10 de mayo de 2011

Tres cosas buenas.

 Tres cosas buenas. Tengo que pensar en tres cosas buenas. Cada vez que me canse, me caiga, me rinda, tengo que pensar en tres cosas buenas. Siempre hay tres para pensar. De nada vale quejarse, molestarse, hundirse si las cosas van a seguir para adelante contigo o sin ti. Trata de soportar ese pequeño error del hermoso viaje de estar vivo. Sigue adelante y cuando veas que el mundo está al revés, que la gente mala le salen bien las cosas, que triunfa la deshonestidad, la maldad y todas esas cosas que no vale la pena mencionar, no te caigas, piensa en tres cosas buenas y en los segundos en que lo logres, ya estarás montado en el siguiente tren. Solo tres cosas buenas a la vez.
Estar durmiendo y que te zarandeen con cariño a las 2 de la madrugada.

Uno
- Vamos, despiértate, tengo una sorpresa – La voz de mi papá en una oscuridad donde solo se le veía un pequeño brillo pícaro en los ojos y la sonrisa – vamos, vamos ssshhh! – dormía con la ropa de andar, la vida era tan azarosa que no me cambiaba por si pasaba “algo” ese algo que estaba pasando.
Nunca preguntaba, nunca nada malo podía venir de mi papá, y esa sorpresa que venía tendría que ser mejor que la anterior. Le gustaba darme sorpresas, sabe que yo mas que nadie las apreciaba y aun me sorprenden y me pegan de adentro hacia fuera con emociones nuevas cada día. Me hizo apurarme un vaso de agua con azúcar y un pedazo de pan que tuve que demoler de lo viejo que estaba, cruzamos la calle hacia el barco. El frío no me importaba y el olor de río siempre me daba un estrés agradable de aventuras. Arrancó el motor – Vamos a Cabañas – dijo en voz baja entrecruzada con las cariñosas detonaciones de la vieja maquinaria que movería la hélice en las próximas seis horas.


A cabañas, un viaje largo. Soñaba con un viaje largo, mi primer viaje largo había sido recorrer a pie todos los nueve kilómetros del malecón habanero. Pero este era por mar, de madrugada, en silencio. Cuando la vieja mole de madera comenzó a moverse parecía que lo hacía por arte de magia, sus cientos de capas de pinturas de varios colores, descascaradas le daban aspecto de monumento o pared. Nadie pensaría que eso se movería y menos al ritmo de las olas, olas que ya empezaban al salir del puerto de Río Almendares. Subí al techo del barco, fui siguiendo cada una de las estrellas y veía asomarse la cabeza de mi papá a ver si no me había caído al agua, el zarandeo era como si dijera ¡despierta, aprovecha esto! Hasta que empezó el amanecer pasando el Mariel. Cuantas luces, el frío era lindo, el hambre era linda, como sables los tímidos rayos de sol rompían el agua cristalina y a veces espumosa hasta donde la vista se perdía. Se perdía la vista, era como flotar sobre un cristal azul y la proa en silencio, tímidamente ganaba metros hacia nuestro destino. Están grabadas a fuego tantas emociones bellas, podría estar años describiendo cada minuto de ese día, ese día de muchos días cuando todo era tan bello, cuando daba gracias por respirar, por oír, por abrir la boca y probar la sal de la atmósfera. Gracias a eso hoy suspiro y sonrío sin ton ni son en las peores situaciones. Eso no me lo quita nadie.

Dos.
Años llevaba intentando navegar a vela. Solo dios sabe como me hice con una tabla de windsurf. Pero era solo pararme y caerme, me parecía imposible, tantas veces pensé dejarlo hasta que apareció el chino, el chino había visto en televisión cual era la técnica y se le había quedado grabada aunque el nunca se había montado en una tabla. Me enseñó. En menos de media hora lo comprendí todo y con una sonrisa me disculpé por tanto tiempo perdido en intentos infructuosos sin conocimiento alguno. Hice lo que me habían explicado. En los años perdidos había ganado al menos un poco de equilibrio y me dieron más facilidad para empezar. Cuando la vela está en su sitio y la tabla empieza a moverse no lo crees, no crees que algo se mueva en silencio tan solo empujado por el viento. Impresiona como un metro, dos, va cogiendo una velocidad que parece espeluznante y ya formas parte de una naturaleza en movimiento que no necesita mas que tu energía y los deseos de casi volar. Grité tanto ese día que me quedé sin voz, a toda velocidad me arqueaba hacia atrás y metía la cabeza en el torrente de agua, el único ruido era la sal pegándome y la espuma reventando con la presión. Los primeros metros fueron los más impresionantes del mundo, es saltar tu propia fuerza con el ingenio, es escapar de tus mínimas posibilidades de ser terrestre. En fracciones de segundos ya estaba soñando a miles, soñando viajar, escapar, volar. Navegar a vela es algo que choca con los espíritus de mucha historia, es sublime y hermoso, es como si la tierra y la vida te estuvieran dando un regalo incalculable.

Tres
Perdí la cuenta de cuantos esfuerzos hice por Sandra. Cuantas veces dejé de intentarlo y cuantos días pensé que lo lograría de nuevo. Era como escribir en hielo, imposible. Hasta que sucedió. Llegamos de noche a la costa donde  las suaves olas iban magnetizando cada beso, haciéndolo mas importante. Hacía ese calor de agosto y en la playa de 12, al lado del gran teatro blanquita, hoy llamado Karl Marx metimos los pies en el agua. Sin voz estábamos desde hacía días porque nos habíamos encontrado en una magia rara donde pasaban cosas sobrenaturales como el no tener que hablar para decirnos de todo, todo lo bello de la ilusión, las esperanzas y los sueños. A lo lejos algunas parejas hacían lo mismo que algunos borrachos, dejar que su mundo diera vueltas por unas horas para no tener ni pies ni cabeza, para no tener calle por donde volver, ni cielo donde pedir. Las olas llamaban y se hacían sentir como esa caricia que la tierra tiene reservada para ti, en los días en que no se enfada por el mal trato que le damos. Nos metimos poco a poco en el agua. Increíblemente veía como si una luz extraña saliera de mis ojos, veía cada detalle, sabía todo. El vaivén de la ropa era molesto y por eso la tiramos con un poco de violencia sobre las rocas de la orilla. En el silencio de la noche sonaron como si se hubiera caído una nube muy pesada llena de agua. La piel, con diminutos volcanes a cada milímetro por culpa del ligero frío agradecía el contacto con la otra piel y el agua que por fortuna se fugaba de este espacio salía casi hirviendo. El sabor salado con olor a algas de mi sueño fue arando un espacio particular en mis vivencias para este día. Vi la diferencia de colores de donde había dado el sol y donde no, me dediqué a besar esas líneas, la supervista se iba haciendo cada vez más nítida. Tropezar en una curva, en una línea era como llegar a una meta y coger más energías para la siguiente. Fundirse en uno y no pensar más, quedarse, ser alga, pez, marea. Gritar en silencio cuanta felicidad, rajar las piedras de ilusión. Tuve que detenerme en su pecho. Nunca supe la obsesión de donde salió pero me detuve ahí por mucho tiempo, quizás hasta el sol de hoy. Cada luz era recompensada con un beso, cada vibración con un abrazo, cada ola con un roce. Y yo detenido en su pecho, recorriendo cada kilómetro de vida con cada milímetro de piel fría, blanca, erizada de frío donde el agua hacía zig zags para poder correr. Esos colores están vividos en mi memoria. No se si esto volverá a suceder. Por lo pronto lo llevo conmigo a todas partes.


Estas son mis tres cosas buenas y a partir de aquí pueden pasar lo que sea con mi vida. Que yo voy a sonreír a todo y seguir adelante. No es que me interese nada, es que estoy cargado de lo hermoso que he vivido, otro día pensaré en tres cosas más, si la penosa situación del momento y lugar donde vivo lo requiere.

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