cruzando el puente de hierro remodelado y distinto, ya falto de espíritu de las uniones remachadas americanas y coloreado de una victoria local temporaria, tomó dirección norte hacia la calle cero bajo la lluvia intermitente y lejanos sonidos de truenos. Recordaba que por esa zona había tiendas en divisas no muy atiborradas de cubanos ilusorios de que las cosas estaban bien, porque tenían una familia que les mandaba el dinero.


 Al llegar a una de estas encontró con suerte la mayonesa, el aceite y un par de cosas mas que estaban en el pedido de Madre. Tomó todo y fue a la caja a pagar. Había como mucho un par de personas delante con niños felices de conseguir refrescos azucarados y con colores plásticos. Cuando solo quedaba una persona, la voz de la cajera rebotó en las paredes del pasado lejano y dormido. Josef levantó la vista suavemente y acto seguido dejó la compra ahí mismo y salió por otra línea de caja sin nada, tratando de no ser visto. Una vez bajo la lluvia de nuevo, se sentó en un muro encharcado casi inmóvil. Su cuerpo no respondía bien para irse, ni respondía bien para volver. Ya conocía esa sensación y sabía que solo el tiempo lo dejaría moverse adelante. Decidió sentarse a saborear la lluvia. Nada malo iba a pasar. 

 Dentro de la tienda, la otra cajera por donde había salido Josef, le señalaba a su compañera el extraño comportamiento con un poco de burla en lo que ponía los productos de vuelta. Hacía mofa de que La Habana estaba llena de locos y que todos iban a parar a esa tienda. Mientras tanto, quizás debido a la fuerte lluvia, no había entrado nadie mas y la cajera se movió un poco hasta el cristal donde vio a Josef a pocos metros enfrente empapándose sin mas, mirando al cielo con la boca abierta como si disfrutara todo el diluvio pasando a través de su cuerpo. Le pareció raro y a la vez familiar en lo que volvió a su puesto. 

 - ¡Es verdad! Todos los loquitos vienen a esta tienda. A lo mejor no le alcanza el dinero y por eso dejó todo 
- Si que está quemao. Mira como se empapa ahí afuera, con el frío que hace. 

 Quedaba poco tiempo para cerrar en lo que las dos mujeres organizaban todo cuando ya solo eran minutos. El sol de ese día se escabulló como Josef sin ser visto. Tanta nube no dejó notar ni un solo color de atardecer, solo la luz gris atenuándose poco a poco sin remedio y algún que otro carro con los faros amarillentos como luchando contra eso, sacaba olas de la inundada calle que llegaban hasta medias piernas de Josef que seguía sin moverse.


- Oye, el loquito sigue ahí... me está preocupando.
 La otra muchacha se acercó al cristal de nuevo. Era un frío diciembre y veces se encontraba con personas sentimentales en esos días de reunión familiar. Quizás sintió pena por el loco barbado, lleno de canas y ojos casi cerrados. 
 - ¿Que era lo que el tenía antes de salir? - Preguntó en lo que sellaba la caja e iba cerrando los llavines de las ventanas acristaladas una por una. 
- Mayonesa, un pomo de aceite y unas aceitunas... La muchacha metió esos productos en una bolsa y después de pasarlo por la caja lo dejó aparte. 
- ¡Pero mija! ¡Entre limosnas y comprarle cosas a los loquitos que lleguen, no vas a tener sueldo este mes! 

Ella no respondió. Miraba a cada rato por el cristal con la esperanza que no se esfumara aquel hombre. En una de esas miradas algo le resultó familiar y le recorrió un escalofrío de pies a cabeza sin más. No entendía qué pasaba, pero sintió que su subconsciente estaba teniendo una especie de señal, de comunicación que iba removiendo capas de pinturas pasadas. Empezó a temblar un poco y la respiración se hizo difícil. Se apoyó con las dos manos al cristal nevado con agua chorreando por fuera y lo trató de limpiar con el reverso de la mano en lo que escasos rayos mejoraban la iluminación por momentos. Ahí estaba aún, inmóvil como siempre, esperando que girara la tierra, sin dar un paso, con su paciencia de casi medio siglo, con su paciencia de pescador. 

- ¿¿Puedes cerrar por mi!! ¡Necesito salir!.. ¡¡ahora! 
- ¡Pero muchacha! ¡Ese loco te contagió?.. ¿Adonde vas! ¡¡OYEee!! Habanaaaaaa!!! 

 Habana bajó las escaleras corriendo que casi se cae con la bolsa en las manos en lo que la lluvia arreciaba con una densidad inusual. Josef la vio venir pero aun así no movió un párpado. Estaba paralizado como si un veneno lo hubiera dejado sin vida en aquel muro. Lo mejor de la lluvia es que todo se veía claro y limpio a pesar de haber comenzado la noche. También que se podía llorar sin que nadie lo notara. Los dos podían llorar sin que nadie lo notara porque corrían caudales de agua por sus ropas y sus cuerpos. Habana estuvo un rato parada frente a el. Nunca sabía que se hace en esos casos, nunca supo como reaccionar y estaba segura que sus reacciones nunca fueron las mejores.



 Así pasaron algunos minutos, años quizás. Años hacia adelante, años hacia atrás. La lluvia amainó un poco y Josef imaginó que la costa ahora estaría turbia y revuelta después de aquel atroz diluvio. Pensó que si pudiera escapar ahora mismo por el mar, solo tendría que dar unos pequeños saltos mas que conocidos por un par de muros del Sierra Maestra y nadie lo vería de nuevo en años, pero era mentira, su cuerpo aun estaba envenenado e inmóvil. 
 La otra dependienta se acercó levemente por detrás de Habana del Mar después de haber dejado todo cerrado y en orden. 

- ¿Estás bien Habana? ¿Todo está bien aquí? Habana balbuceó apenas sin mirar 
- Si, todo bien, gracias Mirta... todo va a estar bien. 

 Al oír su voz de nuevo Josef salió del letargo, trató de sonreír, pero salió una mueca. Habana dio la vuelta al muro y se sentó a su lado pero en dirección contraria. Como siempre, Josef mirando al norte y ella mirando al sur de la calle 3ra de Miramar en La Habana de Cuba. 

- ¿No me vas a hablar?- Preguntó Habana con esa seguridad fuerte e hiriente que no había perdido.

 Josef ahora sabía lo que significaba un nudo en la garganta. Imaginaba tragándose un nudo de aquellos asquerosos cabos de los barcos de un puerto, imaginaba que no solo no podría hablar, ni siquiera respirar. 

- Esto... es para ti - Habana le extendió la bolsa con los tres frascos en lo que Josef trató de sacar el dinero de su cartera- ¡Deja deja! ya lo compré, como saliste corriendo como alma que lleva el diablo...- dijo aun con su temblorosa mano soportando la bolsa de compras 
 Josef tragó en seco y rompió su silencio con voz tomada y temblorosa 

- ¿Así que te quedaste? 

 El tiempo se convirtió en un amasijo descontrolado y lleno de olas que trajo los recuerdos como basuras que llegan a las costas después de las tormentas. La lluvia seguía y embellecía los faros de la calle. Esa parte de la ciudad estaba desierta a esa hora que, aunque temprano, ya estaba bastante oscura. Solo algunos flashazos del cartel fallido de la tienda parpadeaban al ritmo de una música paralela inexistente con sus tubos de luz fría defectuosos y sonidos de potentes olas lejanas adornaban el momento. 

 - Aquella lancha se hundió Josef, nadamos por horas de vuelta y pocos logramos llegar a la costa. Cuando regresé ya te habías ido y solo se veían en la oscuridad guardias y perros. Gracias a tantas veces pernoctar ahí, supe como encontrar la manera de subirme por la costa, tampoco iba a llamarte, te había abandonado sin dejarte saber y en esa lancha iban muchas personas. Pensé que eso podía pasar, pero tomé el riesgo. Como tu no estabas convencido no quise... 

- ¡Ya no hace falta! 
- ¿Ya no hace falta que? 
- la explicación, ya pasó... 

Hubo otro silencio largo alimentado por las rachas de aguacero impertinente. Ya el agua corría como un río y Habana temblaba como una maquinaria averiada. Josef seguía petrificado. La miró con el rabillo del ojo, seguía tan terriblemente bella como siempre y distinta. Su pelo blanco, entre teñido de azul o naranja saltaba a pesar de la penumbra tormentosa. Su manera de ser, altanera, recta, fresca, agresiva aun cautivaba a Josef

 Josef rompió de nuevo el silencio con escasas silabas. 

- ¿Y ahora? 
- ¡Hibernando!! 
- ¡Hibernando!! - dijeron los dos a coro y estallaron en una discreta risa. Para ellos esta vida azarosa era solo un proceso de hibernación para algo bueno que vendría después. A falta de religión, adoraban que algo bueno pasara en algún momento sin mucha explicación. En ese momento el agua que corría por las calles comenzó a ser tibia y se sentía un olor a mar penetrante. Josef chapoleteó con los pies cuando se dio cuenta que no era otra cosa que el mar subiendo por las calles por la tormenta.

 - ¿No hay forma de escaparse verdad?- Dijo Habana viendo que Josef disfrutaba de empapar sus pies en agua de mar 
- ¡Nop!- Contestó Josef mas relajado. Si el agua de mar llegaba donde estuviera, ya el se encontraba en su medio 

 Josef tomó sus manos frías y delgadas, a pesar de tener unas cuantas libras desde la ultima vez que la había visto, sus manos nudosas, raras, nada femeninas. Levantó la vista mas a gusto y se miraron a los ojos, Ella seguía con esos ojos negros abisales, puerta de otros mundos y de sensaciones distintas, enlaces de todo lo que fuera salir de rutinas, saltarse reglas. Trató de besarla pero Habana se retiró delicadamente. 
 - Perdona... 
- No es nada ¿Caminamos o nos vamos a ahogar aquí?- dijo Habana en lo que se paraba decididamente a mover el mundo hacia adelante de nuevo como acostumbraba. 
Josef se paró, pero no renunció a caminar tomándola de la mano. La maldita lluvia ya había cesado pero no le daba ninguna pena llorar a cantaros con la cabeza levantada y la mirada al camino. Habana si estaba cabizbaja y miraba cada raya de la acera. La conexión no había acabado. Josef no la soltaba como cuando uno es niño y quiere quedarse con los objetos de los sueños aunque esté seguro que desaparecerán al despertar. Apretaba sus manos como siempre, como si fuera la última vez. 

- ¿Tienes hijos? Josef negó con la cabeza. - ¿Familia? ¿Donde vives? 

Josef siguió negando con la cabeza. 

 - Yo tengo dos niñas... 8 y 11 años, les he hablado mucho de ti, pero mezclo tu historia, con historias de piratas, tesoros ¿Eso es lo que fuimos verdad? 

 Josef la miraba a cada rato y seguía sin soltar su mano hasta que llegaron al puente de hierro. Apenas había dicho pocas palabras, Habana comenzó de nuevo. 

 - Yo vivo en... 
- ¡¡NO!! -Josef la calló abruptamente en la esquina de 11 y 26 desde donde se veía la vieja torre del cocinero y arriesgados callejeros que se dirigían a una nueva instalación que le llamaban "La fábrica de arte" 

- Ya no, mi vuelo es mañana y no se si vuelva de nuevo - El corazón de Josef se estaba partiendo por las viejas heridas, donde fue pegado una y otra vez volvían los resquebrajos con mas dolor aun. Josef deseaba que ese momento no hubiera pasado, pero a la vez se sentía vivo de nuevo. Los ríos de adrenalina habían desplazado tanta calma lacónica por décadas. Aun no sabía que decir. 

Habana le dio un abrazo tan largo como la tristeza, su cuerpo volvió a extenderse fuera de las estúpidas células. Con el abrazo volvió a ser universo, vuelo, incorpóreo. Las energías que iluminaron su entorno eran tan bellas como malignas y peligrosas. Josef pensó que no resistiría mucho mas. Su poder ante las pérdidas de las tres cosas que le interesaban en este mundo ya se había desvanecido con los años, ya no era tan fuerte como antes. Ni siquiera había dejado de llorar. Recordaba los mares de llanto cuando de pequeño su madre lo llevaba al médico pero le prometía que no le inyectarían. Una amigdalitis crónica y tozuda le hizo vivir entre penicilinas hasta los 5 años primeros de su vida. Solo recordaba llorar a mares, llorar a chorros, casi no por la inyección, si no por la falsa promesa.

 Habana era una falsa promesa, siempre lo fue y por eso la maldecía por todo en su vida. Nadie entendía su frase blasfema de maldita Habana del mar. Nadie que no se hubiera deshecho haciendo el amor sobre la arena, habiéndose convertido en mar y algas, habiendo respirado abandono o felicidad no terrenal. Nadie que perteneciera a este mundo y no hubiera pasado las sensaciones de ser mas que una hormiga humana podría entenderlo. Nadie podría mirar su mundo sin salir del suyo propio y es una característica típica de los humanos medios. Son incapaces de salir de su corto, escaso y predecible mundo. Son incapaces de abandonar una y otra vez, una y otra vez... otra vez.

 Josef se separó no sin antes oler su pelo como acostumbraba. Ya no había olor a algas, a caracoles. No olía a nada o a lluvia impoluta tropical. Habana tampoco dijo nada mas. Quizás aún se sentía culpable. Se alejaron sin darse la espalda. Algunos carros que desplazaban el agua como unas lanchas, crearon momentáneas cortinas transparentes que distorsionaban lo que se viera a través de ellas, como los recuerdos, vistos a través de olas de dolores y alegrías. Al quinto o sexto carro, Josef no la vio mas. Quiso pensar que había sido como siempre una de sus alucinaciones, que esto no había pasado pero a lo lejos, en la oscuridad aun veía esa muchacha con el uniforme empapado subiendo la cuesta de 26 caminando de marcha atrás para no perderlo de vista. Josef seguía petrificado en la esquina. Quería adelantar su vuelo, le aterrorizaba volver atrás en todo, en lo bueno y en lo malo. Para el, los tiempos pasados nunca fueron mejores, era un experto en moverse hacia adelante, aunque no con los mejores resultados. 

Por un segundo le vino la idea de correr cuesta arriba, alcanzarla. Pero antes, al intentar besarla, ella lo esquivó y eso fue una comunicación no verbal de que ella ya no era magia, no era estrellas, era una persona normal. Tendría su familia, sus dos hijas ¿Que hacer menos que desaparecer de ese entorno normal y humano? 

Pensando esto levantó la vista de nuevo y ya no estaba. 

 ¿Y si lo intentaba? ¿Y si corría gritando su nombre hasta dar con ella? ¿Y si preguntaba en el barrio? ¿Y si se rajaba el alma diciendo que todo el amor que pudieran tener sus días era para ella? ¿Y Si no importaba el rechazo, el abandono, el pasado y solo importaba el porque estábamos aquí y no el que éramos, o seríamos, nada! 

- ¡Mueve un primer pie Josef cojones! Hoy es el primer día de una vida nueva, ve a por ella- se decía a si mismo en voz alta asustando a los escasos y empapados transeúntes - ¡¡Muévete cojones que no eres un árbol!! 

 Pero no se movió. las raíces, unidas a su cobardía la dejaban pasar de nuevo. Sentía que no tenía derecho. Que Habana tendría sus responsabilidades, su esposo o lo que fuera. Que él, como siempre nunca había pertenecido, no era de aquí y ni siquiera era bienvenido. Volvió a su estado de ajeno, desorientado, perdido y regresó a casa de Madre a duras penas. Madre como siempre, sabría que Josef se habría entretenido con cualquier cosa y por eso ni preguntó porque llegaba tan tarde, el arroz lo haría mañana. Daba igual. Era un frío diciembre del 2017 y estaba ahí con su hijo, quizás por última vez, como todo lo que sucede en la vida, quizás por última vez, como las olas que se van, que no se van a repetir ni en milenios.

 Como las olas que se van. Maldita Habana del Mar.

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