30 de diciembre de 2006

Gracias, estoy bien.

Hoy amaneció un día raro. Tan raro que estaba despierto a las 6:00 a.m. Lo primero que hice como siempre fue mirar el correo como buscando alguien. No encontré. Miré el reloj y vi que se acababa el año. Aunque me lo tengo prohibido, violé mis propias reglas por el morbo de burlarme de mi mismo y me atreví a reflexionar un poco sobre este año que se va. Ha sido un año de grandes avances……para otros. Yo; pasé el año en este trabajo donde estoy pero no he avanzado nada y aprendido menos. Estoy en stand by desde hace más que eso. Seguí pensando. Mi esposa se fue a Cuba, me robaron el carro, perdí la cartera con todos los documentos, cosa fatal para un extranjero en España, debo un montón de dinero en multas, además multas de amigos que se las pusieron en mi carro y no la van a pagar y me viene la denuncia por propietario, sobrevivo en una enana habitación donde apenas cabe mi computadora y yo, y veo como se va el tiempo tranquilamente. Algunos días salgo a la calle y paseo mirando a la gente y preguntándome que historias tendrán sus vidas. Es de lo mejor que hago en esta tierra de mar prohibido. Si al menos hubiera mar – siempre me digo – me sentara en un puerto a mirar el vaivén de los botes. Este año no ha sido bueno, pienso, no al menos por las comparaciones que tengo de otros pasados pero me viene a la mente eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor y me conformo, me dejo en paz.

A las nueve y media de la mañana me caen muchísimas llamadas al teléfono, todas preguntando por mi. Es que han puesto una bomba en el aeropuerto donde trabajo pero hoy no trabajo. He llamado a mis compañeros, se han quedado medio sordos y piensan que lo que han visto no ha sucedido, que mañana cuando se despierten todo habrá sido un sueño. Ojala sea así. Todo un sueño. Después de todo, vaya formas más raras de decirme que no me queje. He tenido suerte lo sé. Hoy no trabajaba. Este ha sido para mí; un buen año.

28 de diciembre de 2006

Por Viñales

Estuve viendo unas fotos del blog LUCES Y SOMBRAS de Viñales y me quedé sin ganas de poner este video. Además que por las circunstancias filmé muy poco y estaba muy nublado esos días. Pero ahí está. El no ponerlo sería como haber comprado un regalo a alguien y no dárselo. Vale para recordar ese olor a humedad y café del campo. El silencio celestial y la brisa fresca que nos trae la naturaleza te acarician como si no quisieran que te fueras nunca, te despoja de todo calor, incluso a veces cae una llovizna que parece un invierno polar pero no frío. Este lugar es genial, en el mundo no hay otro así. De hecho no me acuerdo o creo que nunca supe porque se habían formado los mogotes y si había en otras partes. Si alguien lo sabe que lo cuente. Mientras yo sigo por aquí, entre los grillos y las piedras. La niñita que sale jugando con la botella de cerveza ¡¡porque tenga una botella de cerveza no tiene que ser mi hija!! Es luna, como si lo fuera. Será protagonista de mis próximos vídeos porque fue la encargada de aliviarme de todas las tristezas al volver a Cuba. Fue quien único logró que me sintiera del todo bien al inundarme de su cariño y de sus gracias inocentes y geniales. Aprovecho entonces para presentársela. Para ustedes, Luna de mi corazón.

PD: Ya Liset me ha echado un cabo con este articulo pueden verlo en su blog es algo infinitamente interesante y hermoso. gracias Liset

24 de diciembre de 2006

Feliz Navidad........feliz.......navidad

Cuando era pequeño mi mamá me escondía las latas de leche condensada. Además de ser por la libreta no estaba bien que yo me las tomara a pulso como si fuera un refresco. Pero esto dió lugar a que, cuando me quedaba en casa solo, hiciera exaustivas revisiones en busca del dulce tesoro.
Un dia encontré una hermosa y amarillenta caja acolchonada en tela de brillos muy curiosa. Se veía antigua y manchada. Era como un tesoro. Tenía un pequeño broche de perla que abrí cuidadosamente rezando porque no viniera nadie. Cuado alcancé a ver lo que había dentro me quedé boquiabierto ¡Unas bolas de colores brillantes, como de cristal! unas rojas, otras azules, verdes pero de unos colores vivisimos. Me moría por preguntar que era aquello pero no podía decir que lo había encontrado o dejaría al descubierto mi propio rastreo de Nela.

Semanas estuve con aquella curiosidad en la cabeza, hasta que un dia se me alumbró el bombillo y le dije a mi madre que estaba buscando revistas viejas para forrar los libros de la escuela y antes de que ella me contestara me metí de cabeza al closet donde se guardaba aquella fortuna. En lo que mi madre me señalaba unas revistas buenas para forrar libros (La mujer sovietica) ya yo, haciendo gala de actuación ponía tremenda cara de hallazgo y preguntaba como un cañon que que cosa eran aquellas bolas. Mi madre se quedó callada un rato, yo insistí e insistí hasta que recibí respuesta.
- De las navidades
- Y ¿que es eso?
- Nada....una fiesta que se hacía antes.
Las bolas de cristal se quedaron ahí, yo las miraba de vez en cuando como quien tiene un inmenso tesoro pero no sabe que hacer con el. Una a una las fuí rompiendo pensando que quizás su utilidad estaba en su interior y "navidades" no me decía nada. me sonaba a naves, a barcos. ¿quizas alguna flota? ¿algo relacionado con el barco de mi padre?

Pasaron los años. Sobreviví sin las navidades, también sin el fin de año a veces. muchas sin mi cumpleaños. Desde que descubrí que mi mamá lloraba a veces porque no nos podía hacer nada de fiestas o regalos. Somos dos hermanos que cumplimos el mismo dia. Desde ese entonces. No me gustan las fiestas programadas. Lo siento. siempre que cumplo años y puedo me voy a pescar a un rio aunque no hayan peces, o me pierdo por ahi. Pero estas navidades me toca trabajar y tengo que decir feliz navidades aunque para mi no signifiquen nada. de todas maneras es hermoso con la ilusion que los niños de aqui lo esperan, es como eso de los reyes que una vez oí, o me pareció oir y que era que en la bodega te daban un ticket que te decía que dia ibas a cojer los juguetes. A mi, casi siempre los ultimos. un dia cojí una moto pequeña que me encantaba. me gustan las motos. Pero que matazon, los reyes esos eran un poco cabrones la verdad. Lo siento.
feliz navidad
feliz navidad
feliz navidad.

mientras...........me voy a pescar a alguna costa, o al menos sueño que lo hago.

22 de diciembre de 2006

Mamá Caridá otra vez.

El 26 de octubre puse una entrada dedicada a Mamá Caridá. Aún está en este blog. El que vea esto tiene que leer primero esa entrada para que sepa quien es esta persona y como vivíamos. Pues aqui está Mª Caridá en directo y con su gracioso cubaneo que mata de la risa. Feliz Navidad mamá caridá y a todos los cubanos del mundo.

Esa negra linda que me acogió como otro más de sus hijos, que tantas veces comí ,dormí, reí y lloré en su casa. que gracias a su genial frase (Los blanco no saben cuidar de sus hijos) me dejó hacer un poco lo que me dió la gana con mi vida, pescar, bucear, bandolerear y hacer de todo por ahi. Siempre cuidandonos y obligandonos un poco a estudiar y a ser mejor persona. Si algún dia tengo hijos ojalá pasen una buena parte de sus vidas con Mª Caridá y mataperreando como tiene que ser.

20 de diciembre de 2006

El artista cubano

Desde que era niño y mi madre me llevaba los dias de cobro al coppelia le oía ahí. Después cuando me escapaba de la secundaria del fanguito también. Más tarde, llendo a buscar a mi novia a la facultad de economía, tampoco se ausentaba. Su musica se fué haciendo necesaria hasta el punto de preocuparme por el si no venía. Creo que es el único músico cubano ambulante que le ponen dinero aunque esté callado. Su música está en nuestros oidos, sin embargo, me enteré que cantaba hace poco. Solo oía el ruido de su percusión. ¿Quien es?la gente lo conoce como el artista cubano. Quizás por el fué que se inventó la frase conocida. ¡Caballeros, cooperen con el artista cubano!

19 de diciembre de 2006

El Cañonazo de las 9

Aclaración botánica

Un dia estaba en el parque de 7ª entre 4 y 6 creo. El de miramar que tiene los grandes arboles con raices que parecen barbas, discutiendo con un amigo acerca de esos arboles tan hermosos e impresionantes. Que si es un ficus, que si no. que si, que no. entonces para nuestra sorpresa fuimos interrumpidos por un niño de unos 7 años con un guante de beisbol debajo del brazo y mirandonos fijamente.
-¡Ustedes no saben como se llama ese arbol!- espetó seriamente sin pensarselo.
Nos quedamos mirandolo y mirandonos entre nosotros como si hubieramos visto una aparición o algo de otro mundo. Al cabo de largos segundos reaccionamos los dos cayendole en pandilla sin ningún tipo de compasión.
- ¡A si!¡Y tu te lo sabes!¡A ver!¿como se llama?
El niño se llevó la mano a la barbilla como habrá hecho Socrates, o Arquimides, o Einstein un millón de veces. giñó un poco el ojo de la sabiduría y no tardó en dispararnos.
- Ese arbol es...........es...........¡El arbol de las muchas hojas!
Acto seguido se mandó a correr a todo lo que daban sus pies. Nos quedamos callados y sin palabras.Ese dia nos dedicamos a reirnos de nosotros mismos y no discutimos mas nada en largo tiempo.
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17 de diciembre de 2006

Breve amanecer en La Habana sin sol

Me despierto. Hago silencio para no despertar a las demás personas que duermen en el mismo cuarto de mi casa del vedado. Voy a la cocina y un breve vaso de agua con azúcar negra, más unas gotas de un limón exprimido varias veces desde ayer se caen al vacío junto a un pedazo de pan que guardé para esta ocasión. Cojo la escopeta y le reviso el aire comprimido. Tiene poco. Con la bomba al igual que el mecanismo de un pozo de petróleo eterno a duras penas voy aumentando la presión de mi peligrosa escopeta de pesca casera. No tiene marca. Se sabe que el mango es la copia de una escopeta Nemrod española pero fundido en aluminio. El mismo aluminio de fundir calderos, llantas de carros, cafeteras, exprimidores de limón, como este que le saco hasta su último zumo. Es del largo de una Superstein pero más mortífera aún. La varilla es de pasador de bisagra del maletero de un chevy de los que eran taxi. Inmejorable acero cristalizado al carbono. Espoletas de acero níkel deseosas de penetrar la carne de algún pez. Cojo las demás cosas. Aletas, plomos para garantizar que me vaya al fondo con el menor esfuerzo, mascara súper occhio de la única que sirve en mi terrible nariz y descalzo como siempre paso el túnel de calzada rumbo a la puntilla. Aun es de noche. Oscuro. Algunos carros pasan como si les pesara todo, muy lentos pero haciendo un ruido terrible que raja la tranquilidad de la madrugada con alevosía. Apuro el paso más y más todo lo que puedo con toda la parafernalia pesada que llevo. Las suelas de mis pies descalzos se agarran bien al cemento de la cera. No hay zapatos mejores que estos. Además es un placer sentir el frío de la calle a esa hora, es como un alivio para quien siempre se esta quemando en una isla al fuego de todos los sentidos. El túnel no llega a su fin, es como si su soledad me obligara a estar con el un rato mas. Es increíble como dura a esa hora. Recuerdo a Tania, cuando la acompañaba a su casa y yo no quería llegar. Al pasar el túnel este se desplazaba bajo mis pies aun si me hubiera parado. Un par de abrazos, dos besos y ya estábamos fuera del túnel. Era maldito. Ahora mismo tenía esa horrible sensación que siempre me embarga en cuba de que estoy caminando sumergido en líquido. En líquido viscoso. Muy viscoso. Meses para una firma. Meses para un cuño. Meses para un turno. Meses para un beso. Meses para un encuentro. Meses para un viaje. Meses para morir. Cada vez que me atacaba la sensación del líquido viscoso me ponía tenso y empezaba a sudar sin parar, es lo que tiene caminar dentro de mercurio, o leche condensada, o chapapote. Pensando en estas cosas ya veía unos pequeños claros en la salida. Un poco de verde árbol confundido con la noche aun presente me daba cierto alivio no sin dejar de sentirme atrapado. El mundo marcha muy lento muy lento, me repetía una voz dentro de mí, hasta que llegaba a la salida.
El olor a mar y a algas descompuestas que salía de la costa me aliviaba de mi gran peso de la lentitud. Ya ponía rumbo a la costa de la puntilla, donde estaba aquel faro que hablaba sin palabras. Cada destello era un ay desmedido y sordo. Cada destello del faro de la puntilla era para llamar la atención. Años y años llorando en el mismo sitio sin ser observado. Nadie le hacia caso salvo algún pescador o enamorado que hacia sus necesidades en la oxidada base que alguna vez fue roja. Desde que existían las luces del malecón ningún barco reparaba en el aviso del faro. Las luces del malecón lo decían todo. Solo era seguirlas. El faro había quedado sepultado en una breve punta de roca olvidad por los habaneros, no era ni siquiera un faro como el morro que todos iban a ver. Era un faro común. Estaba ahí por reglamento marítimo. Por ley. Me sentí de pronto como el. Yo también estaba aquí por ley y reglamento, descalzo, pescando para ganar algo ese día. Casi llegaba entre mis pensamientos a la puntilla. Ví en lo negro de la noche el guiño rojo del pedazo de hierro animado y me acerqué a el. El mal tiempo había barrido toda su base, la había dejado impoluta y con un brillo impresionante. Nada de algas, nada de botellas, ni latas, ni papeles ni ningún resto de la presencia humana. Ahí había estado el mar y donde esta el mar; no queda nada. Miré al cielo. Estaba tan negro que parecía que el sol no vendría ese día a trabajar. Yo también puedo tomarme un día- pensé, y me senté en la base del faro a esperar que amaneciese. A medida que se hizo la poca luz de ese día fui viendo que el mar estaba muy malo para mí. Las olas estaban tan agresivas como si se quisieran vengar de la existencia de la tierra. A veces pienso que el mar no perdona que hayan emergido los bloques de tierra donde hoy los hombres destruyen y crean a su gusto, pienso que el mar quiere volver. Que algo le ha encomendado que recupere lo perdido y que subsane el error de habernos dejado vivir. Pero el mar ya no puede. Ni los mismos hombres pueden. Tan solo algún que otro día salta y cae con todas sus toneladas de sal sobre las primeras calles de la infinita ciudad y barre algún que otro carro o alguna que otra persona, de hecho ya ha roto todo lo que iba a romper y el hombre astuto construye pensando en el. Los muros más fuertes, las pinturas especiales, la cristalería más alta, las vigas con pinturas anticorrosivas. Claro, en mi habana esto no. En mi habana la costa rendía el tributo honroso de estar oxidada, corroída, despintada. Como una humilde reverencia al poderío infinito de quien va a vivir para siempre y ver como todos nosotros nos marchamos. La habana es una ciudad de respeto. Toda la destrucción que tiene la habana la tiene porque la habana respeta el mar en sus costas y calles adentro respeta a los habaneros, corroídos, oxidados, cansados y sin esperanzas. Por eso la habana se está cayendo. No importa cuantos Eusebios Leales haya, la habana no va a cesar de caerse mientras se caigan sus habitantes. A la habana se le cae un ladrillo por cada cubano que se va, se cae un edificio por cada lágrima de cada persona que ame a la Habana este donde quiera que esté.

Me acomodé en la base del faro. Era hora de los primeros claros pero estos seguían sin aparecer. Miré el reloj. Las seis y algo. Pueden pasar varias cosas. Uno: el reloj se ha adelantado y estoy aquí como un tonto y son las cinco de la mañana. Dos: han bajado una circular del consejo de estado con motivo del ahorro de energía que el sol saldrá media hora mas tarde. Tres: el sol estará a partir de ahora en dólares. Aunque todo podía pasar me incliné por la primera pero no fue así. Al levantar la vista de mi muñeca ya el cielo se estaba abriendo. Me recorrió un escalofrío desde la cabeza a los pies. Dos ojos estaban sobre la ciudad. Dos ojos por donde se veía que existía un cielo pero dos ojos serios. Dos ojos que juzgaban a la tierra ¿o a la Habana? ¿O a mí? Me asusté mucho. Dejé de mirarlos y esperé un rato. Volví a mirar y estaban ahí. A pesar de estar aclarando un miedo me recorrió el cuerpo por ese día. Como una advertencia dicha sin palabras. Miré a ambos lados para ver si alguien compartía conmigo semejante visión pero no había un alma en la costa a esa hora. El frío del cambio de vientos me apuñaló como para dejar bien claro mis pensamientos. La advertencia llegó. Es día no me tiré al mar. Cuando amaneció volví a casa y no gané nada. Quizás por eso puedo ahora contarles esta historia. .

Dos ojos sobre la ciudad

9 de diciembre de 2006

La memoria es un animal que come duerme y se despierta...... y cuando lo hace, sin querer nos hiere el alma.

Los hombres no lloran. Decía mi mamá cuando me llevaban al Marfán en 17 y 6 a ponerme la penicilina por lo de la garganta. Yo pegaba unos gritos que caían en el vacío oído de la enfermera que me ponía la inyección sin miramientos acostumbrada a este tipo de manifestaciones. De nada valía suplicar que no me inyectaran, que yo me iba a poner bien. Mi madre me miraba como diciendo, haz lo que quieras que de esta no te escapas y rato después el maldito pinchazo. Si en aquella época con apretar un botón hubieran reventado todos los médicos y enfermeras lo hubiera hecho con toda la tranquilidad del mundo. Hasta un día con 7 años que no lloré, tenía tanta rabia que no lloré, después de la inyección diaria de penicilina me preguntaron si me sentía bien ¡los hombres no lloran! Grité a todo pulmón en el recinto de curaciones y todas las enfermeras, mamas y niños se quedaron mirando atolondrados. Salí casi marchando aunque cojeaba un poco, mi padre me agarró muerto de risa. Ya en la puerta del hospital me cargó como quien levanta una pluma del piso y yo lo miré diciendo en lo que sería hoy traducido al adulto. ¿Y este de que coño se ríe?
Cuando salí de cuba, apenas hablábamos entre nosotros. Las diferencias políticas hicieron mella en nuestro entendimiento al punto de no querer yo ir a mi casa. Desde aquel entonces en el hospital hasta ahora me había pasado de todo. De todo. Pero nadie nunca me vio llorar. Para mi llorar era algo inservible, inútil. Era mejor irle arriba a los problemas con fuerza y rabia. A los años de estar en España recibí una carta de mi papá, su letra era peculiar al estar hecha con la mano zurda. Venía en un sobre de esos amarillos donde le pagan a la gente en las empresas, de esos del tamaño del dinero que no se les pega la tapa, pero no la leí. Quizás esperé otra parrafada política de las de siempre. Lo dejé en una esquina. Hasta que un día fui a un cine en Madrid y vi la película (Nada).de Juan Carlos Cremata.
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Ese día lloré mucho en el cine. Por suerte nadie me vio. Lloré porque nuestros padres están ahí como héroes. Porque no les entendemos, porque no le escribimos o le escribimos que estamos bien y que la nieve es blanca. Yo mismo no le escribo ni a dios. Con tanto que escribo. Con tantos palos que me dio la vida, con el perdón. Ese día llegué a casa, busqué la carta de mi padre y la leí. Con mano zurda estaba escrito que a pesar de estar siempre fajados yo era su hijo preferido, el que mas salía adelante, decía. Supuse que debía decírselo, no escribírselo, decírselo en la cara y quizás llenarme de valor y abrazarlo como hacia mucho no lo había hecho. También me decía que estaba enfermo y se sentía mal, que de yo estar ahí al menos se reiría con mis cuentos o recordando nuestras navegaciones en el mar del norte de la Habana o de los sueños. Muchos sueños tuvimos en común hasta que nos mordió el perro odioso e histérico de la política. La rabia sin vacunar nos fue separando. Tres meses estuve en España esperando el permiso de entrada a cuba hasta que se hizo tarde, muy tarde. Estaba tranquilo, solo tenía un frío atroz en el verano de la casa del vedado. Desde entonces solo me visita en sueños y en estas historias que escribo para este blog. Ya no discutimos de política y trato de no hacerlo con nadie, ese perro, al final se salió con la suya, no me dejó nunca más volver a ver a mi padre. Y la escena que está en esta entrada me hace llorar a mares donde nadie me vea.

2 de diciembre de 2006

¡¡¡¡¡¡¡¡ Ya volviiiiiiii !!!!!!!!!!!!

Acabo de llegar como aquel que dice. Tengo la cabeza hecha un terremoto. Es increíble que diga que sentí alivio cuando entré al avión y oí a la amable azafata hablarme en español de España. Es como si volviera a la tranquilidad, a la seguridad, a donde las cosas son normales. Es increíble pensar que uno pueda ir caminando y que le suceda cualquier cosa. Desde que alguien te abrace con mucha fuerza porque te quiera mucho hasta que tengas un problema porque un tarado vendió uno de mis documentales a un canal de Miami y me haya enterado yo dentro del caos que es cuba. Ojala no le pase nada a la gente que allá ha quedado. Les prometí cuando hice esas imágenes con las que tan amablemente cooperaron que no las pondría en ningún canal donde fueran politizadas y he fallado, aunque todo ha sido sin mi conocimiento. Felicidades a los que se ganaron el dinero o los puntos con quien solo quiere agredir y vociferar sin pensar en quien pueda salir perjudicado. Ojala quede un ápice de sentido común también dentro de cuba y no molesten a nadie por mi documental. Lo hice. Como bien expliqué una vez.

Por amor al arte.

Problemas aparte les cuento que no filmé mucho, no al menos como acostumbro. Me dediqué a una hija nueva que me ha salido que se llama luna y es la niña mas linda del mundo y un poco a ver la familia y los amigos. No obstante seguí con la línea de filmar lo que admiran mis ojos y quisiera compartir con las demás personas que quiero.

También complací a aquellas personas que me sugirieron que querían oír además de música, ruidos de la ciudad y gente hablando en “cubano” se van a cansar de esto porque grabé hasta la esquina caliente y ahí hay un cubaneo de tres pares. Pa comer y pa llevar. Va a ser un gustazo. Bueno creo que tengo trabajo como para unos diez capítulos con todo lo que tengo. A pesar del pirateo sucio no voy a dejar de ponerlos. Se que por cada uno que se busca unos dólares con mis videos los ven miles de personas, unos cuatro mil contabilizados por mi blog. Les deseo que disfruten con esta nueva temporada y que al igual que yo hice puedan VOLVER A LA HABANA.


La habana no es de los que ordenan, ni de los que prohíben
La habana es de los habaneros, los cubanos y los ciudadanos del mundo que la amen
Hay que volver a la habana
La habana no tiene culpa que no nos quieran ahí
La habana es nuestra
Y aunque le duela
Y aunque nos duela
En contra de quien sea
No hay que darle el gusto a los exiliadores
Hay que volver a la habana

11 de noviembre de 2006

Mensaje en la botella

Hoy andaba por las pistas del aeropuerto. Como siempre en el poco tiempo libre miro los aviones. Las ruedas, los mecanismos. Vaya cosas que ha hecho el hombre con tal de ir lejos. Viejas maquinas cansadas de cruzar el océano una y otra vez. Pájaros de aluminio, me encantan. Se que algún día volaré en uno llevado por mi mismo. El atardecer en las pistas es hermoso, se ven los cuerpos de las inmensas maquinarias a contraluz, moviéndose lentamente como si les costara.

De pronto miro al piso y hay una pequeña mancha de petróleo. Me da el olor. El poco sol que queda lo va vaporizando. Se ve como una distorsión en la atmósfera de los vapores de turbinas y reactores. El silbido es terrible, mas yo no lo oigo. Tengo el MP3 puesto a casi todo volumen con la versión en piano de cenizas del paraíso. Intentaré ponerlo en este articulo. Ya veré como me arreglo.

El olor a petróleo aunque pueda ser asqueroso, y lo es, me lleva lejos. Muy lejos en esas puertas que se abren cuando uno tiene esa caja de Pandora abierta que son los recuerdos y las nostalgias. Es enfermizo. Estaré enfermo. Me lleva al mar. Al barco de mi padre, a los pescadores, al río almendares, a mis carros viejos de mi alma, a mis manos negras de ex mecánico. A lo lejos las montañas imitan para mi placer un leve color azul ¿o serán vastas y tontas ideas mías? Si detrás estuviera el mar.

Mas tarde ya voy a casa. Un buen compañero me lleva e insiste en dejarme casi en la puerta. No dejo de alegrarme cada día de los compañeros que tengo. Como me hacen reír. Cada uno tan especial, tan humano. Camino lo poco que me queda cabizbajo miro un pie y otro. Aunque es viernes mi barrio está silencioso a las doce de la noche que llego a casa. Subo. Como. Leo el correo con el plato al lado de la computadora. La gente ha leído y me agrada. Por suerte no hay nadie en casa y pongo la misma música que he estado oyendo todo el día.

No se para que pongo estas cosas tan comunes y diarias. Debe ser por el olor a petróleo. Pongo el sonido del mar. Me recuesto, no duermo. Me voy por ahí, dentro de mi, muy lejos. Nunca supe en Cuba que uno podría navegar tan lejos dentro de uno mismo. Claro. Aquí no pasa nada. Todo bien, pero falta algo y me hago esa gran pregunta. ¿Qué me falta?¿que falta? A las tres de la mañana me preparo un trago bien cargado de Havana club y coca cola. Pasa por la garganta y acto seguido miro la transparencia del vaso, si es que la hay. A contraluz las cosas son mas hermosas, quizás es porque no se ven de frente sino solo las siluetas. A contraluz están mis pensamientos y por eso no llego a conclusiones con ellos. Menos el reloj, todo funciona mal. Cada cuerda del piano me hunde más en las ideas que una tras otra se van con la misma rapidez que llegan ¿Quién me entiende? Yo no me entiendo. Me prohibiré pensar un rato. Estaré tranquilo un rato. Aquí estaré. Le diré a los dedos que no toquen mas teclas con letras. Haré silencio de recuerdos. Un silencio.

1 de noviembre de 2006

El dia que me morí (Primera parte)


En los años 80 tuve la genial idea de no estudiar más. Me parecía tonto, con tanto mar en mis manos y tantas energías. Ya he contado antes como me fueron las cosas con mis padres y que me tuve que marchar de casa. A duras penas terminé el 9º grado al pasarlo por tercera vez en una escuela taller que se hacía solo el semestre perdido con el incentivo que si salías bien después estabas 6 meses de vacaciones y así fue. En enero terminé la dichosa escuela con buenas notas, solo que quien salía de una escuela taller no tenía ni siquiera derecho a un técnico medio. Obrero calificado y va que jode para mi. Matriculé, pero iba una vez por semana y le llevaba pescado al profesor para que no me jodiera, eso si, en las pruebas me leía un poco el libro antes y las sacaba bien. Que bruto que era. Yo pensaba que era un héroe por no ir a la escuela. Huckleberry finn había calado muy hondo en mi y no me hubiera importado vivir en un barril y fumar pipa. La libertad por aquel entonces era toda mi riqueza. Porque un hombre es rico cuando tiene todo lo que quiere y sueña.

Pero había que buscarse la vida si se quería ser libre. Como pescador estaba bien, se ganaba buen dinero, pero en invierno con los nortes no se pescaba nada. Fuimos emigrando la zona de trabajo. El malecón y Miramar se ponían muy malos con los nortes. Unas rompientes imposibles, corrientes raras y aguas muy turbias por las revolturas. La cosa estaba mala y no queríamos dejar de hacer nuestras cosas. Bucear o montar vela era vital. Sin eso la vida no era nada.

Hay muchas cosas que no se pueden contar de cómo nos buscábamos la vida en Cuba mi gente y yo. Básicamente éramos una pandilla el negrón jiscler, Igor el bujío y yo. Con nuestros equipos remendados pescábamos el diario y a la tarde montábamos vela juntos. Cuando sobraba el dinero algún que otro buceo turístico, un lujo incomparable para el nivel de vida de esa época. 


Aquí estamos tres el negrón Jiscler, Igor y yo.

Después empezamos a incursionar en Santa Fé, Playa Del Chivo, Santa Cruz, Canasí, Bacunayagua, Mariel. Llegó un momento en que casi lo que ganábamos nos lo gastábamos en el viaje. Fue un invierno raro. Un norte detrás del otro. Decididamente, no se podía pescar.
Generalmente nos reuníamos casi todos los días en la playa de doce en Miramar. Todos con los equipos en las manos pero nadie se tiraba. Solo unos locos (yo también a veces) nos metíamos en el mar con unos pedazos de madera a coger olas. Salíamos con bastantes heridas en las rodillas que ya ni sentíamos. Pero nada importaba en esa época. Lo mas gracioso es que se reunían todo tipo de pescadores y cada uno se puso a contar como se ganaba la vida en el mal tiempo. (A) por ejemplo:se ganaba la vida porque una vez al mes, se metía de madrugada en el acuarium y se llevaban un carey de la pecera, finalmente ya lo estaba haciendo de acuerdo con el custodio y compartían ganancia. Estaban valorando la posibilidad de también extender operaciones por el zoológico. (B) Iba hasta las inmediaciones del Mariel y ahí atacaba de madrugada las redes de los barcos pesqueros de quelonios (tortugas, careyes, caguamas) y sacaba mucha carne, al final decía con orgullo –si esa carne no la va a ver nadie en cuba, antes que se la coma un turista, me la como yo- Le aplaudíamos eufóricamente. (C) ya era mucho mas sofisticado –yo pesco con la segueta- esgrimía al aire un marco de segueta que no le cabía una partícula de oxido más, este cogía corales, coral negro. Valiosísimo en los sectores de la joyería. También aplaudido por la peña por el inmenso riesgo de trabajar a mas de 50 metros de profundidad, con los consabidos cálculos de descompresión y los accidentes ocurridos en más de uno. Nos tocó el turno a nosotros. Nos miraron y hubo un silencio muy largo. ¿y nosotros que hacíamos? Nos miramos los tres. Si no había pesca, no se pescaba. Se montaba tabla que en los nortes era divertidísimo y alguna que otra cosilla, a veces yo arreglaba algún barco de fiberglass, me había hecho experto en esto. Jiscler tocaba tambores en un grupito de mala muerte y el bujío vendía gasolina. Nada honorable como las historias anteriores. Vaya pena. Éramos unos don nadie en el mundo de los piratas modernos de La Habana, y si que eran piratas, todos gozaban de heridas, de mordidas de peces, de argollas, anillos y cadenas y yo la única marca que tenia era unos puntos en la barbilla que me hice tratando de imitar a uno del circo ruso que pasaban por la televisión los domingos, pero eso, por supuesto que no lo iba a contar.
Uno de ellos, nombrado “el papa” un gordo de unos 40 años, quemado por el sol y con unos harapos por ropa a pesar de tener varias cadenas de oro en el cuello, sonrió un poco en el silencio. Me puso la mano en el hombro y dijo como para que se oyera. No nos hagas caso, si tuviéramos tu edad, haríamos lo mismo que tu o peor, estaríamos en casa perdiendo el tiempo o viviendo de nuestros padres. La conversación siguió por otros rumbos. Yo me sentí aliviado al igual que mis otros dos mosqueteros. La sentencia del papa no fue discutida. Se pasó a otro tema y se olvidaron las proezas por ese día. Éramos acogidos como los hijos que deben aprender de sus padres. Nuestros padres en ese momento eran. Los piratas de la Habana.
Mas tarde, cuando ya el sol siseaba con el agua y se sentía un frío inusual que venia justo del norte, uno a uno se iban retirando cabizbajos por el día perdido. Algunos de estos pescadores tenían familias que mantener, hijos y habían escogido esta difícil vida antes que (según ellos) hacer como que trabajan para un estado que hace como que te paga. El Papa se quedó de último. Miraba al medio del mar como si hubiese perdido algo, afinaba la vista y se ponía la mano en la frente a modo de visera.
- ¿buscas algo papa?
- dicen que vienen lanchas de los estados unidos y se llevan a la gente, ya es hora de irse, si veo una, me piro.
- ¿que tu vas a hacer en el yuma papa? Ahí hay que trabajar.
- que mas quisiera yo, que poder vivir de mi trabajo.
Esas palabras se me quedaron grabadas. La frase vivir de mi trabajo fueron muchos años mas tarde detonante para que esté donde estoy. Pero esta historia no viene por aquí, viene por lo que pasó a continuación.
Cuando ya las sombras habían desaparecido y quedaban esas ultimas luces de la tarde, homogéneas, tenues y frías que inundan todo como si tuvieran la extraña capacidad de doblar en las esquinas de las cosas, aún estábamos sentados en el muro. El viento amainaba y solo se oía el ruido de las olas que estas, a pesar del mal tiempo también iban bajando como cansadas de estar todo el día royendo las piedras. La gente iba dejando la playa sola, entonces dejaba de ser lo que era para convertirse en costa. En la mas infinita y hermosa costa de la rivera de la Habana que algunos días se divisaba hasta la fábrica de cemento del Mariel a 21 millas mas o menos al oeste y al este el malecón que amurallaba cualquier tipo de visibilidad mas allá de sus muros que contenían a la ciudad cansada. El papa seguía ahí, mirando al mar, sin pestañear casi. Nos acercamos sigilosamente para no molestarlo pero sin dejar de preguntarle como cada día a la despedida.
- ¿Donde crees que sea bueno pa pescar mañana papa? Con el tiempo como está.
El papa no dejó de mirar el horizonte, solo dijo una oración.
- El que quiera pescar….mañana a las cuatro y media de la mañana en la Terminal de guaguas del lido. Le garantizo mínimo 300 pesos.
Nos fuimos en silencio. Ya los mosquitos empezaban con sus ataques y además había que acostarse temprano si se quería ir a pescar mañana en la madrugada. Al poco rato de alejarnos de la costa Jiscler dejó bien claro que mataría con sus propias manos a quien osase despertarlo tan temprano. El Bujío también se quitó con no recuerdo que excusa, algo de vender gasolina. Yo dije que yo si iba, no asistía a la escuela y además para estar metido en algún lugar aburrido, mejor iba a ver la forma de pescar del papa y así después la copiábamos nosotros. Quedó claro que era el más mercenario de los tres. Pero no importaba, donde hay amistad, todo se ve bien.
Esa noche no dormí nada bien, entre sobresaltos y preguntas. Había aceptado ir a pescar con uno de los más piratas de los pescadores de la habana, sin preguntarle que tipo de pesca hacía. A veces eso me caía mal de mi mismo, era un poco tímido y por no hacer preguntas en más de una ocasión me metí en un lío gordo. Pero lo hecho, hecho estaba, así que me intenté relajar pensando que mañana ganaría un poco de dinero y quizás podría invitar al cine a un amor que me estaba rondando la cabeza. Me tranquilicé y poco después perdí el contacto con la tierra. Me despertó el pitido intermitente de mi reloj pulsera, un digital del mas barato sellado con resinas epoxicas para poder bucear con el. El silencio era denso como la bruma que hacía a esa hora. Levantarse con frío es algo terrible. El frío húmedo de la orilla de un río se mete por todos los resquicios del cuerpo y el alma. No tenía abrigo, pues cuando me fui de mi casa no hacia frío, pero imaginé que en cuanto caminara un poco se me quitaría. Por increíble que parezca a esa hora habían guaguas, una a cada hora. No me acuerdo el número exactamente pero si había una que desde la calle línea te dejaba por la liga contra la ceguera o el lido. Cogí la primera que vino y en poco más de veinte minutos ya estaba desembarcando en el lido. Busqué al papa y le vi durmiendo plácidamente en un banco en el que había mas personas diseminadas en un orden caótico. Gente de campo y gente de mar, gente con sombreros, gente vestida de marineros, todos en la más profunda de las ensoñaciones. En el piso dormían perros, gallinas amarradas, algún que otro cerdo e incluso jaulas de conejos, aquel recinto olía a zoológico y hacía un calor denso comparado con la frescura de la madrugada de la calle 41 a esa hora.
Estuve tentado de despertarle y preguntarle de que se trataba hoy “la pesca” me había traído mi escopeta de ligas, la menos preciada por si me la quitaba la policía (me había pasado muchas veces) y mis equipos de siempre, las aletas power plana de la Mares y mi careta superocchio que era la única que servía a mi desmesurada nariz. Me senté en una esquina pero alerta de no quedarme dormido no fuera a ser que se fueran y me dejaran, o me lo llevaran todo. Con los nervios como los tenía iba a ser fácil no dormirme, así que me puse a hacer lo que mejor sabía hacer en esos tiempos… a esperar. Como a las 5 menos 10 llegó una guagua de las americanas, viejas, redondas con algunas ventanillas redondas y pintas de submarino. Se levantó toda la gente como si de una alarma hubiera salido la palabra ¡Guanajay! Que todos estaban esperando. A duras penas logré introducirme en el ómnibus y la guagua arrancó dejando un montón de gente abajo y llevándose otra cantidad de gente colgada en la puerta. Recuerdo un marino de las FAR colgado literalmente de una ventanilla a lo Indiana Jones. El papa me vio y me saludó con alegría. Me presentó como a tres más que estaban reclutados por ese día, también me hizo cargo de unas maletas de madera gris que parecían de escuela al campo. Pesaban un montón y por fuera tenían letras rusas – a saber que coño es esto- me pregunté no sin antes ponerme un poco nervioso.
Contar el viaje aunque interesante sería extenso y se saldría del espacio de esta historia. Como dice mi frase favorita. Eso es parte de otro cuento. Así que grosso modo llegamos a Guanajay, ahí otra matazón para la guagua del Mariel y ya amaneciendo en al Mariel, la guagua de Cabañas. Llegar a Cabañas es lindisimo. Es una bahía limpia ocupada por pocos pescadores y bases militares con submarinos y todo. Tenía lindas playas pero acercarse ahí era peligroso. No obstante, antes había estado en un par de campismos que estaban en sendos cayos en el medio de la bahía con piscina incluso algunos. Nos bajamos en el pueblo y ahí caminamos bastante con la pesada carga hasta un muelle que se llamaba el CABAMAR o CALAMAR no recuerdo bien. Ya amanecido empecé a mirar caras de la pandilla que íbamos y a reconocer algunos de ellos. Éramos unos siete mas o menos sin contar el papa, el era el coordinador de esta pesca así que era muy probable que el papa ni tocara el agua ese día. Hicimos un circulo alrededor del papa que vestía una camisa de las que se llamaban bacteria, no se porque, con las cadenas y los anillos reluciendo en tamaña cascada de coloridos que formaban los dibujos de la brillante tela. Nos sentamos encima de las cajas a esperar algo. Algo que no llegaba y que el papa impaciente apuraba o trataba de apurarlo con solo mirar el reloj rolex chino que ostentaba en su muñeca acompañado de manillas y pulsos.
- ¿quien viene por primera vez?
- Yo.
Dije sin esperar respuesta de los demás, quizás se me notó algo la ansiedad por saber de que se trataba. Entre las caras conocidas estaba el cromagñon. Le decían así porque siempre buceaba con una llave ajustable grande, llena de oxido en la desvencijada trusa que usaba. Era para “ajustar” entiéndase darle unos golpes a su regulador japonés aquamaster bitraquea de la segunda guerra mundial y que solía dejarlo sin aire en los momentos mas emocionantes de la pesca o mas peligrosos de un buceo sea cual fuere, era de risa verle dándole martillazos en medio de la profundidad y haciendo una escándalo tal que todos los peces se iban en estampida, después, abajo del agua misma se lo volvía a poner y todo como si no hubiera pasado nada. Lo conocí cuando hacía competencias de apnea en el Cristino, yo siempre me llevaba el premio al estar 3 minutos y 45 segundos sin respirar, llego el un día con sus cuatro diez y se me acabo la fiesta, nunca mas competí en apnea cada vez que le veía, pero con semejante entrenamiento claro que tenía que aguantar eso. Era un desparpajo de semi pez, semi hombre que siempre estaba regalando sonrisas y buena amistad. El cromagñon se merece una historia para el solo. También estaban el tubero, botellita, mataviejas, el cilindro y Alex culoroto. Al final si les interesase explicaré porque cada uno de estos nombres.
El cilindro también dijo que era su primera vez, los otros ya habían venido mas veces así me tranquilicé porque se que el cromagñon era buen buzo y me daba confianza saber que tenia un conocido en esta nueva e improvisada pandilla. El papa encendió un cigarro y se dispuso a explicarnos, deje de observar como amanecía en la hermosa bahía y de oír a los gallos del campo para prestar atención esta información era crucial para salir bien ese día, así que me volví solo oídos y se hizo silencio.
- A ver, pa los que no han venido…aquí venimos a pescar madera. Se trata de en el tiempo de aire que tenemos sacar la mayor cantidad de planchas de plywood marino que hay en los barcos hundidos de esta bahía. Nos llevan y nos traen, ustedes solo tienen que desatornillarlas, otros las sacaran del barco y otros las subirán al bote que nos lleva, mientras mas saquen mas dinero hay eso si, no se pueden romper, ni palancazos ni nada de eso, solo destornillar. Arriba repártanse el trabajo.
No puedo negar que me quedé un poco aturdido, miré a la gente uno dijo ¡yo saco! Otro ¡yo subo! El cromagñon dijo yo desatornillo y yo me quede sin palabras con mi escopeta en las manos y sin decir nada. Debo haber puesto una cara rara porque el papa me miro con preocupación.
- Si no quieres ir, no te preocupes, se que es un trabajo duro.
- Si, si quiero. ¿Solo que donde dejo la escopeta?
El papa miró la escopeta detenidamente, la tomó y la examinó por todos lados.
-¿Cuanto vale esta escopeta?
- No se…..cincuenta pesos.
- Coge estos cien – me metió cien pesos en el bolsillo de mi camisa azul de becado que llevaba, metió la escopeta detrás de unos arbustos en la costa.
- Si cuando salgamos no está ahí, quédate con los cien pesos y dala por vendida. Coge tu herramienta.
Me extendió varios destornilladores, cada cual mas oxidado, escogí el que mas fuerte se veía el cabo y mas cuidada la parte plana
-Recuerda.. nada de palancazos, la plancha tiene que estar buena si está astillada no nos la pagan.

En eso se sintió el ruido de un barco. Un barco gris de cemento, pintado con pintura descascarada que se caía a pedazos. Nos montamos todos en el, la cubierta estaba fría y salada. Con estos cristales que forma la sal al secarse y que siempre resbalan como diminutas bolas transparentes. El barco tomó rumbo a lo profundo de la bahía. Como un juego iba bordeando cayos pequeños y se veían algunos barcos de guerra semihundidos. Yo pensaba que eran esos barcos, barcos medianos, pero seguíamos de largo en lo que el sol empezaba a calentar nuestros cuerpos. Llegó un momento en que el pesado barco de cemento empezó a hacer olas y a dar pequeños saltos, me alegré un poco porque recordé cuando salía pescar con mi papa en su barco, El Paraíso. Perdí la cuenta de que rumbo llevábamos o cuantos cayos habíamos pasado. A lo lejos en el horizonte se veían marañas de mangles inexpugnables. Nadie hablaba entre si, yo estaba nervioso y asustado, no sabia que me esperaba aunque ya tenia una mínima idea. Pero bueno, había hecho cosas peores y esto no era nada del otro mundo, el papa se veía tan tranquilo que daba esa sensación, el cromagñon en mas de una oportunidad me dijo, vas a ver que divertido y eso me hacia volver el alma al cuerpo aunque no mucho porque al cromagñon también le parecía divertido que a cuarenta metros el regulador le fallara y le comenzara a funcionas después e ochenta martillazos y cuando ya estaba a punto de ahogarse.

Bordeábamos una costa llena de pájaros marinos cuando se apareció una especie de tubo o columna con varios cables, muy oxidado todo en el medio de la bahía. Apagaron el motor del barco y tanto silencio a esa hora me rompió algo en los oídos. Se sentía como una presión que casi hubiera preferido que dejaran el motor en marcha. Poco a poco fue aliviado por el ruido del agua de sentina y el burbujeo de los escaramujos del casco de este viejo barco. La gente empezó a abrir las cajas de madera y vi en su interior unas botellas de buceo “bitanques rusos” de catorce litros con su correspondiente regulador ABM-1 usados por el ejercito, copiados del primer regulador inventado por el dúo Costeau- Emile Cagnan. Eché una ojeada al agua y se veía todo transparente y limpio pero verde como el agua de las bahías. Me engancharon sin preguntar un par de botellas de estas y ayudé a los otros ponérselas también. Las manos me temblaban un poco y me hubiera gustado ir al baño, pero ahí no había. Todos se tiraron al agua al unísono, el estruendo fue uniforme como una gran explosión que hizo eco en el impecable silencio d esa mañana pinareña. Ya me iba a lanzar cuando el papa puso en mi mano una linterna grande como de doce o diez pilas que me puso más nervioso aun. La agarré con seguridad e intentando ser profesional me largué al agua como pude para no quedarme atrás. Ya casi estaban listos y tenían todo puesto, yo ni siquiera había lavado mi mascara. En unos segundos me la puse y metí la cara en el agua a ver que se veía. De pronto, el corazón me dejó de latir. A unos veinte metros mas o menos de profundidad se veía………..¡UN CEMENTERIO DE BARCOS MERCANTES! La vista era indescriptiblemente impresionante, tuve que esperar un rato a que el corazón volviera a su lugar. De esto no puedo dar mas detalles. La palabra no alcanza para describir lo que sentía. Hay que estar ahí para saber como yo con 18 años me las arreglé para que no me diera un infarto. Eran fantasmas de hierro, llenos d peces, algunas barracudas amenazantes. Figuras abstractas del capricho de la naturaleza. Una gran instalación artística promovida por las corrientes y la vida que había en ese lugar. Era….casi lloro dentro de la mascara. El cromagñon se quitó el regulador por un momento y me tocó por la nuca, saqué la cabeza del agua. Supongo que tendría los ojos fuera de las orbitas porque al verme echó una risotada que sacudió todo el espacio silencioso.
-Voy a entrar primero, tu vez como yo lo hago y entonces metes mano.
- Okay – dije sin preguntar más.

Le saqué el agua a las mangueras del regulador y comencé junto a los otros el descenso. A medida que me acercaba, el murmullo de las burbujas y la vista entre penumbra y amanecer más las raras figuras mal vestidas que me acompañaban, me acercaban más al sueño de visitar otro planeta. En este justo momento me sentía aterrizando en la nave de alíen y no cabía en mi de emoción y alegría mezclado con miedo, nervios y de todo. Casi me olvido de la linterna que se me cayó un par de veces, pero logre cogerla antes de que se alejara de mi mano lo suficiente como para perderla del todo. El cromangñon iba delante y me hacía señas de que lo siguiera. Me paré en la superficie de uno de los barcos a mirar en derredor. Era mi sueño sin avisarme, uno de los mejores buceos de mi vida. Imágenes que se quedaron grabadas en mí para siempre. El cromangñon se quitó las aletas para no remover el sedimento y yo hacía exactamente lo mismo que el. Entramos caminando a un barco de los más grandes, bajando por puertas y escaleras como si estuviéramos en la ingravidez. Ya el se conocía al dedillo todo el camino, de hecho, se veía que ya habían removidos bastantes planchas de la preciada madera. Hasta que llegamos a una gran sala que podía ser de mando porque se notaba en la penumbra controles, radios, teléfonos y cosas así. Entonces empezamos a desatornillar planchas. Los tornillos salían fácilmente, estábamos a unos veinte metros más o menos. Cada chapa de madera que sacábamos era llevada a al exterior por otro de los buzos que a su vez era entregada a uno que subía y bajaba constantemente. Esta era la peor parte, la de subir y bajar constantemente, las planchas casi no flotaban porque estaban saturadas de agua al parecer por la presión.


No se cuanto tiempo transcurrió de sacar chapas de estas, debo haber zafado mas de 50 cuando se me empezó a acabar el aire. Miré el manómetro del cromangñon y también ya casi estaba en cero. Así que ya había que irse. Todos ya habían subido solo quedábamos nosotros dos. Le pedí al cromangñon que se fuera alante que yo iría después por la idea de ver un poquito el barco por dentro y el me hizo caso. A mi me quedaban unas diez atmósferas por haber hecho el trabajo mas suave y que menos energía requería. Cuando el cromangñon se fue, me puse a recorrerme el barco por los pasillos. La poca luz que entraba por las ventanas era como una decoración tétrica, morbosa. Los pasillos aun conservaban huellas de que ahí había vivido gente. Entré a varios camarotes uno por uno donde se veían camas y muebles, seguí por los pasillos hasta que llegué a lo que pudiera ser la parte central de las bodegas de carga y bajé. Iba pasando de un piso a otro mirando los niveles como si me hubiera suicidado lanzándome al patio central de un edificio lentamente. Entré en un recinto que parecía la sala de maquinas con enormes motores dormidos llenos de peces. Encendí la linterna. Las luces que iban quedando ya iban siendo las menos a pesar de que eran mas de las nueve de la mañana. Me llamó la atención un corredor en específico, al final había un cuadro en la pared, entré sin pensarlo y llegué como una meta hasta el cuadro. El agua estaba tibia y cómoda y no provocaba perdidas de temperatura ninguna a pesar de tener yo puesta poca ropa. Limpié el cuadro con el dorso de la mano y vi una foto de alguien. Estuve un buen rato preguntándome quien seria ese alguien y haciéndome conjeturas.

De pronto me llevé un susto porque empecé a sentir unos golpes tremendos en el casco del barco. Eran acompasados y supuse que era que me estaban llamando. Miré el manómetro y me quedaban solo unas cuatro atmósferas. Había hecho una tontería imperdonable, me quedaba lo justo para salir, pero no se salía por arriba, había que salir por una escotilla lateral por donde mismo había entrado. Así que volví sobre mis pasos pero ya parado en medio del gigantesco espacio central no recordaba por cual piso era. Cuando comencé a bajar había pisos por encima de mi, no se cuantos y por debajo, todo era igual, lleno de algas y corales. Subí lentamente como intentando ver alguna huella de mí paso o del paso de los demás, pero el extremado cuidado de no levantar sedimento había hecho que no tocásemos al menos lo menos posible para no enturbiar el agua. El corazón me dio un brinco acompañado del pensamiento – la hemos cagado- intenté estar tranquilo. Pero ya tenía el tiempo contado y nunca fui bueno para competiciones. Empecé a aletear mas rápido y ya se iba levantando de tras mío una capa de sedimento, lo que me prohibía volver atrás una vez mas. Me imaginé en uno de los pisos que una raya era el rastro del arrastre de una de las planchas y por ahí mismo entré, pero nada me parecía conocido y a la vez todo igual. No me quise dar la noticia de que estaba jodidamente perdido en una mole de hierro de miles de toneladas. Seguí pensando que mi suerte natural me haría encontrar la salida en el último momento. Poco después ya iba a la máxima velocidad que permitían mis piernas, doblaba como un hábil pez por pasillos y recovecos buscando un poco de luz pero esta se iba desapareciendo, lo que me daba la impresión de que me estaba metiendo en lugares mas sellados aun. Daba vueltas sobre mi eje al mismo tiempo que me desplazaba para inspeccionar el techo también por si había alguna grieta. Llegué a un recinto de unos tres pisos de altura que estaba lleno de cadenas. Una montaña inmensa de cadenas – me caguen diez ¡esta es la proa!- esas son las cadenas del ancla. Ya el corazón me funcionaba como un motor diesel. Intenté coger un hierro del piso para golpear y que al menos así supieran donde estaba. Todo estaba soldado. Apague la linterna un momento.
La vista se me fue adaptando a los fantasmas. Cientos de figuras se fueron delineando entre todo tipo de mecanismos, tuberías, cables, cadenas y puertas cerradas. De haber tenido tiempo me hubiera puesto a buscar similitudes con cosas humanas. Nadé suavemente intentando acercarme hacia esa luz. Llegué a un corredor donde la luz se hacía más fuerte. Comenzaba a descubrir pasamanos, maniguetas de puertas, detrás de una de ellas salía bastante luz así que me puse los pies en la pared y tiré con todas mis fuerzas. La puerta se movió un poco. Y logré entrar. Era un simple camarote con una pequeña escotilla redonda por donde a duras penas me cabría la cabeza. Intenté volver pero todo estaba revuelto. En mi estampida había puesto todo patas arriba y el sedimento bajaba con la misma calma que tiene dios para llevarse a las almas perdidas, yo era una de ellas.


Comenzaba la cuenta atrás.

Tres atmósferas.


Intenté salir por la escotilla aunque me rompiera los huesos, pero los hombros no me salían aun así calculé que si me quedaba trabado donde dejaba el tanque, tendría que sacar el tanque primero y después intentarlo yo.

Dos atmósferas.


Saqué el tanque a duras penas, me pasé las mangueras por detrás el cuello y mordí la boquilla con fuerza no fuera a ser que se cayera el tanque por la borda y yo me quedara entonces ya sin aire del todo y sin oportunidades de nada, lo intenté otra vez pero los hombros no me pasaban. Empecé a sangrar un poco por los brazos supongo que con el esfuerzo me había dañado un poco la piel. Entré de nuevo. Golpee con el tanque la pared repetidas veces. El burbujeo iba removiendo la habitación, solo me quedaba golpear la pared que hacia un estruendo horrible para que me oyeran, quizás ya estaban todos arriba esperándome tranquilamente. Sé que no se habían ido porque el papa y el cromangñon nunca se hubiesen marchado sin mi. Me empezó a faltar el aire, ya se hacia difícil de respirar.


Una atmósfera.


Me senté en el piso a pensar. Pero no se me ocurrió otra cosa más alegre que ver mi velorio. Intenté recordar que libros tenía en casa para saber que heredarían los amigos. Imaginé al jiscler y al Bujío sin mí. Ya crecidos, casados, con hijos haciéndole cuentos a los hijos de un amigo que tuvieron una vez. Cogí un teléfono que estaba medio flotando suspendido al alcance de mi mano y me pregunté si esa llamada era para mí. Me dio risa. Traté de dar vueltas al disco pero caí en cuenta que no me sabía el teléfono de nadie, que ese teléfono no estaba conectado y que en ese barco estaba casi todo muerto y dentro de poco estaría todo muerto del todo. Me puse el auricular como si de verdad se tratase de una llamada. Dios quiere hablar conmigo. Sonreí y deje escapar la última bocanada de aire útil. Ya no respiraba pero por suerte, no estaba en pánico. Había oído decir que cuando uno le falta el aire entraba en una narcosis, pero no sabia mucho mas, no era buzo. No había estudiado buceo. No tenía ninguna idea que venía ahora pero lo que fuera seria recibido con calma. Lo que fuera que me estuviera haciendo esto no le iba a dar un espectáculo para que se divirtiera. Quizás en este barco habían muerto gentes al hundirse y me estaban observando, quizás en su momento ya los vería yo a ellos y seria parte de ellos, no me molestaba vivir en un barco hundido, mucho menos en el fondo del mar. Esto tenia partes buenas, solo pensé en mi madre y se que las lagrimas eran menos saladas que el agua que me rodeaba pero fue por corto tiempo. Me jodía no ser adivino. Si hubiera sido adivino hubiera hecho un montón de cosas antes de meterme en este lío, o no me hubiera metido. Bueno el destino es incontrolable. Quizás aun sabiéndolo las circunstancias me hubieran llevado hasta ahí hasta ese barco muerto de donde sacábamos buenas planchas de madera para que alguien decorara su casa con hermosas maderas incorrompibles.



Cero atmósferas.


Nelda me gustaba mucho. Sus ojos verdes detrás de su piel morena quemada por el sol eran lo más hermoso que había visto. Para colmo era simpática y cariñosa, pero no se porque rayos cuando estaba junto a ella yo no decía ni media palabra. Quedaba como un atontado tímido y así era. Después me quedaba con ganas de golpearme a mi mismo. Como ahora. Si dios me dejara salir de aquí se lo diría. Que me gusta mucho. Que quisiera que fuera mi novia. Me había pasado e l tiempo posponiéndolo y mira donde estaba ahora. También debí haber ido menos a la escuela de lo que fui, a ver ¿de que me valen los estudios? ¿Harán pruebas en el cielo? ¿Habrá otra vida? Soy afortunado, voy a saberlo. Me estoy sintiendo bien, me estoy relajando, no tengo fuerzas.



Dióxido de carbono.


Me escapé del servicio militar, de ir a la guerra de Angola. Me salvé de tantas cosas. Al final la vida no era tan buena. Aunque no me quejaba de ella no niego que me la pasaba sufriendo aun haciendo lo que más quería. La vida es trágica por naturaleza porque es la manera de hacer que te defiendas. Una vida sin problemas, trabas y pruebas desaparecería tu instinto de conservación. La gente rica por ejemplo, los que tienen de todo sin esfuerzo siempre están con depresiones y tonterías de esas. Yo tenía mis tristezas pero disfrutaba de ellas. Mis tristezas son lindas y las quiero a pesar de estar siempre riéndome. Dejé caer el teléfono, la cámara lenta de las cosas que suceden bajo el agua estaba exagerada. Todo sucedía más lento que lo normal como si se estiraran los últimos minutos. Nelda me gusta pero quizás nunca me haga caso. Lo que si no puedo dejar de decírselo ¿Donde estará? Miré el reloj, las diez menos cuarto. Estará en el tercer turno de clases como toda persona normal. Claro que no podía fijarse en mi porque yo era un anormal, un mataperros como bien decía mi madre o un antisocial como decía mi padre. Nunca entendí la palabra antisocial, yo tenia buenos socios así que no se a que venia eso.


Narcosis.

La luz se fue yendo poco a poco y todo el entorno se alejaba de mí sin piedad. Huía como si todo lo que yo tocase fuera maldito El pequeño foco de la linterna encendida fue lo último que vi. Me agarré de ese punto lo más que pude. Recordé cuando me fueron a operar de pequeño que yo trataba a pesar de la anestesia, de mantener los ojos abiertos para que el medico no fuera a pensar que ya me había dormido y me metiera cuchilla antes de que hiciera bien su efecto. A pesar de luchar y luchar los ojos habían dejado de ver poco a poco como ahora. Ya se había asentado de nuevo el sedimento. A duras penas logré ver pequeños peces que pululaban cerca de mi cara como preguntándome que rayos hacia yo ahí sentado como si se tratase de un lugar turístico. Empezaron a aparecer algunas confusas luces con movimientos aleatorios, había un silencio total. – ya está, es el túnel- pensé e intente sonreír un poco pero no me obedecía nada, traté de mover un dedo pero nada, como si no tuviera cuerpo. Casi podía decir que había salido de mi y que si miraba atrás me vería a mi mismo tirado como una marioneta sin hilos en el piso de una habitación de un barco hundido. Al menos es una muerte interesante. Negro todo.


FIN.


Unos estruendos lejanos comenzaron a oírse. No quería abrir los ojos. No sabía lo que me iba a encontrar ¿y si eran muertos como los de las películas? ¿Y si eran como los del video de Michael Jackson en triller? Pa su madre, no iba a abrir los ojos pero los estruendos se iban acercando y me daban cada vez más miedo. Los estruendos infernales, ¿que habré hecho yo mal? ¿esto es el cielo? Vaya mierda de cielo. Los estruendos se convirtieron en explosiones, las explosiones en golpes y los golpes en unos galletazos que me estaban dando para despertarme. El cromangñon me había encontrado y me había sacado a superficie. Me reanimó a base de galletazos en la cara. Me ardía y mi primera reacción fue abrir un ojo. Todos respiraron aliviados. Me esperaba una bronca del papa por tamaña irresponsabilidad pero este no me dijo nada, estaba acostumbrado a este tipo de percances y a veces con desenlaces peores, al contrario. Me dio la bienvenida a los vivos y me dio 500 pesos. De ellos pague cincuenta por coger un carro de alquiler desde cabañas hasta la puerta de mi casa. La escopeta nunca la recogí. La di por vendida. Por supuesto que no conté nada de esto y al cabo de muchos años cuando volví a Cabañas, ya estos barcos habían desaparecido, hechos chatarra.

31 de octubre de 2006

El Paraiso de madera










Los marinos de esa tripulación éramos yo y mi hermano. Como era fin de semana y faltaba personal mi padre nos llevaba y nos daba la inmensa responsabilidad de ocuparnos de casi todo en el barco menos de la cocina y la navegación. El mantenimiento, las velas, el ancla no eran dificultades a pesar de mis 12 años. Me encantaba tirarme al agua con el barco andando como hacia Colón en las películas cuando llegaba a tierra, era una sensación genial de descubrir mi propia isla una y otra vez y garantizo que si ahora pudiera, lo hiciera otra vez. Pues bien, una de las partes más emocionantes de estos días era ir desde el río almendares donde teníamos nuestro barco hasta Cojimar. Era una navegación hermosa, a más de 5 kilómetros de la costa y viendo amanecer por proa. Casi llegando al morro de pronto la farola era opacada por un sol joven e inocente que no sabía que estaba dejando a medio mundo sin la vital señal del faro. Con el vaivén del barco el sol a esa hora anaranjado o amarillo según estuviera el tiempo de ese día, hacía malabares detrás de la torre del morro, como si jugara a los escondidos hasta que superaba la altura y tomaba el mando total del día mientras se acabara la jornada.

- sol amarillo, barco hecho palillos

Decía mi papa como repitiéndome, para si un día navegaba solo que no me alejara cuando el sol estaba de ese color, eso presagiaba norte en invierno y tormenta en el verano.

- Sol naranja, te mueres de la calma

- Eso no pega papá, ni con cola ni con colina ni con la saya de tu madrina.

- Pero es verdad.

El viejo motor YANMAR japonés de tres cilindros de mas o menos los años 70 martillaba suavemente como si silbara una canción. Pudiera ser incomodo pero ese martilleo constante era caricias para los oídos porque sabías que estabas avanzando a donde querías ir, si te fijabas bien en el cristalino mar, viajaban peces al lado del lento barco. Algún que otro volador cruzaba silbando el aire y plateaba de una manera impresionante. A lo lejos la ciudad y sus humos eran como siluetas en blanco negro y gris. Una suerte de rompecabezas opaco era lo que se podía divisar a contra luz. El sol, amarillo, cada vez tomaba más posiciones en el horizonte Habanero pero hasta que el no quisiera no ibas a ver nada de la ciudad, solo siluetas, como si se avergonzara del estado de la misma y se negara a iluminarla a la vista de unos ojos que se fijaban en todo y lo recordaban en forma de relato para después contarla en la cara de envidia de los demás socios de la escuela. Solo se podía ver con claridad algunos focos del malecón que aun no habían sido apagados. Quedaban como hormiguitas en fila por toda la orilla. Cada gota de sal que me caía cerca de la boca la absorbía con gusto, incluso llegaba a meter la mano en el agua y con la velocidad del barco una columna viva de mar me llegaba hasta la cabeza y siempre saboreaba el agua de mar, esto primero que el desayuno, que era leche en polvo con una cosa rara que se llamaba insta café y sabia a desecho de baterías de carro.

Ya entrada la mañana, llegábamos a cojimar. La tierra se abría como si nos avisara que ya debíamos entrar en ella. Desde lejos se divisaba el castillo colonial que hacía de custodio del puerto. Y yo siempre buscaba con la vista ese pedazo de arena blanca con la desesperación de llegar a el y lanzarme antes de que el barco se hubiese parado. Entre grandes manchas de sardinas y barcos de todos tipos y colores dando vueltas como un carnaval, llegaba el paraíso a la orilla y yo, aunque no hubiera necesidad saltaba como un lince sobre el muelle y amarraba en dos segundos con un ballestrinque hábil que dejaba apresado para todo el día al barco rojo de mi padre que me regañaba como por malagradecido que lo amarrase después de llevarme fielmente tantas millas por el mar sobre su lomo de maderas viejas y astilladas.

El día transcurría entre gente de un lado para otro, música, cerveza y fiestas. Se desbordaba la alegría en el pueblito. Era curioso ir a ver al “ultimo de los mohicanos” que era un indio lleno de tatuajes, vestido como tal y que se hacia llamar así. Este sujeto tocaba un tambor y rompía cocos con la cabeza. Cuando lo veía no dejaba de darme a mi dolor de cabeza del sonido seco que hacia a estrellarse con tanta fuerza el duro fruto en su frente. La otra parte deliciosa era ir a pescar mojarritas al muelle y que mi papa me las friera, nunca me gustó el pescado pero comerte el fruto de tu pesca era como algo delicioso. El fin de semana pasaba como si de minutos se tratase, como todo lo bueno, después llegaba la hora de irse.
Cuando arrancaba, ya cayendo la tarde, el motor empezábamos a recoger los cabos y organizarlos en la proa para que nadie se enredara en ellos, todos los barcos iban volviendo a sus puertos uno por uno, menos nosotros. No nos daban aun el permiso de salida y mi padre nunca quiso que le cogiera la noche en ninguna travesía. Se fue a preguntar y vino cabizbajo con mucha rabia. Le pregunté que pasaba pero nunca me contestó, solo oía al capitán de otro barco decir – es una mariconá, es una mariconá- entonces mi papá decidió enviar a mi hermano en otro barco e irnos el y yo solos.

Después me enteré que el problema era que el guardafronteras no nos daba el permiso porque la tripulación éramos padre y dos hijos, ocasión perfecta según el, para irse del país. Después de navegar juntos casi desde aprender a caminar, que mi padre fuera la persona mas integrada del mundo, más obrera, mas marxista nada de eso importó para dejarle entrever lo que en ese momento era una gran ofensa. A mis doce años empecé a formar un escándalo. A mi padre no se le ofendía así, mi padre me miraba y empezó a reírse un poco hasta que me tranquilizó con dos frases la primera: con estos bueyes hay que arar y la segunda: cállate que no vamos a tener que ir en guagua.

Ya tranquilos perdí la oportunidad de ir pescando porque el guardia nos dio un tiempo prudencial muy corto para que llegásemos al río almendares y además nos dijo que no nos alejáramos mas de dos millas de la costa que nos irían vigilando.

Arrancamos de últimos, además de ser el barco mas lento la corriente estaba “parriba” lo que significa que iba hacia el este. Al menos teníamos el viento a favor. Mi padre se maravillaba cuando yo de un salto subía como un mono por los mástiles a destrabar algún obenque o cualquier otra cosa que desde abajo hubiera sido difícil. Se sentía orgulloso de mí y de mi hermano, éramos buenos marinos.

El mar empezó a ponerse bravo, para mi era lo mejor que podía pasar porque empezaba a remenearse el barco de una manera divertida. La ciudad se veía a veces si y a veces no. Las paredes de agua que te asaltaban solo hacían mas profundo el vaivén y daba la impresión de que el mar se había abierto para tragarte, pero segundos después ya estabas otra vez en la cima de la ola viéndolo todo desde un punto de vista perfecto como si dos manos mágicas te dieran la oportunidad de ver por ultima vez el mundo antes de tragarte para siempre.

De pronto oímos un estruendo. Con tanta marejada uno de los cables de las baterías de más de 100 libras se había enredado en el eje de la propela y se había caído haciéndole un hueco a una tabla con la punta de tan pesada carga. Empezó a entrar agua a montón y el barco se atravesó a la corriente.

Nos quedamos sin luz. Por suerte el motor a ser diesel no se apagó. Seguía machacando aunque con cara de susto. Algo grave había pasado en sus entrañas, el sol estaba cayendo, por proa otra vez ya que veníamos en sentido contrario y mi padre sin reloj decía que se nos pasaba el tiempo de llegar, esa era su máxima preocupación. Rápido me metí en el angosto cuarto de maquinas. Y puse en el hueco una colcha y la trabe con un palo mientras mi papá trataba de coger el rumbo otra vez, sin poner proa a la marejada que se hacia cada vez mas fuerte. La revoltura del agua con petróleo del fondo del barco empezó a provocarme arqueadas, aun así me dispuse a sacar cubos de agua como una maquina a todo lo que me permitían mis pequeños brazos y mi padre intentaba hacer un apaño con los cables de la batería caída a ver si al menos encendíamos la radio y avisábamos que nos estábamos hundiendo.

Un chispazo terrible salio del lugar donde estaba la batería siniestrada, el agua salada en los cables provocaba tal reacción. Mi padre me gritó que saliera de ahí, ya cansado, que iba a encallar el barco contra la orilla a como diera lugar y puso proa al malecón. Estábamos más o menos a la altura de la calle Gervasio de la Habana Vieja. La sensación era horrible. Impulsado por las olas el barco cogía una velocidad de miedo contra la ciudad que se te venía encima como desesperada por tragarte. Poco faltó para que en un segundo dijera yo que no me montaría en un barco nunca más. El mar no dejaba ver el muro del malecón de tantas explosiones de olas que querían romperlo todo. El agua parecía fuego por los reflejos de un sol que nos abandonaba sin más. En la tierra la gente se veía a lo lejos tan tranquila. Los carros tan lentos. Todo como si no pasara nada y nosotros estábamos a punto de estamparnos contra el muro del malecón en un amasijo de hierros y maderas. Hubiera querido verme desde afuera, eso iba a ser un espectáculo. De pronto mi padre encendió con calma una pipa y se sentó en el timón como si nada pasara, pero se veía en sus ojos que algo terrible iba a pasar. Me echaba miradas furtivas no diría yo de despedida pero si de “en la que nos hemos metido” y se le veía una leve sonrisa como de quien deja caer a alguien por un barranco con ganas. Quizás estaba un poco cansado y ya le daba lo mismo todo. De pronto y sin avisar el barco se viró a un lado con unos grados que no permitían caminar sin agarrarse y vimos que era una de las tres neveras cargada de frutas y comida que en el oleaje se había corrido a estribor donde estaban las otras dos. Mi padre soltó el timón para irlas a equilibrar pero el barco ponía proa a las olas si se dejaba solo y eso podría ser fatal. Me mandé a correr por toda la cubierta y mi padre gritaba ¡tira todas las neveras pal agua y que se jodan! Cosa que hice no sin sentir un peso extraño en mi pie derecho que al mirar descubrí con rabia que me había enterrado un garfio en mi carrera, cosa curiosa, sin sentir dolor alguno. Me quite el garfio del pie y por segundos vi un agujero pequeño del que manaba sangre pero lo deje para después. A duras penas logre tirar dos de las neveras de proa al agua. Flotarán frutas y comida por el mar por unos días pensaba yo. Cuando volví a popa el timón estaba solo, mi padre no estaba por ningún lado y el corazón me dio un salto que casi me rompe el pecho -¡¡papá!!- Empecé a gritar desesperadamente –papáa!!!! En lo que oteaba el horizonte a ver si le veía flotando cuando la ola me tenía en su cresta, empecé a virar para atrás el barco, este se montó en una pendiente muy pronunciada y cogió una velocidad que las velas de pronto se quedaron vacías o infladas para el lado contrario del empuje. Ya casi estaba terminando la media vuelta cuando una voz salió de la cocina.

– ¡que haces?

- ¡coño! Pensé que te habías caído y estaba virando el barco ¡que susto me has dado!

- Estaba comiendo…

- Pero como vas estar comiendo si nos vamos a hundir (parecía yo el padre ahora)

- Si nos vamos a hundir……..nos hundimos con la barriga llena.

No hablé mas nada. Me di por vencido. Dejé de sacar agua, dejé de equilibrar las cargas, deje de lanzar cosas al mar. Ya lo había dicho el capitán. Nos íbamos a hundir. El capitán estaba con un pedazo de cerdo frito de una de las cajitas que llevábamos para la casa. Yo cogí un mamey de los que rodaban por el piso y me lo empecé a comer con una cuchara. El agua pasaba a tremenda velocidad a menos de 10 centímetros de la borda. Y el motor ya tocaba agua y hacía un arco perfecto del cristalino líquido cuando el volante se sumergía en ella.

De pronto, no se porque. Vi que mi padre intentaba ponerse un chaleco salvavidas pero no le entraba en su cuerpo de 200 libras, era pequeño. Nunca lo habíamos mirado y cuando nos fijamos decía solo para uso de niños. Empezamos a reírnos. Nos reímos tanto que casi se me sale el mamey que me estaba comiendo. Mi padre se tiró al piso a reírse, tanto que se ahogaba pero con la misma se metía otra masa de cerdo. Yo estaba en el timón y me caí al piso también. No se de que era esa risa, es la misma risa que me persigue cuando me pasa algo muy malo. Miré a la orilla, se veía en el horizonte la embajada americana y algunas luces adelantadas que querían retar a atardecer. El mar, fresco y tibio empezaba ya a deslizarse por la cubierta. Mis pies parecía lanchas entre tanta velocidad a la que pasaba el agua y mi papá mirando a la tierra. Ni siquiera me sugirió que me pusiera chaleco, el sabía que para un buen nadador eso era un estorbo. Estaba nerviosamente tranquilo como si todo estuviera preparado. La proa ya no se defendía, el Paraíso también estaba rendido además del peso del agua que llevaba adentro que no le dejaba saltar alegremente como horas antes había hecho. El mar ya lo tenía de su parte y pronto quizás descansaría. Será un buen criadero de langostas pensé. Imaginé como seria bucear en mi barco hundido. Mi propio barco hundido. A quien le cuento yo debajo del agua que en este barco aprendí a caminar, a soñar, a amar el mar. Como cuento yo que ahora esta lleno de peces, pero una vez estuvo lleno de sueños. El motor apenas se sentía pero aun medio sumergido al tener la admisión de aire alta no dejaba de funcionar como un héroes con solo los agujeros de la nariz fuera del charco que inundaba el cuarto de maquinas. Maderas flotando dentro, trapos, cosas. Aun metido en el agua seguía funcionando el YANMAR japonés de tres cilindros. Con esa furia de kamikaze de no dejarnos hasta el momento final. Con su orgullo japonés hasta lo mas alto, acompañado de su ejercito de maderas viejas y roídas que habían hecho miles de millas.

- ¡Los cojones del caballo de Calixto García!

Eso quería decir que estábamos por la calle G. de pronto mi padre exclamó entre mas risas.

-¡coño! ¡Tenemos visita! En el agua cerca del barco se veía una especie de submarino gris a la misma pobre velocidad del barco, con unos ojos negros malditos que se dirigían a nosotros. El fondo se veía cristalino y cerca, estábamos muy cerca de la costa, quizás unos cinco metros de profundidad.

- un pez dama.

- no, míralo bien.

- un damero coño

- no….un hijo de puta tiburón que sabe que vamos a nadar dentro de poco.

Salté como un resorte del asiento de capitán donde estaba sentado, me fui a la proa y preparé un arpón que consistía en una barra de acero níquel de mas de 50 libras de peso con una punta afiladísima y el otro extremo amarrado a un cable y me puse en plan moby dick con la intención de que si nos iba a comer que al menos tuviera un agujero que no se olvidara de nosotros.

- es una madre, no le hagas eso.

Mi padre la miraba con lástima, como si no supiera que era una terrible maquina de matar, como si hablara del carnero del vecino.

- Pero ¿¿¿???

- Esta vez no va a ser, lo siento niña.

Se metió de un salto en el cuarto de maquinas y empezó a trastear algo en el motor, este se aceleró a mas no poder. Empezó a vibrar tanto el barco que se caían las cosas de la cocina y el agua hacia unas ondas muy seguidas que la hacían perder su transparencia.

- le quité el tope pal carajo.

El tope se refería a un tope de aceleración. Según el fabricante el motor no podía acelerarse más que lo que estaba, pero al quitarle ese tope daba un poco mas de si, lo único que cabía el riesgo de que se reventase como una bomba. El curioso tiburón seguía escoltándonos como si de un buen amigo resacoso se tratara. El Paraíso a duras penas aceleró un poco su marcha y yo no soltaba el arpón. Me esperaba de un momento a otro que el barco diera una media vuelta y todo se fuera al carajo, por suerte no pensé ni un momento que podía pasar, pensaba en el ahora.

Calle doce, Echevarria, ya entrábamos al río. El tiburón se fue decepcionado o se dejó de ver por la falta de luz. Más de cinco barcos se nos pegaron gritándonos que habían salido en nuestra busca. Mi hermano en uno de ellos como aburrido de tamaña aventura que se había perdido.

1830, Garita de guardafronteras. El Paraíso chocó con fuerza como culpándolos de toda la mala suerte del viaje y ahí mismo el motor hizo un ruido horrible, como un quejido de despedida. Soltó aceite hirviendo por todos los lados posibles y pedazos de hierro salieron pobremente de la piscina donde estaba sumergido. Se calló para siempre. De no haber estado hirviendo le hubiera dado un beso, no obstante mi padre y yo mirándonos le pasamos la mano como a un buen perro que te cuida, te salva y te trae a casa. El casco del paraíso por suerte había encallado y ya no iba a hundirse más. Alejándome del barco con mi mama secándome con una toalla veía a los curiosos como entraban al barco y trataban de rescatar cosas. La radio, los salvavidas, las herramientas. Todo transcurría en blanco y negro, a cámara lenta. El Paraíso muerto de tristeza nos dedicaba una última sonrisa. A mi papá le preguntaban de todo pero el no contaba nada, nunca contaba nada. Solo se reía y aceptó una buena perga de cerveza que le trajeron tomándosela como si de agua se tratase. Mas tarde llegó a casa. Aun sin decir nada, solo mirándome y riéndose y yo con el y mi hermano ajeno a todo preguntándome por al herida del pie que se me había olvidado y iba manchando de sangre todo cuanto pisaba.

A los pocos meses empezamos a navegar de nuevo en el paraíso, esta ves en sus entrañas. Un perkins de cuatro cilindros…alemán.

PD: hace dos años cuando fui a cuba, justo iban a hundir el Paraíso.

Mi padre ya no estaba y vi con impotencia como se lo llevaban a remolque ya saqueado, sin motor, sin cables, sin baterías, sin nada, ni siquiera los cristales de la cocina donde se escondió mi padre a comer en medio de la tragedia. Iba sumiso, triste, cansado y rendido. Me alegré por el. Si las cosas tienen alma, este barco tenía un alma de titán, de héroe y ahora, con todo el honor del mundo se iba como todos. A vivir en paz.
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Días después cuando regresé a España y estuve limpiando chapapote en Galicia, tuve una visión hermosa. Ví al Paraíso. Uno, tres, cincuenta paraísos. Rojos también, rasgados, orgullosos. Al preguntar resulta que el Paraíso estaba hecho según la plantilla de barcos que tenían los carpinteros gallegos. El Paraíso era un barco gallego de pesca. Lo curioso es que quizás con más de 80 años aun estuviera pintado de rojo y se siguiera esa tradición de colores de los gallegos.

30 de octubre de 2006

Los Navegantes




No podía ser de otra manera, a dos metros del mar no jugábamos pelota. Nuestro deporte era el Wind Surf. Viejas tablas pegadas a pedazos con Fiberglass y resinas de poliéster. Poliuretano de relleno. Los mástiles eran garrochas hábilmente hurtadas del CVD (centro deportivo) donde Jiscler, cuyo nombre aun no he explicado la procedencia, se las agenciaba sin ser visto. Las velas no les cabían un parche más. Pero al final todo ese engendro se armaba y navegábamos cientos de millas.

Mi tabla se llamaba pink panter. Es que no me alcanzaba la pintura blanca como debe ser y tuve que estirarla con un poco de pintura roja y ya se sabe el resultado. De todas maneras como para dejarlo bien claro, en la proa iba una orgullosa pantera rosa fumándose un cigarro con clase. Nuestro día consistía en pasárnoslas más que bien pasando por todas las playas de la parte oeste de la Habana. Una por una recorríamos en nuestra obsesión por hacer millas. La puntilla, El Cristino, doce, dieciséis, ferretero, veinticuatro, Tritón, casa central de las Far, la Concha, Jaimanitas, Santa Fe por decir unas cuantas. Al principio éramos tres navegantes, yo jiscler y Daniel al que le conocíamos por el Bujío. Solo queríamos navegar más y más y romper nuestro propio record de distancias. También era agradable estar en el bochinche con las muchachas de las playas. Más de una historia de amor salió de esas tribulaciones. Todavía recuerdo con impresión como se veía la ciudad desde el mar. Algunas veces perseguíamos delfines, otra tiburones y otras simplemente veíamos en el horizonte un barco mercante que apostábamos quien llegaba primero a el. A eso de la una de la tarde jiscler siempre decía – me voy a comer- y se perdía mar adentro dejándonos muertos de curiosidad con esa frase y esos hechos, un día decidimos seguirle a ver que hacía pero desde la distancia y cuando vimos que tumbó la vela a unas 5 millas de la costa nos dejamos caer furtivamente para enterarnos como organizaba su festín. Resulta que se iba a donde la corriente costera se unía con la corriente del golfo y al haber diferentes velocidades de la masa de agua y densidades producto de las temperaturas desiguales se hacían en ese lugar una línea de remolinos donde incluso podía notarse el cambio e color del agua. Ahí iba a parar toda la basura del océano que pasara cerca de cuba. Nosotros no frecuentábamos ese (hilero) porque ahí te podías encontrar de todo, de todo literalmente hablando. Estaban frescas las historias de pescadores que se habían encontrado gente ahogada ahí flotando, además que era el lugar mas frecuentado por todo tipo de peces, peces malos incluso.
Pues el jiscler siempre conseguía una caja de cerveza vacía de las que flotaban en ese limbo marítimo y la ponía encima de su tabla como un mesa e iba recogiendo platanitos, naranjas, mangos y todo tipo de frutas que no sabíamos si era que las tiraban de los barcos o eran brujería desatadas. Estuvimos mucho tiempo riéndonos de la táctica empleada, además jiscler al vernos fingió estar comiendo en una grandiosa mesa de lujo, con la mímica hacia como si usara cubiertos y usaba una servilleta imaginaria para limpiarse la boca, no parábamos de reírnos, tanta libertad era lo mejor que podía pasarnos. Podíamos ver un punto en el mar y decir ¡la peste del último! y llegar rallando los tres juntos porque también nos esperábamos por si alguien se quedaba atrás.
Algunos días nos encontrábamos con una manada de delfines que habitaban más o menos a 8 millas fuera de la calle 24 de Miramar. Nos situábamos por calles como si se extendiera cuba mar adentro infinitamente. Y nos pasábamos el día intentando tocar uno pero eran extremadamente especialistas en pasarnos cerca y con inmensa maestría esquivar nuestra mano con solo un golpe de cola. Habían unos pequeñitos que les daba por hacer volteretas en el aire de a veces hasta tres revoluciones, era genial, tan genial que nos cogía la noche con ellos. La ultima vez que los vimos fue unas horas antes de que hubiera unas de las penetraciones del mar mas grande que hubo en la habana hasta estos momentos, claramente no recuerdo en que año fue. Solo tengo la imagen fija de un delfín que le cogió la gorra a jiscler con habilidad de circo por la visera y la empezaron a tirar entre ellos, por más que jiscler se desgañitaba entre gritos y brazadas para intentar recuperar su gorra. Al final de la tarde se cansó y se sentó en la tabla derrotado y de mal humor. Cuando los delfines vieron que no había mas juego se la devolvieron tirándosela casi a la cara entre ruidos que supongo que serian sus risas. Jiscler cogió la gorra y gritó –les hemos domesticado- y yo pensé para mi- nos han domesticado a nosotros- después emprendimos viaje a tierra con el poco sol que quedaba atravesando los colores de nuestras velas y apurándonos no quedarnos ciegos en medio del negro mar una vez que se fuera su ayuda.
Ese día llegábamos muy tarde. Mª Caridad estaba molesta y preocupada con nosotros, en cuanto llegamos al muelle de madera que hacía de patio de su casa, entró su silla y desapareció sin decir palabra. Nos asomamos por una ventana de su cuarto y la vimos agradeciendo a sus santos que aun estábamos con vida.