16 de marzo de 2016

Josef (Sin saber... Capitulo 208)


El solar estaba caldeado y a la vez aburrido con esos calores que hacen en medio del invierno. Josef entró por la estrecha y oscura puerta llena de cables y relojes de electricidad, para luego de nuevo salir a la hiriente luz del patio interior de losas sevillanas hechas trizas y paredes amarillas de recebo. Las escasas voces que habían, se hacían eco por dentro los balcones apuntalados. Todo era amarillo, o amarillento, paredes, columnas, pinturas. Hasta las sabanas blancas tendidas se veían amarillentas pero también es que la luz del sol a medio día en esas latitudes tiene ese color. Para Josef había demasiada luz. Acostumbrado a pescar de noche, vivir de noche y sobre todo a estar en cuevas o bajo el agua, toda luz era demasiada.

Josef miró a los balcones de arriba. Había una mujer que le gustaba y eso era cosa rara. Aunque nunca le diría nada, disfrutaba la vista cuando pasaba delante de el, tendía las ropas, o simplemente salía o entraba del solar. Ni siquiera sabía su nombre a pesar de llevar viviendo ahí casi mas de un año alquilado. Todo el mundo le decía la jabá. Su piel era entre blanquecina y amarillenta como las paredes del solar, su pelo enredado como la vegetación de los muros, tupido y largo, que casi nunca dejaba ver sus hombros, pero Josef adoraba su espalda. A veces tenía un vestido roído, desteñido, para andar por el solar. Así cargaba agua, lavaba en los lavaderos comunes, martillaba en el marco de su puerta para mantener medianamente las maderas que todo el tiempo estaban tratando de caerse y rendirse. Ella saludaba a Josef porque era uno de los pocos del solar que no le decía horrores cuando pasaba. Según los mitos y cada solar tiene los suyos propios, su esposo estaba preso por años y ella no accedía a estar con mas nadie, por eso, los solariegos se metían con ella, pero ella le entraba por un oído y le salía por otro. A los lados de su espalda tenía unos pequeños pliegues en la piel, como si hubiera engordado un poco y esto, su pelo tan enredado y su color tenía a Josef tan curioso que la observaba en silencio, excepto cuando ella se acercaba a saludarlo que Josef fingía no haberla estado mirando todo el tiempo posible desde el primer día que la vio.

El calor hacía que moscas y guasasas orbitaran sobre todo lo vivo. Una especie de sopor embargaba a los que, en el medio de todo, tenían una mesa de dominó ralentizada. Por mas que trataban de ponerle energía a ese juego que en Cuba es un juego de gritar, hacer ruido y dar golpes sobre las mesas, ellos estaban jugando en silencio. Solo habían tres y apenas se oía las fichas o el agua que siempre estaba corriendo de algún salidero continuo. Ni siquiera habían completado las dos parejas de juego. Josef trató de pasar inadvertido como hacía siempre. Su cuarto era el único del solar que no estaba en ninguno de los niveles normales. Quizás en un pasado, ese cuarto habría sido un cuarto de electricidad o de bombas de agua porque era un cuadrado sin mas bajo el nivel de la tierra. Era un sótano que olía a una humedad impregnante que Josef adoraba. Las paredes tenían un moho verde al que acariciaba a veces. Le habían regalado poquitos de pintura de varios colores, sobrantes de otros cuartos porque le tenían lástima, pero Josef nunca quiso pintarlo. El moho era vida. Recordaba de pequeño que una vez vio el moho con un microscopio y era todo un bosque, un planeta aparte, un minimundo bellísimo que los humanos raspaban sin mas para pintar sobre sus predios. Es por eso que Josef estaba contento con su moho y su olor a humedad que solo era desplazado por el olor a café o a chícharos de las cocinas del solar que compartían forzadamente sus aromas por todo el patio interior quisieras o no.



No pudo escapar de que lo llamaran para completar el dominó. Siempre se divertían con Josef en el buen sentido de la palabra, porque Josef no pertenecía a este mundo. Sus frases, tratando de imitar a los jugadores profesionales eran hilarantes, novedosas y muy creativas. De jugadas no sabía nada, escasamente poner las fichas de mas alto numero para quedar con menos al final, pero en este solar era cuestión de divertirse y matar el tiempo, que a su vez iba matando uno por uno a todos los que vivían o habían vivido en esa vieja edificación española.

Josef se sentó a regañadientes y tomó las diez fichas en las palmas de sus manos, su pareja en este caso era un negro prieto, tan negro que el blanco de los ojos lo tenía rojo en vez de blanco, para colmo unos ojos saltones y una nariz afilada muy rara. Se llamaba David, pero lo conocían por Fútuma y nadie sabía de donde había salido ese nombre. Fútuma no se metía con nadie, solo fumaba todo el tiempo y teorizaba sobre todo. Sus teorías eran escuchadas como interesantes y verdaderas y se respetaba, porque aunque parecía joven, cuando todos los que viven en ese solar nacieron, ya Fútuma existía. Nadie sabía ni preguntaba su edad, pero Fútuma había estado ahí desde siempre.
Fernando "El pescao" un rubio musculado que siempre estaba buscando líos en todas partes donde anduviera, pero dentro del solar, respetaba mas o menos las reglas ancestrales impuestas por nadie. Ahí era educado, amistoso y compartía cantidades industriales de botellas de ron a cualquier hora. A veces las ancianas del solar les daba lástima y le daban comida que el devoraba con una mirada de amor que solo se le veía en ese momento, el resto del día su mirada era hostil para con todos, pero así mismo se sentaba en la mesa de las risas y el dominó y nunca tuvo ningún percance dentro del solar amarillo.
Potaje. Ese ni siquiera nadie sabía su nombre. Se dedicaba a cualquier cosa menos a ser honesto. Se hacía pasar por cualquier cosa, o cualquier oficio para cobrar por trabajos que nunca hacía, por adelantado. Su radio de gente estafada era tan grande que recientemente se estaba quejando de que tenía que tomar dos autobuses para irse donde hubiera gente fresca, porque en el radio accesible ya estaban casi todas quemadas o era muy conocido. El potaje si se veía que pasaba de 50, era blanco, canoso y tenía una barba poblada que le daba el falso aspecto de persona seria, requerida por sus menesteres.


Ya eran como las tres de la tarde y el sol caía tan pesado como si odiara que 4 personas se tomaran la vida a nada en un juego de dominó cualquier día entre semana. Solo quien vivió en Cuba sabe lo que es estar un día cualquiera sin planes, sin ilusiones, con la mente en blanco esperando solo los siguientes minutos para poner una buena ficha. La jabá pasó para tender una palangana de ropas recién lavadas y El Pescao se viró como si hubiera visto un espectro con la intención de cubrirla de pesadeces machistas cuando el Fútuma levantó un dedo para mandarlo a callar. Por suerte ninguna palabra salió de su boca. El Fútuma se le hacía caso sin saber que consecuencias podría haber. Era algo ancestral e incuestionable.
La jabá pasó cerca de Josef y le dio un beso en la cara, Josef hizo como si no hubiera ocurrido. El Pescao comenzó a insinuar molestia y cambiaba de posición en la silla escolar que utilizaba todo el tiempo.

- ¡Y porque a mi no me saluda?- dijo rajando el silencio sin mas.
- ¡Porque tu eres un fula Pescao!- Saltó el Fútuma en lo que tiraba un ocho cinco que ponía difícil la mesa para los que sabían.
- ¿Fula de que pinga Fútuma? -  El Fútuma le clavó los ojos saltones indicándole que fuera mejor que se callara.
- ¡Fula y bien viejo, eres un fula! Aquí a la gente se le respeta-  Josef dijo en tono pausado y los tres de la mesa se quedaron atónitos. No sabían que Josef pudiera dar una opinión sobre algún ser vivo, ni siquiera sabían que Josef pudiera dar una opinión. Siempre estaba callado, nunca tenía problemas con nadie ni mucho menos era agresivo. Eso hacía que le temieran un poco a sus inesperadas reacciones, porque nunca lo habían visto reaccionar.
- La chiquita está condenada a vivir aquí entre nosotros, aguantando las barbaridades to el singao día de todos los que pasen por aquí. - Josef seguía hablando mirando al piso y sin apenas gesticular, como si hablara solo. Los presentes comenzaron a asustarse. - Porque pinga tiene que cada vez que pase oír todas las cosas que le dicen, esta es su casa y nadie puede ir a casa de nadie a insultar a nadie.

Pescao se paró de un tirón dejando caer la silla hacia atrás bruscamente, Potaje arrimó la botella de ron a su mano derecha, asida por el cuello fuertemente listo para usarla como siempre lo hacía, no sin antes apurar el último trago. El Fútuma suspiró profundamente y miró a Pescao como un padre a su hijo. Josef se paró lentamente.

- ¡Y no vas a hacer ni pinga Pescao!- Gritó Josef, esta vez clavando una mirada directa, desconocida, como si otro ser hubiera tomado las riendas de su vida.

Pescao se rió un poco y tomó la silla del suelo para volver a sentarse.

- Es verdad que no voy a hacer ni pinga Josef... - La tensión volvió a disolverse tan rápido como vino - Pero ven acá ¿Tu te la está jamando?
- No, ni siquiera se como se llama.
- Y... ¿entonces cual es la defendedera asere?
- ¡Compadre!... es una cuestión de hacerle la vida mejor o peor a la gente de gratis. Esas cosas que tu le vas diciendo a las mujeres por ahí son hostiles y te van mellando el día ¿me entiendes?

Pescao quedó meditando un rato. El Fútuma y Potaje asentían con la cabeza dándole la razón a Josef a la vez que se miraban entre si anonadados de que Josef por primera vez en años hubiera intervenido en algo del mundo real porque se sabía que la mente de Josef siempre estaba en otro sitio.
La jabá volvió a pasar hacia su cuarto y esta vez nadie intentó decir nada. El Pescao puso su ficha porque le tocaba y al parecer ese incidente no daría a mas. Quizás el Pescao había reaprendido que había que respetar a la gente de ese solar y a la gente en general. Aunque hubiera que recordárselo todas las semanas.
En eso comenzaron a oírse fuertes pasos de múltiples personas por el túnel de entrada al solar. Hacían mucho ruido y algunos venían gritando. No bien levantaron la vista de las fichas de dominó cuando vieron que era una especie de cuadrilla de militares, venían con objetos en las manos. Se detuvieron penosamente formados frente a la mesa de dominó y le tiraron a cada uno de los presentes unos bultos de ropa y una especie de fusil que aparentaba ser bastante viejo.

Cuando los cuatro solariegos se dieron cuenta que el día podía ir a mas, el que parecía jefe de los militares rajó a gritos la densa atmósfera calmada que reinaba por lo general, escupiendo órdenes y procedimientos como una maquinaria furiosa a punto de matar. Los jugadores de dominó estaban paralizados.

- ¡Ahí tienen uniformes! ¡y un arma! ¡Dentro de 45 minutos viene un camión a buscarlos! ¡Todos los hombres están obligados y no hay escape! ¡45 minutos aquí! Alistados, uniformados y armados!!
- Pero.... - Potaje intentó levantar un mano y le dieron un culatazo en el brazo sin compasión, unos de los militares o reclutas que habían entrado en el grupo.

-¡¡REPITO!! - Gritó el oficial desaforadamente y escupiendo- ¡Dentro de 45 minutos viene un camión a buscarlos! ¡Todos los hombres están obligados! ¡45 minutos aquí! ¡¡Alistados, uniformados y armados!!

Potaje comenzó a examinar el arma mientras el Fútuma y el Pescao se vestían en silencio con el uniforme. Josef no movía ni un músculo porque no salía de su asombro. Estaba comenzando a ponerse nervioso cuando Potaje dijo con toda la naturalidad del mundo.

- Esto es una PPCH, esta metralleta es una mierda que se dispara sola y si se cae al piso se dispara toda, le decían mata compañero porque mataba mas amigos que enemigos por los tiros que se le iban solas... - Comenzó a manipular el arma con total naturalidad, a ese momento ya el Pescao y el Fútuma parecían mas militares del montón, incluso tenían el arma terciada y se habían alineado en un dúo sumiso e incrédulo.
Potaje lentamente comenzó también a cambiarse de ropa, iban tirando la ropa anterior sobre las fichas del tablero. Por curioso que parezca, Josef por unos momentos pensó que por primera vez en su vida iba a tener un buen juego, una buena data del dominó, pero había sido arruinada por este extraño llamado. A lo lejos comenzaron a oírse ruidos ensordecedores de  sirenas. Josef pensó en el mar.
Comenzó a mirar detalles del solar. Las paredes amarillas estaban llenas de huellas de existencia. Corazones cruzados por flechas, nombres y frases te amo, habían sido sepultadas sin éxito por capas y capas de pintura amarilla. Huellas de machetazos en la masilla testigos de las batallas campales acaecidas en algún momento del pasado cuando los guapos se reclamaban el sitio y los derechos con los acerados machetes americanos marca Collins y mas tarde los machetes actuales chinos que tenían un gallito estampado en la hoja cerca del cabo y caracteres chinos, lo que no fue  objeción para que la plebe machetera le llamara machetes gallito.
Josef seguía sentado sin chistar, boquiabierto, aturdido. Los tres restantes salieron por la puerta a esperar el camión mencionado sin mas. Josef comenzó a preguntarse en que momento habían caído en ese estado de indefensión y sumisión y tuvo un fugaz pensamiento que le devolvió un poco la respiración de que siempre podría negarse, podría rebelarse y dio gracias por ese pequeño apartado de su cerebro que lo obligaba sanamente a cuestionarse las cosas antes de hacerlas al estilo ganado domesticado.

Sin soltar el bulto y las armas, caminó casi arrastrando los pies hasta su cuarto lúgubre pero lleno de vida. Cerró la puerta y tiró todas las cosas sobre la cama. Sacó de su cajón sus aletas, mascara de bucear y su escopeta de aire comprimido. Si cogía el mar, nadie lo iba a encontrar, conocía cada tibaracón, cada bahía y cada río desconocido de la geografía cubana. Y de los montes ni hablar, ya había estado alzado antes. Alguien tocó la desvencijada puerta con delicadeza, Josef miró por la entreventana que daba al suelo donde se veían tan solo los tobillos de las personas y reconoció los que estaban parados delante de su puerta, abrió inmediatamente y la jabá entró como un bólido cerrando ella misma la puerta tras de si. Estaba muy asustada y Josef no supo que hacer.

- ¡Oigo tiros allá afuera Josef! ¡Que hacemos?
- No se... - Respondió con toda la calma del mundo, sin embargo, de un arranque hizo trizas la mesa de madera que usaba a veces para comer y con las tablas comenzó a tapiar la ventana que daba al piso del solar, enderezando unos clavos viejos reutilizados. En Cuba los clavos se utilizaban una y otra vez, mucho mas que algunas mentes o ideas.


El ruido de las sirenas iba en aumento, por una rendija se veía en la entrada del solar al Pescao, Potaje y el Fútuma esperando el camión militar como si fuera una rutina de sus vidas. Opinando sobre los colores del uniforme, las tallas y sobre la calidad dudosa del arma que les habían dejado como si fuera una cosa normal, esperada y diaria. Josef no podía dejar de machacarse que en que momento todos los seres de esa estancia se habían convertido en maquinarias sumisas, no acababa de entender la idea. Se sentó en una cubeta invertida de pintura que hacía las veces de silla en su cuarto y miró las cosas tiradas en su cama. Tomó el arma pero no tenía balas, la tiró con desprecio a un rincón y examinó el uniforme. No tenia siglas, ni nada que lo identificara.

- ¿Pero ahora contra quien es la guerra? ¿Quien nos está atacando? ¿Contra quien cojones estamos peleando?

La jabá se apresuró por detrás de Josef a taparle la boca. Josef sintió el olor a cocina, a ajos machacados, a cebollas cortadas, a jabón de lavadora, pero no hizo nada, eso si, se quedó en silencio y escuchó como daban patadas en la puerta de su casa y gritaban.

- ¡¡Dije que todo el mundo uniformado!! ¡¡Sale de ahí o te cosemos a tiros por traidor!!

¿¿Traidor a quien cojones?? Se repetía Josef aunque en silencio. Despacio se separó de la jabá y con señas le indicó que se metiera debajo de la cama. La soberbia le fue inundando el cerebro y aunque se arrepintió de no haber escapado a su adorado mar desde un principio de esa terrible y rara situación, le echó una última mirada a aquella mujer tan bella de la que ni siquiera sabia su nombre. Cargó la escopeta de pesca submarina con su mejor varilla, la que fue forjada con muelle de acero de maletero de chevy, esa que nunca se había partido y que no cejaba en cruzar huesos ni cráneos sin ningún tipo de compasión y se preparó a calmarse para un tiro certero. Uno solo antes de morir. Nadie lo haría ponerse un uniforme, ni nadie lo haría empuñar un arma para nada que no fuera defenderse o alimentarse a si mismo. Así había nacido y así iba a morir, no creía en militares, ni grados, ni gritos, ni uniformes. En realidad no creía en nada. Apretar un gatillo era cuestión de fracciones de segundos apuntando al puto cráneo indicado. Ya iba a abrir la puerta cuando la Jabá le habló desde debajo de la cama.

- Escóndete aquí, se cansarán y se irán.. Si hay una guerra es mucho mas que un hombre metido en un sótano.
- Como te llamas.... Preguntó Josef ya cegado y listo para lo que fuera.
- Mariela
- Adiós... esto no es por mi.

 Los escasos pasos hacia el cerrojo de la puerta de madera que aun seguían pateando ya varias personas a la vez y gritando, fueron eternos. Josef recordó que un día fue feliz, fue libre, en el mar. El mar era su verdadera casa. Siempre quiso saber si era verdad esa historia que le contaba su padre y su abuelo que los pescadores muertos se convertían en delfín. Ahora le daba lo mismo todo. Excepto la curiosidad de saber cuando nos habíamos convertido en seres dóciles y sumisos, le daba lo mismo todo.

La escopeta era marca STEIN y solo dios sabría, después de que manos llegó a las suyas. Pero lo cierto que era una muy buena escopeta y le había dado de comer por años. Esa escopeta de aire comprimido era su heroína porque ahora iba a dejar un mensaje. A la gente de mar no se les jode ni se les ordena. Ya estaba corriendo el cerrojo cuando sintió los deliciosos brazos de Mariela agarrándolo. No maldijo nada. Era como un abrazo deseado que lo inutilizaba. Cuantas veces había imaginado ser abrazado por ella. Era delicioso, energizante, suave, de ese tipo de abrazo que te deja sin criterios, sin alma. El cerrojo ya había sido corrido y en muy lentas escenas los militares entraban a golpear a Josef, este olió el pelo de Mariela, también olía a cocina, a jabón. Se sintió bien aun viendo venir una culata de fusil hacia su cara. Sonrió por fracciones de segundos y todo se apagó. No hubo ni siquiera dolor. Nada.

Josef despertó tirado en el piso en medio del solar. Entre imágenes borrosas vio al Fútuma aguantando al Pescao y a Potaje con la botella en forma agresiva. Todo muy despacio. En su mano sintió la empuñadura agradable y familiar de su STEIN. La jabá lo miraba aterrado desde uno de los balcones. El Fútuma se dejo oír pasado el aturdimiento.

- ¡Josef estas loco pa la pinga!!! ¡¡El pescao te pidió disculpas cojones!!

Nadie estaba uniformado. No había guerra, no habían órdenes, pero al parecer en un extraño delirio Josef salió a una cruzada con su letal STEIN armada y cargada de presión hasta el tope por una simple discusión de solar. El Pescao se fue asustado, no sin antes implorar a Josef que olvidara todo, que no había ningún problema ni rencor, que se habían criado prácticamente juntos y que no iba a meterse con nadie nunca mas, al menos delante de la vista de Josef.
Josef seguía aturdido. Se incorporó y caminó a su cuarto sin entender casi nada. Se asustó bastante cuando se dio cuenta que había tenido un episodio de otro mundo, de otro espacio, que no correspondía con su vida real. Se asustó tanto que sopesó la idea de volver a vivir refugiado en el mar, en las costas o en los cayos como casi siempre había hecho. El no quería ni por asomo dañar a nadie, el era pacifico y apenas opinaba del mundo real por evitar confrontaciones. No bien se hubo recuperado, notó sobre su cama una mochila. El mismo o alguien, había hecho un bulto con sus cosas, sintió una presencia detrás y al volverse vio a la jabá en la puerta de su casa, a contraluz de esa maldita tarde calurosa de invierno mirarlo con lástima.

- Como te llamas- ¿Preguntó Josef con un último aliento?
- Idania
- ¿No te llamas Mariela?
- No, para nada... Siento todo esto que ha pasado. Siempre me dicen barbaridades pero yo ni los escucho. Te ruego que no te metas en un problema por ello
- No pasa nada, ni siquiera se que pasó...
- Casi matas al Pescao con tu cosa de pescar- dijo señalando a la escopeta que aun estaba cargada. Josef la descargó y la tiró sobre la cama. Seguía preguntándose quien habría hecho su mochila con todas sus cosas.
- ¿Alguien entró aquí?
- No, solo tu. Nos asustamos porque por la ventana vimos que estabas recogiendo tus cosas como para marcharte, después saliste a toda velocidad con esa escopeta y te aguantamos para que no hicieras una barbaridad.

Josef seguía anonadado pensando. Quizás fue su otro yo, o su alma, o su sombra o a saber que mano de otro mundo lo guió en esas acciones. Quizás del mundo retorcido de una mente gastada y agotada por la supervivencia.
Josef cogió su mochila, sus equipos de pesca y salió por la puerta.

La jabá trató de retenerlo.
- ¿Adonde vas?
- Tengo que irme... eso ha sido una señal de que tengo que seguir. adiós.

Nunca mas se le vio en el solar. meses después una tubería rota inundó su cuarto casi hasta el techo. La gente bromea con que Josef aun sigue ahí, pescando en esa especie de cisterna involuntaria que se formó por la inundación. Pero nadie supo nunca mas de Josef en ese solar. Ni en toda Cuba.

Aun se juega dominó entre tres jugadores, y aunque haya mas, esperan. Se creó la tradición que es de mal agüero jugar dominó de cuatro en los solares amarillos. Si un día llegas a un solar amarillo y ves tres personas jugando dominó. en ese solar vivió por casi mas de un año Josef, un pescador sobreviviente de La Habana.

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