17 de noviembre de 2014

Josef pescador (Cap 202)



Vio como se alejaba para siempre aquel carro que lo había acercado hasta el Vedado. Siempre le daba tristeza  cuando conocía a alguien que le provocaba tejer una historia para su futuro sin mas. La muchacha y su familia que lo habían salvado de tan desagradable altercado con las embrutecidas autoridades, en poco tiempo llegaron muy profundo dentro de Josef, pero en ese mismo poco tiempo habían desaparecido entre gases de escapes y hollín de la calle línea y 18. Josef había olvidado su nombre o no sabía si lo había preguntado.
Caminó despacio engullendo los mismos olores de barrio. Olor putrefacto de basuras en las esquinas, olor descompuesto de río, de óxidos, hojas húmedas acumuladas en los árboles, olor de ropa lavada con jabón batey y olor a ollas de presión en su eterno ablandar de los granos anticuados con que luchaban las amas de casa habaneras. Llegó a la esquina de casa pero nunca subió. Se sentó en el contén de la acera y en poco tiempo sufrió el timelapse del día completo. No había nada que hacer ni nada en que pensar. Ver pasar, esa era la opción, ver pasar todo.

Llegó la noche. había fresco y Josef insistía en no entrar derrotado a su casa. Miró al cielo rojizo que centelleaba a lo lejos en el medio del mar. Mar donde el sería feliz, mar que acababa de traicionar. Recordó a Habana del mar.

Se preguntó si había algún dios allá a lo lejos en el horizonte. Recordó el día en que murió y no vio a ninguno. Deseó estar de vuelta. En ese día de la muerte. Nunca hubo tanta paz. Rendirse quizás era lo único que había hecho con éxito y aun así no logró su objetivo. Rendirse no le molestaba, lo que le molestaba terriblemente y le temía era tener que volver a empezar.
Avanzada la noche Josef pensó que no quería ir a cielo. No quería ir a ningún sitio donde hubiera algo que lo martirizara tanto en la tierra. Si llegaba y se encontraba algo parecido a dios solo intentaría cogerlo por el cuello, si es que tenía cuello. Ningún cielo prometido iba a ser mejor que una buena venganza. Todo lo que sufrió, todo lo que perdió. Todo lo iban a pagar el o quienes fueran.

Esta vez Habana del Mar había pegado fuerte. Ya se había acostumbrado a la idea de quedarse con ella, de quedarse junto a ella, de hacer planes, de trabajar por ella. Pero Habana siempre fue inconforme. Habana nunca vio valores en lo que había, sino en lo que ella podía modificar. Quería mover a Josef de su mar y eso es un pecado.

Si dios existía era culpable de que Josef hubiera nacido sin nada y que lo poco que tenía le fuera arrancado constantemente. Recordó cuando por cosas familiares desagradables que ni vale la pena contar, nunca mas pudo montarse en el barco de su abuelo para poder pescar que era la única forma de subsistencia que conocía, recordó cuando le negaron hacerse su casa en su azotea con unos cuantos bloques que había comprado, recordó cuando estuvo perdido, desmemoriado por mas de diez días, al llegar a su casa que ni siquiera habían advertido de su ausencia, recordó años de comer frutas de las brujerías por las calles, dormir en las costas, apoyarse en nadie y contar con nada, taparse con una vela roída, tomar agua de la lluvia nocturna y fría. No sabe, nunca supo porque dios lo trataba así, que clase de experimento macabro estaba formando parte o adonde conducía todo aquello. Algo si no le habían quitado, la capacidad de desear, de soñar.

En cada amanecer corría al puente de hierro a pedir un deseo cada vez que veía un pez saltar. Eran sábalos gigantes de hasta 200 libras que sin saber le regalaban con su plateado cuerpo un poco de ilusión. Los sábalos eran las monedas de Josef, de hecho, a veces encontraba por ahí algunas de sus gigantes escamas, tan brillantes que reflejaban el sol y se las guardaba en el bolsillo. Amaneciendo se le ocurrió un deseo genial, esperó y esperó que saltara el primer sábalo del día. Cuando saltó gritó a todo pulmón ¡Quiero ser niño para siempre!
No pasó nada. No hubo rayos mágicos ni sonidos electroacústicos de magias televisivas pero Josef supo ese día que había renunciado a lo que supuestamente debería pasar. Daba igual, de todas maneras no le tocaba. Iba a desquitarse en esta tierra de lo que le habían quitado e iba a comenzar por su niñez. Recordó sus manos rotas con 8 o 10 años halando redes con su padre y abuelo, el dolor de las espinas de pescado enterradas de tanto limpiar pescado y esa peste que nunca se le fue de la nariz. Recordó casi nunca jugar con los demás niños porque debía vender pescado o arreglar barcos. Total. Habana del mar se fue y aun sabiendo que esto era una perreta se le iluminó el día con tan mágico deseo.
No iba a tener esposa ni hijos, no iba a tener una casa, no iba a tener bienes ni propiedades, no iba a ser bueno en nada ni bueno para nada. Juró solemnemente  quedarse en niño, en desposeído, en pobre. Disfrutar solo de lo pequeño y simple, disfrutar de la paz, de los colores, de la sal marina, de esas flores pequeñas que nacen en las costas y luchan ellas solas contra todo... y a veces sobreviven.

Ya se había arreglado el día con tan gran deseo. Y lo mejor que los deseos pedidos cuando saltaban los peces del río Almendares casi siempre se cumplían, siempre que no fueran deseos amorosos. Ahí era donde dios mas se esmeraba en hacerle la existencia terrible.

Maldita Habana del Mar y su locura.

También había pedido una máquina del tiempo pero eso ni por asomo.