17 de agosto de 2015

Josef pescador (Disco de marcar Cap 206)

Pasaba horas dándole vueltas al disco verde del teléfono de la bodega esperando que alguna magia o milagro le dictara un número. Así era la vida cuando no había celulares, nuestros niños ni siquiera, saben lo que es un disco de marcar.

Había que ser normal a toda costa. Intentar por todos los medios ser humano, terrestre y terrícola. Nadie nunca le dijo que su vida sería buena, solo oía criticas de inadaptado, así que tantas voces no pueden estar equivocadas. Emprendió su viaje por la tierra con un tipo de locomoción distinta, aunque para estar cómodo buscó en la tierra su sincretismo con el mar. En el mar, podía dejarse llevar por horas y horas sin mover absolutamente nada en lo que la corriente lo paseaba por todo tipo de fondos, profundidades y orillas. En la tierra, también había corrientes, las corrientes de la tierra eran humanas.

Sábado de noche, refunfuñando contra si mismo se vistió y salió a caminar. Subió con su paso huidizo por la calle 24 hasta llegar a 23, de ahí a 23 y 12 un sitio donde se podía ver gente, gente pasar. Al final no era tan malo, la gente era entretenida. Manolito el loco de la esquina bailando abrazado de si mismo y cantando, la gente colgada de las guaguas, los ruidos, los carros viejos. Ya era finales de agosto y en las caras juveniles se veía un pesimismo contagioso del sentimiento de fin de vacaciones. Algunos muchachos de la edad de Josef querían aprovechar cada segundo de esa triste semana antes de hundirse en la lóbrega monotonía de las clases diarias.

Josef hurgó en sus bolsillos. Tenía 5 pesos, eso bastaba para con 2,40 comerse una pizza y unos espaguetis napolitanos de Cinecittá una de sus pizzerías preferidas y quedaba dinero para ir a un cine. Caminó despacio con la boca salivando por la nueva ilusión. Al final, haber salido no era tan malo, se repetía una y otra vez como un mantra.


Una de las cosas que mas le gustaba de esa pizzería es que no había que esperar. Pasando la bandeja por una especie de carriles iba cogiendo lo que quería en lo que de la cocina salían constantemente pizzas recién hechas con un olor delicioso. En menos de tres minutos ya estaba sentado en una mesa listo para disfrutar. Siempre buscaba sentarse lo mas alejado posible y por raro que parezca no había mucha gente. Josef nunca sabía por donde comenzar, dudaba entre pizza o espagueti por un buen rato, bueno, pensaba, la pizza siempre puedo doblarla e irme caminando con ella y acto seguido comenzaba a comer como si fuera el último día de su vida.

A duras penas reparó que se había sentado alguien mas en su mesa. En aquella rara época en los restaurantes podría sentarse a tu mesa cualquier persona desconocida, Josef miró alrededor, se había llenado el sitio. Continuó comiendo ya sin disfrutar tanto, ni siquiera miró a la cara de quien se había sentado  le habían cortado el disfrute, daba igual.

- ¿Comes los espaguetis con cuchara? - Josef miró su mano, en efecto, tenía una cuchara con la que estaba picoteando los espaguetis y comiéndoselos desesperadamente.
- ¡Son míos!, me los como como quiera.
Tarde se dio cuenta que su respuesta había sido hostil y maleducada. Era sábado en la noche de aquella rara época, si estaba tratando de ser terrestre había empezado muy mal una conversación.
Levantó la vista y vio una muchacha quizás de su edad que levantaba su bandeja para irse a otra mesa, Josef se paró detrás de ella rápidamente.
- ¡Discúlpame! ¡Estaba jugando!
Ella lo miró volteando la cabeza sin abandonar su rumbo.
- Por un rato tuve que decidir entre sentarme en aquella mesa con aquel señor mayor y la mesa donde estabas tu. Pensé que quizás contigo sería agradable comer.
Josef miró la otra mesa con asientos vacíos. En efecto, un señor mayor gordo con unas gafas de mucho aumento comía tranquilamente sin levantar la vista de su plato.
- ¡No jodas! - Dijo Josef un poco alocado y nervioso - ¡Ese es Miguelangel el profesor de matemáticas!
La muchacha hizo una mueca de desaprobación por el comentario a todas luces de un pequeño salvaje inadaptado.
- Pues quizás el es mas educado que tu...
- Perdóname, siéntate en mi mesa, además ya casi termino y te dejo ahí tranquila.
La muchacha volvió a duras penas, a Josef se le había quitado la gula y le crecía su curiosidad por este experimento social, además la muchacha aunque no era para el su sirena ni su sueño, era atractiva y rubia de verdad, era raro ver una rubia de verdad.
- Me llamo Josef
- ¡José?
- No, - dijo esta vez suavemente y tratando de fingir delicadeza inexistente - Es Josef.
- Es raro ¿Es como en esa película nueva que se llama Vampiros en La Habana? ¿Como el gigante tonto que mandan a buscar al de la trompeta?
Josef comenzó a arrepentirse de haber detenido la ida de la muchacha desconocida, era rara, tenía un atractivo raro, ojos claros pero como amarillos o marrones claros, piel blanca y hermosas pecas y una nariz grande y bella. Le recordaba a la cantante Barbra Streisand
- ¿Y tu? ¿Como te llamas?
- Cindy...
- ¡Vaya! y te burlas de mi nombre.
- No me burlo, en realidad es peor, me llamo Cynara, pero prefiero que me digan Cindy.
- ¿En que escuelas estás?
- En la Arruñada ¿y tu?
- Yo Aquí cerquita en Vicente Ponce
- JAjajAJa ¿El Fanguito?
- Está bien- Dijo Josef vencido - Si, el Fanguito- Siguió comiendo tranquilamente sin decir nada mas. Aunque a veces levantaba la vista para descifrar porque aquella muchacha le parecía tan atractiva e iba creciendo.


- Josef ¿Quisieras venir conmigo a una fiesta?
Josef quedó petrificado. "Una fiesta" era lo último que hubiera podido soportar. Mucha gente, desconocidos, tener que hablar con personas.
-¿Quieres?
Josef no respondía, tampoco levantaba la cabeza pero a la vez que iba a hacer. Si volvía a casa se iba a arrepentir quizás por siempre no haber dejado fluir esa nueva historia que estaba viviendo. ¿Ir a casa a que? - Se preguntaba - ¿A ver televisión? ¿Lo mismo con lo mismo?
- ¡Dale vamos! dijo casi en contra de si mismo y se levantaron al unísono.


Emprendieron una larga caminata por la calle 23 hasta 26 y ahí tomaron dirección norte hasta el cine Acapulco, por ese barrio ya se oía la música y entre calles de nombres difíciles de recordar llegaron a un edificio que raramente tenía un ascensor que funcionaba. Era en el primer piso, Josef, intentando estrenar su sentido del humor terrestre hizo bromas sobre el largo viaje en ascensor solo para un piso, Cindy se reía y a Josef le iba gustando cada vez mas. Se preguntaba si era su crisis afectiva o si realmente esta chica era así de bonita, inteligente y cómica.
En el sitio estaba la música baja y las luces apagadas. Alguien llevó a los recién llegados sendos vasos "perga" con "ponche" que no era mas nada que alcohol de hospital y limón.
Josef bajó un trago largo con la sed italiana que se había traído de la pizzería y le removió hasta los mas adheridos pensamientos de esa parte del cerebro que nunca se usa que es casi toda. Su fluidez verbal se facilitó un poco aunque no duró mucho, el ruido de carros de policía superaba las voces y las personas de la fiesta, histéricamente corrían a esconderse en muebles y escaparates. Por las ventanas se veía el reflejo de luces rojas y azules, Josef pensaba que quizás estaba alucinando por la nota de aquel primer trago pero Cindy lo sacó de la ilusión agarrándolo duro con ambas manos y gritándole.

- ¡¡Llamaron la policía porque tenían maría!! ¡Tenemos que irnos!
Josef sonrió un poco, no pudo evitar la frase de "Esta noche promete" pero como se había pasado toda su corta vida huyendo de la policía entró en modo evasión y agarro a Cindy de la muñeca arrastrándola al balcón de la casa.
-¿Por ahí? ¿Como?
Josef se descolgó por las celosías del balcón, al final sus pies quedaban a poco mas de metro y medio de la hierba del jardín, se dejó caer sin mas y animó a Cindy para que se lanzara. Cindy lo dudó por el rato suficiente como para que la policía echara la puerta del apartamento abajo y le gritaran que no se moviera, pero ella en un último rapto de pánico se lanzó como si de una piscina se tratase, Josef trató de frenarla pero los dos se llenaron de golpes. Como todos los policías habían subido las escaleras, no previendo que algún anormal se le ocurriera tirarse por el balcón, salieron corriendo entre los carros de patrulla y los vecinos curiosos sin mas. Callejones y curvas los dejaron aislados del ruido, el susto y una posible persecución. Cuando volvieron a centrarse en sus vidas estaban a la puerta del cementerio chino. En las calles se oían mas sirenas, así que se adentraron cruzando el muro para esperar a que aquel jaleo disminuyera un poco. La humedad los hacía sudar a chorros y la respiración sofocada hacía un ruido inmenso en la paz de aquellas tumbas llenas de caracteres chinos.

Josef se quitó el pulóver, odiaba cuando le corría sudor por la cara, le hacía una especie de cosquilla desagradable , le molestaba tanto que a veces se hacía daño de lo fuerte que se barría el sudor, Cindy le arrebató el pulóver y se secó ella también la cara y los brazos, después comenzó a darle vueltas como si fuera un ventilador para airearse los dos. La pequeña brisa improvisada fue como una bendición para Josef quien se recostó a una tumba de placer. Miró hacia arriba y la madrugada era estrellada como si se hubieran roto millones de soles, a pesar de la humedad la noche era clara, limpia y bastante iluminada. 


- ¿Te hiciste daño?- Preguntó Cindy rajando el silencio con su habitual rapidez de palabras
- No, y si me lo hubiera hecho seguro no te lo iba a decir, debo causar buena impresión
Cindy se echó a reír a carcajadas.
- ¡Anormal! Ya me causaste buena impresión hace rato, a mi si me duele todo, me di golpes en todos lados
Josef le cogió las manos para mirarle si tenía heridas o golpes pero Cindy le adelantó un beso.

Josef se separó dos pasos. Cindy quedó algo atónita ante la reacción.

- Discúlpame Josef

Josef seguía en silencio separado a una distancia prudencial
- No pasa nada, solo estoy analizando una cosa curiosa...
Estamos en un cementerio, sudados, llenos de golpes, acabamos de huir de la policía, quizás hoy ni lleguemos a casa por que al salir nos cojan, Estoy nervioso, asustado ni siquiera se quien eres ¿Como rayos es posible que sea tan feliz ahora mismo? ¿Como es posible que toda esta mierda que nos ha pasado sea perfecta y ya no sienta ni miedo? ¿Que está pasando? ¿Que reacción es esta?

Cindy se paró ladeando la cabeza, analizando lo mismo.

- La tierra no es tan mala... pronunció Josef dejando a Cindy fuera del hilo...

Cindy, desde luego no entendió esa parte. No sabía que Josef era una especie de metamorfosis salida del mar que trataba por la fuerza de ser terrícola. No sabía nada pero lo poco que sabía le encantaba. Meditó en voz alta

- Este cementerio, y todo esto es lo mejor que me ha pasado en meses, no creo que por mucho dinero, lugares o cosas que pueda tener, me vaya a sentir mejor que hoy, ahora.

Josef se le abalanzó con una energía depredadora. Se cayeron al piso pedregoso y entre los ayes de las piedras reabriendo heridas se dejaron solapadamente ayes de placer, deseo y desesperación. Josef nunca pudo desatar la maldita hebilla de su ajustador, pensaba que era uno de los mecanismos mas retorcidos inventados en la historia del hombre. Josef era capaz de desarmar el motor de un barco con los ojos cerrados, unir y cortar metales sin importar del grosor o dureza pero esos diabólicos minigarfios que aguantaban su ajustador nunca pudo desatarlos, entre risas Cindy los desató para el, Josef se despegó de la frustración momentáneamente y junto al aire que secaba la piel y las heridas disfrutaron uno del otro hasta que las nubes comenzaron a dibujar colores del amanecer y se sintieron un poco lejos los ruidos de las primeras guaguas parando en la calle 26 y zapata. 




Estaban exhaustos y abrazados cuando sintieron que alguien a lo lejos estaba abriendo las rejas del cementerio. Se incorporaron de un brinco y corrieron buscando el desgastado muro por donde habían saltado la noche anterior pera salir a la calle de nuevo. Ya en la calle entre besos se iban despegando piedrecillas de las postillas y los arañazos, llegaron a la parada y Cindy se abrazó tan fuerte que Josef apenas respiraba, la guagua 27 paró y abrió las puertas. Cindy se montó dejando a Josef sin respuesta, la guagua estaba vacía y en lo que arrancaba Cindy le hizo una seña a Josef de teléfono, pero Josef no tenia teléfono, ni Cindy le había dado el suyo. La guagua se desapareció entre humos negros y contaminantes y Josef quedó sentado en la parada fría, con bancos de granito, desolado. Una tristeza le cayó a plomo sobre los hombros y todos los golpes recuperaron su protagonismo. Adolorido caminó la calle 26 en dirección sur. Al oír los ruidos de los botes de los pescadores saliendo a esa hora cayó en cuenta que estaba cerca de casa pero nunca llegó a ella. Se acomodó dentro de un bote roto que había varado en una de las orillas del río Almendares y ahí se quedó tristemente dormido.




Tampoco podía arrepentirse, la noche no hubiera podido ir mejor. Una tragedia hubiera sido si hubiera dicho que no a la locuaz invitación de Cindy. Pero quedó destrozado. Tanto así que cada noche iba a teléfono verde de la bodega y se preguntaba en ese disco lleno de números donde estaría el teléfono de ella. Se escapaba continuamente de su escuela para ir a la Arruñada a ver si veía a Cynara pero nunca tuvo suerte, hasta que pasaron tantos años que comenzó a aliviarse, repitiéndose la idea de que aquello era una ilusión, que no había sucedido.

Pasaba horas dándole vueltas al disco verde del teléfono de la bodega esperando que alguna magia o milagro le dictara un numero. Así era la vida cuando no había celulares, nuestros niños ni siquiera, saben lo que es un disco de marcar.

20 años después, 10 fronteras después, 200 libras después, miles de muertes y abandonos después, en Miami, Sentado en una terraza tomando una cerveza se apareció una familia. Una nariz inconfundible como la de Barbra Streisand y palabras rápidas como una metralleta. Josef la miró, dos mesas mas allá, sus niños, su familia. Se paró y se fue al mar a pocas cuadras de ahí, un mar turbio con olor  metano y mangles podridos de Albert Pallok Park.

Miró al agua fijamente hasta que anocheció, hasta que amaneció y se preguntó otra vez si debió abandonar su mar. Escupió un catarro añejado y maldijo a Habana del Mar culpa de todos sus males y de paso, maldijo a toda la ciudad de Miami y sus malditos reencuentros.
Ahora era la época de los celulares, ya no había disco, eran teclas. Preguntó en silencio si aun pasado tanto tiempo entre esas teclas estaría el numero que siempre quiso saber, pero solo salieron adds y publicidades de compañías que vendían mierdas sin interés. La rara época ya había desaparecido y Cynara también.


Le gustaría saber ese maldito numero aunque ya no exista. Aunque se hunda la isla o los teléfonos fijos hayan dejado de utilizarse. Aunque su casa sea de otro o la hayan demolido. Le encantaría saberse de memoria, ese maldito numero.