27 de febrero de 2008

A Tarará, La ciudad de los niños.










Mi escuela se llamaba o se llama Vicente Ponce Carrasco. Más conocida como el fanguito. Era una escuela bastante regular aunque su fama señalaba lo contrario. En esa escuela comencé a sentir por primera vez que estaba en un lugar donde decidían por mí. Me refiero con lugar a un país entero, que quede claro. ¿Pero en que país no deciden por las personas? Creo que si un día se dejara de decidir por las personas ya se llegaría a la verdadera democracia aunque quizás rozara con el caos. No me queda claro que quiero realmente, si un sistema que decida de buena fe por nosotros o que todos decidan de manera independiente su forma o método de vida aun con leyes que no interfirieran las libertades de unos con los derechos de los otros.
El caso es que me viene a la mente hoy por unas fotos que se cruzaron en mi camino que nunca fui Tarará, la ciudad de los niños ¿Cómo explicarlo?
Por mas que pregunto y pregunto, toda la gente que me rodea de mi generación y las anteriores fueron a Tarará. Todos recuerdan un funicular, los yogures de fresa, la playa. Yo no. Desde tercero me hubiera encantado ir pero siempre me frenaba una frase que se cruzó en mi camino casi hasta hoy día. Tu no te lo mereces ¿Qué había que hacer?
Ser combativo, disciplinado, aplicado, tener buena asistencia………traducido, yo nunca iba a ser nada de eso, la escuela para mi fue una inútil perdida de tiempo aunque sacaba buenas notas por leerme los libros y estudiar por mi cuenta pero estar sentado en un recinto lleno de gente que les daba vueltas la cabeza no era en lo mas mínimo mi interés por eso quizás nunca me merecí Tarará, hasta un día.
Un día que no recuerdo, me mencionaron en una lista de alumnos que iban a ir a Tarará, No porque lo mereciéramos según dijo el profe, sino porque nunca habíamos ido. Era solo un fin de semana, la Guagua Girón nos recogería el sábado en la mañana y nos traería el domingo en la tarde. Dando saltos llegué a mi casa y se lo conté a mi madre. La heroína de mi madre enseguida rompió una saya rosada de una tela muy fuerte que tenía y me hizo un short, después se animó y rompió mas de su ropa, me hizo tres short, uno verde, uno azul claro y uno marrón de corduroy o pana como le digan. Lo metió todo en un bolso y me lo dejó listo para el día siguiente. Es muy hábil cosiendo e inventando soluciones como casi todas las madres de Cuba.
Al otro día ni siquiera abrieron las puertas de la escuela. Por supuesto que la guagua nunca vino, llorando me fui a casa con mi madre que antes de llegar me paso para darme un chapuzón en el malecón para al menos estrenar los lindos pantalones cortos que me había hecho, pero seguí llorando toda la tarde y toda la noche a ratos cada vez que me acordaba del asunto, intento recordar que edad tenía pero casi lo he borrado todo de no ser por esa foto de ese lugar lleno de niños en la playa y tomando yogurt de fresa.
Creo que lloraba mas que nada por mirarme a mi mismo y por rabia.
El lunes, los profesores tranquilamente comentaron sin importancia que habían suspendido el viaje y que habían avisado a los padres que tenían teléfono que no eran ninguno por supuesto de los que se quedaron esperando ahí en la acera de la puerta de la escuela cerrada y silenciosa.
Y después se habló por televisión………………..
Los niños cubanos donaron Tarará a los niños de Chernobil para su recuperación en un acto de solidaridad sin límites. Nunca más hubo Tarará, ni aunque yo fuera el mejor de mi aula. Lo más lejos que fui en un viaje escolar fue a la 3ª estación de policía de Zapata y 2 por tirarle una silla a un profesor que me golpeó con fuerza y desató la incontrolable rabia con que me vestía en aquella época.
Me daba alegría saber que los pioneros entre los que me encontraba podíamos regalar cosas de Cuba también, como nuestro líder que regalaba petróleo, armas o fabricas de azúcar, nosotros los pioneros aunque no me enteré de ello hasta después de hecho regalamos tarará a los niños rusos, que bien. Podíamos quizás ¿regalar el fanguito? ¿La dionisia? ¿Y todos aquellos barrios malos donde nos entraban a piedras al pasar por ellos?
Años después vi otro acto de libertad pioneril semejante. En un congreso de “los pioneros” se pararon pequeños niños de diez años con cintas discursivas metidas en el cerebro por adultos y recitaron de memoria un discurso por turnos donde se referían a la falta de combatividad, al fraude y la falta de honestidad en las escuelas. Todo era mentira. Era un alarde de combatividad revolucionaria. Esa, esa misma que separa familias y entierra a amigos. Esa asquerosidad de comportamiento que conlleva toda actividad política centrada en el auto marqueting de venta de sistemas perfectos. Y no se hizo esperar la respuesta de los profesores. En venganza, suspendieron la escuela entera, digo entera al 100%, tuve que repetir el odioso 9º grado y a la segunda vez lo repetí de nuevo. Tanto fue el caos que inventaron unas pruebas en agosto que le llamaron mundiales. Fue mi peor verano, en julio yendo a clases, con pruebas en agosto y sin salir de broncas con mis padres por la perdida de años de estudio. Volví a suspender. Por supuesto que de paso bajaron la puntuación mínima de 70 a 60 y cuando reclamé no tenía carácter retroactivo y había suspendido matemáticas con 63,9 puntos. Me cago en Ruffini, aun le estoy buscando para matarle. Tampoco me acuerdo en que año fue esto, que alguien me ayude por favor. Yo lo llamo en mi perdido calendario particular. Año en que se fue a la mierda el nivel de escolaridad Cubano por maniobras políticas pero era muy largo para ponerlo en el almanaque así que...
no recuerdo mas....................
Hoy ostento en mi currículo personal y privado licenciatura en 9º grado ya que lo hice tres veces, al final en una escuela taller y por supuesto dada la honradez de mis obreros padres no pude falsificar el titulo de 9º por tanto no tuve acceso a estudios superiores en la potencia educativa donde me tuve que conformar con el obrero calificado que hoy tengo como única meta de estudio propia al prohibírseme entrar ya no en preuniversitario sino ni siquiera en un técnico medio por venir de una escuela taller que según boca de todos era la escuela de los desviados y los delincuentes.
Ahí empecé una vida de trabajo, de la cual estoy orgulloso. Aprendí sin tapujos teóricos a valerme por mi mismo, a coger las llaves, a soldar, a usar el torno.
Gracias Cuba.
Hoy, me alegro por los niños de Chernobil, ellos lo necesitaban más que yo. Los he visto en estas fotos y me dan pena, dolor, incluso me avergüenzo de haber protestado en aquella época. Ellos lo necesitaban más que nosotros, además eran tan victimas como yo de su fallido sistema político. Yo tenía a 40 metros de mi casa un interminable malecón azul tan hermoso e insuperable que no se comparaba ni remotamente con su tierra helada y hecha cenizas. Bienvenidos niños y hombres de Chernobil. Cuba es vuestra y ojala que estén ahora todos bien y que haya servido a pesar de la política para que recuperasen la salud o al menos el animo.
De mayor fui a Tarará, costaba tres dólares entrar fueras Cubano o lo que fueras. Todo está en ruinas menos una pequeña marina de italianos con yates y sus jineteras. Al menos no te roban la ropa dijo mi acompañante en ese momento antes de lanzarse al bello mar aunque ya ausente de arena por la extracción para la construcción urgente de polígonos militares, pedraplenes y plazas de mítines. Daba mala impresión el lugar, quizás porque mi yo niño, en su momento, en secreto dijo solemnemente.
Métanse Tarará por el culo.



4 de febrero de 2008

La ultima pesca de Josef (Capitulo 8)

Llegó al barrio caminando ya mas tranquilo cuesta abajo por la calle 24. Desde encima de la loma se veía su cuadra llena de árboles verdes y tupidos como si de una selva se tratase. Abajo lo estaba esperando Baratija, otro de los compañeros de pesca sui géneris. Le apodaban así porque solía comprar cosas en los pueblos de campo y venderlos en la ciudad. A veces se iba con jabones, medias o ropa y venia con frutas, pollos y cosas así. También solía pescar pero nunca fue un buen pescador, fumaba mucho. A pesar de tener un par de años más que Josef parecía un tipo de cuarenta, quizás su piel blanca y los ojos profundamente azules no soportaban el clima caribeño, o el estrés, o tanto darle a la cabeza para sobrevivir. Estaba sentado en el contén de la acera donde Josef pasaba sus días últimamente. Se incorporó como un resorte cuando lo vio acercarse y haciendo uso de su inacabable sonrisa gritó desde lejos como si fuera la ultima persona del mundo.
- Joseeeeef Joseeeeef asereeé estás perdío.
Josef ni se inmutó con su rara flema inglesa. Se acercó hasta el y lo miró con recelo. Si Baratija estaba esperándolo no era por nada bueno, Baratija nunca había venido a nada bueno, solo lo metía en líos como un día que se le ocurrió hacer del buceo una cosa turística y buscó clientes y todo, los cuales después de ver los equipos con que buceaban además de estarse un rato partiéndose de la risa por las antiguallas de la primera guerra mundial se fueron sin bucear y sin pagar por supuesto.
- Coño asere hace tiempo que te estoy buscando.
Josef lo miró con recelo. No se estaba tranquilo. Mientras hablaba gesticulaba más que sus propias palabras y daba pequeños saltos. Clavaba la mirada en su interlocutor a no ser que pasara alguna muchacha por la cual interrumpía cualquier conversación hasta que se fuera de su campo visual y después la retomaba como una maquina que hubiese sido pausada un momento.

- Dime Baratija…¿Qué quieres?
- Ná consorte… tengo un negocito bueno ahí pa ti.
- ¿negocito?¿negocito? ¿en que candela te estas metiendo ahora?
- En ninguna asere cien por ciento seguro.

Le vino a la mente a Josef otro día que el Baratija dijo que era pintor de neveras, lo invitó como esta vez a un buen negocito y tuvieron que salir corriendo de la casa porque el Baratija no solo pintaba horriblemente sino que se metió de mala manera con la hija del dueño de la casa y para colmo andaba con un short con un agujero en el trasero mas grande que la prenda en cuestión y sin calzoncillos. Intentaba recordar algún “negocito” bueno con el Baratija pero por más que se exprimía el cerebro no recordaba ninguno en años. El Baratija solo creaba problemas.

- facilito asere…pescar sin pescar, llevo como tres días esperándote por el malecón…cuando me dijeron que ya no pescabas me aterroricé pero menos mal que ya te encontré esto es baratija asere, baratija..
- Ya no pesco……
- ¡Que no pescas de que asere! cuando te cuente esto vas a pescar de nuevo y para siempre.. Lo tuyo es pescar asere no quieras hacer otra cosa que tu eres un pescao , lo tuyo es pescar…..
Lo tuyo es pescar sonó un poco punzante. Cuando uno se decide a dejar algo y después por asomo viene la idea de volver a ello es bastante frustrante. Josef no quería pescar más, ahora quería ser mecánico, algo de tierra, de gente. Estaba cansado de ser una especie de animal marino que la gente miraba con complacencia y un poco de lástima. Vio un poco las calles y quizás le estaba empezando a llamar la atención la forma de vida que existía en tierra firme, en tierra seca.
- ¿a ver que coño es Baratija?
- Mira asere – Baratija enseñó una bolsa con carne al parecer fresca – Carne de tortuga asere, de caguama, se vende estelar, esto es una baratija y sin riesgo.
- No quiero matar más bichos Baratija
Baratija abrió los ojos azules que parecía que se iba a tragar el barrio en un mar desenfrenado y aumentó desesperantemente la frecuencia de los saltitos que daba. Al parecer le había dado un buen pie para explicar su idea, su rara idea. De semejante cabeza nunca iba a salir nada sano.
- si ya están muertas asere, no hay que matar naa, no hay que llevar ni escopeta, solo es recogerlas como una mata de mango……llegar y recogerlas, solo hay que llevar buenos cuchillos.
- Cuéntame bien esa mierda –Josef ya se estaba desesperando, hubiera querido ser sordo o que la tierra se tragara al Baratija, el maldito instinto de supervivencia lo estaba jugando la mala pasada de interesarse cada vez mas por el tema.
- Mira asere…hay unos paños (redes) tirados por una parte de Pinar del Río que yo me sé. Es de los barcos pesqueros. Las tortugas están enganchas y muertas, namás hay que recogerlas sin romper la red pa que no se den cuenta y sin ambición una cada día, aunque hayan diez, solo una, o dos, o bueno quizás tres.
Josef quedó en verle mas tarde. Habría que pensárselo. Baratija presionó que si no se decidía buscaría otro compañero para ese negocio tan seguro pero a Josef esto no le hizo ningún efecto porque sabía que nadie quería pescar con Baratija. A lo largo de su vida había metido en problemas a todos y cada uno de los pescadores del barrio de alguna manera y había que ser muy calmado para volver a coincidir con el en una jornada de pesca sabiendo que te podía hundir la vida literalmente en cuestión de segundos. Su enfermiza mente solo generaba trastadas y malos cálculos, apenas sobrevivía con su ímpetu, su optimismo y su suerte, a esas tres cosas si no había quien le ganara, sobre todo a optimismo, difícil medicina contra la rendición en un lugar inundado de trabas e imposibilidades.
Volver al mar le venía terriblemente mal, se estaba poniendo nervioso cada vez que pensaba en eso como si fuera su primera vez. Esa primera vez que recordaba con claridad que se dio cuenta que podía sobrevivir de la pesca al matar a su primer pez con una artesanal escopeta de ligas de poco alcance. También sonreía cuando se veía a si mismo con nueve años salir corriendo del agua porque le habían dicho que las picúas (barracudas) eran peligrosas. Recuerda que temblando se metía temprano en el agua tibia de la costa de Miramar mirando a todos lados por si veía un tiburón como el de las películas. Había oído muchas historias y le tenían aterrado. Casi diez años después le daba más miedo la tierra que el agua. En la tierra solían haber personas que te podían hacer mucho daño, nada estaba equilibrado y había mucha locura y energías raras a las que no se acostumbraba, sin embargo el mar… era perfecto. Aun de noche, de ciclón o en un mar desconocido, el mar para Josef era mas seguro que la tierra. Baratija estaba completamente loco, loco peligroso. Pero ¿y si esta vez daba el buen golpe? ¿y si con este invento del descerebrado Baratija ya podía darse el lujo de pescar solo una vez al mes y no tenia que estar dándole preocupaciones a Madre? Eso estaría bien. Interrumpió su camino a casa y volvió sobre sus pasos rumbo puente de hierro que cruza el Río Almendares dando grandes zancadas, sabía que alcanzaría al Baratija por ahí dándole conversación a todo el mundo por el camino, inventando nuevos trueques y estafas hasta que se reunió con el en la calle tercera desde donde llegaba una amenazadora brisa marina que presagiaba un regreso al adorado y temido medio azul.
- ¿Cómo hacemos? – El Baratija se alegró e iba a empezar su ritmo de saltos y alegres gritos, hacía de todo un gran espectáculo como si cada segundo de la vida fuera una gran película por la que había que aplaudir en un cine de niños.
- ¿Como que como hacemos? Mañana tempranito en el Lido a las doce de la noche por lo menos, no lleves escopeta, lleva cuchillo.
El Lido era un punto de poner nervioso a pescadores. Desde ahí se iba siempre a la aventura de la provincia de Pinar del Río, quizás uno de los mejores lugares de pesca de la Isola. Costaba después de varios días sin madrugar, dejar de dormir plácidamente y soportar ese pequeño intervalo de frío de noche y amanecer en el Lido en una guagua que se cogía en la calle línea. Ahí, al llegar se encontraban todos con rostros desencajados del madrugón o la resaca. A esa hora nadie hablaba como no fuera para pedir el último de la cola de los camiones que salían ininterrumpidamente. Daba una pequeña alegría el saber que en unas cinco horas todo este territorio estaría inundado de luz solar, calor y colores. La vida iría barriendo la oscuridad y abrazaría a todos y cada una de las personas que estuvieran en la calle en ese momento y el mar, el hermoso mar de todos tomaría su color que cada momento mejoraba a los ojos de quien viviera de el o por él, como todos estos jóvenes que tomaban un camión rumbo a las costas del oeste de Cuba a esa hora de la madrugada. Revisando las caras encontró al Baratija en una esquina de la terminal, discutía a esa hora acaloradamente con otro pescador el Quimbaova, quisiera saber su nombre pero es imposible recordar entre tantos apodos.
- El mar no es tuyo, ¡¡el mar no es tuyo!! – repetía continuamente Baratija sin razón aparente en estado de frenesí nervioso. Los saltos acostumbrados esta vez ya eran de mecanismo neumático. Josef se acercó a ver que pasaba y saludó al Quimbaova con desdén, el Quimbaova vio en Josef un apoyo e intentó ganarlo para su causa.
- Josef – decía el Quimba alzando cada vez mas la voz - yo quedé con este tipo en ir a la mina un día yo y un día el, y este día me tocaba ir yo ¿¿que coño hace este aquí???
De primera instancia ni entendió porque se originaba esta discusión. Josef se limitó a mirar como si tratara de leer los labios de los dos acalorados pescadores.
- Josef….. ¡Josef!- Los gritos en aumento lo iban trayendo de vuelta poco a poco.
- Dime – respondió bajito intentando concentrarse en lo que parecía una discusión estúpida.
- ¡Compadre! ¿Este no te dijo que nos turnábamos para ir a la mina?- dijo señalando acusadoramente a Baratija.
- No….. ¿Porque habría que turnarse? ¿Porque le llaman la mina?
Baratija dio un salto desesperado en lo que el Quimbaova le tapaba la boca de un manotazo- ¿No te dijo no? ¿No te dijo nada este cabrón? ¡Pues que te diga! soltó el Quimbaova también en un susurro pero con las venas y las facciones de la cara como si estuviera gritando a todo pulmón.
Baratija no hablaba, para ser tan locuaz estaba dolorosamente callado y casi dando la espalda. Cualquiera que no lo conociera pensaba que tenía vergüenza pero ante esa pregunta un día su respuesta fue –mi vergüenza era verde y se la comió un chivo.
Josef se volvió hacia donde estaba casi ocultándose el Baratija, estaba pegado a la mugrienta pared de la terminal donde los colores se confundían con tanta suciedad o grasa, quizás algún día fue pintada pero a juzgar por la textura es posible que también estuviera en el cemento puro ennegrecido por tanta gente recostando sus pies en la espera o por el hollín disuelto de los humeantes motores de los viejos camiones y guaguas que pernoctaban o pasaban por ese sitio. Un bombillo amarillento a pocos metros de ahí solo dejaba ver cuando mucho, el brillo de los ojos de de algún niño lloroso por la horrible y fría madrugada a que lo sometían sus padres para ir a ver quizás a algún familiar a una escuela en el campo o por desdicha algún pariente preso. Josef se acercó al Baratija y a pesar de no tener ningún signo de enfado o mal humor visible el Baratija se asustó un poco. Algunas personas tenían a Josef por un psicópata pero en realidad mas calmado y pacifico no podía ser.
- bueno….¿y porque hay que turnarse?
El Quimbaova le dio un suave golpe con la mano abierta por la nuca como para que soltase lo que tenía que decir, suficiente para que el Baratija cargara sus pilas y mostrara una sonrisa tan natural como las frutas plásticas de adorno.
- Hay que turnarseeeeee……………. Porque…………………..porque es un buen lugar de pesca y no queremos que lo descubran mas gente, tu sabes que cuando eres bueno la gente te persigue, la envidia y to eso. Incluso las personas que te rodean te empiezan a vigilar para ver de donde sacas tan buena pesca, incluso es posible que se nos escape donde pescamos y se llene eso de gente y……………….
Josef estaba empezando a molestarse con tanta habladuría.
- porque claro no es lo mismo llegar con un par de pescaos que con varias libras de un producto de primera y las consecuencias de ser efectivo en lo…lo…lo que es…….la…..lala laaaa……………..
- ¡¡Y porque coño le dicen la mina??
El silencio dominó un rato tan tenso momento. El Quimbaova no había soltado aun el cuello de la camisa del Baratija que la tenía apresada como si este se fuera a escapar en cualquier momento. Un simple estrechonazo valió para que el Baratija arrancara de nuevo su discurso.
- Le dicen la mina porqueeee…………………………….¡¡Porque es una mina de oro!! ¡¡Porque se pesca mucho ahí y se gana mucho dinero!! ¡¡Porque es el mejor lugar donde…donde puedas pescar en tu vida!! ¡¡Vas a ver ………
Otro estrechonazo en el cuello le valieron para callarse y retomar el discurso, esta vez, a juzgar por la seriedad y la solemnidad de sus palabras si se podía apostar porque estaba hablando la verdad.
- le decimos la mina………………….- el largo silencio no hizo mas que aumentar a punto de ebullición la tensión reinante –porque……son redes de la marina de guerra, el barco de la marina patrulla esos paños y el día que nos cojan vamos a explotar pero bien…
- ¡¡¡¡Vamos cuéntale más coño!!!! El Quimbaova lo soltó con desprecio sabiendo que ya se había hecho justicia, Josef volvió a la calma de nuevo, no se podía esperar menos del Baratija. Pasaron unos largos segundos en que se vio a si mismo pescando vacas, robando tortugas del acuarium, rompiendo artes de pesca de los barcos estatales. Se preguntó por un momento que vida era aquella. Recordó también la gente que había visto a las puertas de la universidad, con sus maletines, sus libros y por mas que intentaba no se podía ver a si mismo en una situación tan pacifica como aquella, pensaba que quizás un día eso acabaría con suerte con sus huesos en una cárcel o algo así o quizás con la muerte aunque lo segundo nunca le preocupó en lo mas mínimo, de hecho, ya casi la había experimentado y le había gustado morir, incluso podía ser algo bello pero estar metido en una cárcel…en la tierra.

- si el barco de la marina te ve saqueándole los paños te disparan…………..

……………..¡EL CAMIOOOOOONNNNNN!!!!!...............

 El grito provenía de varias partes. Desde luego que el Baratija lo había metido en problemas una vez más como era de esperarse. Esta operación pesquera llevaba ya riesgos mayores que los anteriores. Pero en todo caso toda posibilidad de caer en este vacío preocupante podía ser anulada con una simple decisión. Con tan solo decir, no voy y coger la guagua de regreso a casa se acabaría todo. Josef observó como la gente en cámara lenta se iba subiendo en los camiones y acomodándose como podían en los fríos y mojados bancos de hierro del viejo camión del año 56. Quimbaova y Baratija se quedaron inmóviles mirándolo, ya estaba ahí, era la hora y el lugar para meterse en un buen problema o salir airoso. Solo había que decidir. Josef repasaba una por una las imágenes de su caminata por la desconocida ciudad. La gente, los carros viejos, los edificios esta vez no habían ocasionado esas muestras de repugnancia por lo terrestre que lo invadía desde niño. Se alegró un poco porque quizás se estaba adaptando a lo que debía ser, quizás lograra en algún momento llevarse bien con las personas que le rodeaban y sentir la forma de vida o las costumbres como debían ser. La calle 23 era interesante con tanta vida, estar preso, quizás morir no estaba por ahora en sus planes pero había un instinto de supervivencia muy calmado y confiado en su poder de control sobre la mente de Josef, existía un ordenamiento que le indicaba luchar y luchar, no ser nunca una carga, sobrevivir una y otra vez además con honor de hacerlo en contra de las reglas hechas por los terrestres para controlar todo método u objeto de supervivencia.

- ¿vas o te quedas?- preguntaron con palabras y gestos los dos aventureros, sin ningún tipo de sonido el camionero les decía que si se iban a montar se montaran de una vez por todas. Aun había oscuridad y frío, algún pasajero con algún bulto le había dado un golpe al amarillento bombillo de la terminal lleno de puntos negros de moscas, se balanceaba dando una dantesca imagen del entorno, las sombras se multiplicaban y se movían en una danza infernal como si dieran la señal de un futuro amarillento y descontrolado. Josef no decidía. Recordó el hermoso cuerpo del Alma Mater pero ya no había tiempo. Quedaban segundos para la decisión. Si esperas algo el tiempo se hace largo, si necesitas tiempo, este se va de las manos como finos granos de arena. Todo esto sucedió en pocos segundos. La energía del habla de Josef despertó, fue recorriendo el cuerpo con escalofriante fuerza hasta recoger las ideas ya tomadas y organizadas en un cerebro cuerdo y calmado aunque un poco ansioso. Josef se dispuso a decidir según fuera lo mejor a su punto de vista. Siempre había hecho así, el mar, entre tantas cosas buenas que le había dado, le ofrecía cada día de estancia en él, la posibilidad de ser libre. Tantas horas pasadas bajo agua que constituían años lo habían hecho cuerdo y capaz de tomar casi siempre la mejor de las decisiones y este momento no era una excepción. La decisión ya estaba tomada.

.................... II .........................

Caminó hacia el camión con toda la confianza del mundo y de un salto se subió en uno de sus oxidados bancos. Los dos alocados compañeros lo siguieron en silencio. El camión arrancó sin más. Le esperaban cientos de kilómetros. Cuando la vista se adaptó a la oscura lona mugrienta que hacía de techo por donde a través de unas afortunadas rendijas pasaba algo de luz, comenzó a ver rostros de mas locos y arriesgados pescadores. Tocaba rezar para que no fueran todos al mismo lugar o aquello iba a acabar mal. No era la primera vez que violentos seres que vivían de la naturaleza discutieran por una posición favorecida dentro del mar y acabaran ellos ensartados en sus propias armas mortíferas de matar lo que apareciese. El ruido del motor se fue haciendo monótono hasta que se asoció al cansancio y la hora, la mayoría comenzaron a caer dormidos como almas sin cuerda Josef estaba nervioso pero a la vez un poco orgulloso de si mismo. Se veía como un sobreviviente y cada vez que se podía demostrar a si mismo que estaba apto para ganarse la vida se tranquilizaba. Era quizás retazos de un trauma que le había pasado madre de tanta carestía a lo largo de su vida. Josef no temía que le faltara algo o no poder comer, su mayor fobia era que algún día, no pudiera buscárselo con sus manos.

Por suerte para todos, los pescadores se iban quedando en distintos puntos de costa. Ellos se quedaron en uno de ellos, La Herradura, otros siguieron en el camión hasta el fin de su trayecto. Existía la creencia que mientras mas lejos te fueras de casa mejor pesca tendrías, era como un reconocimiento a tu esfuerzo y tiempo. Cuando se alejó el camión se fue con ellos la única luz viva del lugar. La extensa negrura de la noche vino sin dar tiempo a nada acuchillándolos con el frío húmedo de la madrugada tropical y el ruido de los grillos a esa hora ensordecedor e infernal.

No se había intercambiado una palabra mas, era costumbre antes de pescar. El silencio era un amuleto de buena suerte, más que nada si el lugar de pesca estaba estrechamente relacionado con la marina de guerra y gente de mal humor y con armas de fuego. Atravesaron una extensa maleza que luego se convirtió en mangle, a ratos se oían sonidos que venían de una zona de trailers (caravanas) donde la gente ya extinguía las borracheras de todo el día y se dejaban devorar por los entusiastas mosquitos en su zona de fiesta. Delicadamente se intentaba hacer el menor ruido posible, de ser visto por las personas de los trailers la misión corría peligro. Pudieran llamar a los guardias o también asustarse y ponerse agresivos. En ese sitio podía haber cualquier cosa, como mínimo cualquier grupo aficionado a las apuestas ilegales o la droga. También familias que iban a pasar días de asueto tranquilamente con lo que su economía les permitía que era por lo general un desvencijado trailer con las ruedas desinfladas y ya sembradas formando parte del lugar. Pronto se oía ya el siseo de la costa, este sonido era hermoso y emocionante. Era la línea donde en teoría se acababa el mundo de los humanos y solo lo cruzaban a esa hora algún aventurero o alguien en un desesperado intento por alcanzar las costas del norte, país de sueños para muchos. El agua estaba tibia como todo lo terrible al principio. Sacaron los equipos de los sacos, consistían en pequeñas botellas de aire comprimido con obsoletos reguladores, las botellas de acero ruso estaba medianamente pintadas de azul mate y oxido. El ruido de la comprobación de los reguladores de buceo acallaba los pocos grillos que quedaban tan cerca de la costa, mezcla de arena, piedras y bultos raros expandidos que se vislumbraban en la poca luz de luna que iba quedando. Ya con todo puesto los tres suicidas parecían engendros genéticamente erróneos. La sola visión de esta silueta quizás podría crear cualquier rumor de extraterrestres en las costas de Pinar del Río.

Había que tirarse en un lugar marcado e ir mirando una extensa red diagonal a la costa con casi dos kilómetros, si se veía alguna tortuga enredada solo había que bajar, decapitarla y meterla en un saco. Por lo general, a no ser porque se hubieran enredado recientemente lo cual era poco probable porque hacían sus movimientos temprano en la noche estaban ya muertas. La red era una maquina mortífera de exterminio en masa que dejaba claro cuan peligroso es la especie humana. A Josef le parecía a pesar de ser un depredador nato, un abuso. No había oportunidad de escape ni de ningún tipo de defensa, máxime cuando Josef siempre pescaba para vivir y este tipo de artes de pesca realizan matanzas en masa que a veces ni llegan a manos de los hombres porque ya sea por falta de recursos o dejadez no se revisan con la frecuencia correcta y se pudren las víctimas sin ser aprovechadas en lo mas mínimo, de hecho Josef tenía la manía de cada vez que se encontraba una red sacar un afilado cuchillo de doble hoja y dejarla completamente inutilizada, su padre también odiaba las redes y su abuelo. Josef venia de una estirpe de pescadores de supervivencia no de pescadores industriales.


Aun sin palabras, solo con señas acordaron la misión, los tres iban a peinar una parte del mar rumbo norte. El primero que viera la red haría señales con la linterna a los demás y ahí empezaría la revisión palmo a palmo de manera exquisita, las tortugas estaban mas o menos entre diez y veintidós metros de profundidad así que había que ir nadando a unos 6 metros para ahorrar el poco aire de la botella de 7 litros y si en unos veinte minutos no veían nada ya el día estaba perdido. Al menos acabaría rápido, se consolaba Josef en su pensamiento, también emponzoñaba su propia mente con imágenes de su cama plácida y tranquila y con un despertar a las diez de la mañana sin ningún tipo de preocupación. Pero el era dos personas dentro de una y por lo general, la irresponsable, la aventurera, la sobreviviente ganaba a la calmada, a la vaga, a la pesimista.

Al sumergirse los pocos metros necesarios para pasar desapercibidos de cualquier observador se encendían las linternas. Esta imagen era sublime. En los sueños de pequeño de Josef estaba haber ido al espacio y la situación casi lo superaba, el silencio, la oscuridad, la ingravidez. Solo las burbujas y el peligro de que un tiburón viniese, lo cogiera desprevenido y acabara todo lo separaban de una imaginación perfecta, pero en el espacio había otros peligros pensaba. El haz de luz parecía una infinita espada, pero era interesante también apagar la linterna y quedarse a oscuras. Esa sensación de dejar de ser material, de desaparecer todas las fuerzas que te unen a la tierra y sentirse algo flotante, errante, también era otras de las pagas de ese inhumano trabajo. Una luz empezó a moverse como alocada a lo lejos pero se divisaba entre los pequeños peces que jugueteaban con ella que quería decir algo, era la red, el quimbaova la había descubierto, se unieron las tres almas errantes sobre ella, el espectáculo era horrible, una extensa malla llena de limo hacia de pared artificial a la libertad submarina. Algunos peces intentaban sobrevivir al abrazo de unos hilos incorrompibles que una vez que se anudaban sobre la cabeza como cruel tela de araña no soltarían jamás hasta que viniera la sórdida maquina de matar humana. Algunos ya eran cadáveres que se balanceaban con la poca corriente existente y por la perdida de colorido, escamas o parte del cuerpo se notaba que llevaban bastante tiempo ahí sin siquiera recibir el destino de ser aprovechado mas que por las bacteria de la descomposición. La botellas de aire empezaban a flotar, esta perdida de peso paulatina indicaba que ya le iba quedando menos presión y quedaba poco tiempo, unos cincuenta metros mas de revisión y ya habría que volver a casa.

De pronto los bultos negros suspendidos en la red empezaron a ser cada vez más grandes, había desde la superficie de la red hasta unos 20 metros mas bajo. Por supuesto que el objetivo eran las mas cercanas a la superficie, no había aire ya suficiente para hacer un riesgoso trabajo de profundidad, además cuando las tortugas venían en grupo casi todas eran de la misma talla y daba igual coger la primera que estuviera mas cerca. Bajaron a por una que ya estaba muerta pero aun tenía los ojos brillosos que asustaban. Delicadamente intentaron sacarla sin romper la red y en menos de 10 minutos lo consiguieron, con uno de los tres mirando en derredor por si aparecía algún tiburón que hubiese olido la muerte o el barco de la marina. Lograron cercenarla con afilados cuchillos y meterla en un saco plástico que al cerrarse en teoría no dejaba escapar sangre y cortaba el rastro para los tiburones en la retirada. El silencio cada vez se hacía mas cruel, quizás la tensión era la provocadora de un silbido en los oídos que no era normal a medida que nadaban rumbo sur, a la costa, el maldito y horrendo silbido se hacía más evidente. Quizás llegar a la costa era cumplir una parte del plan pero llegar a la costa acababa con tantos peligros e iniciaba otros que no había ninguna ansiedad por alcanzarla. Era como pasar de una simple fase de un estado terrible a otro. Josef como siempre, se recriminaba a si mismo de meterse en estos menesteres y de haberse engañado a si mismo al haberse prometido que dejaría este tipo de vida pero su otro yo guardaba cada detalle para después recordarlo, quizás algún día contarlo cuando estuviera bien lejos de todo riesgo o posibilidad de tener que hacerlo de nuevo, fecha que no veía ni remotamente cerca al no saber nunca que rumbos llevaría su vida en los minutos siguientes y ni siquiera si estaría vivo en el día de mañana. Las luces de sus compañeros se apagaron pero con el ultimo recurso de sus entrenadas retinas logró ver como iban rumbo al fondo aleteando a toda velocidad, no existió el tiempo entre que vio la huida y una enorme mole de cemento le cruzó a pocos centímetros de la cara, el silbido se había convertido en estruendo y acto seguido Josef encendió su potencia de combate instintiva nadando al fondo con toda la velocidad que le permitieron sus remendadas aletas de rana.

Potentes reflectores taladraban el agua como si en un milagro se deshicieran de ella y no quedara más que un haz de fuego blanco que hacía de día todo lo que tocaba. Lo que parecían cardúmenes de peces huyendo de la luz no eran sardinas, eran balas que zigzagueaban traviesas como seres felices escapando de una embarazosa situación y dejando una hermosa estela de burbujas. Josef se agarró a un coral del fondo porque la botella de aire comprimido ya flotaba demasiado y le hacía consumir muchos recursos en mantenerse hundido, las piedras que tocaba eran demasiado ligeras o raras, tomó un puñado y en uno de los pases de las luces de los hambrientos guardianes reflectores pudo ver claramente que tampoco eran piedras, eran casquillos de balas, verdes, llenos de lino y algas. Se aferró con más fuerza al coral aunque ya sentía una sensación de quemadura que la prefería a ser atrapado por lo que fuera que estaba allá arriba. No tenía miedo, solo pensaba que quizás había llegado su hora como tantas veces. Las balas caían sin energía en el fondo acusando un llamativo color de bronce entre tanta vegetación acuática. Los peces, pequeños curiosos acudían a cada una y después se retiraban como decepcionados de ver que no era otro pez ni mucho menos nada comestible, eran pedazos de plomo y bronce lanzados por la especie depredadora. Hubiera querido rezar pero era bastante ateo y sus creencias no se habían detenido a pensar en quien podía aferrarse en un momento como este. Su yo sádico, en el fondo estaba disfrutando de tan dantesca situación y en el fondo, literalmente hablando, quizás esbozó una sonrisa en lo que las luces blancas seguían hurgando la costa con desespero exterminador. Desde luego que tampoco tenía mucha fe en lo que estuviera arriba. De momento lo que tenia arriba era una gente disparando a ciegas y alumbrando con potentes luces que cegaban lo que se cruzara con ello. Era lo mas parecido a dios que Josef había conocido en su vida y además con extrañas coincidencias.
La calma llego con la oscuridad. A pocos metros al sur estaba otro cuerpo al parecer humano también como aferrado al fondo, Josef se acerco sin encender su linterna, dejándose llevar por el instinto más que por la poca visión que tenía. Lo tocó con sus manos ya llenas de pliegos por la humedad y sintió una sensación placentera al roce contraria a la agresividad del coral que había tocado antes, se quedó a su lado asustado de no recibir respuesta de vida y esperó a que hubiera mas calma aun, cuando dejó de sonar el silbido que al final eran las maquinas del horrible barco de cemento encendió su linterna de nuevo. Se sobrecogió de la primera impresión, soltó el saco de carne de tortuga y como un ave dio vueltas lentamente sobre el cuerpo mirándolo desde todos los ángulos.
Era un joven delfín, pequeño. Ahogado con su hocico enredado en la red. Lo tocó una vez más. Apagó la linterna porque de todas maneras las lagrimas dentro de la mascara de buceo no le dejaban ver nada. Lloró a cantaros, lloró como pudo, sin aire, lloró por dentro, lloro su cuerpo. Se abrazó al cuerpo y notó que aun estaba caliente, supuso que minutos antes huyendo de las luces, los ruidos o los gritos desaforadamente perdió su control perfecto y se enredó de esa manera en la red. Aun se divisaba en la cara del pequeño delfín la sonrisa inamovible que llevan desde su nacimiento pero los ojos estaban sin vida, Josef tomó su cuchillo y lo liberó en el acto cortando la red. Lo entregó a la corriente que se hizo responsable de que continuara su camino y notó que ya estaba respirando con mucha dificultad, el regulador hacia un pitido característico de asma tecnológica, le quedaba de estar sumergido unos tres minutos. Tres minutos relámpagos porque no se puede medir el poco tiempo que usó para decidirse, empuñó el cuchillo con fuerza y nadando con toda la potencia de sus gruesos muslos fue cortando toda la red de lado a lado, atrasó los metros que ya tenia ganados hacia la orilla rumbo mar adentro contra la red, esta soltaba nubes de microorganismos cuando sus hilos iban sucumbiendo al filo del cuchillo, la hoja fue mas rápida incluso que los peces que se beneficiaban de las partículas orgánicas que generaba semejante desastre, ya no había aire y en menos de cuatro minutos la red estaba casi completamente inutilizada, acostada sobre el fondo con sus restos sin la posición vertical necearía para exterminar todo lo que pase por su lado. Josef no tuvo más remedio que volver a la superficie. Al salir ya unos claros rojizos empujaban la oscura y alocada noche mortífera. La brisa fresca de la madrugada relajó un poco la energía destructiva de Josef y de paso secó el torrente de lagrimas que no había dejado de manar de sus enrojecidos y ardientes ojos. Empezó a temerle a la muerte, ahora si había visto la muerte de cerca en algo tan valioso y sentimental como un inocente delfín que era masacrado en su propia casa. Se despertó un odio por todo lo que fuera pesca y exterminio, de por si como humano no le interesaba mucho su especie pero esta vez ya estaba rozando con el odio, a partir de este día la vida valía menos y quizás ni un hermoso amanecer como el que se vislumbraba iba a poder curar esto.
Recogió el saco de carne de tortuga siguiendo el rastro de la desaparecida red y llegó a la orilla más cercana sin más contratiempos. Se internó en el mangle justo por donde creyó que habían entrado, caminar se le hacía raro después de tal shock nervioso. Le temblaban descontroladamente los pies y la mandíbula. Se sentó un rato en las cálidas aguas del manglar para intentar relajarse y organizar ideas. No había reparado que era la primera vez en su vida que se había salido de sus cabales pero se asustó al pensar que quizás le faltaban por ver muchas escenas como esta a lo largo de lo que le quedaba de existencia. Baratija apareció del follaje con cara de mas allá y sin decir palabra cogió el saco de carne, en sus ojos se veía un miedo descontrolado como si aun no hubiera salido de la situación.
Al mirar a la costa, venía saliendo del mar Quimbaova, blasfemando por todas las vías posibles y escupiendo a todos lados, le habían sorprendido tan pegado a la orilla que se tuvo que tapar con arena y estaba lleno por todas partes incluso tragó un poco. Se reunieron los tres en lo mas tupido del manglar costero en posición triangular. Un silencio incomodo se adueñaba de la situación en lo que ya los claros del día dejaban ver mas detalles del hermoso mar que tenían a sus espaldas.
El Quimbaova tomó aire como le dejaron sus traumatizados pulmones y con la voz entrecortada rompió la calma venida a menos después de la terrible tormenta.
- ¿quien coño rompió la red?- dijo blandiendo el cuchillo amenazadoramente.
- yo la rompí- respondió Josef como quien da los buenos días.
- ¿era tuya?
- ¿y era tuya? – Josef empezó a convertirse en aquello que no quería ni por asomo ser nunca, agravado por instintos animales y odios adquiridos en una noche tormentosa y critica.
- Oe caballeros, tesen tranquilos, hemos salvado el pellejo y al menos tenemos ganancia – dijo el baratija intentando no tener otra situación que se imaginaba tan mala o peor que la anterior de la cual ni siquiera había tenido el tiempo de celebrar que se había escapado.
- ¿Porque soltaste el delfín muerto? ¡Eso era carne!
Josef se acabó de encender en modo criminal, por suerte el barato le arrebató el cuchillo que ya iba en dirección al cuello del Quimbaova, este al ver que se había pasado se desplazó rápidamente al suelo dejándose caer de espaldas y dejando claras muestras de que no quería combate pero Josef también pudo controlarse, todo se paró un rato como si el tiempo también se hubiera detenido, había sido una horrible jornada, de las peores, sin mas palabras comenzaron a caminar por el mangle en silencio ayudándose unos a otros, la complicidad resurgió de nuevo e incluso podría aventurarse a hablar de amistad. El Quimbaova de nuevo rompió el silencio.
- me estoy cagando y no es de miedo caballeros, espérenme aquí un ratico- se quedó atrás un par de metros aun con el agua a la cintura y se puso en funciones.
El baratija y Josef organizaban la carga para llevarla de la mejor manera posible en lo que disfrutaba de cómo la luz se aventuraba entre las tonalidades verdes de las hojas de los mangles que despertaban como ajenos a todo o invencibles a cualquier situación trágica como la que podrían contar por el simple hecho de vivir en la costa norte de Cuba.
- ¡¡¡Baratija!!!- gritó el Quimba con rara muestra de descontrol.
- ¡¡¡Dime aseré!!!
- ¡y si te tiro la mierda??

Baratija.
El Baratija se puso blanco. No entendía nada y no le hizo ninguna gracia. Desaforadamente gritó todo tipo de improperios contra el Quimba y toda su generación, Josef estaba un poco alejado sumergido en sus meditaciones y cálculos. Cada día estaba mas decidido a dejar de hacer este tipo de cosas, esto solo se veía en las películas y en la realidad nunca salían bien así que era un afortunado. Sintió un golpe y cuando volvió a la realidad vio al Quimba y a Baratija enfrentados los dos cuchillo en mano porque el Quimba le había lanzado los excrementos e hicieron blanco en el, volvió a asustarse pero notó enseguida que ninguno de los dos se movía hasta que el baratija bajó la cabeza, dió media vuelta y refunfuñando soltó a duras penas.
- asere te salvaste que no me dio en la cara ¡¡¡oiste!!!
Las risas, lo inundaron todo. Josef tampoco recordó haberse reído tanto ni por tanto tiempo, risas y mas risas reforzadas por Baratija amenazando al Quimba que si encontraba lo que le había tirado se lo devolvería de la misma manera, incluso amenazó con que le estaba doliendo la barriga y no podía ser mejor momento por tratarse de una venganza. Entre risas Josef vio su propio reflejo en el agua verdosa del mangle, porque ya el sol estaba repartiendo vida a los que les quedaba ese día. Y se dio cuenta una vez mas que era un ser humano, esta vez al mirarse, riéndose como cualquier mortal se aceptó un poco mas a si mismo y aceptó pacíficamente los cambios que se avecinaban dentro de él. Pronto volvió a sus meditaciones. Además la misión no había acabado, era necesario llegar con esa carne y los equipos de buceo a salvo hasta La Habana en un medio lleno de jaurías censoras, decomisadoras, vigilantes, guardias sedientos de usar su cargo, ladrones con uniformes y toda una fauna de sujetos que su mísera vida daba solo para hacer cumplir o defender un sistema que no se preocupaba ni por ellos mismos, se encomendó a lo que mas le parecía dios que era el alma del hermoso delfín y prosiguieron el camino entre risas con la esperanza de que aun faltando una de las partes mas difíciles del día de pesca, el día no hubiese sido en vano.