9 de febrero de 2010

Josef y la sonrisa (Capitulo 15)

La casa del médico era una antigua y lujosa mansión en Miramar,  barrio rico de La Ciudad de La Habana caracterizado por una arquitectura ostentosa y ordenada. Un pequeño garaje trasero servía de taller para, entre obsoletas herramientas, esconder los prohibidos depósitos de oxigeno y acetileno necesarios para la chapistería. El auto del médico no era más que un oxidado moskovish ruso de pésima tecnología que manos hábiles tenían aun en funcionamiento.
Como siempre Josef con su innata manera de ver las cosas tenía la capacidad de cortar el metal justo para hacer las piezas necesarias que sustituirían los agujeros provocados por la corrosión y la cercanía con el mar. De vez en cuando una bocanada de salitre hacía que Josef meditara un poco sobre si debía estar o no en ese momento y en ese lugar y los cambios que le deparaban los próximos días de su vida. Las manos habían dejado de ser blancas e inmaculadas como solo el mar sabe lavarlas para ser una mezcla de óxidos, cortadas sangrantes y alguna que otra quemadura. Pero no dolían, los sueños, cuando están a flor de piel sirven como anestesia para cualquier padecimiento y Josef estaba lleno de ellos, pletórico de alegrías infundadas por la imaginación, sonriente de planes por venir aun nada definidos, Josef avanzaba a pasos agigantados en el aprendizaje de esta profesión que al parecer le iba a llevar cosas buenas a la vida. En el mar, recordaba días de buena pesca, buenos momentos con los amigos, visiones hermosas de amaneceres, tonalidades de azul insuperables, legendarios encuentros con delfines pero nunca recordaba esa risa sin fundamento que se le escapaba cada vez que soñaba con todo este mundo nuevo que estaba descubriendo.
Y Sandra, ese amor regado, pospuesto y fugaz que había dejado atrás cuando había tomada la errónea decisión que no era un hombre de tierra sino un semipez castigado a andar por un sitio polvoriento y ruidoso en contra de su voluntad, ajeno al silencio y el vaivén de las profundidades marinas. Sandra quizás estaría para cuando el fuera un terrestre común y corriente. Sonrió aun más hasta convertir el martilleo de las chapas en risas. Fizz lo miró extrañado. Comprobó que no faltaba nada en su botella de ron que no se hubiera tomado el mismo y por encima de los ruidos comentó como para si mismo en alta voz.
- El que solo se ríe de sus maldades se acuerda.
Josef movió la mirada levemente pero volvió al trabajo. Habían adelantado bastante y ya se hacía de noche. Al terminar cogió su bicicleta y a toda velocidad y como cada día pasó por delante de la casa de Sandra aunque no le hacía camino. Breves segundos le bastaban para comprobar si por casualidad ella estaba por ahí y tener éxito en un encuentro “casual” con palabras ensayadas miles de veces cada día. Pero no estaba. Estaban los taxistas de la base de taxis de la calle 8, el que vende tamales, Cachita la mulata graciosa, Nene el de los perros de pelea, Luisito Martí el mecánico, Léster el del lada, Billy el gordo de 400 libras, Henry el medico bajito… estaban todos menos Sandra y aún así Josef llegó a su casa sonriendo pensando en el futuro. Cuando entró revisó como cada día su sagrado granito de arena guardado en el desvencijado carné de identidad, sucio de ser manoseado por los policías que se apostaban en el puente de hierro a hostigar a los transeúntes y manchado de la humedad reinante en esa larga isla del mar Caribe.

1 comentario:

Lo que le apetece a Ofelia. dijo...

Siempre hay una "Sandra", que te robe la sonrisa...no solo por maldades sonreimos, también por certezas e instantes lindos de la vida.
Ese mar tira de Josef, más que unos bueyes a su carreta...Ahí terminará, cerca del mar, eso seguro.

Muy lindo! Gracias por compartirlo. Un beso.