16 de febrero de 2009

Aquellos sitios de juegos (part 01)

Hace poco volví a este sitio. Es la Isla Japonesa del 1830, sitio que en el pasado fue casa del ministro de obras públicas de Cuba Carlos Miguel de Céspedes. De pequeño me colaba saltando varios muros con toda la pandilla del barrio para jugar en este sitio para nosotros misterioso y acogedor. Correr por sus túneles y pasadizos perseguidos por el que le tocaba era emocionante. Jugar a las espadas en el borde del puentecillo y el que se cayera al agua perdía, tomar por asalto la fortaleza cruzando a nado el foso de mar que la rodea y enfrentado a una feroz tribu de niños de otro barrio a pedradas en las cuales a más de uno hubo que darle puntos, era lo mejor de la época y el sitio. Hace poco volví y todo es pequeño, silencioso. No por eso el mar infinito deja de hacer su música contra las piedras coralinas colocadas cuidadosamente por artistas japoneses de la arquitectura. De ahí su nombre. La isla Japonesa del 1830.

 Años después, un buen sitio de pesca, también un buen sitio de amor con las novias del barrio y única manera que la visitáramos de noche dado el miedo que le teníamos y la mitológica historia de que ese sitio por las noches se hundía y resurgía cada día al amanecer, se que no es verdad, pero en cada mañana de sábado cuando podíamos acudir a tan hermoso lugar se veían en todas las piedras un goteo intermitente, salían pequeños cangrejos de todos lados y había un fortísimo olor a mar y a algas. Olor que me trae miles de recuerdos de toda una vida.
 En los 90s se convirtió en un sitio en dolares y entonces si que no pudimos acercarnos más los chicos del barrio, ya no lo cuidaba el viejecillo que le daba de comer al mono que estaba encerrado en una jaula y se enfurecía cada vez que pasábamos tirándole cuanta cosa nos encontráramos en el camino, ahora lo cuidaban gente uniformada con armas y walkies. Era un reflejo de todo, dólares, prohibiciones, uniformados. 
Esta ultima vez que fui, yo tenía dolares, pude pasar, me quedé atónito como el señor que tanto me persiguió con palos y piedras para echarme del sitio fue el mismo que me sirvió la cerveza amablemente. 
- ¿recuerda unos niños que le tiraban cascaras de mango al mono y se tiraban al mar cuando usted los perseguía? - le pregunté sin mas. 
- El mono murió hace veinte años - dijo sin inmutarse - y esos niños, están intentando venir a molestar todos los días, a todas horas. 
Filmé lo más que pude para llevar conmigo esa parte de mis recuerdos (como siempre hago) y al salir vi a los niños, en short de escuela, rotos, desteñidos, a piedras contra las matas de uvas caletas expoliadas por los pequeños nativos, tratando de subir al muro, tratando de entrar a a fortaleza de los dolares
 - ahí en la orillita hay un pedazo de andamio - le dije a uno que me escuchó con extrañeza - si lo pones en el muro ya saltas. 
Malas ideas, malas ideas. todos entraron y en menos de un segundo mi mente se fue con ellos, correr descalzo, sin mas ropa que un short corroído por el salitre y las piedras, a gritos, a veces es un alivio para la memoria.

1 comentario:

Gregorio Destino (La Yoyita) dijo...

Qué bonitos recuerdos se lleva la gente. Yo también tuve mi "isla japonesa" por un pueblo perdido en el mapa. A cada rato "regreso", con la cámara del recuerdo, donde permanecen grabados en todas partes, como el agua y la desgracia. Al menos esta parte no nos la quita nadie.. o eso creo.

Un abrazo, genial tu blog.