4 de julio de 2008

Insuficiente adiós al Plátano


Enviado desde el Centro Pablo centropablo@cubarte.cult.cu


Pocas palabras llegan con la sorpresa. Un silencio largo hace que las imágenes pasen como en un cine, mientras trato de acomodarlas en la mente ante la noticia: “Se murió el Plátano”
Con sus tantas historias a cuestas, sus poemas lúgubres y cercanos, sus dibujos y pinturas, sus fotos (las ciertas y las imaginadas), el Plátano nos ha dejado con el misterio de su ausencia repentina e inexplicable. A todos nos parece mentira. De voz en voz pasa el asombro como una epidemia que cala en el pecho y nos hace mirarlo nuevamente. Tal vez nunca supo, que él también quedó plasmado en las fotografías que hacemos de nuestras propias vidas. Interpuesto entre la mirada y el escenario, trató de hacer nuestro mejor retrato y tal vez lo logró.
El olvido es la peste de nuestros tiempos.Y es que hemos perdido nuestro espejo en esta ciudad que cada vez se mira más en las vidrieras ajenas y menos en sus propios charcos. Cuántas veces habremos seguido de largo ante la viejita que cuida el baño, el señor que revende el periódico o el triste amolador de tijeras. Este hombrecito, aparentemente breve, es el más auténtico símbolo del ciudadano común, del transeúnte real, sin barnices de riqueza ni perfumes de gloria.
Se entregó como un devoto a pegar nuestros afiches en cada superficie posible, bajo amenaza de multas; a repartir como un niño en plena fiesta los volantes de conciertos y exposiciones. Murmuraba noticias y anunciaba el más mínimo rincón de arte como quien grita un evangelio en medio de la sordera nacional. Mal pagado centinela de nuestras aspiraciones, público fiel y alentador de los más nuevos.
Su muerte nos conmueve y su historia nos compromete a recordarlo con justicia. Plátano nuestro de cada día, nos aburríamos de oírte y ahora mismo te pedimos un discurso más, un par de palabras que anuncien, por lo menos, cuanto vas a tardar en regresar.
En esta era digital, petrolífera y desmemoriada no podemos hacer menos que estar orgullosos de haber estado alguna vez cerca de ti. Te decimos adiós desde cada guitarra, desde todos los escenarios donde se siga subiendo este canto valiente y masacrado. Desde nuestras soledades camufladas y nuestras miserias inconfesas. Desde nuestra cordura convenida y nuestra limpieza aparente.
Ningún adiós es completo. Con tu partida nuestro ejército ha sido diezmado, pero tu recuerdo nos acompañará en la última carga.

Ariel Díaz
(Miércoles 18 de junio de 2008,1:05 am)
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No hay adiós que valga
Pues si señores. Ah muerto el plátano. ¿Que decir de el? Yo no lo conocía, sin embargo por esos encantos que tiene La Habana me crucé con el un montón de veces y su estilo cuidado para ser visto funcionó a la perfección en mi. Después me enteré que vivía como todos nosotros de la ilusión, así que se convirtió en un compañero anónimo de tribulaciones habaneras. El plátano acaba de darme un manotazo en la cara, y si es posible nos lo ha dado a todos nosotros. Por eso no se merece ningún discurso de despedida. El plátano es uno de esos que tiene una entrevista pendiente conmigo, una foto, una conversación y se ha ido sin más. No, no se ha ido al norte, tampoco a Europa. El plátano no es de esos. No lo veo yo trabajando en un lugar frío y monótono durante los siguientes años de su vida. No lo veo dando vueltas por los blogs cubanos buscando ese atisbo de recuerdos que nos alimenta a muchos o generando ideas de futuro para una nación cancerosa con utópicas intenciones. El plátano era más de pegar carteles de conciertos o pegarle una muela al que sea con tal de hacerse oír un poco. No le pagaban esos trabajos siquiera, nadie sabe como alimentaba su cuerpo físico o su sonrisa relajada en medio de una inmensa tormenta. Se ha ido donde el Bola, o el Caballero de París, se ha unido a las legiones de locos soñadores de la triste y pequeña ISOLA de Cuba y aun así nos ha enseñado que estamos perdiendo el tiempo, que nos hemos hundido en la posposición y la impotencia. Impotencia que nos esta llevando por la fuerza a apartarnos de lo que somos sin resultado ninguno mas que esa pena que llevamos dentro de haber dejado nuestra casa. Bienaventurados aquellos que logran desprenderse de sus raíces y pueden mirar adelante sin más. El plátano no era de esos. Se va sin mas pertenencias que su roída cámara rusa de fotografía, o sus intempestivos panes con croqueta de la pelota de 23 y 12. Adiós plátano. Ya nos veremos, le debes una entrevista a mi cámara cansada.

El yoyi 05 de Julio del 2008 04:16 am Madrid.