8 de junio de 2014

Josef y el viento (Cap 199)

Entre camas de camiones y carretas de tractores llegaron a un sitio al este de La Habana, en el limite de la provincia de Matanzas llamado Bacunayagua. Se habían detenido por un rato para comer algo y habían visto por primera vez un puente tan alto que se veían los pájaros volando desde arriba. Josef olió el mar a sus espaldas y vio un pequeño río cristalino que se defendía por debajo de aquella inmensa construcción. Juntos se quedaron observando desde el puente y soñaron volar desde el un día. Sin media palabra bajaron a toda carrera por una de sus cuestas y siguiendo el río, llegaron a un mar azul. inmenso, bello y rico que les hizo decidir al momento quedarse ahí.


Era como un paraíso con sombras de uvas caletas, el murmullo de la costa, peces fáciles de los cuales Josef sabía agenciarse sin mucho esfuerzo, agua y paz. Para llegar al sitio había que escalar una pequeña pared de piedras que los separaban de cualquier contacto humano.

Se dejaron caer en la hierba un rato con toda la tranquilidad del mundo, de momento desaparecieron todas la preocupaciones, la persecución que pudiera acarrear sus fugas, el tiempo y todo lo que haría triste ese día. Comenzaron a quererse tanto que llegó la noche y llegó el día siguiente sin mas. Josef había recogido de su casa algunas cosas y entre ellas estaba su equipo de pesca, azúcar, algunos panes, un cuchillo y otras cosas que tomó en su alocada huida.

No habían hablado de sus historias anteriores a este nuevo encuentro y no tenían deseos de hacerlo. Los dos se habían encontrado en tan malas condiciones cada uno, que nada iba a solucionarlo. Habana del Mar no dejaba de acariciar y mirar a Josef como si fuera un sueño, Josef, era feliz de tener su sueño en la realidad. Se habían pedido el uno al otro cuando mas lo necesitaban y no habían fallado. Josef se sentía feliz, tan feliz que sería capaz de todo a partir de ahora.


Habana cada mañana corría alocadamente por la orilla entre arena y piedras, mientras que Josef se tiraba al agua tibia de la madrugada a coger dos o tres peces que comerían ese día asados en la misma varilla de pesca, aliñados con limón jíbaro de la costa y sal recogida de las piedras secas de las pocetas de la orilla. 


Se daban festines de pecado fresco y algunos mangos que recogían en matas aisladas un poco mas tierradentro. Francamente, nunca hubo un mejor plato que ese, sabiendo que después todo el día era para amarse en todos los sitios posibles, en todas las piedras, todas las cuevas, todos los árboles hasta que la energía no daba para más, se acababa la piel recorrida varias veces y había que comer de nuevo.


Perdieron la cuenta de los días, cada día exploraban mas lejos de "su campamento" en el cual había un tronco acostado que le llamaban "el sofá" Para los días de mucha lluvia habían unas cuevas perfectas y cómodas un poco al oeste de su posición. Les habían puesto nombres por sus formas. Doña basura, por un personaje de Fraggle Rock, el perro, porque parecía la cabeza de un perro, la ballena y el cachalote. A veces Josef salía temprano y le dejaba escrito en la arena a Habana en cual cueva estaría, si no, Habana de todas maneras lo encontraría en cualquiera, descansando de la pesca y ahí mismo comenzaba un mar de caricias hasta que se acabara la luz del día.

A veces veían a lo lejos gente de unos campismos que estaban un par de kilómetros al oeste y ellos se ocultaban como pequeños salvajes. Las personas les pasaban cerca y nunca advertían que ahí habían mas personas. Realmente Josef y Habana lo menos que querían era tropezar con personas. Su vida asalvajada y natural les había devuelto todos los momentos felices que habían perdido por la dureza de sus vidas, o de las vidas de todos en general.

Un día, después de una lluvia atroz, vieron a lo lejos un objeto flotando que daba golpes contra la orilla. Como la orilla era una buena fuente de provisiones por las cosas que recalaban, muchas veces en forma de frutas que tiraban de los barcos, fueron corriendo a ver que era. Cuando llegaron se quedaron paralizados. Eran los restos de una balsa de la que colgaban, amarrados, algunos sacos de yute y dentro de ella, pegados por el sol, manchones de sangre, cabellos y pedazos de ropa.

En una tabla de afuera estaba pintado con toscos trazos "La Esperanza" y Josef y Habana no sabían que hacer, la balsa seguía al compás de las olas pegando contra la orilla como si insistiera en tocar una puerta de tierra firme. Josef supuso que con el cambio de marea podría irse por donde mismo vino y se tiró al agua desde el acantilado a unos tres metros de altura. Habana miraba mordiéndose las uñas en lo que Josef rodeaba las piedras para alcanzar la balsa. De pronto una gran mancha negra se vio detrás de Josef y Habana pensó que era una de las tablas de la balsa que se había desprendido, pero después aguzó la vista a pesar de lo nublado del día y pudo identificar claramente que se trataba de algún animal.

- ¡¡Joseef!!!..¡¡Joo...!!!!- comenzó a gritar a todo pulmón señalando aquello que se iba moviendo lentamente-  ¡¡¡¡Joseeefff!!!  ¡¡Tiburóooonn !!!!!!!!
Josef apretó el ritmo de natación aunque no se desesperó, había oído mas que claramente a Habana y sabía que con eso no se jugaba, no obstante optó por ponerse el cuchillo en uno de sus pulsos y con la careta ir mirando a todos lados. Llegó a la balsa y se subió sin mucho esfuerzo. La mole negra pasaba por debajo haciendo varios cruces, pero sea lo que fuere se veía lento y desinteresado. Con una tabla Josef fue remando hasta una parte mas accesible de la orilla y entre los dos la subieron a la arena. Al moverla, el agua que se iba batiendo disolvió las manchas dejando un rastro de sangre que en segundos se llenó de pequeños peces y la gran mancha negra que seguía dando vueltas en el sitio. Josef abrió los sacos. Tenían turrones de maní metidos en latas de galletas, abrigos y varias botellas de ron. Se sentaron un rato alrededor de la balsa sin decir nada. Quizás Josef hubiera querido rezar por los que se perdieron en ese viaje pero no se sabía ningún rezo. Optó por decir algunas palabras.

- Supongo que si la balsa está aquí llena de sangre, querrá decir que no llegaron a ningún sitio. Espero que donde quiera que estén, al menos estén mejor de donde desesperadamente han salido. Hombres, mujeres o lo que hayan sido. Los respeto por haber tenido el valor de arriesgarse a cambiar la vida aunque sea escapando- Miró a Habana de reojo, estaba en un mar de llanto. Josef se acercó y la abrazó tan fuerte como sus cansados brazos se lo permitieron- Gracias por estas provisiones que vienen bien a otros fugitivos, no se si se dirá así, pero que dios, si existe, los reciba y les de ayuda, paz y les cumpla algún sueño en pago por la terrible muerte que han tenido luchando por sus vidas..

- ¡Yaaa! Gritó Habana separándose y echando a correr.

Josef la miró corriendo por la costa. Se preguntó como, ante tanta tristeza de un momento así, aun podría ser tan feliz. Se sintió indigno y enfermizo al esbozar una sonrisa -A pesar de todo- dijo dirigiéndose a los restos de la balsa de madera  - Aun estamos aquí y no nos vamos a rendir.
Habana al poco rato volvió sobre sus pasos. Vio a Josef intentando cargar con todos los sacos y ella cogió los que pudo con sus delgados brazos. Hacían silencio. Entre las nubes tan tupidas de ese día lluvioso y la tarde, oscureció de pronto sin dejarles hacer nada, ni siquiera buscar agua, cosa que hacían de día en la orilla del río porque era peligrosos escalar el acantilado de noche.



Josef fue a romper una tabla de los restos de la balsa para hacer un fuego porque hacía frío y no querían ponerse las ropas que habían encontrado en ese macabro escenario.
- No la rompas- Le pidió Habana con un murmullo - No por favor.
Josef la miró un poco sorprendido, estaba comenzando a asustarse.
- Quizás debamos usarla... un día de estos...
- Habana...
Habana se paró como un resorte mirando al norte. Por mas que Josef afinó la vista solo se veía una oscuridad infinita y de vez en cuando una centella rápida tan lejana que parecía que había caído en el borde antiguo del planeta tierra.
- ¡Si Josef! ¿No pensarás que vamos a estar siempre así no? Nos van a encontrar un día, vamos a ir presos los dos. ¿Es el futuro que tenemos disponible el que quieres?
- ¡No! Ni nos van a encontrar ni vamos a ir presos, pero no nos vamos a echar a los tiburones.. Habana, yo nací en el mar, he andado mas kilómetros en el mar que en la tierra, la gente que hace estas cosas es porque no conoce y yo no quiero esa muerte, prefiero coger mi machete y degollar a cincuenta hasta que me maten a tiros pero no me voy a echar a los tiburones porque unos hijos de puta hayan decidido por mí!!!
- ¡Josef!- Habana lo miró con los ojos llenos de lágrimas - ¿No va a haber mas sangre, mas nunca verdad?
Josef apretaba el cabo del machete tan fuerte que en el silencio de la costa se le oían traquear los nudillos, poco a poco liberó la presión y lo dejo caer a sus pies. Se arrodilló como vencido pero le susurró a Habana.
- No nos va a pasar nada malo. Yo estoy aquí. Yo siempre he subsistido, se que hacer. Entre los dos vamos a luchar juntos y todo se va a solucionar, solo si lo queremos, todo se va a arreglar. Josef bebió de las saladas lágrimas de Habana. Habana se rió porque le hacía cosquilla en los párpados. Se abrazaron tan fuerte como pudieron y se acostaron bocarriba a mirar las estrellas. Con besos y con una tristeza tan densa como la noche se taparon y quedaron dormidos profundamente.





4 de junio de 2014

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 02)


Poco a poco volvió sobre sus pasos con los puños cerrados. Esta vez no era por querer atrapar un sueño. Esta vez era por querer despojarse de un tirón de uno, a golpes de ser posible. No podía juzgar a Habana, ni el ni nadie sabía sus tribulaciones o como sobrevivió todos estos años. Solo sabía que nunca mas la vio y su vida fue un poco sombría y miserable después de aquello. Por unos segundos antes de bajar del camión militar pensó que había sido bueno que lo cogiera el servicio, si no, nunca hubiera vuelto a ver a Habana. Maldijo una y mil veces su olor a salitre. Le recordaba la sirena que siempre había buscado de niño, le recordaba que una vez se había ahogado dentro de un barco y regresaron esos pensamientos de que nunca debió salir de ahí.
Por extraño que parezca no estaba preocupado por la fuga de su compañía, le daba igual que lo metieran preso o lo que fuera. Buscó en su bolsillo, solo tenía 5 pesos y se compró uno de esos turrones de maní empalagosos y azucarados. Se sentó al borde de la calle y entre ruidos de guaguas pensó que era el momento de no volver atrás. De dejar la tierra de nuevo, desobedecer. Maldijo cada uno de los santos que había escuchado algunas vez en su vida, de esta lista tampoco se salvaron todos los dioses conocidos, actuales y extintos. Tiró el turrón que le quedaba y regresó a la casa morada de las flores dispuesto a todo.
Por el camino iba pensando un plan, no les hacía falta nada, nunca habían tenido nada mas que ellos mismos. Era la hora de volver para siempre sin juzgar, sin criticar ni pensar en nada. Hubiera lo que hubiera pasado el no estuvo ahí para ayudar ni solucionar nada. Como siempre con Habana, borrón y cuenta nueva.

Regresó por el patio donde antes estuvo y ya el sol estaba rajando las piedras poco antes de las 11 de la mañana. Se sentó en el borde del patio donde había visto a Habana a esperar que algo sucediera según su plan.

No pasó media hora en que estaba profundamente dormido. Aquellas estúpidas madrugadas marchando lo tenían en un estado de desgaste total, además, el tiempo que hacía que no tocaba el mar lo tenía sumido en una depresión oculta que le vaciaba el cuerpo de energías. Siempre estaba intentando dormir o durmiéndose por todos los rincones, como si la única cura a aquella situación fuera dormir para que pasara mas rápido el tiempo.

Alguien lo zarandeó levemente por el hombro. Estaba soñando que nadaba entre delfines y una leve sonrisa asomaba, fue arrebatado del mar de sus sueños a la realidad, pero cuando abrió los ojos la sonrisa cambió en risa -¡Habana! ¡Habana mía! vine por ti, no quiero perderte, te quiero toda! ¡Quiero darte toda mi vida!- Habana lo calló con un beso y lo ayudó a incorporarse  -¡Corre!- Le dijo casi al oído, espérame en 232 y 25. Josef no discutió nada mas. Arrancó corriendo como nunca en su vida a la dirección acordada. Por el camino recordó que Habana hacía esas jugarretas antes de desaparecer y paró en seco. - Ya no puedo hacer mas, no puedo hacer mas- se repetía a si mismo como preparándose para lo peor.
Miró alrededor. Muchas personas tratando de coger guaguas que nunca pasaban o pasaban con tantas personas colgadas en las puertas que parecía un circo. Gente sobreviviendo, comiéndose entre si, empujándose, luchando por llegar a algo o algún sitio. Gente esperando sin mirada, recostada, gente que no sabía lo que pasaba ni por su corazón ni por el de ellos mismos.

-¡¡¡Josef!!!- Se escuchó un grito por sobre todo el murmullo de los supervivientes. Josef corrió, era Habana que aguantaba abierta la puerta de un taxi almendrón atestado ya de gente -¡Monta!- No tengo dinero- ripostó Josef- Monta, yo tengo.
Apretados dentro del carro se cogieron las manos, entre el sudor del medio día y los nervios ambos estaban temblando. Los demás pasajeros ajenos hacían sus historias personales cada vez a viva voz. Para Josef y Habana nada estaba sucediendo, estaban solos en un mundo desenfocado y lento. Un mundo emocionante y nuevo, de nuevo. Aventuras que vendrían, cosas buenas y malas, no importaba. Todo iba a salir bien como quiera que fuera.
-¿Donde se quedan ustedes muchachos?- Preguntó el anciano que manejaba aquel cacharro humeante ya tomando la calle 31 de Marianao.
- Al este, lo mas al este que pueda, cerca del mar- Dijo Josef con toda seguridad.
- Yo viro en cuanto cruce el túnel de línea.
- Ahí mismo nos quedamos, es bastante al este para mi.
- Bueno, todo el mundo me dice que lo deje en una calle, si ustedes dicen que al este, pues al este, mientras me paguen- Habana le pagó inmediatamente para aplacar nervios, el chofer dio las gracias y aceleró. En poco tiempo el carro era devorado por el túnel de Línea y pasaba otro capitulo de esta historia.


2 de junio de 2014

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 01)

Se estaba acabando el 1989 y Josef no veía ni rastros por ningún sitio ese desarrollo que dicen que vendría. Según su imaginación para el año 2000 ya todos podrían andar en mini naves flotantes como la de Luke Skywalker en la guerra de las galaxias, pero lo que se acercaba era algo terrible según todos decían, algo como una guerra o peor que una guerra. La gran muralla del socialismo estaba a medio derruir y unos viejos pervertidos se aferraban a arrastrar toda la isla de Josef consigo al hambre y la desgracia. Para ese tiempo ya algunos conocidos de Josef se habían comenzado a quedar inválidos o ciegos por falta de algunos nutrientes en la alimentación básica y le llamaban neuritis óptica. Josef se sentía libre de eso, había pasado muchos años de su vida solo comiendo pescado y nunca se había enfermado, en caso de crisis volvería sin mucho esfuerzo a la dieta marina, porque aunque hubiera abandonado un poco esta vida, había guardado con celo todos sus equipos y artes de pesca, como un refugio de malos tiempos, siempre listo para volver a ellos.

Hacía ya 8 años que había visto por última veza la escurridiza y bellísima Habana del Mar, por momentos pensaba que era su imaginación o que había sido un fugaz sueño, de esos que te dejan aferrándote a cosas amadas para llenarte de desencantos y tristeza al despertar y ver que tienes las manos vacías. Josef no había aprendido la lección de que en esta vida, traer a la realidad cosas soñadas, era cuando menos imposible. Seguía cerrando los puños con fuerza en cada despertar para traer objetos de las ensoñaciones y lejos de desanimarse, pensaba que algún día lo lograría, lograría desafiar la imaginación y la realidad materializando cosas que solo existen en ese mundo desconocido y prohibido para todos.
Y llegó el año 1990, la comida principal del día consistía en un vaso de agua con azúcar y los días de buena suerte, un turrón de maní de los que vendían en la esquina del puente de hierro del Vedado. Josef no faltó un día al castillo de la Chorrera donde había visto y perdido a Habana del Mar por última vez teniendo 12 años. No había mirado a mas nadie en su vida y Habana parecía no quitársele de su terca parte moribunda y enfermiza del lado del corazón, donde se llevan los amores.

Todo pasó de pronto.
Chequeos, papeles, médicos, firmas y demás horrores humanos.
Josef estaba teniendo un sueño raro. Oscuro, frío. De pronto abrió los ojos, esta vez con las manos bien abiertas para que todo aquello se fuera o se quedara al menos dentro del mundo de los sueños. Pero el retumbar y el frío le hizo pensar que estaba en mal lugar y en mal momento. Entre luces se veían muchas botas marchando al compás de alaridos salvajes y un olor a sudor y desesperación tremendo. Josef no quería levantar la vista, aquello no era nada bueno y por eso estaba bien guardado en una de sus lagunas, pero vino todo a la mente. Lo había cogido el servicio militar obligatorio.


Entre gritos fue metido en una de las compañías que marchaban y vio de soslayo en su viejo reloj que eran las 5:30 de la madrugada -que habré hecho- Se preguntaba mientras intentaba afinar la vista para ver otras caras pero ninguna era conocida y todas uniformadamente organizadas en un rictus de esclavitud y desesperación. Descubrió que uno de los reclutas lloraba, lloraba como un niño pequeño. De una mala manera sintió cierto alivio, bueno - Pensó - Yo no soy el que está peor aquí.
A los primeros claros ya sabía que había dejado de llamarse Josef, ahora se llamaba 701 y era el numero uno de su fila. En el momento de formar, todo el mundo trató de evadir esa posición y el ajeno a toda maldad se quedó ahí de carne de cañón, por lo que era el numero uno de la compañía 700 y le llamaban 701 o amigablemente 01.

Los días que siguieron, quizás valga la pena contarlos en otra historia, historias de machismos y cosas militares absurdas. Historias de por qué los humanos somos los peores seres sobre la tierra. En esta historia aun quedan algunas cosas buenas que contar.

Cada día después de levantarse y tomar algo raro parecido natilla o pegamento hirviendo con un pedazo de pan, los montaban en unos vehículos militares y los llevaban a un centro de entrenamiento que estaba en un barrio llamado La Coronela, en San Agustín, al oeste de La Habana. Josef, entre tantas cosas malas de ser el primero para todo, esta vez, era privilegiado, porque los hacinaban en camiones para trasladarlos y Josef siempre se ponía pegado a la cabina mirando hacia delante. El aire que le daba en la cara cuando el camión iba al máximo de velocidad le llevaba lejanamente a la libertad, libertad que había perdido injustamente una vez mas, por los designios del sistema putrefacto del país donde vivía.
Los demás compañeros ni le hacían caso, lo daban por medio loco o algo así. Había potenciado por cien su capacidad de abstraerse, meditar y largarse espiritualmente de la situación por la que estaba pasando, a veces incluso ni notaba su desgracia, a veces soñaba tanto despierto, que hasta era feliz. En mas de una ocasión lo miraban asustados al ver como Josef sonreía en medio de cualquier situación horrible a la que eran sometidos a diario en el absurdo entrenamiento militar.


En uno de esos viajes cuando Josef no sabría distinguir si lo que veía en la carretera era verdad o era mentira, vio una cabellera castaña encaracolada en el portal de una de las casas  por donde pasaba. Mayormente esos barrios eran de militares o funcionarios acomodados. De pronto cada nervio y cada músculo de Josef brincó como alcanzado por alto voltaje, entre todo el jolgorio de los reclutas metiéndose con cuanto infeliz se cruzaba en su camino sobresalió un grito desesperado de Josef.

- ¡¡¡HABANAAAAAAAA!!!!!

Se hizo silencio en el camión, de pronto se comenzaron a sentir todos los ruidos de las maderas y los tornillos de la cama. Todos miraban a Josef intentando ver hacia atrás, hacia el camino dejado que hacía cada metro como si le arrancara una tira de esperanza a la piel de Josef.

- ¡¡HABANNNAAAAAAAAA !!!!!!!!!

En una fracción de segundo el grupo de reclutas se abrió en dos, aterrorizados de la mirada de Josef, el camión aminoró en un semáforo de la calle 232 y Josef saltó por los aires desde la parte trasera del camión como si quisiera llegar a algún sitio volando. Nada se lo impedía, es mas, una extraña energía lo hizo saltar mas de la cuenta y caer bastante lejos del camión, si bien hubo tocado tierra comenzó a correr como si su alma se la llevara el diablo, en su cabeza números, cálculos, donde era que la había visto, cuanto tiempo había pasado, en que cuadra, mas desespero. Hasta que llegó. Era una bella casa con un balcón morado lleno de macetas con flores, miró alrededor. No había flores en mas ningún sitio y ahí había visto flores. Llamó a la puerta pero nadie le abría, dio la vuelta por detrás y escaló unos cuartos eléctricos hasta que se asomó por una verja lateral que daba a la parte de atrás de la casa de las flores. Ahí la vio de nuevo pero se llamó a cautela. ¿como explicar que hacía ahí, como había llegado hasta ahí?

¡Esa era Habana! ¡Quizás por su mala alimentación había crecido poco o nada, era la misma niña aunque ahora pudiera tener 19 o 20 años! - los pensamientos atacaban a Josef en lo que trataba de organizar su respiración -¡Era Habana! Habana!- gritaba para dentro de si y a duras penas se escondía detrás de unas sabanas tendidas sin saber que estas mojadas eran casi translucidas, Habana estaba tendiendo ropa y sintió el ruido, lejos de correr o asustarse, como era su costumbre gritó directamente. Josef se estremeció con su voz, esta si había cambiado, era voz de mujer grande, de mujer fuerte.



-¡Quien anda ahí?
- Habana.. - Josef salió detrás de la sabana con lágrimas - ¡Habana cojones! Habana te he estado buscando cada día, te he estado esperando...
- Habana quedó estupefacta, ladeó la cabeza primero a un lado y después al otro - ¿Josef? ¿Josef pescador?
Josef saltó del muro como si la gravedad no fuera con el. Ya nada importaba. Abrazó a Habana aunque notó que el había crecido mucho y Habana se había quedado en niña, tenía los mismos huesitos de siempre, los mismo ojos llenos de bella maldad de siempre, el mismo olor a algas y fondo marino, el mismo sabor de la piel a sal y corales.
Josef la besaba una y otra vez por donde podía, Habana estaba como una roca aunque apretaba hasta el dolor su abrazo a Josef.

-Te tienes que ir... - Susurró.

Josef se congeló, estaba dispuesto a matar, esta vez no se iba a desaparecer de nuevo, se mordió los labios con rabia preguntándose mentalmente que debería hacer en este caso para no perder de nuevo a su Habana, Habana lo empujó separándolo de si - Te tienes que ir Josef, ahora... Vivo con un hombre y está aquí- Habana lo empujó de nuevo pero Josef no se movía, era como si empujara un muro. Habana miró hacia atrás repetidas veces como con miedo, Josef saltó el muro de vuelta y se quedó mirándola un rato desde la altura. Un hombre canoso de unos 50 años agarró a Habana con una mano por las nalgas y la empujó dentro de la casa, era un oficial del ministerio del interior.