13 de abril de 2017

Josef (First breath after coma) Capitulo 312

Apenas pudo dormir en toda la noche. La Habana y en especial su barrio, era particularmente silencioso por la escasez de tráfico. En su subconsciente echaba de menos los ruidos de las ciudades civilizadas donde usualmente vivía. Ruidos de sirenas, emergencias, autopistas. La Habana y específicamente a la orilla del río Almendares donde había nacido, solo se oían de vez en cuando los tacones de alguna mujer perdida en la madrugada o el canto de algún borracho desafinado que no le interesaba realmente llegar a ninguna parte. El olor lejano de la mezcla de descomposición del río, mas el mar que flotaba como un aerosol en la costa, traían aires pasados imposibles de borrar por mas que uno quisiera. Josef se levantó de un tirón de su cama temporal. La tocó con sus manos como quien acaricia un animal que ha sido compañía, pero que por situaciones de la vida debe abandonar una y otra vez. Madre conservaba todo en el oscuro cuarto, como si nunca se hubiera ido, como si tuviera esperanzas de que iba a volver cualquier día, como siempre, sin preguntar nada.



De manera enérgica se puso un pulóver desesperado y cruzó la puerta antes que madre se despertara y se preocupara en silencio como venía pasando en los últimos días. Al salir  del edificio notó ese frío añorado de madrugada con escasos cantos de pájaros protestones sin sentido del vecindario. Caminó raudo hacia el malecón que estaba a pocos minutos y se sentó en el muro a la altura de la calle 3ra y 12. Ahí había por siempre unas piedras que por muy calmado que estuviera el mar, hacían pequeñas olas y salpicaban. Con las amarillentas luces de la calle podía verse la transparencia y algunos peces de colores que traían un inmenso regocijo a los caídos ánimos de Josef y una real sensación de estar en casa. En la casa de verdad, su mar.

La calle estaba mojada por las recientes lluvias torrenciales del día anterior. En los reflejos se veían distorsionadas figuras de los edificios que asemejaban una especie de ciudad borrada o que estaba intentando borrarse de las memorias de las personas desperdigadas por el mundo que salieron de este sitio huyendo o buscando mejores oportunidades. Sin culpar a nadie, Josef le dio la espalda y adentró sus pensamientos en el negro mar alejado de la costa. Ese sitio terrorífico a esa hora que era donde Josef sabía que había paz a toda costa, aunque no una paz pura, una paz unida a la desesperación y en muchos casos la muerte. Pensó que quizás ahí habitaban almas, almas que flotaban o se sumergían a su gusto y como el mismo, miraban la ciudad de lejos entre reflejos y luces amarillas silenciadas por la ausencia de actividad de un país paralizado. Esperó como cuando era niño que apareciese una sirena. Le daba igual si para bien o mal, le daba igual si lo arrastraba hasta el fondo y lo ahogaba cruelmente, solo quería que apareciese la maldita sirena.

- ¡Sabía que estabas aquí!

Josef escuchó la voz a sus espaldas. Se ruborizó a la vez que el corazón dio un peligroso vuelco descontrolado que casi se rompe. Dudó por un momento si hubiese sido su imaginación, así que no contestó ni se volteó para mirar si era real o no, pero sintió una mano sobre su espalda, tibia, para nada agresiva como todas las cosas del mar a esa hora. Miró de reojo y a contraluz de los faros del malecón, vio la silueta reconocida de Habana del Mar con el pelo alborotado por la leve brisa que comenzaba a mover las masas de aires terrales. Otras vez todas las fuerzas se drenaron diente perro hasta el fondo de la costa, sin resistencia ninguna como se escapa el mercurio de un termómetro roto.
Suspiró como si fuera a hacer una inmersión de muchos minutos y sintió que el nudo de su garganta, ese que nunca le dejaba hablar, tejido por las emociones, venía en camino. Trató esta vez de ser civilizado. De eso se trataba. Por eso había abandonado su vida de náufrago, su vida de mar. Por eso había aprendido oficios terrestres, había aprendido a tratar con las personas, a tener cariño por las cosas normales de la vida, por eso había emigrado y tratado de ser una persona más, con pertenencias a cosas y lugares, trató, trató.
Dejó escapar una sonrisa medianamente real, aunque en el fondo, estaba agradeciendo por el fuego de este encuentro. Sabía que no iba a salir bien parado de esta, pero lo que venían eran golpes lindos, golpes que hubiera preferido tener, a nada.  Cuando las cosas iban mal, lo mejor era ponerlas peor hasta que algo reventara y hubiera un cambio. Las cosas mediocremente mal no eran lo suyo. O todo lo bueno o todo lo malo, medias tintas nunca. Las medias tintas eran aburridas y frustrantes. Las emergencias lo hacían nadar por su vida y los momentos felices eran disfrutables. Aunque esto era inusual, era una emergencia feliz.



- En este sitio... - Balbuceó mientras pudo y Habana le terminó la frase con una sonrisa
- Fue donde nos conocimos, tu pescabas y yo vine a incordiarte con preguntas. Después paseamos por el muro, cada vez que paso por aquí revivo uno de los pocos días felices de mi vida. Fue una especie de aventura que a veces confundo con un sueño. Eso que se creó ese día no puede romperse Josef, ni con años, ni con distancias, ni con separaciones. Me sentí muy mal ayer cuando te dejé en esa esquina...
Otra vez. Algo me dijo que te encontraría aquí.

Josef apretaba sus manos entre sus muslos y suspiraba, o bien tenía frío o quizás no quería que se notara un ligero temblor. Habana se adueñaba siempre de sus reacciones y tenía que pasar cierto tiempo para que el pudiera controlar su cuerpo de nuevo enteramente. Apenas se atrevía a mirarla, siempre le daba temor tener reacciones no humanas o imprevistas.  Sin embargo, a Habana le daba igual que sus delgadas manos se vieran temblorosas. Siempre los primeros minutos de sus encuentros con Josef eran un manojo de nervios y emociones, pero a ella no le importaba que se vieran. Lo consideraba algo puro, bello y en extinción. Era muy difícil en estos días encontrar a alguien que te hiciera temblar las manos, sudar frío o tartamudear por sensaciones bellas y energías salvajes que tomaban el control.

Se sentaron a observar el mar juntos y Josef la abrazó porque notó que habana temblaba demasiado. Enseguida la conexión mejoró las cosas. Pasaron un buen rato mirando como al este salían tímidos claros pincelados entre las nubes aun recalcitrantes.

Josef le brindó a Habana del mar uno de sus audífonos. Compartió su música y el momento comenzó a ser mágico como en los buenos tiempos. No podía hablar mucho, pero la música hablaba por si misma. Sonó un tema de (Explosions in the sky) llamado (First breath after coma) del disco (The Earth Is Not a Cold Dead Place) y comenzó como un reinicio necesario de algo que nunca podría romperse.


Explosions in the sky - First breath after coma.

Al poco tiempo se miraron a los ojos como si ayer fueran unos niños robando comida de la basura del restaurante 1830 y sin casa donde llegar ni familia a la que acudir. Volvieron a ser unos niños de la calle, desamparados de techo y amparados en el amor de los necesitados y desposeídos. Sus manos se tomaron con la música y fueron manos nuevas, manos de pescador y niña sin casa ni hogar. Caminaron por el muro con risas discretas en lo que amanecía y la ciudad comenzaba a desesperanzarse de nuevo con humeantes y pestilentes carros petroleros atiborrados de personas que iban a buscar su sustento de alguna manera, por la vía que fuera.

El olor a pescado de los restos sobre el muro pujaba volver a una época en que todo era tan simple como el raciocinio infantil, justo y desprovisto de improductivos rencores o malos recuerdos, las algas que flotaban en la orilla hacían una especie de telón a un mundo distinto, un mundo donde a pesar de todo lo vivido, de todo lo pasado, siempre se podría reiniciar, comenzar de nuevo y respirar aire de mar otra vez, del mar familiar y ancestral de donde habían salido. Subieron por la escalera del fuerte de La Chorrera y desde la altura vieron como la mañana barría con todo lo pasado. Ya nada anterior existía en este mundo nuevo sin palabras. Todo desde cero. Una bendición de quienes podían perdonar y aprovechar la corta estancia que la mayoría desperdicia por soberbias, falsa justicia y frustraciones. Una corta estancia que los adultos suelen desperdiciar persiguiendo cosas inútiles e impartiendo criterios como si los pocos minutos de vida, fueran a ser eternos.

- Solo me duele, que con lo que hiciste por irte, con todo lo que perdiste, con todo lo que trataste, nunca te hayas ido - Dijo Josef ya con voz clara y segura en lo que esperaban el comienzo del espectáculo del amanecer - No es justo que no hayas visto otros mundos, que no hayas probado otras ciudades, otras comidas, otras culturas. Creo que todo el mundo debería ser obligado por las buenas a viajar en algún momento de sus vidas, viajar te muestra cuan insignificante uno es ante tantas cosas nuevas, culturas y costumbres desconocidas, en serio, me duele que no lo hayas logrado.

Habana del Mar suspiró seriamente y apretó mas el abrazo contra Josef - Al final fue duro resignarme que me iba a quedar en el sitio donde nunca estuve conforme, desde aquel tiempo que nos conocimos mi alma se había ido, venía por ratos porque tu, Josef la traías con tus cosas, Tu hiciste que mi alma regresara por momentos pero después volvía a largarse por ahí, lo que ella vio, yo nunca lo veré ¡Y si! es una paradoja, de esas que nos inundan como este mar que nos rodea. Tu no querías irte ¿Y donde acabaste?

- Estuve unos 13 años en España pero nunca me adapté, por mas que traté, ya de por si era difícil humanizarme. No encajaba en las costumbres de entendimiento y comunicación españolas, a pesar de ser el mismo idioma. Después reemigré  a Miami donde apenas sobrevivo. Me pasó al revés que a ti. Mi cuerpo se fue, pero mi alma nunca llegó, creo que mi alma se quedó detrás de ti, siguiéndote todo el rato como un perrito abandonado.

Rieron un poco y el frío madrugador fue roto por los primeros rayos de sol. Josef y Habana juntos no podrían describir cuan a gusto se estaba en ese momento de paz, cuanto peso podría quitarse cada persona con un poco de sentido común.

- ¡Siempre sentí ese perrito!- dijo Habana entre risas - En todos estos años siempre sentí que me acompañabas a pesar de no atreverme ni a preguntar por ti. En cada momento difícil te imaginé conmigo, te imaginé que me soportabas, me empujabas y me tenías de la mano, en cada risa miré a mi lado para compartirla contigo y se me acababa porque no estabas, pero siempre sentí culpa y nunca tuve valor de volver a buscarte. Te lloré cada día y...

Josef hizo un siseo con la boca buscando silencio. Abrazó a Habana y estuvieron así por un buen rato. Aunque se habían prometido no llorar salieron un par de lágrimas dolorosas como dos piedras de río, de esas que nublan la vista y hacen ver todo como a través de un grueso fondo de un vaso de cristal azul.

- Hoy es el primer día de nuevo, estamos en el mismo sitio- Josef deshacía con fuerza el nudo recurrente de sus palabras, esta vez no iba a quedarse callado - Hoy, no se que día de diciembre del 2017 nos conocemos de nuevo. Todo lo que quedó atrás son solo recuerdos implantados por una vida que ya no volverá. Ha sido como salir de un cine, se acabó esa película y ahora estamos viviendo una nueva. Solo quiero que estés bien Habana, juro que solo quiero que estés bien por siempre.

Habana se alumbró de pronto como el sol que estaba rajando las pocas nubes que quedaban - ¡Vamos a desayunar al 1830! ¡¡Pero no de la basura!!




Bajaron las escaleras corriendo y aunque era demasiado temprano para el restaurante un empleado los invitó a pasar a las islita japonesa, ahí les ofreció lo único que podrían preparar a esa hora, sándwich y café o maltas. Engulleron todo con el hambre madrugador de dos niños abandonados y caminaron riendo y hablando de tanto mundo por delante rumbo a la casa de Habana del Mar. Josef conoció a su familia nueva, su pareja, sus hijos y avanzada la mañana cuando apenas pudieron ponerse al día de tantos sucesos, Habana del Mar se puso seria e hizo un silencio.

-Josef-  Tienes que prometerme que escribirás toda esta historia, tu historia para que mis hijas la lean. Quiero que aprendan de todo lo bueno y malo que hayamos hecho. Me temo que en el mundo moderno en que van a vivir ya no van a haber mas emociones que la tecnología y los egos digitales. Quiero leerles lo que escribas sobre ti y sobre nosotros, por favor.

Josef asintió en silencio tomando la tarea sin decir que desde hacía mas de diez años escribía al azar pasajes de su azarosa vida en las que Habana ocupaba mas maldiciones que buenos momentos. Pero nada iba a cambiar eso a  pesar que, como mismo ellos habían dicho, lo que existía entre ellos no podría ser de ninguna manera destruido.

Josef regresó solo al malecón de nuevo después de una cálida despedida de Habana y Su familia. Se sentía sin un peso, sin odio, sin rencor, vacío. Cruzaba las calles entre insultos de chóferes y frenazos. No estaba en este mundo, era feliz, pero a la vez no quería estar. Uno de sus principales pesos y meta había sido difuminado por el amor perdurable. No había camino ni nada visible, solo llegar al mar.
Tampoco nunca había asomado una estúpida sirena para recalcarle que eso eran historias fantásticas de niños y piratas borrachos que nunca existieron. No tenía que hacer. La semana que viene, trabajar, dormir, trabajar, dormir. Vomitó a la orilla del mar un bulto de recuerdos que ya no necesitaba y se apresuró a escribirlos para que no dejaran de existir del todo. Sus recuerdos siempre lo habían hecho mejor persona y cambiaba cosas de su vida futura en base a ellos. Hoy había aprendido a reiniciar, perdonar, olvidar y comenzar de nuevo. A pesar que era lo que había hecho casi siempre por instinto de conservación. Hoy lo hizo a propósito, con conocimiento. Cogió impulso sobre el muro y voló para caer al agua, pero no cayó. En su inmenso salto comenzó a ascender a una velocidad fría. No se asustó para nada y si disfrutó ver a La Habana desde arriba, desde el cielo, las personas como hormigas cargando su escaso sustento para ese día, los niños corriendo a las escuelas, los techos de los viejos carros americanos pintados malamente y quemados por el sol castigador de Cuba la isla paralizada. Solo que ahí había mucho frío, un frío extraño que no congeniaba con el fuerte sol que había y tantas luces y colores. También le llamó la atención el extremo silencio, la ralentización de los sucesos. Ya era como si mirara una película desde arriba. Comenzó a preguntarse si de verdad estaba pasando o que estaba pasando. Solo quería caer al mar pero por mas que intentaba seguía ascendiendo. El mar, la ciudad y todo se iba alejando hasta que todo se hizo oscuro de un tirón.

Un pitido intermitente se oía a lo lejos. Abrió los ojos y vio unas paredes  que algunas vez fueron amarillas, descorchadas y un olor desagradable. Estaba en una especie de cama sin colchón, sobre fríos  y oxidados alambres o muelles y a lo lejos en unos entrecruzados pasillos, personas caminaban de un lado a otro apuradas. Pensó que era una pesadilla horrible y trató de dormirse de nuevo deseando cuando despertase estar con Habana del Mar amaneciendo en la escalera del castillo de La Chorrera de nuevo, abrazados y corriendo a desayunar en el 1830, no le importaba si de la basura, no le importaba si eran niños de nuevo y tenía que pasar por todo el sufrimiento otra vez o peor. Estaba dispuesto a todo y todo sería lindo, hasta lo peor. Porque la maldita Habana del Mar, estaba por siempre con el, donde quiera que estuviese y en el peor de los momentos.

En el fondo, aun escuchaba uno de sus audífonos el tema (The Earth Is Not a Cold Dead Place) de la carpeta recursiva que tenia en su reproductor del grupo Explosions in the Sky y Una sirena se asomó a la vista de Josef con una voz súper dulce diciendo - Ahora vas a sentir unos pinchazos en el abdomen, no te muevas, relájate los mas que puedas.

Explosions in the sky - The Earth Is Not a Cold Dead Place

6 de abril de 2017

Josef (Como las olas que se van) Capitulo 311

Breve introducción:
Habana del mar había desaparecido a finales de los años 90s. Esta historia enlaza en esta serie de capitulos:

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 01)


Y termina en este:

Josef y el fin del sueño (Cap 200)



Caían esas gotas de agua que solo caen en las islas olvidadas a la mano de dios, donde no importa cuan feroz sean las inclemencias, porque todo lo que se iba a destruir ya estaba destruido. Era un diciembre extrañamente frío del 2017 y Josef, barbado y desarreglado por el cansancio había vuelto a la isla después de décadas de periplos por varios continentes donde como siempre, nunca encontró acomodación ni posibilidades de adaptarse. Su reino era el mar y ningún estado se encontraba alineado a ello. Por mas que intentó tener una vida normal nunca lo consiguió, aunque aun, ya casi rozando medio siglo de vida observaba sin preocupación que quizás algún día podría lograrlo. Ser humano había sido mas difícil de lo que pensó a pesar de lo simple que parecía. Ser humano era una complicación reñida con el normal desarrollo de la vida, según sus puntos de vista, pero tampoco era la meta del siglo, es más, mientras seguía su vida de ermitaño, renegado y fuera de reglas, se sentía medianamente a gusto. Era una clase de refugio. 

 Había vuelto de visita. Aún vivía, si puede llamársele así, muy cerca de los pantanos infinitos de las tierras Floridas del sureste de los Estados Unidos. Madre, ya viejita, requería de su visita en La Habana cada vez con más ahínco como si cada visita fuera la última. Josef seguía la corriente como casi todo en su vida, no se oponía como ayer al tardío afecto maternal y aunque no lo entendía, ni siquiera entendía muy bien los afectos, se dejaba llevar por la corriente de normalidad. Incluso visitaba primos de los que no se acordaba y familia que era extrañamente amable. La vida no había dejado de ser un experimento. 

 Madre le había pedido que consiguiera algunos ingredientes para hacerle uno de sus platos favoritos. El arroz imperial, pero aun en el 2017 en esa isla encontrar algo era bastante fatigoso. Josef caminó en paz hacia el único lugar que conocía bien que era el barrio de Miramar. Cruzando el puente de hierro remodelado y distinto, ya falto de espíritu de las uniones remachadas americanas y coloreado de una victoria local temporaria, tomó dirección norte hacia la calle cero bajo la lluvia intermitente y lejanos sonidos de truenos. Recordaba que por esa zona había tiendas en divisas no muy atiborradas de cubanos ilusorios de que las cosas estaban bien, porque tenían una familia que les mandaba el dinero.


 Al llegar a una de estas encontró con suerte la mayonesa, el aceite y un par de cosas mas que estaban en el pedido de Madre. Tomó todo y fue a la caja a pagar. Había como mucho un par de personas delante con niños felices de conseguir refrescos azucarados y con colores plásticos. Cuando solo quedaba una persona, la voz de la cajera rebotó en las paredes del pasado lejano y dormido. Josef levantó la vista suavemente y acto seguido dejó la compra ahí mismo y salió por otra línea de caja sin nada, tratando de no ser visto. Una vez bajo la lluvia de nuevo, se sentó en un muro encharcado casi inmóvil. Su cuerpo no respondía bien para irse, ni respondía bien para volver. Ya conocía esa sensación y sabía que solo el tiempo lo dejaría moverse adelante. Decidió sentarse a saborear la lluvia. Nada malo iba a pasar. 

 Dentro de la tienda, la otra cajera por donde había salido Josef, le señalaba a su compañera el extraño comportamiento con un poco de burla en lo que ponía los productos de vuelta. Hacía mofa de que La Habana estaba llena de locos y que todos iban a parar a esa tienda. Mientras tanto, quizás debido a la fuerte lluvia, no había entrado nadie mas y la cajera se movió un poco hasta el cristal donde vio a Josef a pocos metros enfrente empapándose sin mas, mirando al cielo con la boca abierta como si disfrutara todo el diluvio pasando a través de su cuerpo. Le pareció raro y a la vez familiar en lo que volvió a su puesto. 

 - ¡Es verdad! Todos los loquitos vienen a esta tienda. A lo mejor no le alcanza el dinero y por eso dejó todo 
- Si que está quemao. Mira como se empapa ahí afuera, con el frío que hace. 

 Quedaba poco tiempo para cerrar en lo que las dos mujeres organizaban todo cuando ya solo eran minutos. El sol de ese día se escabulló como Josef sin ser visto. Tanta nube no dejó notar ni un solo color de atardecer, solo la luz gris atenuándose poco a poco sin remedio y algún que otro carro con los faros amarillentos como luchando contra eso, sacaba olas de la inundada calle que llegaban hasta medias piernas de Josef que seguía sin moverse.


- Oye, el loquito sigue ahí... me está preocupando.
 La otra muchacha se acercó al cristal de nuevo. Era un frío diciembre y veces se encontraba con personas sentimentales en esos días de reunión familiar. Quizás sintió pena por el loco barbado, lleno de canas y ojos casi cerrados. 
 - ¿Que era lo que el tenía antes de salir? - Preguntó en lo que sellaba la caja e iba cerrando los llavines de las ventanas acristaladas una por una. 
- Mayonesa, un pomo de aceite y unas aceitunas... La muchacha metió esos productos en una bolsa y después de pasarlo por la caja lo dejó aparte. 
- ¡Pero mija! ¡Entre limosnas y comprarle cosas a los loquitos que lleguen, no vas a tener sueldo este mes! 

Ella no respondió. Miraba a cada rato por el cristal con la esperanza que no se esfumara aquel hombre. En una de esas miradas algo le resultó familiar y le recorrió un escalofrío de pies a cabeza sin más. No entendía qué pasaba, pero sintió que su subconsciente estaba teniendo una especie de señal, de comunicación que iba removiendo capas de pinturas pasadas. Empezó a temblar un poco y la respiración se hizo difícil. Se apoyó con las dos manos al cristal nevado con agua chorreando por fuera y lo trató de limpiar con el reverso de la mano en lo que escasos rayos mejoraban la iluminación por momentos. Ahí estaba aún, inmóvil como siempre, esperando que girara la tierra, sin dar un paso, con su paciencia de casi medio siglo, con su paciencia de pescador. 

- ¿¿Puedes cerrar por mi!! ¡Necesito salir!.. ¡¡ahora! 
- ¡Pero muchacha! ¡Ese loco te contagió?.. ¿Adonde vas! ¡¡OYEee!! Habanaaaaaa!!! 

 Habana bajó las escaleras corriendo que casi se cae con la bolsa en las manos en lo que la lluvia arreciaba con una densidad inusual. Josef la vio venir pero aun así no movió un párpado. Estaba paralizado como si un veneno lo hubiera dejado sin vida en aquel muro. Lo mejor de la lluvia es que todo se veía claro y limpio a pesar de haber comenzado la noche. También que se podía llorar sin que nadie lo notara. Los dos podían llorar sin que nadie lo notara porque corrían caudales de agua por sus ropas y sus cuerpos. Habana estuvo un rato parada frente a el. Nunca sabía que se hace en esos casos, nunca supo como reaccionar y estaba segura que sus reacciones nunca fueron las mejores.



 Así pasaron algunos minutos, años quizás. Años hacia adelante, años hacia atrás. La lluvia amainó un poco y Josef imaginó que la costa ahora estaría turbia y revuelta después de aquel atroz diluvio. Pensó que si pudiera escapar ahora mismo por el mar, solo tendría que dar unos pequeños saltos mas que conocidos por un par de muros del Sierra Maestra y nadie lo vería de nuevo en años, pero era mentira, su cuerpo aun estaba envenenado e inmóvil. 
 La otra dependienta se acercó levemente por detrás de Habana del Mar después de haber dejado todo cerrado y en orden. 

- ¿Estás bien Habana? ¿Todo está bien aquí? Habana balbuceó apenas sin mirar 
- Si, todo bien, gracias Mirta... todo va a estar bien. 

 Al oír su voz de nuevo Josef salió del letargo, trató de sonreír, pero salió una mueca. Habana dio la vuelta al muro y se sentó a su lado pero en dirección contraria. Como siempre, Josef mirando al norte y ella mirando al sur de la calle 3ra de Miramar en La Habana de Cuba. 

- ¿No me vas a hablar?- Preguntó Habana con esa seguridad fuerte e hiriente que no había perdido.

 Josef ahora sabía lo que significaba un nudo en la garganta. Imaginaba tragándose un nudo de aquellos asquerosos cabos de los barcos de un puerto, imaginaba que no solo no podría hablar, ni siquiera respirar. 

- Esto... es para ti - Habana le extendió la bolsa con los tres frascos en lo que Josef trató de sacar el dinero de su cartera- ¡Deja deja! ya lo compré, como saliste corriendo como alma que lleva el diablo...- dijo aun con su temblorosa mano soportando la bolsa de compras 
 Josef tragó en seco y rompió su silencio con voz tomada y temblorosa 

- ¿Así que te quedaste? 

 El tiempo se convirtió en un amasijo descontrolado y lleno de olas que trajo los recuerdos como basuras que llegan a las costas después de las tormentas. La lluvia seguía y embellecía los faros de la calle. Esa parte de la ciudad estaba desierta a esa hora que, aunque temprano, ya estaba bastante oscura. Solo algunos flashazos del cartel fallido de la tienda parpadeaban al ritmo de una música paralela inexistente con sus tubos de luz fría defectuosos y sonidos de potentes olas lejanas adornaban el momento. 

 - Aquella lancha se hundió Josef, nadamos por horas de vuelta y pocos logramos llegar a la costa. Cuando regresé ya te habías ido y solo se veían en la oscuridad guardias y perros. Gracias a tantas veces pernoctar ahí, supe como encontrar la manera de subirme por la costa, tampoco iba a llamarte, te había abandonado sin dejarte saber y en esa lancha iban muchas personas. Pensé que eso podía pasar, pero tomé el riesgo. Como tu no estabas convencido no quise... 

- ¡Ya no hace falta! 
- ¿Ya no hace falta que? 
- la explicación, ya pasó... 

Hubo otro silencio largo alimentado por las rachas de aguacero impertinente. Ya el agua corría como un río y Habana temblaba como una maquinaria averiada. Josef seguía petrificado. La miró con el rabillo del ojo, seguía tan terriblemente bella como siempre y distinta. Su pelo blanco, entre teñido de azul o naranja saltaba a pesar de la penumbra tormentosa. Su manera de ser, altanera, recta, fresca, agresiva aun cautivaba a Josef

 Josef rompió de nuevo el silencio con escasas silabas. 

- ¿Y ahora? 
- ¡Hibernando!! 
- ¡Hibernando!! - dijeron los dos a coro y estallaron en una discreta risa. Para ellos esta vida azarosa era solo un proceso de hibernación para algo bueno que vendría después. A falta de religión, adoraban que algo bueno pasara en algún momento sin mucha explicación. En ese momento el agua que corría por las calles comenzó a ser tibia y se sentía un olor a mar penetrante. Josef chapoleteó con los pies cuando se dio cuenta que no era otra cosa que el mar subiendo por las calles por la tormenta.

 - ¿No hay forma de escaparse verdad?- Dijo Habana viendo que Josef disfrutaba de empapar sus pies en agua de mar 
- ¡Nop!- Contestó Josef mas relajado. Si el agua de mar llegaba donde estuviera, ya el se encontraba en su medio 

 Josef tomó sus manos frías y delgadas, a pesar de tener unas cuantas libras desde la ultima vez que la había visto, sus manos nudosas, raras, nada femeninas. Levantó la vista mas a gusto y se miraron a los ojos, Ella seguía con esos ojos negros abisales, puerta de otros mundos y de sensaciones distintas, enlaces de todo lo que fuera salir de rutinas, saltarse reglas. Trató de besarla pero Habana se retiró delicadamente. 
 - Perdona... 
- No es nada ¿Caminamos o nos vamos a ahogar aquí?- dijo Habana en lo que se paraba decididamente a mover el mundo hacia adelante de nuevo como acostumbraba. 
Josef se paró, pero no renunció a caminar tomándola de la mano. La maldita lluvia ya había cesado pero no le daba ninguna pena llorar a cantaros con la cabeza levantada y la mirada al camino. Habana si estaba cabizbaja y miraba cada raya de la acera. La conexión no había acabado. Josef no la soltaba como cuando uno es niño y quiere quedarse con los objetos de los sueños aunque esté seguro que desaparecerán al despertar. Apretaba sus manos como siempre, como si fuera la última vez. 

- ¿Tienes hijos? Josef negó con la cabeza. - ¿Familia? ¿Donde vives? 

Josef siguió negando con la cabeza. 

 - Yo tengo dos niñas... 8 y 11 años, les he hablado mucho de ti, pero mezclo tu historia, con historias de piratas, tesoros ¿Eso es lo que fuimos verdad? 

 Josef la miraba a cada rato y seguía sin soltar su mano hasta que llegaron al puente de hierro. Apenas había dicho pocas palabras, Habana comenzó de nuevo. 

 - Yo vivo en... 
- ¡¡NO!! -Josef la calló abruptamente en la esquina de 11 y 26 desde donde se veía la vieja torre del cocinero y arriesgados callejeros que se dirigían a una nueva instalación que le llamaban "La fábrica de arte" 

- Ya no, mi vuelo es mañana y no se si vuelva de nuevo - El corazón de Josef se estaba partiendo por las viejas heridas, donde fue pegado una y otra vez volvían los resquebrajos con mas dolor aun. Josef deseaba que ese momento no hubiera pasado, pero a la vez se sentía vivo de nuevo. Los ríos de adrenalina habían desplazado tanta calma lacónica por décadas. Aun no sabía que decir. 

Habana le dio un abrazo tan largo como la tristeza, su cuerpo volvió a extenderse fuera de las estúpidas células. Con el abrazo volvió a ser universo, vuelo, incorpóreo. Las energías que iluminaron su entorno eran tan bellas como malignas y peligrosas. Josef pensó que no resistiría mucho mas. Su poder ante las pérdidas de las tres cosas que le interesaban en este mundo ya se había desvanecido con los años, ya no era tan fuerte como antes. Ni siquiera había dejado de llorar. Recordaba los mares de llanto cuando de pequeño su madre lo llevaba al médico pero le prometía que no le inyectarían. Una amigdalitis crónica y tozuda le hizo vivir entre penicilinas hasta los 5 años primeros de su vida. Solo recordaba llorar a mares, llorar a chorros, casi no por la inyección, si no por la falsa promesa.

 Habana era una falsa promesa, siempre lo fue y por eso la maldecía por todo en su vida. Nadie entendía su frase blasfema de maldita Habana del mar. Nadie que no se hubiera deshecho haciendo el amor sobre la arena, habiéndose convertido en mar y algas, habiendo respirado abandono o felicidad no terrenal. Nadie que perteneciera a este mundo y no hubiera pasado las sensaciones de ser mas que una hormiga humana podría entenderlo. Nadie podría mirar su mundo sin salir del suyo propio y es una característica típica de los humanos medios. Son incapaces de salir de su corto, escaso y predecible mundo. Son incapaces de abandonar una y otra vez, una y otra vez... otra vez.

 Josef se separó no sin antes oler su pelo como acostumbraba. Ya no había olor a algas, a caracoles. No olía a nada o a lluvia impoluta tropical. Habana tampoco dijo nada mas. Quizás aún se sentía culpable. Se alejaron sin darse la espalda. Algunos carros que desplazaban el agua como unas lanchas, crearon momentáneas cortinas transparentes que distorsionaban lo que se viera a través de ellas, como los recuerdos, vistos a través de olas de dolores y alegrías. Al quinto o sexto carro, Josef no la vio mas. Quiso pensar que había sido como siempre una de sus alucinaciones, que esto no había pasado pero a lo lejos, en la oscuridad aun veía esa muchacha con el uniforme empapado subiendo la cuesta de 26 caminando de marcha atrás para no perderlo de vista. Josef seguía petrificado en la esquina. Quería adelantar su vuelo, le aterrorizaba volver atrás en todo, en lo bueno y en lo malo. Para el, los tiempos pasados nunca fueron mejores, era un experto en moverse hacia adelante, aunque no con los mejores resultados. 

Por un segundo le vino la idea de correr cuesta arriba, alcanzarla. Pero antes, al intentar besarla, ella lo esquivó y eso fue una comunicación no verbal de que ella ya no era magia, no era estrellas, era una persona normal. Tendría su familia, sus dos hijas ¿Que hacer menos que desaparecer de ese entorno normal y humano? 

Pensando esto levantó la vista de nuevo y ya no estaba. 

 ¿Y si lo intentaba? ¿Y si corría gritando su nombre hasta dar con ella? ¿Y si preguntaba en el barrio? ¿Y si se rajaba el alma diciendo que todo el amor que pudieran tener sus días era para ella? ¿Y Si no importaba el rechazo, el abandono, el pasado y solo importaba el porque estábamos aquí y no el que éramos, o seríamos, nada! 

- ¡Mueve un primer pie Josef cojones! Hoy es el primer día de una vida nueva, ve a por ella- se decía a si mismo en voz alta asustando a los escasos y empapados transeúntes - ¡¡Muévete cojones que no eres un árbol!! 

 Pero no se movió. las raíces, unidas a su cobardía la dejaban pasar de nuevo. Sentía que no tenía derecho. Que Habana tendría sus responsabilidades, su esposo o lo que fuera. Que él, como siempre nunca había pertenecido, no era de aquí y ni siquiera era bienvenido. Volvió a su estado de ajeno, desorientado, perdido y regresó a casa de Madre a duras penas. Madre como siempre, sabría que Josef se habría entretenido con cualquier cosa y por eso ni preguntó porque llegaba tan tarde, el arroz lo haría mañana. Daba igual. Era un frío diciembre del 2017 y estaba ahí con su hijo, quizás por última vez, como todo lo que sucede en la vida, quizás por última vez, como las olas que se van, que no se van a repetir ni en milenios.

 Como las olas que se van. Maldita Habana del Mar.