19 de septiembre de 2014

Josef pescador (Cap 201)

Atravesó las uvas caletas por horas en su eterno maldecir hasta que llegó a la carretera llamada vía blanca, donde había un puente tan alto que los pájaros volaban por debajo. Iba pensando de nuevo en negativo, se preguntaba porque salió de aquel barco donde una vez se ahogó literalmente, que si esto era lo que le esperaba en la vida. A ratos había llorado un poco maldiciendo como se le cambiaban sus planes, pero después se daba cuenta que no tenía, que no tenía planes, ni sueños, ni futuro y eso era lo que mas le pedía Habana del Mar. Algo que el no podía dar, ni le interesaba. Futuro.

¿Porque piden cosas tan raras, pide un buen sitio para pescar, una buena noche, que se vaya un mal tiempo, pero futuro! ¿Quien es dueño del futuro?

Vio como la mañana levantaba desde el puente y algunos carros lentos con chóferes soñolientos pasaban sin casi hacer ruido. Uno de los carros paró en el puente para comprar café en la cafetería pero aun estaba cerrada. Era uno de esos viejos almendrones con colores claros y brochazos de reparaciones a medias. Los pasajeros se bajaron para estirar las piernas, venían desde Matanzas.

Desde el carro Josef vio salir una muchacha que fue directa a una flor que colgaba de los muros. La estuvo observando un buen rato y le pareció alguien especial, o al menos alguien que no lo iba a mirar raro si le hacía algunas preguntas.



Josef se acercó poco a poco, pero como de costumbre no sabía como iniciar una conversación. Realmente los años de salvajismo acuático le venían perfecto para sobrevivir donde quiera que hubiera mar, pero cero para las comunicaciones. Recordó que los pescadores, entre los que se había criado, cuando se veían en la mañana lo primero que hacían era decir buenos días e inmediatamente se lo soltó sin mas.

- Buenos días...

La muchacha lo miró curiosa y volvió a mirar la flor, Josef se sentía curiosamente atraído por ella. Hubo un silencio incomodo de esos que dejan oír hasta los pasos de las hormigas y Josef, debatiéndose entre dar la espalda y largarse por donde mismo vino o tratar de seguir “Siendo humano” se animó a si mismo con un buen regaño interior.

- El carro donde vas, ¿va para La Habana?- La muchacha lo miró otra vez y abandonó la flor para responderle.
- Si, vamos para La Habana, creo que todos los carros que pasan por aquí van para La Habana
- Puede ser, quizás algunos se queden en Santa Cruz o en las playas del este.
- Eso es La Habana.
- La Habana es todo – Josef intentó sonreír a pesar de la tristeza y la frustración de las horas anteriores. Con el sol se le marcaban en la ropa manchones de sal.

- ¿Eres un balsero?
- No, soy un pescador.
- ¿Y tus cosas de pescar?
- Aquí – Josef se señaló a la cabeza con el dedo en forma de pistola, la muchacha sonrió y una especie de luz intentó curar heridas en la existencia negra de la noche pasada. A lo lejos se comenzaba a oír el viento del este que acallaba los grillos. El olor a hierba y mar se agudizaba por momentos como un premio para los que vivían en la ciudad. La desconocida se acostó en la hierba como sintiendo el fresco de la madrugada pasando directamente a su cuerpo desde la tierra. Miró a Josef con mas curiosidad aun y Josef petrificado sin saber que decir o hacer. Estaba completamente bloqueado. Un poco lejos se desperezaban los trabajadores de la cafetería y la abrían con una paciencia de siglos. Ya se sentía a ratos también el rico olor del café, café en medio de la nada, café salitroso y costero.


De pronto sin verlo llegar salió un jeep verde y se bajaron unos militares que se abalanzaron hacia Josef violentamente agarrándolo de manos y pies. Entre improperios intentaron meterlo arrestado al jeep cuanto antes posible, pero al ver que Josef ni discutía ni forcejeaba se relajaron un poco. Realmente a Josef le daba completamente igual lo que pasar con el. Su futuro no estaba escrito y se hacía la pregunta otra vez ¿Quien podría decidir sobre ello?

-¿Se te escapó la lancha de anoche eh guajiro?- Dijo uno de los oficiales con marcada prepotencia y dándole pequeños empujones por los hombros. Josef ni se inmutaba, ni contestaba ni nada. Solo miraba sin odio, sin expresión. No reaccionaba, como si fuera un espectador fuera de peligro de lo que le estaba sucediendo a si mismo.
- !Dejen a ese muchacho tranquilo! - Gritó de lejos el hombre que venía manejando el carro a la vez que se acercaba con el vaso de café humeante en la mano - ¡Déjenlo tranquilo! El viene conmigo de Matanzas! La muchacha se paró a su lado como si lo conociera. Los guardias lo soltaron a regañadientes y le pidieron al extraño salvador los papeles del carro, como de costumbre no miraron mucho porque ni siquiera sabían que mirar y los devolvieron arrancando de nuevo con bestiales acelerones que llenaron todo de polvo y tierra. Josef permanecía sin decir palabras ni moverse del sitio, apenas a los pocos segundos reaccionó y dio las gracias. 
¡Muchacho que tu haces aquí en la carretera! Arranca pal monte que están como locos buscando balseros para caerles a golpes!
- Yo no soy balsero- respondió Josef con su acostumbrado y molesto carácter lacónico.
- ¡No es lo que tu seas o no hijo! Es lo que ellos se les ocurra que tu seas y cometas el error de dejar tu suerte al criterio de unas bestias!
Josef había tenido demasiado por hoy. Intentó internarse en el campo de uvas caletas de nuevo. No había ningún sitio como el mar para sentirse seguro. La muchacha lo llamó.

- ¡Oye! ¿Para que me preguntabas para donde iba el carro?

Josef se detuvo un momento. Quizás podrían acercarlo a La Habana. Pero se sentía derrotado. Volver a la ciudad siempre había sido una derrota para Josef. Daría lo que fuera por vivir en una isla sin ciudad. La ciudad apestaba, llena de gente, de energías raras. Dejar el mar y volver a la ciudad era un sacrilegio. Por unos momentos pensó quedarse unos días mas por si Habana del Mar aparecía pero por experiencia y años, sabía que cuando Habana del Mar desaparecía, el próximo capitulo ocurriría dentro de unos años.
Volvió sobre sus pasos, ya no sabía como dar las gracias.
- Si, quería ir a La Habana pero ahora no se si hacerlo.
- Bueno, piénsalo en el camino, - la muchacha lo dijo con tanta seguridad que convenció a Josef al momento- lo malo será quedarse aquí y que vuelvan esos guardias o que no encuentres otro carro que pare.
Josef se acomodó en el desvencijado chevrolet del 51. No sabía bien que hacía pero por algo todo lo había llevado hasta ahí. Arrancaron de nuevo por la desierta vía blanca. A ratos Josef se dormía, a ratos le entraban deseos de llorar y maldecir, a ratos miraba la extraña belleza de la muchacha que le había aparecido como un ángel salvador en un momento tan tenso. Al par de horas se veía a lo lejos una gran ciudad gris y contaminada con un mar por la derecha tan bello que apretaba el pecho. A ver que viene ahora, se preguntó Josef y se quedó dormido en el cómodo asiento trasero de vinyl rojo del chevrolet 51.