27 de diciembre de 2008

Josef y La Banda de Dick Turpin (part 11)



Josef daba vueltas sin más, parece que la vida terrestre no era tan fácil como parecía. Las losas del piso de su casa se revelaban en cada ranura o mancha, quizás cada punto de esto tenga su historia que valdrá la pena contar algún día. Bajó las escaleras de nuevo, esta vez con mucho apuro para alcanzar un sitio de meditación en un lugar agradable. Ya el día había avanzado mucho y la luz penetraba por los ojos aturdiendo la poca paz que quedaba en la cabeza de Josef. Estaba a acostumbrado a que sus días eran azules o verdes marinos y este día estaba siendo rojo, negro amarillo y de cuanto color se le había ocurrido a los vecinos pintar sus paredes o ponerse en ropas de todas partes del mundo y de todas las épocas. Faltaba el sonido del mar – si un día me alejo del mar creo que me muero- pensó Josef estremeciéndose de solo imaginarlo. La calle se podía cruzar con los ojos cerrados, el trafico nuca era abundante o rápido, además siempre había mucha gente obstruyendo la vía comprando, vendiendo, hablando y esa clase de cosas que hace la gente que vive donde hay mas gente. Volvió al contén, esta vez, había mas de diez suspirantes reunidos hablando de sus cosas, Josef prestó atención.

-¡Una fuente de tomate!- gritaba una mujer a manera de discurso, levantando el dedo amenazadoramente contra los que la escuchaban - ¡Te puedes meter todo el tomate que quieras mi chino!¡ y col….y lechuga! Pero nada de azúcar ni grasa… ¡yo me meto a diario to los platos de vegetales que quiero y miramee! ¡toy en la linea! Pero es que aquí siempre es el paaan… y el agua con azucar y el paaaaaannn y to lo frito que se pueda… tas engordando y lo que estas comiendo es mierdaa!!
Josef se conectó con otra conversación, esta ya pasaba a ser amenazante, además no tenía nada que ver consigo mismo cuando su madre cada día intentaba que comiera algo porque estaba casi en la piel y los huesos. En la otra esquina de la conversación estaba potaje, un tipo de barba, delgado y encorvado que también era alcohólico profesional. Habían muchos por ese barrio por una conocida ronera o piloto como le llamaban donde se vendía solo ron las 24 horas del día. Se acompañaban de una pequeña lata de cerveza que rellenaban constantemente de ron o un pomo (bote de cristal) de compota por el que se veía a través de una penosa transparencia el constante líquido amarillento de olor dulce que era el ron Santa Cruz que se vendía muy barato. Todas estas personas se pasaban el día ahí sentados en cualquier esquina hablando de los mas disímiles temas con la convicción de un catedrático. Les decían la banda de Dick Turpin, en ella también estaba Catarro que se merece un libro para el solo, Chávez el que sabe, Fuego, que siempre estaba contando historias trágicas de boxeo, Tomás el mecánico, Durdú, Chapotín el posadero, Simón, Verde el que se fue y viró y así incontables personajes de la picaresca callejera Cubana. Josef se fue acercando y trató de hilar alguna de las más de veinte conversaciones simultáneas que se estaban manteniendo en ese momento. Todas eran aseverando algo, dejando saber que tenían dominio sobre un tema en especifico. Todas eran muestras gratis de enseñanza y aprendizaje, por esto quizás pensó Josef que tal vez era buen momento para proseguir con su pregunta, y en cuanto pudo se la soltó a Potaje, el que parecía mas serio de todos.

- ¿Potaje? ¿De que se puede trabajar para vivir tranquilamente?

Hubo un silencio sepulcral, todos miraron a Josef de arriba abajo. Por suerte al conocerle desde niño, tenían claro que Josef no les estaba tomando el pelo, Simón ya llevaba buen rato recomiéndose por dentro, intentando dar respuesta a esa pregunta desde la madrugada de ese mismo día.
-Josef ¿Por qué no sigues pescando y nos traes esos pescaitos ricos que tu pescas y hacemos uno ahora aquí mismo?
- No quiero pescar más…… No voy a pescar más.
La mujer de la conferencia de dietética intentó romper el silencio – también puedes comer pescado, el pescado tampoco engorda lo que pasa que es muy caro y difícil de conseguir……- Pero se quedó sin respuesta, pasaron unos dos minutos de silencio y de pronto arrancaron todos a hablar sus respectivas ideas a coro pero sin ningún tipo de coordinación. La banda de Dick Turpin estaba generando consejos e ideas a cien por segundo. Josef se enteró de lo que realmente quería decir la frase tormenta de ideas, tanto fue así que se agobió de tanto ruido en todas las frecuencias posibles y amablemente se despidió rumbo al malecón con la certeza de que ya no se tiraría a pescar porque tenia en mente mas de cien consejos de cómo sobrevivir en la tierra firme dado por las personas mas sabias del barrio, esa gente que algunos pasan de largo y otros desprecian por vivir su vida como les parece mejor y como pueden, con sus propios medios aunque no sean los mas legales del mundo. Dio gracias a la banda de Dick Turpin y después de recorrer los escasos metros que le separaban de la costa del malecón de La Habana se sentó con los pies al vacío del salado muro, respiró el delicioso y alimenticio salitre y dio rienda suelta a organizar las ideas de cómo viviría y de que, a partir de mañana.

18 de diciembre de 2008

Josef y la tierra (Part 10)

Otro día más en la tierra. La Habana amanecía como siempre, propietaria de todos los colores del mundo entero. Era como para sentir un poco de vergüenza porque en ese momento una pequeña isla del caribe amedrentaba al mundo con una explosión de rojos y naranjas en un cielo inmenso que la superaba en tamaño con creces. Como si fuera la única manera de poder decir algo sin que los de la tierra pudiesen controlar el sentido de las cosas. Josef se había levantado de madrugada como de costumbre, como una maquinaria nueva y afilada. Pero no había tomado su escopeta. Tenía que luchar contra su adicción a la rutina y aunque a esa hora no tuviera sueño, evitar por todos los medios tirarse al frío mar de esas horas y cazar algo que nadase para sobrevivir era una prioridad. Decidió esperar, esperar en el lugar que la gente de su barrio usaba para esperar, donde se tomaban las decisiones del día y se consolidaban todos los pensamientos. El contén de la acera del barrio. Vió pasar en la cámara lenta característica de los lugares donde la gente espera, al panadero que por la madrugada se iba a trabajar, a los pescadores, a los que aun hacían como que trabajaban en empresas que hacían como que les pagaban. Por suerte la penumbra de los tupidos árboles de su cuadra le salvaba de la vista de los demás y así no tuvo que interrumpir sus pensamientos para saludar a nadie o inventar una conversación de esa hora. Los rojos del cielo seguían creciendo sin control y ya las escasas luces se iban apagando cuando llegó otro inquilino de espera. Un contén de acera de cualquier barrio se puede llenar de inquilinos de espera, esto es algo normal en un sitio donde no hay espacios para tanta gente que espera.
Primero que nada el ritual de sacudir infructuosamente el pedazo de acera del que vas a hacer uso, después sentarte con un suspiro. Josef observaba todos los comportamientos porque si iba a vivir de lleno en la tierra firme tendría que quizás pasar por persona normal o al menos desapercibido, era Simón, el negro chino del barrio, alcohólico profesional y con mas heridas que piel. Simón tenía una frase favorita y mas que nada tenía una sonrisa que le daba ánimos al moribundo. La vida de Simón era terriblemente simple, quizás hacer como que trabajaba en la construcción para conseguir alguna lata de pintura que pudiera canjear por alcohol y algunos panes para comer con azúcar en medio de una tormentosa resaca de desconocidas formulas alcohólicas que es posible hubieran ganado un gran premio en otros sitios al ser un combustible de alto octanaje o un disolvente de buenísima calidad. Pero para Simón era lo que echarse en el cuerpo en el diario luchar por la espera y la nada que conservaban como un tesoro todas las personas de ese sitio. La frase mágica era (tó ta ahí) que traducido al castellano del que hacemos y manchamos uso a diario quería decir mas ni menos (todo está ahí) esta frase iba acompañada de un dedo apuntando al sentido que no dejaba ver si era como un arma o un consejo, pero en realidad, pensando un poco todo estaba ahí, en ese sitio donde se teje la vida y la muerte de cada cual. En ese sitio donde nadan los recuerdos, las buenas y las malas acciones, el único sitio donde se es por momentos realmente libre o al menos donde se puede crear la ilusión de serlo. Simón terminó el ritual, se sentó y sin mas disparó una pregunta, los buenos días estaban de mas. Se daba por hecho que había buenos días porque estabas vivo, y sentado en un sitio de espera, no había que nadar, que sobrevivir, que huir, al menos por esos breves momentos.
- ¿Qué volá no te tiraste al agua hoy?
- Ya no quiero pescar Simón, la cosa está mala, además estoy un poco cansado.
- Cansado estamos todos, pero hay que seguir, a media maquina…tirando…
- ¿Qué haces despierto tan temprano?
- Vigilo a la jeva, que sale pal trabajo, tu sabes que a esta hora hay una pila de borrachos fulas por ahí que se meten con to el mundo y mi jeva no le puede pasar ná asere.
La jeva, era una mujer que era madre de muchos hijos de la misma edad de Simón, en su cara se veía el maltrato de haber luchado el doble de tiempo que él con las escaseces y los avatares de un sitio impredecible y salvaje, Simón la acompañó hasta la esquina, con un beso se despidió de la persona que en ese momento le daba el ánimo de decirle que lo quería. El ánimo era una buena moneda de cambio. En el sitio donde transcurre esta historia el ánimo es como la comida que escasea pero es bien recibida y fuente de energías, la madre de las energías para seguir luchando o al menos sobreviviendo. Por suerte, el ánimo aun no está en venta y te lo puede regalar cualquiera. Es de esas pocas cosas como los amaneceres que no se pueden controlar o matar, no se pueden ver para los que no tienen ojos nada mas que para el poder o el dinero. El ánimo ha logrado escaparse y salvarse de las guerras, de las tristezas, incluso de la muerte. Simón volvió al sitio de los suspirantes, de los esperadores. Profesiones venidas a menos después de de las perdidas de esperanza, pero que aun se aferraban a la vida y a mantener el espíritu de existencia de millones de personas que sueñan que quizás la vida puede ser mejor.
- Esta jeva es buena, me cuida como gallo fino – frase para indicar que alguien es muy atento o preocupado por algo, que hace las cosas bien, que es inmejorable.
- ¡Simón?
- ¡Dimelo!
- ¿asere? Que pincha (trabajo) es buena pá vivir con tranquilidad??
- La tuya asere…te tiras al mar… no le ves la cara a ningún jefe..y si se la vieras es porque se están ahogando y eso es bueno no??
- Si, pero en la tierra ¿Qué pincha es buena en la tierra? El mar ya no da ná.
- No se asereee….¿medico?
Eso es lo que nos decían nuestros padres, de grandes hay que ser médicos, o maestros. Eran trabajos respetables. No podía culpar a Simón por responderme según sus instintos. Cuando se está en un sitio donde las cosas no son como deben ser uno aprende a dejarse llevar por los instintos, mas que nada pone un piloto automático de respuestas aboliendo las que te pueden meter en líos y en esta cesta caben todo tipo de respuestas por muy absurdas que parezcan.
- No se asere… que clase de pregunta me has tirao a esta hora de la madrugá
- ¿Simón? Con que puedo ganarme la vida sin molestar a nadie, sin soportar a nadie, con mis manos, como en la pesca pero en la tierra…..
Simón quedó un buen rato, pillado por sus respuestas o sus ideas sin sabes que decir. Para el, Josef era un buen muchacho del barrio, de pronto se sintió como su padre. ¿Qué iba a decir? Hacer una acción diaria por dos panes y un poco de alcohol no era un buen ejemplo, pero quizás en lo mas profundo de su sabiduría popular o sus recuerdos podría hallar un buen consejo para Josef…..
Estuvo un buen rato en silencio, ese silencio del amanecer en Cuba cuanto todos damos gracias a lo que sea sin saberlo por llegar al otro día. Llegó la luz, el día y comenzaron a llegar los poncheros, los que arreglan bicicletas en el barrio, los que venden pan con algo que no se sabe en las improvisadas cafeterías del barrio. Tardó mucho tiempo Simón en responder. Nada se le ocurría. ¿Como ganarse la vida tranquilamente? Era una pregunta que estaba de mas en un sitio donde el contexto de esta pregunta era imposible. Como………..ganarse la vida…………….
Llegó el día esperando la respuesta, Josef se paró, se despidió y se fue a su casa. Simón se quedó sin respuesta. Pero juraba por sus dioses que le respondería. ¿Como sus años y sus heridas no le iban a permitir dar una respuesta a tan simple pregunta?
Se dio cuenta que vivía una vida sin respuestas, suavizada por el alcohol y la espera, esas drogas que inundan toda La Habana. Nadie lo sabe pero existen, incluso no lo sabe ni quien vive de ello.
- Mañana te digo Josef…………..
Dijo Simón y se quedó rumiando nombres de profesiones decentes con las que ganarse la vida, lo malo, que en todas ellas, había que hacer como que trabajabas, porque ellos hacían como que te pagaban.

10 de diciembre de 2008

Where the Hell is my head ó (Hace mucho frío en Madrid)

Estaba viendo videos de Where the Hell is Matt, y Para quien no lo sabe Matt es un hombre al parecer de muchos recursos que viaja por todo el mundo con un baile caracteristico. Ya cada vez nos muestra mas sitios donde la gente se une a él a bailar. Matt hace un buen material que hace sentir cosas al mas pinto o al menos eso es lo que me parece. Por lo demás hoy ha sido un buen día. No he trabajado (ya por eso es un buen día) He desayunado cafe con leche y galletas de dulce metidas dentro y me he puesto a ver la televisión cosa que nunca hago. Hay mucho frío, mucho frío y lo dicen todo el tiempo en todas partes. Es el tema de conversación. El sofá es una fuente de concentración, me gustaría viajar como Matt pero mi condición de no persona del mundo no me lo permite. Quizás si algún día dejo de ser lo que soy y me convierto en Europeo o Norteamericano pueda, pero por ahora no puedo. Para colmo trato mentalmente de ir a sitios por ahí y mi cabeza se va a los sitios que conozco, pasa el tiempo y cada vez soy mas incapaz de recrearme imaginaciones serias. La mente aprovecha para escaparse y aun así.....sigue siendo un buen día.

24 de octubre de 2008

Josef y los rayos de luz (parte 9)



Un día estaba jugando en uno de los tantos placeres de tierra abandonados por el barrio. Como cada niño de 8 años bastaba una rama y abrir un par de huecos en la tierra para entretenerse lo suficiente como para no apedrear los cristales de la casa del vecino o enredarse a golpes con los otros niños territoriales del barrio. Como de costumbre, al abrir un hueco sacaba las bolas de vidrio y las miraba a trasluz, no se imaginaba, ni por los cientos de veces que se había hecho la pregunta como alguien había logrado poner allí, dentro del vidrio esas aspas de colores, habían tres paletas, cuatro paletas, de muchos colores, pero ya el máximo era tener algún trofeo ganado en juego y apuesta que tuviera los colores distintos en cada aspa. Josef tenía una y nunca la jugaba, ni siquiera la sacaba a la vista de otros. Solo la observaba meticulosamente cuando estaba en algún sitio abandonado o solitario como este placer de la calle 24 donde al mediodía nadie iba por el fuerte sol que pegaba, que hacia salir vapores de los pequeños charcos de agua formada perennemente de alguna tubería rota por el sitio. También tenía lo que llamaban tirito, era codiciado por muchos niños pero a Josef no le gustaba. Esa bola no era transparente y a Josef le gustaba lo transparente. El tirito era blanco con algunas leves rayas de colores alrededor. A Josef le parecía más bien una bola de leche, un durofrío de bola o de plástico. Lo más lindo del cristal que era hacerte la ilusión de tener una pequeña gota de mar en la mano, era lo que mas le encantaba de las bolas, y las azules, las bolas azules eran ese punto mágico por donde te puedes escapar cualquier día, era como tener pequeños pedazos de mar en el bolsillo.



Cavando el pequeño agujero habitual donde irían a parar las bolas con destreza de pronto algo resplandeció hermosamente como si el sol hubiera caído en ese punto por unos segundos y hubiera dejado algunos rayos de recuerdo. Josef miró alrededor por si había algún testigo de lo que pudiera ser un hallazgo genial. Le encantaba encontrarse cosas. Encontrar cosas era como alimentar un sueño desde antes de tener uso de razón que lo guiaban por los senderos de la exploración, la curiosidad y la emoción de sorprenderse cada día con las cosas que le tocaban en la vida. Siguió cavando con más fuerza, el brillo era metálico, controló sus fuerzas al ver que el objeto parecía frágil hasta que lo sacó. Era algo como una lata, pero muy ligera, eso si con colores brillosos y dibujos extraños. En aquello se podía leer canada dry, Josef pensó que era una suerte de mensaje oculto pero al mirar en su interior solo encontró más tierra y después de abrillantar el objeto un poco con la mano se lo puso dentro de su camiseta para cruzar hasta su casa y examinarlo con detenimiento. Tenía muchos detalles que ver, así que recogió las bolas en sus bolsillos y corrió cuanto pudo a casa.
Al llegar, lo primero que hizo fue preguntarle al padre. El padre era sabio en todas las cuestiones porque leía muchos libros. Enseñó la lata con orgullo y el padre sin mas importancia le comentó – es Canada Dry un refresco que había antes que se vendía en laticas así. La simple respuesta dejó un poco anonadado a Josef. Como es posible que algo tan bello, con tantos colores fuera una cosa antigua, del pasado. ¿Acaso estaban degenerando los seres humanos? ¿Como es posible que hoy el refresco que hay en la escuela sea una botella tan simple sin la alegría de los colores? Bajó con su lata y la decepción en ambas manos, intentó mostrar su no tan importante descubrimiento a los demás muchachos del barrio. Hebert uno de los pocos que no tenía ningún apodo lo invitó a entrar a su casa, en una caja de cartón tenía mas latas como esa, o al menos parecidas, una azul metálica, una roja, una que tenía un hermoso caballo con un caballero y su armadura, otra que tenía un escudo. A Josef se le fue apagando la ilusión del día. Hebert le ofreció cinco bolas por esa rara lata que no tenía en su colección, con tristeza Josef aceptó. A veces las cosas que uno piensa que son grandes cosas no son mas que insignificantes pasajes diarios de la vida de cualquiera. Otras dejamos de ver gigantes momentos por el hastío del convencimiento de que nunca pasará nada con nuestras vidas. Quizás uno debe estar atento al brillo de cada cosa que se pasa por adelante y no cejar de cavar hasta algún día encontrar algo bueno y valioso de verdad. No es bueno rendirse y si uno se rinde lo mejor que puede hacer es no decírselo a nadie. A menos que estés convencido que siempre, siempre lo único que uno va a encontrar son absurdas laticas de bellos colores que pertenecen al pasado.



30 de agosto de 2008

Foto de recuerdo ó Puentes rotos.

Estaba navegando un poco con el Google Earth por mi barrio como siempre hago cuando vi que habían actualizado fotos, entre ellas la del puente de hierro que está abierto hace bastante tiempo porque no hay presupuesto para recuperarlo. Y no niego que me da escalofríos ver desde este programa lo que con mis propios ojos reconozco como mi verdadero hogar y mi casa. Me alegró .. o no se bien que sensación me dio ver fotos que poco a poco va subiendo la gente sobre Cuba, ese desierto negro de Internet. Desde afuera, entre nostálgicos y turistas van llenando ese gigantesco espacio de desinformación que es la mas grande de las antillas. Poco a poco se va viendo información en Wikipedia, videos en youtube, mas que nada hechos por los que estamos fuera o sacados del país en su momento.

Deleitando mi memoria con fotos mas actuales de las que tengo, encontré una que se merece contar una historia. Nada comprobable aunque así desearía que fuera. Es una historia que me contó mi padre, que le contó su padre y está relacionada con un viejo casco de barco que sale en una de las fotos encontradas en Google la cual me tomo el atrevimiento, previo comentario a su dueño de ponerlo en este blog.

Se llama El Criollo.

Trataré de armar los pensamientos ya que los pedazos que quedan son breves y gracias a esta foto no desaparecieron del todo con las malditas Coca-Colas del olvido que se toma uno aquí a diario.
Me pongo música… me pongo las fotos.. mi memoria esta dormida y solo se levanta a comer, trabajar, soñar un poco y esperar al otro día. Vamos memoria haz algo….



Parte 1º
Empiezo con un nombre: Thornwald Sánchez.

Cuentan que era un americano de ascendencia española amante de la navegación y de Cuba. Construyó una Base Náutica en la que trabajó mi padre más de 20 años, después trabajé, yo, mi madre y hasta mi hermano en alguna ocasión. Cuenta mi padre que le cuentan que Thornwald tenía los dos barcos más rápidos de Cuba y Centroamérica. Uno tenía su nombre Thornwald Sánchez y el otro se llama Criollo que es el que sale en la foto.
La base náutica que fue su propiedad hoy está destrozada, la visité en mi ultima estancia y casi lloro al ver como se hunde esa parte tan hermosa de mi vida, de conocer el mar, de aprender a nadar, a pescar, a navegar a vela, que es esa tremendísima espina que tengo clavada en el seco Madrid.
Por artes del destino y por cosas que sabemos en el año 1959 Thornwald Abandonó Cuba para siempre. Su sueño se quedó hecho la base del INDER Dionisio San Román en la parte de Miramar del puente de hierro y su barco preferido que llevaba su nombre fue rebautizado con el nombre del Zargaso que no se porque se ponía con Z, debió ser algún error de inscripción o algo por el estilo. Pues bien, al cabo de muchos años, por esas vueltas que da la vida mi padre después de trabajar en un montón de sitios vuelve a caer en la Base Náutica y esta vez como patrón del barco velero Zargaso porque su anterior Capitán de nombre Jaime, no recuerdo mas, era un viejito muy mayor y ya se jubilaba con tristeza abandonando lo que había sido su vida entera a bordo del barco mas rápido de Cuba a la vela. La primera vez que me subí al Zargaso tendría yo unos 10 años, sentí esa sensación de que llegas a un sitio que se quedará contigo para siempre. Mis pies descalzos hacían honor a cada tabla que pisaban ya que el barco era enteramente de madera. Paradójicamente la gente que conocía la historia siempre se burlaba un poco en broma de mi padre porque el Zargaso siempre había quedado en segundo por detrás del Criollo en todas las competiciones deportivas. Muchos años duró la restauración de tan precioso modelo. Madera por madera, aparejo por aparejo. Conseguir las cosas relacionadas con un deporte de ricos es imposible en el medio en que vivía el abandonado líder marino. Pero poco a poco se pudo hasta que llego un día en que salió a navegar y por supuesto, yo con el.
Mariano Valdés Cunill era el nombre del marinero que junto a mi padre desperezaron el dormido monstruo del lecho del río Almendares y lo hicieron moverse con todas sus toneladas de plomo en la Orza una tarde de verano. Recuerdo claramente como me vestí para la sublime ocasión, incluso me robé el reloj de mi hermano mayor. Un poljot soviético dorado que había costado la astronómica cifra de 123 pesos en el ten cent de 23 y 12 por aquella época. Yo no tenía reloj, era un regalo de fin de curso y mi fin de curso como siempre, había sido pésimo, por los pelos, como es de mi estilo.
Con Mariano Valdéz Cunill (marinero) Mi Padre "Pipo"(Patrón) a bordo del Zargaso. A mi lado mi madre y las demás personas creo que eran del ICAIC.

El pesado barco, pintado meticulosamente de blanco impecable, lavado tantas veces el río lo manchara con su contaminación comenzó a crujir las jarcias y cortó el agua con timidez de adolescente mientras estuvo en lugar mirado por todos. Salir con este barco, era un espectáculo porque había que abrir el puente que en aquel tiempo funcionaba. El estar bajo las miradas de todos los transeúntes me hacia el niño mas feliz y orgulloso del mundo, se que todos ellos o al menos la mayoría darían lo que fuese por estar en mi sitio. Mi sitio era el timón, mi padre me había enseñado lo suficiente como para con diez años hacer una navegación de cabotaje segura a cualquier puerto de Cuba y el me dejaba, se ponía con Mariano a desenredar cabos, a enganchar las velas, a tirar de los molinetes y trinquetes. Mi trabajo era solo llevar el barco por camino seguro y velar que la tosca botavara de unas 80 libras de peso no me golpeara la cabeza.
Ver el sitio donde vives desde un ángulo distinto es algo alucinante. El malecón no parecía distante ahora que yo estaba en el medio de la desembocadura. Todo era pequeño. En todo el recorrido por la orilla la gente se quedaba congelada mirando a tal reliquia moverse por si misma tan lentamente como si se pensara cada metro. Supongo que si las cosas tienen alma, el Zargaso o el Thornwald Sánchez estaba orgulloso de si mismo, de sobrevivir a generaciones, de ver el río pasar, de ver la vida pasar. Por los años que habían pasado quizás Thornwald ya no estaba entre nosotros, pero me hubiera gustado verlo y decirle que su barco era genial, que era fuerte, majestuoso, orgulloso y sobre todo un sobreviviente como casi todo lo que me rodeaba a partir de los sucesos que pararon el tiempo desde que yo nací. Todas las fantasías de piratas, abordajes, batallas marinas fueron subiendo al compás de las velas que ya los tripulantes subían con toda la energía de sus brazos a una velocidad como si algo se estuviera quemando. Se notó el cambio de agua sucia del río al agua cristalizada del mar Caribe, tan transparente que se traga los rayos de sol hasta el infinito y por mucho que te dejes la vista buscando donde se acaba siempre aparece mas profundidad. La espuma empezó a darme en la cara y dios o lo que sea envió unas fuertes ráfagas de viento que hicieron saltar todo el equipo como un disparo ladeándose peligrosamente por las cientos de toneladas de empuje en unas gigantescas velas cosidas, remendadas y recuperadas por el mallorquín de Santa Fé, dios de los veleros, único hombre en La Habana y quizás en Cuba que cosía velas casi desde el principio del siglo XX.

Fue impresionante ver como la proa cortaba con furia descomunal las olas que venían como tontas a su encuentro. El Zargaso crujía, rechinaba, pero con la misma un empuje y otro cada vez mas rápido, cada vez mas enérgico como si miles de espíritus lo empujaran frenéticamente para tratar de llevárselo por siempre de su triste y enlodada prisión en una abandonada orilla del Río mas sucio de Cuba entera.

A la tarde entró con vergüenza a su sitio de nuevo. En silencio lo amarramos. Recuerdo que mis manos apenas podían anudar bien los gruesos cabos de amarre y eso me desesperaba un poco. Me salían ampollas y quemaduras de intentarlo una y otra vez. Mi padre me miraba y se reía como orgulloso y yo por dentro también me reía aunque por fuera blasfemara todo lo posible como un buen pirata o marino debería hacer en situación parecida.

Parte 2º
Nueve años después.

Con diecinueve años ya el zargazo me había visto fumar en su camarote, emborracharme, llevar a los amigos a que “vieran un barco por dentro” a las amigas y a las no tanto amigas las cuales les parecía algo del más allá hacer “cosas” dentro de un lujoso barco velero. El Zargaso era mi casa y cuartel, nunca que yo recuerde me alejé de el mas que los dos kilómetros que había de distancia hacia la otra casa, la de tierra firme. En mi barrio apenas me conocían porque yo apenas llegaba algunas noches y salía muy temprano. El INDER le encomendaba a mi padre trabajos con este barco a cambio de algo de salario, pintura y algún que otro poco de combustible para su desvencijado motor Perkins ingles de renombrado espíritu. También en el pescábamos y manteníamos algo la proteína casera. Entre los trabajos recuerdo que era dar clases de navegación, pesca o buceo a los alumnos de la Escuela Superior de Licenciatura de Deporte Manuel Fajardo mas conocida como la mariposa por su diseño arquitectónico que aun esta en pie detrás de la Ciudad deportiva. Otros trabajos que hacíamos era dar apoyo a eventos deportivos como la competencia anual de pesca deportiva Ernest Hemingway que se hacia una parte en Cojímar y la otra en la Marina Hemingway llamada por aquellos tiempos antes de la explosión turística Base Cubanacán.
Un día llegó un trabajo especial. Apoyar llevando los jueces de unas olimpiadas no recuerdo cuales, en las competencias de vela. Esto era en la Academia Naval de la Marina de Guerra en el poblado de Baracoa al Oeste de La Habana donde hoy está la escuela Latinoamericana de medicina. Cuando entrábamos por ese río para atracar en los muelles de la marina mi padre y mariano, se quedaron petrificados. Sentí unas vibraciones extrañas a lo largo de todo el cuerpo. Si las cosas tienen vida, y creo que la tienen o al menos algún tipo de energía, yo sentí al Zargaso encogerse sobre si mismo, sus cables acerados se destensaron lo suficiente como para que yo supiera que algo estaba pasando. Intenté seguir con la vista el objetivo que no dejaban ni un segundo mis dos compañeros de navegación hasta que mi padre habló.
- El Criollo- dijo en un susurro como si se destaparan sus pensamientos. El Criollo estaba ahí, en el río Santa Ana, majestuoso, agresivo, poderoso como un animal dueño de su reino. No hubo más palabras porque lo sentí todo a través de esas energías que te hablan y uno nunca sabe de donde. Era un encuentro con sabor a venganza.

Cuando amarramos vinieron unos marineros vestidos de uniforme a ver el barco nuestro, eran reclutas o militares de bajo rango. Sin ningún tipo de respeto al menos por los dos viejos que componían la tripulación se empezaron a reír en nuestras caras porque sabían la historia del Criollo y del Zargaso. Estábamos en un perdedor por mucho cariño que le tuviéramos. Yo me bajé al muelle y me acerqué al Criollo. Si, era de la marina de guerra de Cuba. Un hermoso mástil de aluminio moderno relucía con sus trinquetes niquelados al lado de los nuestros color bronce y verde sulfatados del viejo salitre y manchados todo alrededor como si llorase oxido y tiempo de vejez..
Miré al Criollo como se mira a un traidor, era exactamente la copia rejuvenecida de nuestro barco, pulida por cientos de reclutas esclavizados con un falso orgullo por algo tan ajeno como un maldito barco militar, tenía ganas de escupirlo pero me hubieran dado una paliza ahí mismo. Mi padre se me acercó silenciosamente y me puso la mano en el hombro –eso es postalita nada más- murmuró con tanta seguridad que aplastó mi rabia y me sacó las risas de donde no había - Le han puesto un mástil muy ligero y moderno pero sin saber le han descompensado el equilibrio exquisito con el que fue construido por carpinteros de Santander. Muy ligero de arboladura, como todo lo que le quitaron no se lo hayan cargado en la Orza no son nadie, no son nadie.

-¡A las 4 cuando se acaben las competiciones voy hasta la bahía de la Habana y tu hasta el Río Almendares, podemos probarlos!- Gritó el capitán del Criollo desde lejos quizás porque oyó lo que mi padre me decía. Mi padre no tardó una centésima de segundo en asentir, la sangre de marino se desbordaba hinchada en adrenalina mientras los gemelos Zargaso y Criollo se miraban con odio. Ese día mi padre no asistió a su trabajo, se quedó dentro del puerto Santa Ana probando velas, revisando cabos, atando jarcias. Me hizo izar y bajar mas de diez veces el Genovés, la Mayor, el Foque. Mi agilidad de aquel tiempo me permitía andar por los cables del mástil revisándolo todo como un mono en un circo. A las cuatro menos cuarto un barco con tres hombres encima, pintado de blanco con pintura barata y tornillos enmohecidos salía con furia controlada a un punto de mar afuera donde esperaba un barco enteramente barnizado, pulido y encerado, con una tripulación numerosa de jóvenes inexpertos pero locos por burlarse de sus viejos oponentes que no eran mas que un señor de 64 años, mi padre de poco mas de 50 y yo de 19 años.

El viento había arreciado como prestado a tremendo circo. Las nubes habían ocultado el sol y las pequeñas crestas de las olas se vaporizaban formando pequeños y efímeros arco iris que no dejaban verse por la tensión y la concentración reinante. Mi padre me dio una bengala. Los marinos del otro barco estaban cada uno en sus puestos y recibiendo órdenes como alaridos de una bestia diabólica y agonizante. En nuestro barco había silencio total, cada uno sabía exactamente lo que tenía que hacer y si faltaba una orden era dada más que nada como un consejo a base de miradas. Mariano sacó de un compartimento casi secreto una oxidada brújula compás y la puso en su sitio histórico delante del timón, no sin antes con unos trapos negruscos retirarle la grasa de conservación en la que estaba envuelta. Todos en sus sitios.

Por un momento el viento hizo una pausa, o quizás yo dejé de sentirlo, o formé parte de él... Mirada.... Desenrosqué suavemente el tapón de la bengala y con un fuerte tirón reventé aquel artefacto. Me gustaría haberme detenido a mirar de qué color era pero no fue posible, las chicharras de los trinquetes empezaron a moler el silencio desesperadamente y tuve que agarrarme como pude al timón del Zargaso. Brioso, dio un salto ladeándose hasta que le entraba agua por la borda con una corriente brutal que arrastraba todas las cascarillas de pintura que no estuviesen bien pegadas a la cubierta. Nunca vi tanta velocidad en ese barco. Todo el conjunto rechinaba, gemía y crujía en una horripilante orquesta de maderas y cables de acero dolorosos. No me atrevía a mirar a la izquierda. Si perdíamos no quería verlo. Solo miraba adelante y a estribor de donde venía el viento. Las velas casi mencionaban el nombre de su creador con tanta tensión. Toneladas de madera y plomo más unas descabelladas esperanzas de cumplir un sueño que duraba más de 20 años, llevado a cabo por generaciones ajenas al origen, llevaban la mole marina como podían. Me di cuenta que ni mi padre ni Mariano miraban tampoco al contrincante y se habían dejado de sentir las voces y los alaridos quizás desplazados por tanto ruido de viento explosivo pujando por ver quien era mas fuerte.
Íbamos al este, pero el viento venía del este. Así que estábamos navegando viento en contra y había que orzar varias veces porque en contra del viento se navega en zig-zag, al grito de ¡¡¡¡¡¡¡ORZAAAAAAARRRR!!!!!!! De la ronca voz de Mariano se desataba una coreografía para hacer un cambio de ataque del viento, dura unos tres segundos pero es decisivo para ganar tiempo a los mas inexpertos. La costa iba variando rápidamente en lo que nos acercábamos al punto de decisión, la desembocadura del río Almendares. Por la orilla pasó a toda velocidad Santa Fe, Jaimanitas, La Concha, Ya estábamos a la altura de Miramar cuando nos atrevimos a mirar al contrincante y este estaba unos metros por detrás, pero solo unos metros y eso no es nada así que se cazaron más las velas hasta sentir que saltaban las costuras como para rematar al perdedor. Cada trinquete avanzó unos tres dientes mas con la consabida música de reloj antiguo. Algunos cabos soltaban humo al deslizarse por los molinetes y se sentía algo de peste a quemado. Casi el río, casi el río Almendares, ya nos dedicamos a mirar descaradamente al gemelo barnizado y arrogante que nos quería poner en ridículo. Contábamos la distancia por las calles de la tierra, la entrada del río estaba en calle cero e íbamos por la 70, 60, 42, calle 10, teatro Karl Marx………

Se escuchó un grito de terror, era Mariano arriando las velas y mi padre tratando de tensarlas. No entendía nada. Forcejeaban uno y otro por hacer lo contrario, mi padre empujaba a Mariano y Mariano no soltaba la manivela del trinquete. Amarré el timón con una pequeña cuerda disponible al efecto y me lancé hacia la proa a ver que pasaba. No entendía los gritos, mi padre me miró con los ojos enrojecidos y me gritó que cazara las velas a toda costa en lo que Mariano me gritaba que no, vi en una fracción de segundo al criollo adelantarnos limpiamente y poner proa vencedor a la bahía de La Habana. Por un momento odié a mariano, lo odié tanto hasta que vi como se le aguaron los ojos y empezar a llorar, las velas se soltaron solas y flameaban con histeria, entonces fue cuando me di cuenta que el mástil se había rajado a todo lo largo y estaba a punto de desplomarse con todas sus toneladas de madera sobre la cubierta. De no ser por mariano quizás hubiéramos perdido todo, nos hubiéramos hundido ahí mismo desde el momento que la columna avejentada del titán hubiera cedido un milímetro más. Recogimos todas las velas sin perder de vista la peligrosa e inestable mole de madera que chirriaba herida de muerte con el vaivén de las olas y con el pequeño motor inglés llegamos a puerto y amarramos en silencio.
 Al año siguiente me cogió el servicio militar, a mi padre, quien mas nunca pisó el Zargaso le comunicaron en mi casa que se había hundido una madrugada de mucha lluvia, de esas que suele haber en verano. Me escapé de la unidad y fui a verle. Solo se veía la parte del mástil herido que quedó fuera del agua. Ahí, a escasos metros del puente de hierro se dejó vencer del todo por los años, cayendose sin resistencia sobre el fangoso fondo que engullía sin tregua todo lo que se dejase tocar por el . Las sucesivas tormentas y crecidas de río terminaron por romperlo del todo y sepultarlo para siempre. Se donde yace, se donde ha muerto. Por mas que intenté recuperar la documentación para sacarlo a flote entre los amigos no pude porque al estar al servicio del INDER y entrar en calidad de naufragio una persona se adueñó de el. De nombre Rafael Mesa si mal no recuerdo, profesor o creador del grupo de Buceo Barracuda. Por más que quise comprar o conseguir los papeles del barco nunca lo logré. Lo mas que me ofreció era que yo lo sacase y me dejaría ser marinero del mismo. Pero no accedí a esto.

Hoy veo esta foto del criollo y me ha removido de adentro toda esta historia, máxime que el criollo ya no esta en la marina de guerra como parece, ha perdido el barniz y esta lleno de chapuceros remiendos. No tiene nada de arboladura y se ve que le queda poco. Ese barco de madera, ese exquisito barco de madera que no fue atornillado por cuestiones competitivas y de peso, sino atarugado y encolado con manos maestras esta ahora en su lecho de muerte y por una paradoja del destino. Como para despedirse o para unirse a su hermano gemelo esta actualmente como muestra esta impresionante imagen a escasos metros donde yace el Zargaso en una tumba olvidad en el fondo de un río contaminado y triste de La Habana Cuba.


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Fotos de Google earth:

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8 de agosto de 2008

El Relojero.





No se de donde salió. Los pelos blancos que le caían hasta los hombros de su saco ennegrecido por el tiempo y el uso le daban un aire mágico digno de las películas de Walt. La voz le acompañaba, ronca y gastada como toda su apariencia sin darle ni el más mínimo descanso de hacer sentir viejo todo lo que le rodeaba. Su olor era terrible sin embargo tenía un valor para la sociedad de la pequeña barriada a la orilla del río Almendares. Era el relojero.
En los días en que lo vi venir por vez primera había algo de frío, pero la inmensa actividad de alguien de 11 años hacía que no necesitara abrigo e incluso me burlara del deseo que tienen los cubanos de que venga un poco de frío para sacar esas camisas de mangas largas y esos abrigos abandonados en la maquina del tiempo que llamamos escaparate.
Este señor venía encorvado. Interrumpí mis juegos diarios para mirarle, daba miedo, y mas miedo dio cuando lo vi tomar rumbo a mi casa, tocar en mi puerta y que mis padres lo recibieran con alegría. Abandoné todo lo que estaba haciendo para ver quien era ese extraño sujeto y aproveché la más minima oportunidad de preg
untar, pero la respuesta era mi madre sonriente que venía con las manos llenas de relojes. Unos despertadores rusos marca vityaz, un poljot de mi hermano que se le había roto el cristal, un raketa mío que me había regalado el esposo de mi abuela en mi cumpleaños y que por eso le habíamos apodado el mafioso. Poco me duró el reloj. Yo pasaba mas tiempo debajo del agua que fuera de ella y todo lo que tuviera en esta vida tendría que ser subacuatico o pescado. El reloj de mi tío abuelo el mafioso no lo era, ni aunque me lo asegurara con todos sus relucientes dientes de oro y sus gafas de matón batistiano.

Con manos temblorosas desempaquetó de una pequeña toalla que quizás alguna vez tuvo algún color definido unas herramientas muy pequeñas y un lente que se pegaba en el cristal de unas gafas tan rayadas que no se sabe que vería por ellas. Mi madre le limpió la mesa meticulosamente de las pequeñas migajas de pan que siempre quedaban del desayuno. Yo las dejaba a propósito, cada vez más grandes. Los gorriones entraban planeando entre las persianas sin tocarlas y con incalculable maestría cogían rápido las pequeñas partí
culas de pan y se iban con la misma. Yo los miraba y me preguntaba como podrían manejarse a sí mismos tan rápido y no chocar contra nada en ese vuelo desenfrenado y rápido. También le improvisaron una lámpara a pesar de ser completamente de día y soleado con unos cables y un bombillo de los amarillentos, esos que uno desea que se fundan a ver si cambia la luz o al menos la oscuridad te trae un sueño mas interesante que el de ver como pasan los días sin mas ningún aliciente que soñar a todas horas y con todo lo posible.
El primero que revivió fue el Vityaz. Su estruendoso timbre despertador rompía toda posible concentración en cualquier cosa de este mundo. No obstante la pequeña sonrisa que se vio en la cara del relojero que hasta ahora apenas hablaba iluminó toda la pesantez del ambiente. – Ya funciona- dijo con orgullo paternal y le dio cuerd
a con una energía asombrosa para una persona de la edad que parecía. Cuando me volví estaban casi todos los vecinos mirando, como era de costumbre habían entrado a mi casa que siempre tenía la puerta abierta y se habían quedado prendados del oficio de hacer latir a una pequeña caja de piñones y cuerdas.

- Deja ver- pregunté irrespetuosamente como preguntan los niños antes de enterarse que hay formas de comportarse según el hombre civilizado. Miré dentro de la maquina y vi el latir de muelles y ruedas. - Jamás entenderé porque funciona esto -, m
e dije a mi mismo y salí corriendo a recuperar mis juegos como si por lanzarme por la escalera saltando de diez en diez los escalones me pudiese llevar al mismo segundo en que dejé el interesante juego de las aventuras de Enrique La´Garder en el cual no me sabía el nombre de mi personaje pero repartía una espada con un pequeño cuje de guayaba que todos temían menos uno de los malos que tenía un pedazo de palo de escoba que también dolía cantidad cuando te atizaba en los dedos o en las canillas.
Al poco tiempo salió el viejo de nuevo, aún había gente esperando e
n los portales para que mirara sus relojes, el se limitaba a dejarlo para mañana. Cada persona le pagaba entre cinco y treinta pesos lo que era una fortuna por aquella época. Nos pasó cerca de nuestro terreno de juegos y con su mano protegía la sagrada toalla llena de manchas que contenían sus herramientas. Uno de los niños mas pequeños se le quedó mirando sin mas, el relojero intentó con una sonrisa tocarle la cabeza pero el niño retrocedió con espantada velocidad – ¿por que tienes tanta peste? – Le gritó como si se quejara. – Porque en mi reino- Respondió calmadamente y con una leve sonrisa – Todo lo lindo lo vuelvo feo para que nadie me lo quite. Así mi peste es el más caro de los perfumes, mi ropa, la más distinguida de las sedas y mi oficio…el más importante para que el mundo sepa que ya es tiempo de soñar.
- Este esta borracho también -, pensé yo, acostumbrado a la venta de ron en la esquina de 26 y 11 donde los beodos se arrastraban por el piso después de una jornada etílica digna de una película de guerra y hoy, mas de veinte años después, cuando se me rompió la manilla del reloj y se me cayó al piso recordé esa escena. La mente me juega malas pasadas. Me trae, en la monotonía del día a día recuerdos que no tienen porque estar ya conmigo y me los hecha en cara como si estuviera haciendo algo mal o algo malo. Me hace sentir culpable y lo peor de todo, no hay forma que me deje echar raíces en el sitio donde estoy.
Es tiempo de ir tejiendo un viaje a la tierra que me vio nacer.

4 de julio de 2008

Insuficiente adiós al Plátano


Enviado desde el Centro Pablo centropablo@cubarte.cult.cu


Pocas palabras llegan con la sorpresa. Un silencio largo hace que las imágenes pasen como en un cine, mientras trato de acomodarlas en la mente ante la noticia: “Se murió el Plátano”
Con sus tantas historias a cuestas, sus poemas lúgubres y cercanos, sus dibujos y pinturas, sus fotos (las ciertas y las imaginadas), el Plátano nos ha dejado con el misterio de su ausencia repentina e inexplicable. A todos nos parece mentira. De voz en voz pasa el asombro como una epidemia que cala en el pecho y nos hace mirarlo nuevamente. Tal vez nunca supo, que él también quedó plasmado en las fotografías que hacemos de nuestras propias vidas. Interpuesto entre la mirada y el escenario, trató de hacer nuestro mejor retrato y tal vez lo logró.
El olvido es la peste de nuestros tiempos.Y es que hemos perdido nuestro espejo en esta ciudad que cada vez se mira más en las vidrieras ajenas y menos en sus propios charcos. Cuántas veces habremos seguido de largo ante la viejita que cuida el baño, el señor que revende el periódico o el triste amolador de tijeras. Este hombrecito, aparentemente breve, es el más auténtico símbolo del ciudadano común, del transeúnte real, sin barnices de riqueza ni perfumes de gloria.
Se entregó como un devoto a pegar nuestros afiches en cada superficie posible, bajo amenaza de multas; a repartir como un niño en plena fiesta los volantes de conciertos y exposiciones. Murmuraba noticias y anunciaba el más mínimo rincón de arte como quien grita un evangelio en medio de la sordera nacional. Mal pagado centinela de nuestras aspiraciones, público fiel y alentador de los más nuevos.
Su muerte nos conmueve y su historia nos compromete a recordarlo con justicia. Plátano nuestro de cada día, nos aburríamos de oírte y ahora mismo te pedimos un discurso más, un par de palabras que anuncien, por lo menos, cuanto vas a tardar en regresar.
En esta era digital, petrolífera y desmemoriada no podemos hacer menos que estar orgullosos de haber estado alguna vez cerca de ti. Te decimos adiós desde cada guitarra, desde todos los escenarios donde se siga subiendo este canto valiente y masacrado. Desde nuestras soledades camufladas y nuestras miserias inconfesas. Desde nuestra cordura convenida y nuestra limpieza aparente.
Ningún adiós es completo. Con tu partida nuestro ejército ha sido diezmado, pero tu recuerdo nos acompañará en la última carga.

Ariel Díaz
(Miércoles 18 de junio de 2008,1:05 am)
Centro Cultural Pablo de la Torriente BrauCalle de la Muralla No. 63, entre Oficios e Inquisidor, La Habana Vieja, Ciudad de la Habana, CubaTele-fax: 537 8666585Correo electrónico: centropablo@cubarte.cult.cu
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No hay adiós que valga
Pues si señores. Ah muerto el plátano. ¿Que decir de el? Yo no lo conocía, sin embargo por esos encantos que tiene La Habana me crucé con el un montón de veces y su estilo cuidado para ser visto funcionó a la perfección en mi. Después me enteré que vivía como todos nosotros de la ilusión, así que se convirtió en un compañero anónimo de tribulaciones habaneras. El plátano acaba de darme un manotazo en la cara, y si es posible nos lo ha dado a todos nosotros. Por eso no se merece ningún discurso de despedida. El plátano es uno de esos que tiene una entrevista pendiente conmigo, una foto, una conversación y se ha ido sin más. No, no se ha ido al norte, tampoco a Europa. El plátano no es de esos. No lo veo yo trabajando en un lugar frío y monótono durante los siguientes años de su vida. No lo veo dando vueltas por los blogs cubanos buscando ese atisbo de recuerdos que nos alimenta a muchos o generando ideas de futuro para una nación cancerosa con utópicas intenciones. El plátano era más de pegar carteles de conciertos o pegarle una muela al que sea con tal de hacerse oír un poco. No le pagaban esos trabajos siquiera, nadie sabe como alimentaba su cuerpo físico o su sonrisa relajada en medio de una inmensa tormenta. Se ha ido donde el Bola, o el Caballero de París, se ha unido a las legiones de locos soñadores de la triste y pequeña ISOLA de Cuba y aun así nos ha enseñado que estamos perdiendo el tiempo, que nos hemos hundido en la posposición y la impotencia. Impotencia que nos esta llevando por la fuerza a apartarnos de lo que somos sin resultado ninguno mas que esa pena que llevamos dentro de haber dejado nuestra casa. Bienaventurados aquellos que logran desprenderse de sus raíces y pueden mirar adelante sin más. El plátano no era de esos. Se va sin mas pertenencias que su roída cámara rusa de fotografía, o sus intempestivos panes con croqueta de la pelota de 23 y 12. Adiós plátano. Ya nos veremos, le debes una entrevista a mi cámara cansada.

El yoyi 05 de Julio del 2008 04:16 am Madrid.

24 de abril de 2008

Luzbrillante

Era como le llamaban al keroseno. Quizás como muchos nombres venia de la marca de algún proveedor o negocio en específico, pero en Cuba sabemos lo que era. Combustible. El mismo de alumbrarse con aquellos faroles que daban por un rato una romántica luz obligatoria hasta que se tiznaban y se quedaban en negro. Donde veíamos las pocas libélulas deprimidas de la ciudad oscura buscando un instante de paz en la deseada pero mal compartida luz de la Isola.
También era el olor característico de algunos hogares. La (pike) que era como se llamaba la incendiaria cocina cubana lo quemaba sin descanso para cocinar las pocas raciones o a veces como mucho para calentar agua ya fuera de bañarse o hervir para tomar. La pique era mortífera. Nunca me dejaron andar en ella. Un crisol de carburantes y combustibles fatales como el alcohol y el diesel refinado llamado a veces lubrillante eran su fatídica mezcla, un mecanismo atroz y despiadado de gasificación digno de una maquina de tratamiento de asfaltiles para hacer calles más que para cocinar comida en pequeños hogares.
La botella de Luzbrillante era relativamente barata. No recuerdo bien, 20 centavos o algo así, aunque en el mercado negro (todo lo escaso tiene su mercado negro) costaba uno o dos pesos según fuera para lo que lo quisieras y la cantidad que compraras. La luzbrillante tenía un sentido especial para mí, y esta noche en uno de esos sueños raros que estoy teniendo constantemente he tenido uno con una botella de Luzbrillante de centro. No es raro, tengo la cabeza llena de recuerdos escabrosos que traen sueños y sensaciones de ese tipo todo el tiempo. Lo llaman trauma, yo lo llamo vida.

Al despertar como es costumbre me quedé un rato meditando sobre lo que había soñado, acostumbro a hacerlo con la esperanza de que un día se encuentre el porque de los sueños, pero nada. Empiezo el día con estas preguntas vacías que llevo arrastrando por años como asignaturas suspensas. Solo me limito a verificar de qué parte de mis recuerdos salen estas imágenes y por suerte siempre encuentro. Tengo la conclusión propia de que los sueños de nutren de los recuerdos, las experiencias y cuando a veces necesita generar una imagen que no tenemos lo intenta pero tan terriblemente mal que en el mismo sueño solemos darnos cuenta que es un sueño y la experiencia no pasa de ahí. De un cerebro que a duras penas intenta crearte unas vivencias que aparentemente no tienen ningún sentido.

Lo que soñé no tiene importancia, por ahora, aunque pudiera resultar gracioso. La mayoría de los sueños lo son, Incluso los sueños terribles. Me da la risa en la mañana al ver como mi propio cerebro ha intentado o ha logrado engañarme a mi mismo. Es una batalla absurda que siempre ocurre y disfruto. Es como que hay alguien mas ahí y no estoy yo solo con mis pensamientos. Por eso es que agradezco tener un horario que me deja levantarme con toda la calma del mundo, meditar, recordar y después en su momento ponerme en funciones. Los días que me tiro corriendo de la cama para hacer cosas obligatorias y no me detengo a meditar sobre algo, son días terribles, días en que me siento como un mecanismo llevado por una sociedad a no pensar, a no meditar. Solo a comer, respirar y trabajar. La historia del Luzbrillante o la Lubrillante como prefieran, la hago otro día a continuación de esta.

27 de febrero de 2008

A Tarará, La ciudad de los niños.










Mi escuela se llamaba o se llama Vicente Ponce Carrasco. Más conocida como el fanguito. Era una escuela bastante regular aunque su fama señalaba lo contrario. En esa escuela comencé a sentir por primera vez que estaba en un lugar donde decidían por mí. Me refiero con lugar a un país entero, que quede claro. ¿Pero en que país no deciden por las personas? Creo que si un día se dejara de decidir por las personas ya se llegaría a la verdadera democracia aunque quizás rozara con el caos. No me queda claro que quiero realmente, si un sistema que decida de buena fe por nosotros o que todos decidan de manera independiente su forma o método de vida aun con leyes que no interfirieran las libertades de unos con los derechos de los otros.
El caso es que me viene a la mente hoy por unas fotos que se cruzaron en mi camino que nunca fui Tarará, la ciudad de los niños ¿Cómo explicarlo?
Por mas que pregunto y pregunto, toda la gente que me rodea de mi generación y las anteriores fueron a Tarará. Todos recuerdan un funicular, los yogures de fresa, la playa. Yo no. Desde tercero me hubiera encantado ir pero siempre me frenaba una frase que se cruzó en mi camino casi hasta hoy día. Tu no te lo mereces ¿Qué había que hacer?
Ser combativo, disciplinado, aplicado, tener buena asistencia………traducido, yo nunca iba a ser nada de eso, la escuela para mi fue una inútil perdida de tiempo aunque sacaba buenas notas por leerme los libros y estudiar por mi cuenta pero estar sentado en un recinto lleno de gente que les daba vueltas la cabeza no era en lo mas mínimo mi interés por eso quizás nunca me merecí Tarará, hasta un día.
Un día que no recuerdo, me mencionaron en una lista de alumnos que iban a ir a Tarará, No porque lo mereciéramos según dijo el profe, sino porque nunca habíamos ido. Era solo un fin de semana, la Guagua Girón nos recogería el sábado en la mañana y nos traería el domingo en la tarde. Dando saltos llegué a mi casa y se lo conté a mi madre. La heroína de mi madre enseguida rompió una saya rosada de una tela muy fuerte que tenía y me hizo un short, después se animó y rompió mas de su ropa, me hizo tres short, uno verde, uno azul claro y uno marrón de corduroy o pana como le digan. Lo metió todo en un bolso y me lo dejó listo para el día siguiente. Es muy hábil cosiendo e inventando soluciones como casi todas las madres de Cuba.
Al otro día ni siquiera abrieron las puertas de la escuela. Por supuesto que la guagua nunca vino, llorando me fui a casa con mi madre que antes de llegar me paso para darme un chapuzón en el malecón para al menos estrenar los lindos pantalones cortos que me había hecho, pero seguí llorando toda la tarde y toda la noche a ratos cada vez que me acordaba del asunto, intento recordar que edad tenía pero casi lo he borrado todo de no ser por esa foto de ese lugar lleno de niños en la playa y tomando yogurt de fresa.
Creo que lloraba mas que nada por mirarme a mi mismo y por rabia.
El lunes, los profesores tranquilamente comentaron sin importancia que habían suspendido el viaje y que habían avisado a los padres que tenían teléfono que no eran ninguno por supuesto de los que se quedaron esperando ahí en la acera de la puerta de la escuela cerrada y silenciosa.
Y después se habló por televisión………………..
Los niños cubanos donaron Tarará a los niños de Chernobil para su recuperación en un acto de solidaridad sin límites. Nunca más hubo Tarará, ni aunque yo fuera el mejor de mi aula. Lo más lejos que fui en un viaje escolar fue a la 3ª estación de policía de Zapata y 2 por tirarle una silla a un profesor que me golpeó con fuerza y desató la incontrolable rabia con que me vestía en aquella época.
Me daba alegría saber que los pioneros entre los que me encontraba podíamos regalar cosas de Cuba también, como nuestro líder que regalaba petróleo, armas o fabricas de azúcar, nosotros los pioneros aunque no me enteré de ello hasta después de hecho regalamos tarará a los niños rusos, que bien. Podíamos quizás ¿regalar el fanguito? ¿La dionisia? ¿Y todos aquellos barrios malos donde nos entraban a piedras al pasar por ellos?
Años después vi otro acto de libertad pioneril semejante. En un congreso de “los pioneros” se pararon pequeños niños de diez años con cintas discursivas metidas en el cerebro por adultos y recitaron de memoria un discurso por turnos donde se referían a la falta de combatividad, al fraude y la falta de honestidad en las escuelas. Todo era mentira. Era un alarde de combatividad revolucionaria. Esa, esa misma que separa familias y entierra a amigos. Esa asquerosidad de comportamiento que conlleva toda actividad política centrada en el auto marqueting de venta de sistemas perfectos. Y no se hizo esperar la respuesta de los profesores. En venganza, suspendieron la escuela entera, digo entera al 100%, tuve que repetir el odioso 9º grado y a la segunda vez lo repetí de nuevo. Tanto fue el caos que inventaron unas pruebas en agosto que le llamaron mundiales. Fue mi peor verano, en julio yendo a clases, con pruebas en agosto y sin salir de broncas con mis padres por la perdida de años de estudio. Volví a suspender. Por supuesto que de paso bajaron la puntuación mínima de 70 a 60 y cuando reclamé no tenía carácter retroactivo y había suspendido matemáticas con 63,9 puntos. Me cago en Ruffini, aun le estoy buscando para matarle. Tampoco me acuerdo en que año fue esto, que alguien me ayude por favor. Yo lo llamo en mi perdido calendario particular. Año en que se fue a la mierda el nivel de escolaridad Cubano por maniobras políticas pero era muy largo para ponerlo en el almanaque así que...
no recuerdo mas....................
Hoy ostento en mi currículo personal y privado licenciatura en 9º grado ya que lo hice tres veces, al final en una escuela taller y por supuesto dada la honradez de mis obreros padres no pude falsificar el titulo de 9º por tanto no tuve acceso a estudios superiores en la potencia educativa donde me tuve que conformar con el obrero calificado que hoy tengo como única meta de estudio propia al prohibírseme entrar ya no en preuniversitario sino ni siquiera en un técnico medio por venir de una escuela taller que según boca de todos era la escuela de los desviados y los delincuentes.
Ahí empecé una vida de trabajo, de la cual estoy orgulloso. Aprendí sin tapujos teóricos a valerme por mi mismo, a coger las llaves, a soldar, a usar el torno.
Gracias Cuba.
Hoy, me alegro por los niños de Chernobil, ellos lo necesitaban más que yo. Los he visto en estas fotos y me dan pena, dolor, incluso me avergüenzo de haber protestado en aquella época. Ellos lo necesitaban más que nosotros, además eran tan victimas como yo de su fallido sistema político. Yo tenía a 40 metros de mi casa un interminable malecón azul tan hermoso e insuperable que no se comparaba ni remotamente con su tierra helada y hecha cenizas. Bienvenidos niños y hombres de Chernobil. Cuba es vuestra y ojala que estén ahora todos bien y que haya servido a pesar de la política para que recuperasen la salud o al menos el animo.
De mayor fui a Tarará, costaba tres dólares entrar fueras Cubano o lo que fueras. Todo está en ruinas menos una pequeña marina de italianos con yates y sus jineteras. Al menos no te roban la ropa dijo mi acompañante en ese momento antes de lanzarse al bello mar aunque ya ausente de arena por la extracción para la construcción urgente de polígonos militares, pedraplenes y plazas de mítines. Daba mala impresión el lugar, quizás porque mi yo niño, en su momento, en secreto dijo solemnemente.
Métanse Tarará por el culo.



4 de febrero de 2008

La ultima pesca de Josef (Capitulo 8)

Llegó al barrio caminando ya mas tranquilo cuesta abajo por la calle 24. Desde encima de la loma se veía su cuadra llena de árboles verdes y tupidos como si de una selva se tratase. Abajo lo estaba esperando Baratija, otro de los compañeros de pesca sui géneris. Le apodaban así porque solía comprar cosas en los pueblos de campo y venderlos en la ciudad. A veces se iba con jabones, medias o ropa y venia con frutas, pollos y cosas así. También solía pescar pero nunca fue un buen pescador, fumaba mucho. A pesar de tener un par de años más que Josef parecía un tipo de cuarenta, quizás su piel blanca y los ojos profundamente azules no soportaban el clima caribeño, o el estrés, o tanto darle a la cabeza para sobrevivir. Estaba sentado en el contén de la acera donde Josef pasaba sus días últimamente. Se incorporó como un resorte cuando lo vio acercarse y haciendo uso de su inacabable sonrisa gritó desde lejos como si fuera la ultima persona del mundo.
- Joseeeeef Joseeeeef asereeé estás perdío.
Josef ni se inmutó con su rara flema inglesa. Se acercó hasta el y lo miró con recelo. Si Baratija estaba esperándolo no era por nada bueno, Baratija nunca había venido a nada bueno, solo lo metía en líos como un día que se le ocurrió hacer del buceo una cosa turística y buscó clientes y todo, los cuales después de ver los equipos con que buceaban además de estarse un rato partiéndose de la risa por las antiguallas de la primera guerra mundial se fueron sin bucear y sin pagar por supuesto.
- Coño asere hace tiempo que te estoy buscando.
Josef lo miró con recelo. No se estaba tranquilo. Mientras hablaba gesticulaba más que sus propias palabras y daba pequeños saltos. Clavaba la mirada en su interlocutor a no ser que pasara alguna muchacha por la cual interrumpía cualquier conversación hasta que se fuera de su campo visual y después la retomaba como una maquina que hubiese sido pausada un momento.

- Dime Baratija…¿Qué quieres?
- Ná consorte… tengo un negocito bueno ahí pa ti.
- ¿negocito?¿negocito? ¿en que candela te estas metiendo ahora?
- En ninguna asere cien por ciento seguro.

Le vino a la mente a Josef otro día que el Baratija dijo que era pintor de neveras, lo invitó como esta vez a un buen negocito y tuvieron que salir corriendo de la casa porque el Baratija no solo pintaba horriblemente sino que se metió de mala manera con la hija del dueño de la casa y para colmo andaba con un short con un agujero en el trasero mas grande que la prenda en cuestión y sin calzoncillos. Intentaba recordar algún “negocito” bueno con el Baratija pero por más que se exprimía el cerebro no recordaba ninguno en años. El Baratija solo creaba problemas.

- facilito asere…pescar sin pescar, llevo como tres días esperándote por el malecón…cuando me dijeron que ya no pescabas me aterroricé pero menos mal que ya te encontré esto es baratija asere, baratija..
- Ya no pesco……
- ¡Que no pescas de que asere! cuando te cuente esto vas a pescar de nuevo y para siempre.. Lo tuyo es pescar asere no quieras hacer otra cosa que tu eres un pescao , lo tuyo es pescar…..
Lo tuyo es pescar sonó un poco punzante. Cuando uno se decide a dejar algo y después por asomo viene la idea de volver a ello es bastante frustrante. Josef no quería pescar más, ahora quería ser mecánico, algo de tierra, de gente. Estaba cansado de ser una especie de animal marino que la gente miraba con complacencia y un poco de lástima. Vio un poco las calles y quizás le estaba empezando a llamar la atención la forma de vida que existía en tierra firme, en tierra seca.
- ¿a ver que coño es Baratija?
- Mira asere – Baratija enseñó una bolsa con carne al parecer fresca – Carne de tortuga asere, de caguama, se vende estelar, esto es una baratija y sin riesgo.
- No quiero matar más bichos Baratija
Baratija abrió los ojos azules que parecía que se iba a tragar el barrio en un mar desenfrenado y aumentó desesperantemente la frecuencia de los saltitos que daba. Al parecer le había dado un buen pie para explicar su idea, su rara idea. De semejante cabeza nunca iba a salir nada sano.
- si ya están muertas asere, no hay que matar naa, no hay que llevar ni escopeta, solo es recogerlas como una mata de mango……llegar y recogerlas, solo hay que llevar buenos cuchillos.
- Cuéntame bien esa mierda –Josef ya se estaba desesperando, hubiera querido ser sordo o que la tierra se tragara al Baratija, el maldito instinto de supervivencia lo estaba jugando la mala pasada de interesarse cada vez mas por el tema.
- Mira asere…hay unos paños (redes) tirados por una parte de Pinar del Río que yo me sé. Es de los barcos pesqueros. Las tortugas están enganchas y muertas, namás hay que recogerlas sin romper la red pa que no se den cuenta y sin ambición una cada día, aunque hayan diez, solo una, o dos, o bueno quizás tres.
Josef quedó en verle mas tarde. Habría que pensárselo. Baratija presionó que si no se decidía buscaría otro compañero para ese negocio tan seguro pero a Josef esto no le hizo ningún efecto porque sabía que nadie quería pescar con Baratija. A lo largo de su vida había metido en problemas a todos y cada uno de los pescadores del barrio de alguna manera y había que ser muy calmado para volver a coincidir con el en una jornada de pesca sabiendo que te podía hundir la vida literalmente en cuestión de segundos. Su enfermiza mente solo generaba trastadas y malos cálculos, apenas sobrevivía con su ímpetu, su optimismo y su suerte, a esas tres cosas si no había quien le ganara, sobre todo a optimismo, difícil medicina contra la rendición en un lugar inundado de trabas e imposibilidades.
Volver al mar le venía terriblemente mal, se estaba poniendo nervioso cada vez que pensaba en eso como si fuera su primera vez. Esa primera vez que recordaba con claridad que se dio cuenta que podía sobrevivir de la pesca al matar a su primer pez con una artesanal escopeta de ligas de poco alcance. También sonreía cuando se veía a si mismo con nueve años salir corriendo del agua porque le habían dicho que las picúas (barracudas) eran peligrosas. Recuerda que temblando se metía temprano en el agua tibia de la costa de Miramar mirando a todos lados por si veía un tiburón como el de las películas. Había oído muchas historias y le tenían aterrado. Casi diez años después le daba más miedo la tierra que el agua. En la tierra solían haber personas que te podían hacer mucho daño, nada estaba equilibrado y había mucha locura y energías raras a las que no se acostumbraba, sin embargo el mar… era perfecto. Aun de noche, de ciclón o en un mar desconocido, el mar para Josef era mas seguro que la tierra. Baratija estaba completamente loco, loco peligroso. Pero ¿y si esta vez daba el buen golpe? ¿y si con este invento del descerebrado Baratija ya podía darse el lujo de pescar solo una vez al mes y no tenia que estar dándole preocupaciones a Madre? Eso estaría bien. Interrumpió su camino a casa y volvió sobre sus pasos rumbo puente de hierro que cruza el Río Almendares dando grandes zancadas, sabía que alcanzaría al Baratija por ahí dándole conversación a todo el mundo por el camino, inventando nuevos trueques y estafas hasta que se reunió con el en la calle tercera desde donde llegaba una amenazadora brisa marina que presagiaba un regreso al adorado y temido medio azul.
- ¿Cómo hacemos? – El Baratija se alegró e iba a empezar su ritmo de saltos y alegres gritos, hacía de todo un gran espectáculo como si cada segundo de la vida fuera una gran película por la que había que aplaudir en un cine de niños.
- ¿Como que como hacemos? Mañana tempranito en el Lido a las doce de la noche por lo menos, no lleves escopeta, lleva cuchillo.
El Lido era un punto de poner nervioso a pescadores. Desde ahí se iba siempre a la aventura de la provincia de Pinar del Río, quizás uno de los mejores lugares de pesca de la Isola. Costaba después de varios días sin madrugar, dejar de dormir plácidamente y soportar ese pequeño intervalo de frío de noche y amanecer en el Lido en una guagua que se cogía en la calle línea. Ahí, al llegar se encontraban todos con rostros desencajados del madrugón o la resaca. A esa hora nadie hablaba como no fuera para pedir el último de la cola de los camiones que salían ininterrumpidamente. Daba una pequeña alegría el saber que en unas cinco horas todo este territorio estaría inundado de luz solar, calor y colores. La vida iría barriendo la oscuridad y abrazaría a todos y cada una de las personas que estuvieran en la calle en ese momento y el mar, el hermoso mar de todos tomaría su color que cada momento mejoraba a los ojos de quien viviera de el o por él, como todos estos jóvenes que tomaban un camión rumbo a las costas del oeste de Cuba a esa hora de la madrugada. Revisando las caras encontró al Baratija en una esquina de la terminal, discutía a esa hora acaloradamente con otro pescador el Quimbaova, quisiera saber su nombre pero es imposible recordar entre tantos apodos.
- El mar no es tuyo, ¡¡el mar no es tuyo!! – repetía continuamente Baratija sin razón aparente en estado de frenesí nervioso. Los saltos acostumbrados esta vez ya eran de mecanismo neumático. Josef se acercó a ver que pasaba y saludó al Quimbaova con desdén, el Quimbaova vio en Josef un apoyo e intentó ganarlo para su causa.
- Josef – decía el Quimba alzando cada vez mas la voz - yo quedé con este tipo en ir a la mina un día yo y un día el, y este día me tocaba ir yo ¿¿que coño hace este aquí???
De primera instancia ni entendió porque se originaba esta discusión. Josef se limitó a mirar como si tratara de leer los labios de los dos acalorados pescadores.
- Josef….. ¡Josef!- Los gritos en aumento lo iban trayendo de vuelta poco a poco.
- Dime – respondió bajito intentando concentrarse en lo que parecía una discusión estúpida.
- ¡Compadre! ¿Este no te dijo que nos turnábamos para ir a la mina?- dijo señalando acusadoramente a Baratija.
- No….. ¿Porque habría que turnarse? ¿Porque le llaman la mina?
Baratija dio un salto desesperado en lo que el Quimbaova le tapaba la boca de un manotazo- ¿No te dijo no? ¿No te dijo nada este cabrón? ¡Pues que te diga! soltó el Quimbaova también en un susurro pero con las venas y las facciones de la cara como si estuviera gritando a todo pulmón.
Baratija no hablaba, para ser tan locuaz estaba dolorosamente callado y casi dando la espalda. Cualquiera que no lo conociera pensaba que tenía vergüenza pero ante esa pregunta un día su respuesta fue –mi vergüenza era verde y se la comió un chivo.
Josef se volvió hacia donde estaba casi ocultándose el Baratija, estaba pegado a la mugrienta pared de la terminal donde los colores se confundían con tanta suciedad o grasa, quizás algún día fue pintada pero a juzgar por la textura es posible que también estuviera en el cemento puro ennegrecido por tanta gente recostando sus pies en la espera o por el hollín disuelto de los humeantes motores de los viejos camiones y guaguas que pernoctaban o pasaban por ese sitio. Un bombillo amarillento a pocos metros de ahí solo dejaba ver cuando mucho, el brillo de los ojos de de algún niño lloroso por la horrible y fría madrugada a que lo sometían sus padres para ir a ver quizás a algún familiar a una escuela en el campo o por desdicha algún pariente preso. Josef se acercó al Baratija y a pesar de no tener ningún signo de enfado o mal humor visible el Baratija se asustó un poco. Algunas personas tenían a Josef por un psicópata pero en realidad mas calmado y pacifico no podía ser.
- bueno….¿y porque hay que turnarse?
El Quimbaova le dio un suave golpe con la mano abierta por la nuca como para que soltase lo que tenía que decir, suficiente para que el Baratija cargara sus pilas y mostrara una sonrisa tan natural como las frutas plásticas de adorno.
- Hay que turnarseeeeee……………. Porque…………………..porque es un buen lugar de pesca y no queremos que lo descubran mas gente, tu sabes que cuando eres bueno la gente te persigue, la envidia y to eso. Incluso las personas que te rodean te empiezan a vigilar para ver de donde sacas tan buena pesca, incluso es posible que se nos escape donde pescamos y se llene eso de gente y……………….
Josef estaba empezando a molestarse con tanta habladuría.
- porque claro no es lo mismo llegar con un par de pescaos que con varias libras de un producto de primera y las consecuencias de ser efectivo en lo…lo…lo que es…….la…..lala laaaa……………..
- ¡¡Y porque coño le dicen la mina??
El silencio dominó un rato tan tenso momento. El Quimbaova no había soltado aun el cuello de la camisa del Baratija que la tenía apresada como si este se fuera a escapar en cualquier momento. Un simple estrechonazo valió para que el Baratija arrancara de nuevo su discurso.
- Le dicen la mina porqueeee…………………………….¡¡Porque es una mina de oro!! ¡¡Porque se pesca mucho ahí y se gana mucho dinero!! ¡¡Porque es el mejor lugar donde…donde puedas pescar en tu vida!! ¡¡Vas a ver ………
Otro estrechonazo en el cuello le valieron para callarse y retomar el discurso, esta vez, a juzgar por la seriedad y la solemnidad de sus palabras si se podía apostar porque estaba hablando la verdad.
- le decimos la mina………………….- el largo silencio no hizo mas que aumentar a punto de ebullición la tensión reinante –porque……son redes de la marina de guerra, el barco de la marina patrulla esos paños y el día que nos cojan vamos a explotar pero bien…
- ¡¡¡¡Vamos cuéntale más coño!!!! El Quimbaova lo soltó con desprecio sabiendo que ya se había hecho justicia, Josef volvió a la calma de nuevo, no se podía esperar menos del Baratija. Pasaron unos largos segundos en que se vio a si mismo pescando vacas, robando tortugas del acuarium, rompiendo artes de pesca de los barcos estatales. Se preguntó por un momento que vida era aquella. Recordó también la gente que había visto a las puertas de la universidad, con sus maletines, sus libros y por mas que intentaba no se podía ver a si mismo en una situación tan pacifica como aquella, pensaba que quizás un día eso acabaría con suerte con sus huesos en una cárcel o algo así o quizás con la muerte aunque lo segundo nunca le preocupó en lo mas mínimo, de hecho, ya casi la había experimentado y le había gustado morir, incluso podía ser algo bello pero estar metido en una cárcel…en la tierra.

- si el barco de la marina te ve saqueándole los paños te disparan…………..

……………..¡EL CAMIOOOOOONNNNNN!!!!!...............

 El grito provenía de varias partes. Desde luego que el Baratija lo había metido en problemas una vez más como era de esperarse. Esta operación pesquera llevaba ya riesgos mayores que los anteriores. Pero en todo caso toda posibilidad de caer en este vacío preocupante podía ser anulada con una simple decisión. Con tan solo decir, no voy y coger la guagua de regreso a casa se acabaría todo. Josef observó como la gente en cámara lenta se iba subiendo en los camiones y acomodándose como podían en los fríos y mojados bancos de hierro del viejo camión del año 56. Quimbaova y Baratija se quedaron inmóviles mirándolo, ya estaba ahí, era la hora y el lugar para meterse en un buen problema o salir airoso. Solo había que decidir. Josef repasaba una por una las imágenes de su caminata por la desconocida ciudad. La gente, los carros viejos, los edificios esta vez no habían ocasionado esas muestras de repugnancia por lo terrestre que lo invadía desde niño. Se alegró un poco porque quizás se estaba adaptando a lo que debía ser, quizás lograra en algún momento llevarse bien con las personas que le rodeaban y sentir la forma de vida o las costumbres como debían ser. La calle 23 era interesante con tanta vida, estar preso, quizás morir no estaba por ahora en sus planes pero había un instinto de supervivencia muy calmado y confiado en su poder de control sobre la mente de Josef, existía un ordenamiento que le indicaba luchar y luchar, no ser nunca una carga, sobrevivir una y otra vez además con honor de hacerlo en contra de las reglas hechas por los terrestres para controlar todo método u objeto de supervivencia.

- ¿vas o te quedas?- preguntaron con palabras y gestos los dos aventureros, sin ningún tipo de sonido el camionero les decía que si se iban a montar se montaran de una vez por todas. Aun había oscuridad y frío, algún pasajero con algún bulto le había dado un golpe al amarillento bombillo de la terminal lleno de puntos negros de moscas, se balanceaba dando una dantesca imagen del entorno, las sombras se multiplicaban y se movían en una danza infernal como si dieran la señal de un futuro amarillento y descontrolado. Josef no decidía. Recordó el hermoso cuerpo del Alma Mater pero ya no había tiempo. Quedaban segundos para la decisión. Si esperas algo el tiempo se hace largo, si necesitas tiempo, este se va de las manos como finos granos de arena. Todo esto sucedió en pocos segundos. La energía del habla de Josef despertó, fue recorriendo el cuerpo con escalofriante fuerza hasta recoger las ideas ya tomadas y organizadas en un cerebro cuerdo y calmado aunque un poco ansioso. Josef se dispuso a decidir según fuera lo mejor a su punto de vista. Siempre había hecho así, el mar, entre tantas cosas buenas que le había dado, le ofrecía cada día de estancia en él, la posibilidad de ser libre. Tantas horas pasadas bajo agua que constituían años lo habían hecho cuerdo y capaz de tomar casi siempre la mejor de las decisiones y este momento no era una excepción. La decisión ya estaba tomada.

.................... II .........................

Caminó hacia el camión con toda la confianza del mundo y de un salto se subió en uno de sus oxidados bancos. Los dos alocados compañeros lo siguieron en silencio. El camión arrancó sin más. Le esperaban cientos de kilómetros. Cuando la vista se adaptó a la oscura lona mugrienta que hacía de techo por donde a través de unas afortunadas rendijas pasaba algo de luz, comenzó a ver rostros de mas locos y arriesgados pescadores. Tocaba rezar para que no fueran todos al mismo lugar o aquello iba a acabar mal. No era la primera vez que violentos seres que vivían de la naturaleza discutieran por una posición favorecida dentro del mar y acabaran ellos ensartados en sus propias armas mortíferas de matar lo que apareciese. El ruido del motor se fue haciendo monótono hasta que se asoció al cansancio y la hora, la mayoría comenzaron a caer dormidos como almas sin cuerda Josef estaba nervioso pero a la vez un poco orgulloso de si mismo. Se veía como un sobreviviente y cada vez que se podía demostrar a si mismo que estaba apto para ganarse la vida se tranquilizaba. Era quizás retazos de un trauma que le había pasado madre de tanta carestía a lo largo de su vida. Josef no temía que le faltara algo o no poder comer, su mayor fobia era que algún día, no pudiera buscárselo con sus manos.

Por suerte para todos, los pescadores se iban quedando en distintos puntos de costa. Ellos se quedaron en uno de ellos, La Herradura, otros siguieron en el camión hasta el fin de su trayecto. Existía la creencia que mientras mas lejos te fueras de casa mejor pesca tendrías, era como un reconocimiento a tu esfuerzo y tiempo. Cuando se alejó el camión se fue con ellos la única luz viva del lugar. La extensa negrura de la noche vino sin dar tiempo a nada acuchillándolos con el frío húmedo de la madrugada tropical y el ruido de los grillos a esa hora ensordecedor e infernal.

No se había intercambiado una palabra mas, era costumbre antes de pescar. El silencio era un amuleto de buena suerte, más que nada si el lugar de pesca estaba estrechamente relacionado con la marina de guerra y gente de mal humor y con armas de fuego. Atravesaron una extensa maleza que luego se convirtió en mangle, a ratos se oían sonidos que venían de una zona de trailers (caravanas) donde la gente ya extinguía las borracheras de todo el día y se dejaban devorar por los entusiastas mosquitos en su zona de fiesta. Delicadamente se intentaba hacer el menor ruido posible, de ser visto por las personas de los trailers la misión corría peligro. Pudieran llamar a los guardias o también asustarse y ponerse agresivos. En ese sitio podía haber cualquier cosa, como mínimo cualquier grupo aficionado a las apuestas ilegales o la droga. También familias que iban a pasar días de asueto tranquilamente con lo que su economía les permitía que era por lo general un desvencijado trailer con las ruedas desinfladas y ya sembradas formando parte del lugar. Pronto se oía ya el siseo de la costa, este sonido era hermoso y emocionante. Era la línea donde en teoría se acababa el mundo de los humanos y solo lo cruzaban a esa hora algún aventurero o alguien en un desesperado intento por alcanzar las costas del norte, país de sueños para muchos. El agua estaba tibia como todo lo terrible al principio. Sacaron los equipos de los sacos, consistían en pequeñas botellas de aire comprimido con obsoletos reguladores, las botellas de acero ruso estaba medianamente pintadas de azul mate y oxido. El ruido de la comprobación de los reguladores de buceo acallaba los pocos grillos que quedaban tan cerca de la costa, mezcla de arena, piedras y bultos raros expandidos que se vislumbraban en la poca luz de luna que iba quedando. Ya con todo puesto los tres suicidas parecían engendros genéticamente erróneos. La sola visión de esta silueta quizás podría crear cualquier rumor de extraterrestres en las costas de Pinar del Río.

Había que tirarse en un lugar marcado e ir mirando una extensa red diagonal a la costa con casi dos kilómetros, si se veía alguna tortuga enredada solo había que bajar, decapitarla y meterla en un saco. Por lo general, a no ser porque se hubieran enredado recientemente lo cual era poco probable porque hacían sus movimientos temprano en la noche estaban ya muertas. La red era una maquina mortífera de exterminio en masa que dejaba claro cuan peligroso es la especie humana. A Josef le parecía a pesar de ser un depredador nato, un abuso. No había oportunidad de escape ni de ningún tipo de defensa, máxime cuando Josef siempre pescaba para vivir y este tipo de artes de pesca realizan matanzas en masa que a veces ni llegan a manos de los hombres porque ya sea por falta de recursos o dejadez no se revisan con la frecuencia correcta y se pudren las víctimas sin ser aprovechadas en lo mas mínimo, de hecho Josef tenía la manía de cada vez que se encontraba una red sacar un afilado cuchillo de doble hoja y dejarla completamente inutilizada, su padre también odiaba las redes y su abuelo. Josef venia de una estirpe de pescadores de supervivencia no de pescadores industriales.


Aun sin palabras, solo con señas acordaron la misión, los tres iban a peinar una parte del mar rumbo norte. El primero que viera la red haría señales con la linterna a los demás y ahí empezaría la revisión palmo a palmo de manera exquisita, las tortugas estaban mas o menos entre diez y veintidós metros de profundidad así que había que ir nadando a unos 6 metros para ahorrar el poco aire de la botella de 7 litros y si en unos veinte minutos no veían nada ya el día estaba perdido. Al menos acabaría rápido, se consolaba Josef en su pensamiento, también emponzoñaba su propia mente con imágenes de su cama plácida y tranquila y con un despertar a las diez de la mañana sin ningún tipo de preocupación. Pero el era dos personas dentro de una y por lo general, la irresponsable, la aventurera, la sobreviviente ganaba a la calmada, a la vaga, a la pesimista.

Al sumergirse los pocos metros necesarios para pasar desapercibidos de cualquier observador se encendían las linternas. Esta imagen era sublime. En los sueños de pequeño de Josef estaba haber ido al espacio y la situación casi lo superaba, el silencio, la oscuridad, la ingravidez. Solo las burbujas y el peligro de que un tiburón viniese, lo cogiera desprevenido y acabara todo lo separaban de una imaginación perfecta, pero en el espacio había otros peligros pensaba. El haz de luz parecía una infinita espada, pero era interesante también apagar la linterna y quedarse a oscuras. Esa sensación de dejar de ser material, de desaparecer todas las fuerzas que te unen a la tierra y sentirse algo flotante, errante, también era otras de las pagas de ese inhumano trabajo. Una luz empezó a moverse como alocada a lo lejos pero se divisaba entre los pequeños peces que jugueteaban con ella que quería decir algo, era la red, el quimbaova la había descubierto, se unieron las tres almas errantes sobre ella, el espectáculo era horrible, una extensa malla llena de limo hacia de pared artificial a la libertad submarina. Algunos peces intentaban sobrevivir al abrazo de unos hilos incorrompibles que una vez que se anudaban sobre la cabeza como cruel tela de araña no soltarían jamás hasta que viniera la sórdida maquina de matar humana. Algunos ya eran cadáveres que se balanceaban con la poca corriente existente y por la perdida de colorido, escamas o parte del cuerpo se notaba que llevaban bastante tiempo ahí sin siquiera recibir el destino de ser aprovechado mas que por las bacteria de la descomposición. La botellas de aire empezaban a flotar, esta perdida de peso paulatina indicaba que ya le iba quedando menos presión y quedaba poco tiempo, unos cincuenta metros mas de revisión y ya habría que volver a casa.

De pronto los bultos negros suspendidos en la red empezaron a ser cada vez más grandes, había desde la superficie de la red hasta unos 20 metros mas bajo. Por supuesto que el objetivo eran las mas cercanas a la superficie, no había aire ya suficiente para hacer un riesgoso trabajo de profundidad, además cuando las tortugas venían en grupo casi todas eran de la misma talla y daba igual coger la primera que estuviera mas cerca. Bajaron a por una que ya estaba muerta pero aun tenía los ojos brillosos que asustaban. Delicadamente intentaron sacarla sin romper la red y en menos de 10 minutos lo consiguieron, con uno de los tres mirando en derredor por si aparecía algún tiburón que hubiese olido la muerte o el barco de la marina. Lograron cercenarla con afilados cuchillos y meterla en un saco plástico que al cerrarse en teoría no dejaba escapar sangre y cortaba el rastro para los tiburones en la retirada. El silencio cada vez se hacía mas cruel, quizás la tensión era la provocadora de un silbido en los oídos que no era normal a medida que nadaban rumbo sur, a la costa, el maldito y horrendo silbido se hacía más evidente. Quizás llegar a la costa era cumplir una parte del plan pero llegar a la costa acababa con tantos peligros e iniciaba otros que no había ninguna ansiedad por alcanzarla. Era como pasar de una simple fase de un estado terrible a otro. Josef como siempre, se recriminaba a si mismo de meterse en estos menesteres y de haberse engañado a si mismo al haberse prometido que dejaría este tipo de vida pero su otro yo guardaba cada detalle para después recordarlo, quizás algún día contarlo cuando estuviera bien lejos de todo riesgo o posibilidad de tener que hacerlo de nuevo, fecha que no veía ni remotamente cerca al no saber nunca que rumbos llevaría su vida en los minutos siguientes y ni siquiera si estaría vivo en el día de mañana. Las luces de sus compañeros se apagaron pero con el ultimo recurso de sus entrenadas retinas logró ver como iban rumbo al fondo aleteando a toda velocidad, no existió el tiempo entre que vio la huida y una enorme mole de cemento le cruzó a pocos centímetros de la cara, el silbido se había convertido en estruendo y acto seguido Josef encendió su potencia de combate instintiva nadando al fondo con toda la velocidad que le permitieron sus remendadas aletas de rana.

Potentes reflectores taladraban el agua como si en un milagro se deshicieran de ella y no quedara más que un haz de fuego blanco que hacía de día todo lo que tocaba. Lo que parecían cardúmenes de peces huyendo de la luz no eran sardinas, eran balas que zigzagueaban traviesas como seres felices escapando de una embarazosa situación y dejando una hermosa estela de burbujas. Josef se agarró a un coral del fondo porque la botella de aire comprimido ya flotaba demasiado y le hacía consumir muchos recursos en mantenerse hundido, las piedras que tocaba eran demasiado ligeras o raras, tomó un puñado y en uno de los pases de las luces de los hambrientos guardianes reflectores pudo ver claramente que tampoco eran piedras, eran casquillos de balas, verdes, llenos de lino y algas. Se aferró con más fuerza al coral aunque ya sentía una sensación de quemadura que la prefería a ser atrapado por lo que fuera que estaba allá arriba. No tenía miedo, solo pensaba que quizás había llegado su hora como tantas veces. Las balas caían sin energía en el fondo acusando un llamativo color de bronce entre tanta vegetación acuática. Los peces, pequeños curiosos acudían a cada una y después se retiraban como decepcionados de ver que no era otro pez ni mucho menos nada comestible, eran pedazos de plomo y bronce lanzados por la especie depredadora. Hubiera querido rezar pero era bastante ateo y sus creencias no se habían detenido a pensar en quien podía aferrarse en un momento como este. Su yo sádico, en el fondo estaba disfrutando de tan dantesca situación y en el fondo, literalmente hablando, quizás esbozó una sonrisa en lo que las luces blancas seguían hurgando la costa con desespero exterminador. Desde luego que tampoco tenía mucha fe en lo que estuviera arriba. De momento lo que tenia arriba era una gente disparando a ciegas y alumbrando con potentes luces que cegaban lo que se cruzara con ello. Era lo mas parecido a dios que Josef había conocido en su vida y además con extrañas coincidencias.
La calma llego con la oscuridad. A pocos metros al sur estaba otro cuerpo al parecer humano también como aferrado al fondo, Josef se acerco sin encender su linterna, dejándose llevar por el instinto más que por la poca visión que tenía. Lo tocó con sus manos ya llenas de pliegos por la humedad y sintió una sensación placentera al roce contraria a la agresividad del coral que había tocado antes, se quedó a su lado asustado de no recibir respuesta de vida y esperó a que hubiera mas calma aun, cuando dejó de sonar el silbido que al final eran las maquinas del horrible barco de cemento encendió su linterna de nuevo. Se sobrecogió de la primera impresión, soltó el saco de carne de tortuga y como un ave dio vueltas lentamente sobre el cuerpo mirándolo desde todos los ángulos.
Era un joven delfín, pequeño. Ahogado con su hocico enredado en la red. Lo tocó una vez más. Apagó la linterna porque de todas maneras las lagrimas dentro de la mascara de buceo no le dejaban ver nada. Lloró a cantaros, lloró como pudo, sin aire, lloró por dentro, lloro su cuerpo. Se abrazó al cuerpo y notó que aun estaba caliente, supuso que minutos antes huyendo de las luces, los ruidos o los gritos desaforadamente perdió su control perfecto y se enredó de esa manera en la red. Aun se divisaba en la cara del pequeño delfín la sonrisa inamovible que llevan desde su nacimiento pero los ojos estaban sin vida, Josef tomó su cuchillo y lo liberó en el acto cortando la red. Lo entregó a la corriente que se hizo responsable de que continuara su camino y notó que ya estaba respirando con mucha dificultad, el regulador hacia un pitido característico de asma tecnológica, le quedaba de estar sumergido unos tres minutos. Tres minutos relámpagos porque no se puede medir el poco tiempo que usó para decidirse, empuñó el cuchillo con fuerza y nadando con toda la potencia de sus gruesos muslos fue cortando toda la red de lado a lado, atrasó los metros que ya tenia ganados hacia la orilla rumbo mar adentro contra la red, esta soltaba nubes de microorganismos cuando sus hilos iban sucumbiendo al filo del cuchillo, la hoja fue mas rápida incluso que los peces que se beneficiaban de las partículas orgánicas que generaba semejante desastre, ya no había aire y en menos de cuatro minutos la red estaba casi completamente inutilizada, acostada sobre el fondo con sus restos sin la posición vertical necearía para exterminar todo lo que pase por su lado. Josef no tuvo más remedio que volver a la superficie. Al salir ya unos claros rojizos empujaban la oscura y alocada noche mortífera. La brisa fresca de la madrugada relajó un poco la energía destructiva de Josef y de paso secó el torrente de lagrimas que no había dejado de manar de sus enrojecidos y ardientes ojos. Empezó a temerle a la muerte, ahora si había visto la muerte de cerca en algo tan valioso y sentimental como un inocente delfín que era masacrado en su propia casa. Se despertó un odio por todo lo que fuera pesca y exterminio, de por si como humano no le interesaba mucho su especie pero esta vez ya estaba rozando con el odio, a partir de este día la vida valía menos y quizás ni un hermoso amanecer como el que se vislumbraba iba a poder curar esto.
Recogió el saco de carne de tortuga siguiendo el rastro de la desaparecida red y llegó a la orilla más cercana sin más contratiempos. Se internó en el mangle justo por donde creyó que habían entrado, caminar se le hacía raro después de tal shock nervioso. Le temblaban descontroladamente los pies y la mandíbula. Se sentó un rato en las cálidas aguas del manglar para intentar relajarse y organizar ideas. No había reparado que era la primera vez en su vida que se había salido de sus cabales pero se asustó al pensar que quizás le faltaban por ver muchas escenas como esta a lo largo de lo que le quedaba de existencia. Baratija apareció del follaje con cara de mas allá y sin decir palabra cogió el saco de carne, en sus ojos se veía un miedo descontrolado como si aun no hubiera salido de la situación.
Al mirar a la costa, venía saliendo del mar Quimbaova, blasfemando por todas las vías posibles y escupiendo a todos lados, le habían sorprendido tan pegado a la orilla que se tuvo que tapar con arena y estaba lleno por todas partes incluso tragó un poco. Se reunieron los tres en lo mas tupido del manglar costero en posición triangular. Un silencio incomodo se adueñaba de la situación en lo que ya los claros del día dejaban ver mas detalles del hermoso mar que tenían a sus espaldas.
El Quimbaova tomó aire como le dejaron sus traumatizados pulmones y con la voz entrecortada rompió la calma venida a menos después de la terrible tormenta.
- ¿quien coño rompió la red?- dijo blandiendo el cuchillo amenazadoramente.
- yo la rompí- respondió Josef como quien da los buenos días.
- ¿era tuya?
- ¿y era tuya? – Josef empezó a convertirse en aquello que no quería ni por asomo ser nunca, agravado por instintos animales y odios adquiridos en una noche tormentosa y critica.
- Oe caballeros, tesen tranquilos, hemos salvado el pellejo y al menos tenemos ganancia – dijo el baratija intentando no tener otra situación que se imaginaba tan mala o peor que la anterior de la cual ni siquiera había tenido el tiempo de celebrar que se había escapado.
- ¿Porque soltaste el delfín muerto? ¡Eso era carne!
Josef se acabó de encender en modo criminal, por suerte el barato le arrebató el cuchillo que ya iba en dirección al cuello del Quimbaova, este al ver que se había pasado se desplazó rápidamente al suelo dejándose caer de espaldas y dejando claras muestras de que no quería combate pero Josef también pudo controlarse, todo se paró un rato como si el tiempo también se hubiera detenido, había sido una horrible jornada, de las peores, sin mas palabras comenzaron a caminar por el mangle en silencio ayudándose unos a otros, la complicidad resurgió de nuevo e incluso podría aventurarse a hablar de amistad. El Quimbaova de nuevo rompió el silencio.
- me estoy cagando y no es de miedo caballeros, espérenme aquí un ratico- se quedó atrás un par de metros aun con el agua a la cintura y se puso en funciones.
El baratija y Josef organizaban la carga para llevarla de la mejor manera posible en lo que disfrutaba de cómo la luz se aventuraba entre las tonalidades verdes de las hojas de los mangles que despertaban como ajenos a todo o invencibles a cualquier situación trágica como la que podrían contar por el simple hecho de vivir en la costa norte de Cuba.
- ¡¡¡Baratija!!!- gritó el Quimba con rara muestra de descontrol.
- ¡¡¡Dime aseré!!!
- ¡y si te tiro la mierda??

Baratija.
El Baratija se puso blanco. No entendía nada y no le hizo ninguna gracia. Desaforadamente gritó todo tipo de improperios contra el Quimba y toda su generación, Josef estaba un poco alejado sumergido en sus meditaciones y cálculos. Cada día estaba mas decidido a dejar de hacer este tipo de cosas, esto solo se veía en las películas y en la realidad nunca salían bien así que era un afortunado. Sintió un golpe y cuando volvió a la realidad vio al Quimba y a Baratija enfrentados los dos cuchillo en mano porque el Quimba le había lanzado los excrementos e hicieron blanco en el, volvió a asustarse pero notó enseguida que ninguno de los dos se movía hasta que el baratija bajó la cabeza, dió media vuelta y refunfuñando soltó a duras penas.
- asere te salvaste que no me dio en la cara ¡¡¡oiste!!!
Las risas, lo inundaron todo. Josef tampoco recordó haberse reído tanto ni por tanto tiempo, risas y mas risas reforzadas por Baratija amenazando al Quimba que si encontraba lo que le había tirado se lo devolvería de la misma manera, incluso amenazó con que le estaba doliendo la barriga y no podía ser mejor momento por tratarse de una venganza. Entre risas Josef vio su propio reflejo en el agua verdosa del mangle, porque ya el sol estaba repartiendo vida a los que les quedaba ese día. Y se dio cuenta una vez mas que era un ser humano, esta vez al mirarse, riéndose como cualquier mortal se aceptó un poco mas a si mismo y aceptó pacíficamente los cambios que se avecinaban dentro de él. Pronto volvió a sus meditaciones. Además la misión no había acabado, era necesario llegar con esa carne y los equipos de buceo a salvo hasta La Habana en un medio lleno de jaurías censoras, decomisadoras, vigilantes, guardias sedientos de usar su cargo, ladrones con uniformes y toda una fauna de sujetos que su mísera vida daba solo para hacer cumplir o defender un sistema que no se preocupaba ni por ellos mismos, se encomendó a lo que mas le parecía dios que era el alma del hermoso delfín y prosiguieron el camino entre risas con la esperanza de que aun faltando una de las partes mas difíciles del día de pesca, el día no hubiese sido en vano.