3 de febrero de 2011

El abrazo de la tierra

Algunas islas se mueven solo con un abrazo. Algunas olas pretenden lograrlo, pero las olas empujan, no abrazan. Por eso la tierra tarda tantos años en moverse de donde está. Por las buenas nada.

Algunos pensamientos se mueven solo con un abrazo. Se repite la fórmula. Lo que pudo ser un día fatal, se torna en un acontecimiento colorido. Dos segundos antes y muchos meses después esa energía que llegó por sitios irreconocibles aún carga de lo acontecido. Va mas allá, se escapa. Es como el agua, o la sal, importan tanto pero pasan desapercibidas. Mucha gente tarda años en darse cuenta, otros no se dan cuenta nunca. Hay que detenerse, pararse. Usar la vista que quede, el olfato, el tacto y sentir ese abrazo de la tierra. Hay que detenerse, mirar como crece un árbol en cientos de años, mirarlo en un segundo. Mirar a través del concreto, de las obras del hombre tan aplaudidas por el mismo hombre. Hay un trocito de verde, de arena, de aire entre tanta arquitectura manual. Caminar por las rendijas, irse a vivir al musgo, reflejarse en una gota de agua, seguir a una hormiga.
No quiero que lo qué me rodea salga del sueño de nadie cuerdo, Los acristalados monumentos y las columnas romanas. No quiero que me rodee nada reciente.
Lo único reciente que me puede rodear son tus predios. Tus predios presentes y tan en contra de los míos. Tus predios artificiales y concretos, grises y agresivos. No me importa. Puedo respirar en ellos. Es una pena que entre eso vengan incorporadas las leyes humanas, que como los muros, se aplauden a si mismas pero no mejoran nada de la vida. Es una pena que seas de esta tierra y estés adaptada, integrada y más o menos feliz en ella. Que no disfrutes de la vida en tantos segundos que te quedan de un minuto. Pero es así, por eso me quedo a mirar de lejos y sin que sepas te abrazo. Te dejo toda mi energía dos segundos antes y muchos meses después para que te lleven por las aceras llenas de hollín. Puede que esté en la próxima esquina aplaudiendo un muro para hacerme visible, pero en realidad solo me reconocerás si encuentras en mis bolsillos unas pequeñas piedras redondas y gastadas de un río lejano. Detente, sigue un olor o un sonido. Déjate ser viva. Ya tendrás tiempo para hacer lo que se supone que debes hacer.