25 de enero de 2015

Josef y el Pasta (Cap 203 parte 04)

La carretera era cada vez mas oscura y llena de baches. A pesar de la gran suspensión oléoneumatica del Buick Roadmaster del 1953, a cada rato se sentían estrechonazos que parecía que iban a partir toda la carrocería. Josef seguía conduciendo en lo que el Pasta contaba una y otra vez el dinero que le habían cedido los tipos hostiles que estaban en la iglesia de Río Verde. Josef no quería mirar hacia atrás pero le carcomía la curiosidad de no haber visto a su extraño pasajero. Este tampoco decía una palabra, así que llegó con la incertidumbre hasta el sitio de las carreras en el conocido y a la vez abandonado cine La novia del mediodía.

El sitio olía profundamente a humo y gomas quemadas, allá y acullá varias motos hacían competencias de levantar gomas o quemar acelerando con la rueda delantera frenada. A cado rato, como si de un aterrizaje se tratara, varios carros bufaban frenando después de una carrera seguida de una especie de feria de discusiones violentas, gritos, humo a través de luces halógenas y motores acelerando. Aquella zona era un planeta nuevo para Josef, todos marginados, Todos huyendo de algo o de alguien. Jugándose la vida por placer o por un poco de dinero. Quizás por primera vez en la vida Josef se sintió a gusto en la tierra.
El Pasta se tiró casi antes que parara el carro para hablar con los apostadores. Josef una vez detuvo el Buick en la hierba en un sitio al parecer seguro, se volteó completamente en el asiento para matar su curiosidad. En el contraluz vio alguien con el pelo largo y muy desordenado. Ese alguien desde la oscuridad le sonrió y mostró una sonrisa especial que cambiaba todas las cosas del día, de ese tipo de sonrisas que compra todo lo demás sin decir mas. Josef se bajó del carro algo asustado y fue donde el Pasta, halándolo de la manga como si fuera un niño pequeño.

- Pasta!..Pasta!!..... hay una mujer en el carro!....¿Quien es?.. ¿Quien es? ¿Quien es?
- ¡¡Ya chico!!- El Pasta sacudió a Josef como si fuera una mosca molesta - Que estoy cuadrando la apuesta compadre! ¡Compórtate!
- ¿Pero quien es? ¿Quien es?  ¿Porqué está ahí con nosotros?
El Pasta separó a Josef de los apostadores y lo llevó a una esquina, lo agarró por el cuello de la camisa visiblemente asustado, cosa rara, porque el Pasta era lo más lacónico que había visto Josef en su vida.
- ¡Atiéndeme pesca! Si fallamos aquí nos van a llenar de huecos por tos laos, y los que ya tenemos nos lo van a hacer mas grandes, no se puede estar comiendo mierda chico! ¡Ponte pa esto!
- ¡Pasta que pinga eh! ¡To este lío te estás metiendo tu solo, yo bien que te dije que no!
- ¡Si pero ya no podemos echarnos patrás! Acabo de apostar 10 000 pesos que nos prestó Arcadio!
- ¡Quien cojones es Arcadio, Pasta? Susurró Josef ya un poco molesto por tanta seriedad.
- ¡¡El guajiro singao ese que estaba en la iglesia!! ¡¡tu no ve que esa gente nos mata y no nos paga!!
Josef intentó retirarse visiblemente molesto por el cambio de energías que estaba teniendo la cosa. El Pasta lo sostuvo por última vez. - ¡Y la mujer esa que está en el carro, es la mujer de Arcadio! ¡¡Así que delante de ella ni múu!! La mandó pacá con nosotros para que viera el resultado de las apuestas y le tenemos que dar el dinero a ella! ¡ 15 000 baros sonantes y 5000 pa nosotros, si todo sale bien!
- ¿Y Si no, Pasta?
- ¿Si no?- El Pasta quedó un rato pensativo - Vamos a tener que tirarla por ahí en una cuneta y desaparecernos de Cuba pa siempre.

Josef volvió alicaído al carro. La misteriosa mujer seguía sentada en silencio en el asiento trasero refugiada en la oscuridad. Ya Josef no estaba disfrutando la emoción de la aventura que le venía encima, ya todo estaba tan serio y peligroso que no era interesante. No estaba teniendo ninguna diferencia con su vida marina tan seria y peligrosa que decidió dejarla de una vez, pero parece que en todos los sitios se cuecen habas y en todos los planetas hay que sufrir por todo.

Se sentó en el asiento del chofer y recostó su cabeza al timón como si estuviera exhausto. Miró hacia atrás de pronto y vio esa sonrisa mágica otra vez. Josef decidió no respetar nada. No se deben respetar las cosas que amenazan, las cosas que dan miedo, las cosas violentas. Nunca se debe respetar el terror o la agresividad. Eran las normas automáticas de Josef, solo respetaba la sabiduría, la amistad y las buenas energías. Todo lo demás formaba parte de un mundo al que Josef no pidió venir y por tanto no merecía respeto, así que decidió intentar hablar con esa persona que probablemente en media hora después estaría siendo empujada por ahí en un callejón o cañaveral cualquiera antes de comenzar la huida interminable.

- ¿Como te llamas?
- Clementine ¿y tu?
- Josef...
- ¿Y porque te dice pesca?
Josef se centraba cada vez más en la sonrisa. Era como una especie de encanto de sirena. De esas sirenas que estuvo por años esperando en las costas de niño. Comenzó a sentir cierto embrujo delicioso en el tono de la voz. A cada rato las luces de los carros lejanos en sus carreras iluminaban por el cristal trasero del Buick una gran masa de pelos negros rebeldes y desordenados. Para ser la mujer de un pseudo mafioso agresivo, no parecía muy gánster, al contrario, daba impresión de ser alguien encantador, alguien que atraía por todas las esquinas de sus energías. Josef se sintió un poco poseído y se asustó. Volvió rápidamente la mirada hacia alante y puso las manos en el timón.
- Me dicen pesca porque era pescador
- ¿Si todo sale mal me van a matar verdad? - creo que mi marido quiere que me maten..
- ¡No! Ni yo ni el pasta somos de esa gente...- Josef recordó a Habana del mar, la maldijo un poco y como siempre, pensó que de no ser por sus desapariciones el no estaría de nuevo metido en líos como este.
Decidió jugar con todo, ya estaba ahí, así que lo mejor sería si algo malo iba a pasar, que fuera con algo de risa. El irrespeto a veces llenaba la vacía copa de la mala suerte en muchos pasajes de su vida.
- Clementine... si todo sale mal huimos tu y yo. Yo conozco lugares muy cerca del mar donde nadie nunca nos encontraría. - Clementine comenzó a reír a carcajadas, Josef se sintió tan bien como nunca. Si era capaz de, a pesar de ser un renunciado de la vida terrestre, un lacónico antipático y un solitario, si era capaz de hacer reír a alguien ya las cosas no estaban tan mal. Josef también soltó unas risas y Clementine no paraba, en eso blandió un revólver niquelado en el aire entre risas diciendo- ¡y si nos encuentran nos defendemos con esto!- Josef se asustó otro poco, pero siguió riendo. La situación no podría ser más surrealista, volvía a preguntarse cómo había llegado a hasta ese punto de su vida.


El pasta dió unos manotazos de pronto en la puerta del conductor. Josef no lo vio venir.
- ¡¡Dale!!- dijo mirándolos a los dios a regañadientes como un profesor muy molesto - ¡¡Dale cojone!! ponte ahí al lado del chevrolet verde ese! cuando tiren la bengala pal piso arranca que singa porí pallá!!!
- ¡Dale vamos Pasta!
- No no, vamo ni pinga, tu eres el chofer, yo soy el apostador, yo me quedo aquí
- ¡Pasta!

- ¡Pasta ni pinga! dale, que yo no me meto en cosas peligrosas! - Clementine echó a reír a carcajadas de nuevo y repetía burlándose del Pasta - no me meto en cosas peligrosas no me meto en peligros!! ¡Dale! ¡Voy contigo! Clementine se pasó para el asiento del copiloto y Josef estaba aturdido, el Pasta pateaba el suelo molesto, pero no dejaba de contar dineros y más bultos de dineros de un bolsillo a otro, los demás apostadores ya se hacían a un lado y dejaron ver una fila a todo lo ancho de la carretera de carros americanos de los 50s, acelerando, bufando, echando humos por todas partes que tomaban formas fantasmagóricas entre los haces de luces delanteras que apuntaban a una carretera a punto de ser quemada por unos abuelos rodantes.

17 de enero de 2015

Josef y el Pasta (Cap 203 parte 03)

Consiguieron todos los tanques plásticos posibles para llenar el inmenso maletero del Buick con reservas de gasolina. Una vez se había desperezado, era realmente una seda de carro aunque con semejante carga, mas bien podría convertirse en cualquier momento en una bomba incendiaria incontrolable. Amortiguaba cada bache con la suavidad de un colchón de plumas. Después de unas cuantas horas de retoques ya el carro revivido, encendía las luces y frenaba medianamente bien. Ya casi eran las doce de la noche cuando con toda tensión el pasta y Josef como dos marineros abandonados a su suerte cogieron los oscuros pasajes del bosque de la Habana para evitar la avenida 26 que siempre estaba bastante transitada por policías y autoridades. Salieron por la calle 51 y pusieron rumbo oeste, hasta que callejeando cruzaron Boyeros por uno de sus entronques y llegaron a un pueblo llamado Río Verde por unos terraplenes casi intransitables que hacían de carreteras de acceso a dicho pueblo. 
En el pueblo había una peste atroz y el pasta aclaró que era por una fábrica de acetileno, gas combustible para soldaduras que se hacía a través de la reacción de un mineral llamado carburo al reaccionar con agua. Josef lo miraba incrédulo y preguntándose cómo había ido a parar a semejante situación. Se miraba a sí mismo preguntándose todo el tiempo si esto era lo que le tenía reservado el destino por intentar ser terrestre y normal como los demás humanos.

 Se acercaron al medio del pueblo donde había bastantes luces y actividad. Abundaban las pipas de cerveza y la música, con unos altavoces que herían la sensibilidad de los oídos mas cavernícolas. Muy despacio, Josef fue guiando la mole roja entre la gente ebria, los moteros descolocados haciendo piruetas peligrosas y arriesgados bailarines con mezcla de juglares que dejaban todo su arte en medio de la calle principal. A una indicación del Pasta Josef parqueó al lado del parque central del poblado que tenía una pequeña iglesia. 
 La iglesia, pintada de amarilla crema, dejaba subir por sus paredes un moho atrevido y vívido que dibujaba banderas entre los restos de repellos y los ladrillos vistos. El herrumbre de sus rejas podía saborearse en la atmósfera al acercarse a ella. También había mucho olor a tabaco y marihuana. 
El pasta se abotonó la camisa hasta el cuello y le hizo una seña a Josef de que pasara con el, varias personas que bloqueaban la entrada a la iglesia se hicieron a un lado con muy mala cara y las manos escondidas en bolsillos, Josef lo siguió a ciegas sin preguntar nada, esta noche prometía ser larga y llena de aventuras. Adentro en los bancos varios hombres de mediana edad, vestidos con ropa blanca, contaban paquetes y paquetes de dinero. Apenas vieron al pasta dejaron de contar y se pararon bruscamente, el Pasta puso sus dos manos al frente como si tratara de detener un tren inminente. 

 - Ehhhhh!! ¡¡Que este es el pesca!! ¡¡es mi socio de confianza!! 

Josef quedó sin inmutarse, ya se había muerto varias veces, ya había estado en problemas mayores que los que unos guajiros de un pueblo borrado del mapa pudieran darle. Cruzó los brazos con desdén, dio dos pasos hacia atrás y puso cara de aburrimiento. El pasta sacó un paquete de billetes de su bolsillo y lo extendió donde uno de los de blanco. Al lado de Josef se pararon dos de los hombres con cara de peligrosos, pero eran medio metro por debajo de Josef en estatura, por lo que parecía que Josef había sacado a pasear a dos niños con mala cara y malas pulgas. 

 - ¡Aquí está todo! - Dijo el pasta firmemente con una mezcla de orgullo y miedo - La vendí toda, pero no saqué mucho, no era de buena calidad. 
El guajiro que parecía más mayor o al menos tenía pinta de líder, dio varios pasos acelerados hasta que se plantó agresivamente y le habló en la cara al pasta casi escupiéndole. 
- ¿Me estás diciendo que mi María es una mierda! ¿Es lo que acabas de decir! 
- Si, dijo el pasta como si hablara con un amiguito de su escuela, restándole importancia a la situación que quizás podría tornarse peligrosa y a la clara vocación matonista de los allí presentes. 
- ¡Tu tienes cojones Enrique!! ¡Tienes cojones de venir aquí a decirme que yo vendo mierda, pero me has traído mi dinero y eso merece respeto. Vamos a terminar esto. ¿Te vas a llevar mas? 
- ¡No! y si me llevo, no la voy a pagar! 

Josef comenzó a calcular las vías de escape, a mirar alrededor midiendo ventanas, puertas y distancias. Sabía que el pasta estaba loco, pero no que era suicida. Más adelante comprobaría que esto que estaba pasando era un simple juego de niños, el pasta era un condenado suicida profesional. 

 - ¡¡Adonde cojones quieres llegar Enrique!! ¡Pal cementerio de la Lisa?? Ahí yo tengo mis terrenos, tu no sabes cuanta gente así comepinga como tu tengo enterrada ahí!! 

El pasta seguía sin inmutarse, ladeaba la cabeza como si examinara con curiosidad el comportamiento de un mono de laboratorio. El sujeto se viró para Josef. - ¿Y a ti que pinga te pasa? Eres el guardaespaldas o que cojones? 
Josef levantó un dedo como si pidiera permiso en un aula de preescolar - Yo solo soy el chofer señor, no se que pasa aquí y no tengo nada que ver con lo que esté pasando aquí. Las miradas se tornaron al unísono para el Pasta de nuevo. - ¿Que cojones pasa aquí Enrique!! Nos traíste la policía o algo?? 

- Cálmense niñas - dijo el pasta cavando su propia tumba con el mismo ánimo que un niño rompe una piñata de cumpleaños -Me llevo mas maría, pero te la voy a pagar con una apuesta - El pasta señaló orgulloso a Josef - traje chofer y traje carro para correr- Los guajiros se relajaron un poco, la hostilidad y la tensión fue cediendo a medida que iban apareciendo cifras - Tengo 3000 pesos, voy a apostar a mi mismo con los negros y mi carro y mi chofe es de confianza. Ese mastodonte está feo pero nunca ha sido toreado. está como nuevo en las tripas.

 Los guajiros salieron a ver el carro. Con mala cara aceptaron un trato de dejarlos correr en unas carreras que controlaban en las carreteras nocturnas del anillo de La Habana, el parque Lennin y Calabazar, a cambio de unos paquetes de Marihuana. Josef en cuanto pudo se metió al carro y arrancó el motor. El Pasta ultimó los detalles financieros y también se montó de copiloto. Josef sintió extrañado que atrás se montaba otra persona pero el carro no tenía espejo interior para mirar quien era ¿Que me puede pasar,? se repetía Josef una y otra vez esbozando una sonrisa de burla con aquella situación en la que lo habían metido. Total, repetía su frase favorita - Yo no quiero vivir tanto.