19 de marzo de 2015

Josef y el Pasta (Cap 203 parte (06)

Ya se habían alejado completamente de la peligrosa carretera de Río Verde, cuando comenzó el otro peligro. Aun estaba sentada dentro del carro aquella mujer que reía, pero tenía un revolver. El Pasta dividió el dinero según sus cálculos en tres partes. Cuando pararon en el Vedado, Josef estaba deseoso de tomarse una malta y comer algo, el Pasta loco por desaparecerse con el botín. Se detuvieron a esa hora de la madrugada en un rápido de la calle Zapata y 26 antiguamente llamado cafetería el Viso y ahí cada uno se guardó su parte. Eran unos paquetes de dinero bastante voluminosos que pasaban de 15 000 pesos cubanos y algunos dólares. Josef y la copiloto se sentaron sin mas, el Pasta se despidió por señas desde lejos y se fue casi corriendo a su casa ansioso porque ya terminara para el esa larga y emocionante noche. Josef pidió la ansiadísima malta y pollo frito, ella solo un helado. Aunque era avanzada la madrugada el calor veraniego hacia estragos en las personas que anduvieran en las calles a esa hora.

- Entonces Clementine? 
- ¡Te acuerdas de mi nombre!- dijo ella con una risa de consuelo. 
- Si, así me dijiste que te llamabas... Como sabrás no pienso volver por esa aldea de Río verde ¿Como vas a llegar a tu casa? Y no jodas con el revolver ese, porque aquí estamos al lado de la posta de Raúl* 
- El revolver lo dejé en tu carro, si quisiera hacer algo con el ya lo hubiera hecho. 

 Entretanto unos destellos azules comenzaron a molestar a los noctámbulos que estaban comiendo en la cafetería. Era un carro de policía precisamente detrás del Buick, mirando por las ventanillas y husmeando con linternas. 

- ¡Manda pinga esto!- balbuceó Josef bajando la cabeza, Clementine seguía como si nada. 
- ¡Actúa normal! ¿Hay algo que diga en ese carro que es tuyo? 
- ¡No! Ni papeles tiene, creo que hasta la chapa es falsa. 
- Entonces, sigue ahí con tu malta, sea lo que sea, llegamos hasta aquí a pie... 

 Uno de los policías se sacó un manojo de llaves del bolsillo y las fue probando una por una si entraban en el arranque del carro, pero ese Buick a pesar de su antigüedad estaba bastante intacto en algunas cosas y una de estas era el llavín de arranque. Normalmente los policías cuando veían un carro mal parqueado y con las ventanillas abiertas trataban de arrancarlo, llevárselo supuestamente a una estación de policía, pero en realidad lo que hacían era saquearle el combustible, las cosas que tuvieran dentro y dejarlos parqueados en otro sitio cualquiera no lejos. El Buick no arrancó. Josef sintió lástima de la máquina, lo había acabado de sacar de un grandísimo apuro y le había hecho ganar dinero, porque dejarlo abandonado. Trató de incorporarse pero Clementine lo agarró literalmente y lo volvió a sentar en la silla. 

- ¿Te acuerdas? ¡Hay un revolver allá dentro, es mejor esperar! 

 Los policías apagaron las luces de la patrulla y se sentaron dentro a esperar, ya ese era el plan B, cuando viniera el dueño con cualquier argumento le retirarían las llaves y recogerían el carro a la estación de policía. Josef se relajó cuando se dio cuenta que era un problema de paciencia. El era pescador, nadie tiene mas paciencia que un pescador. Pidió mas maltas y mas cosas de comer. Por un momento decidió desconectar del viejo Buick, aunque por dentro seguía teniendo lastima de esa maquinaria con alma. 

- Te preguntaba, Clementine, ¿como vas a ir a tu casa? 
- No voy a ir, no voy a volver. 
- ¡Tas loca! Y el dinero de ¿Arcadio? Se llama tu marido ¿no? 
- Arcadio que se joda, hoy es el día. Esto es poco dinero para el. ¡No me va a ver mas nunca el pelo! 
- ¡Pero....¡ 
- Estaba esperando este día, ¡cuanto crees que le importo cuando me manda con todos esos matones a cobrar apuestas? ¡El sabe que me pueden matar ahí como a tantos! Esta es mi parte y me voy! 
- No se que hacer... 
- Escóndeme en tu casa esta noche.. mañana parto..te escogí porque se que eres buena persona, el amigo ese tuyo el pasta es un pendejo pero tu no tienes miedo. 
- Bueno, no tenía, ahora si.. 
- Esto no es contigo, el ni sabe tu nombre ni que yo me fui en tu carro. A veces faltaba tres días y ni preguntaba por mi, solo maltratos, golpes y aguantar sus borracheras. Ya no mas. 

 Josef a cada rato miraba de reojo al carro pero los policías aun estaban detrás en silencio acechando.

- Clementine..., yo no tengo casa. 

 Clementine se quedó un rato pensando en lo que también echaba una ojeada calle abajo al Buick. La guerra de paciencia estaba dando frutos, los policías se revolvían en el asiento de la patrulla y a cada rato salían y volvían a entrar. 

- Entonces llévame al mar. Esperaré a que amanezca en un sitio donde pueda oler el mar. Y con la fresca me largo. 
- ¿Para donde vas? 
- ¿En serio vas a querer saberlo? 
- ¡No! ¡no! ¡Mejor no! 

 La idea del mar le trajo un espíritu de relajación a Josef que comenzó a burlarse de los policías que aguardaban detrás de la mole roja. Clementine comenzó a reír de nuevo y Josef quedaba anonadado con la belleza de su sonrisa. Con tanto relajamiento y buen rato ni siquiera notaron que los policías se habían ido. 

- ¡Ya se fueron! ¡Dale vamos! 

 Josef sabía el rumbo. Calle 26 abajo hasta el puente de hierro y de ahí a la costa de Miramar, ese era su mar. Se alegraba de, a esas horas estar con alguien agradable y alocada a la vez. En cuanto se sentaron dentro del carro y arrancaron, vio por el espejo de nuevo los reflejos azules. Los policías no se habían ido, habían dado la vuelta y se habían parqueado al acecho unas cuadras mas atrás cerca del muro del cementerio. Josef no lo pensó dos veces. No podían cogerlo con los bolsillos llenos de dinero, en un carro sin papeles y con una copiloto loca y con un revolver. Eso, en una fracción de segundo, unido al calculo de potencia Buick Vs LADA le hizo pisar el acelerador hasta la tabla. Por suerte el galón esta vez estaba lleno, dobló derecha en la calle 26 al tiempo que comenzó a oír la desagradable alarma de policía detrás. Ni quiso mirar mas el espejo, que fuera lo que dios quisiera.

El buick se fue entonando loma abajo y en unos cuantos segundos ya se acercaba al cruce de la calle 26 y 23. no iba a disminuir, los semáforos estaban en intermitentes. Pisó mas aun el Buick y este entre la potencia y la caída loma abajo casi volaba. La cuesta de 26 iba cada vez mas inclinada por lo que Josef a la altura de la calle 17 dejó de acelerar. El bólido ya estaba en las 100 millas por hora y ni se veía rastro del LADA por detrás, en la calle 11 dobló izquierda y cruzo el puente mas despacio. Oía las sirenas a lo lejos pero sin dudas fuera del alcance. De reojo vio a Clementine por primera vez un poco asustada, lo peor que tenia el revolver en la mano. 

- ¡Tíralo! 
- ¡Que? 
- ¡El revolver! tíralo aquí mismo en el puente de hierro, nadie lo va a buscar en esta agua tan cochina.  
Clementine lo lanzó dando vueltas, la noche era clara y se vieron las ondas del agua al caer en el medio del Río Almendares. Josef siguió con precaución, sabía que los patrulleros por regla general no se pasaban de un municipio a otro y menos si sus intenciones eran delictivas. Llegó a la playa de la calle 16 de Miramar, después del teatro Karl Marx y parqueó cómodamente mirando las olas, Clementine se bajó y se estiraba contorsionando como si hubiera estado encerrada en algún sitio. 

-¿Donde estamos? 
- Esta es la playita de 16 
- Pero hay muchos carros para ser esta hora 
- Bueno, ya te imaginas que estarán haciendo 
- ¡¡Me quiero bañar!! Clementine corrió hacia la orilla y Josef la siguió tratando de detenerla. 
-¡Espera! 
- ¿Ahora que! 
- ¡Por ahí no! Conozco un canal de arenita ahí cruzando los restos de esa piscina. 

 Entre escombros llegaron a lo que debería ser la parte trasera del teatro que daba al mar. Altos muros lidiaban con las pequeñas olas y el fresco de esa hora. Detrás del muro no daba la luz de la luna y era mas oscuro, pero Josef no pudo evitar ver como Clementine se metía al agua en ropa interior. Su piel blanca casi era lumínica en esa madrugada.


Josef por primera vez la miró completa. Era algo voluminosa y bajita. Tenía unos muslos bastante anchos que hacían un cuerpo bello, como de escultura antigua, romana. El pelo apenas se movía de enredado que estaba y Clementine hacía unos ruidos muy graciosos cada vez que el agua tomaba altura en su cuerpo. Josef también se tiró al mar pero se quedó paralizado en la primera bocanada de agua salada. Apenas podía moverse, una extraña sensación le recorría el cuerpo. Era miedo. Había entrado en su negado mar. Había cambiado su vida por completo para tratar de estar lejos pero su medio le daba una bienvenida calurosa como si nunca hubiera faltado. Josef cogió un miedo atroz de su adicción al mar. Pensó que quizás no podría salir de ahí y todos los esfuerzos habían sido inútiles. Incluso por un momento calculó que podría tranquilamente irse nadando hasta la desembocadura del río Almendares y entrar a casa de sus padres, dejándole el dinero y las llaves del carro a Clementine, ella nunca sabría si se había ahogado o como se habría desaparecido. Quizás podría ser un final digo de este capitulo aventurero de Josef en la tierra. Desaparecer.. Siempre le gustó esa idea. Desaparecer de la nada, que nadie supiera nada, que ni lo buscaran. Hoy era un buen día para hacer eso, pero Clementine lo abrazó por detrás, sintió un calor en su espalda que rompió todas las historias trágicas que estaban pasando por su cabeza, extendió sus manos atrás y reconoció el cuerpo de Clementine. 


Sus manos siempre le habían dado mejores sensaciones que sus ojos. Tocar le iba contando como era cada curva, cada dureza o cada suavidad. Sus preciadas manos siempre superaban el trabajo de la vista y la imaginación, la respiración se le entrecortaba y sintió que Clementine estaba temblando. Con un suave paso se dio la vuelta y se besaron tímidamente, después se abrazaron. Las aguas entre los cuerpos se calentaron tanto que tuvieron que salir a toda velocidad dejando piel con piel sin dudas ni distancias. Estuvieron un buen rato así, abrazados sin mas, con un disfrute incalculable y algún que otro beso corto, como de confianza. Clementine cruzó las piernas por detrás de Josef a la vez que apretaba con sus muslos, Josef sentía que las temperaturas se iban de frío a caliente y frío de nuevo según se dejara pasar el agua o no. Estaba teniendo unas sensaciones nuevas, agradables y descontroladas. 

- Mejor que no Clementine.. 
- ¡Mejor que no que? Tan solo tengo frío 
- Vamos a salir.. 

 Josef estaba muy aturdido, ¿que tenía esa mujer que le gustaba tanto? Al salir se acurrucaron en el carro. Era tan espacioso y cómodo que daba gusto, aunque estuvieran mojados en todos los sentidos posibles. Se abrazaron muy fuerte. La brisa del mar hizo el resto. Josef dejó fluir todo el cansancio a la vez que disfrutaba de lo que podían tocar sus manos, disfrutaba como un novato, Clementine era para el, escandalosamente hermosa.


 Al despertar el sol hería las pupilas como envidioso de la noche anterior. Josef notó que Clementine no estaba, vio un papel trabado en los botones del radio. Decía: Vi tu dirección en tu carné de identidad, te escribo cuando me asiente en algún sitio y ojala vayas a verme. Eres un buen hombre. Tu dinero está en Rochester. 

 Josef salió corriendo y abrió el capot del carro, vio amarrada una bolsa debajo del múltiple de admisión, muy cerca del carburador Rochester. Realmente no le importaba tanto, incluso valoró que si Clementine se hubiera llevado su dinero no le hubiera importado. Ella estaba huyendo, el estaba cómodo en su mundo nuevo. Pensó que había desaprovechado la oportunidad de hacer el amor un una mujer tan bella en todos los sentidos que era indescriptible. Pero Josef no era una maquina de sexo, las caricias y el estar juntos fue quizás mas importante y disfrutable que una simple escena sexual. Se lavó la cara y la boca en la orilla, apenas llegaban los primeros bañistas en la mañana y lo miraban extrañados. El Buick tenía agujeros de balas en el maletero, tres agujeros. Hora de deshacerse de este héroe rojo- pensó y arrancó rumbo al puente de hierro donde uno de sus hermanos de calle lo esperaba para tan difícil y triste misión.

En la radio del carro, que funcionaba cuando quería, comenzó a sonar de Juan Luis Guerra, amor de conuco.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por estas lecturas que despiertan una nostalgia tan agradable. Sigo tus escritos desde hace años y con ellos regresan recuerdos de los que ya se fueron. De aquellos tiempos que quizas nunca imaginamos recordar alguna vez como algo bueno.
Esos lugares de tus historias...